viernes, 29 de febrero de 2008

El Granadero perdió una baqueta (IV)

Lo que dije, los límites…, bueno:

Resulta que mi amigo Vladimir Vivas pasó por nuestra galería-marquetería cuando aun quedaba en Bayside de Margarita, no el otro, a buscar los papeles de Cintec de la que no hablaré porque se me van aquí cien páginas a medio espacio y dos caras, y resulta que vio dos de las sillas que llevamos a la exposición de Artebosque en agosto de 2007 y que regresaron a Margarita. Dos de tres no está mal, según Meatloaf.

Una de ellas, la que se llama “Siyasutra” porque no es cama, la desechó de inmediato por la no viabilidad en terrenos andino-conservadores según el estereotipo acostumbrado pero que a veces viene y te da sorpresas. Pero la otra, la que se llama “Taburetóptero” que es la pieza cúbica con patas de insecto le pareció un “tubazo” como él mismo la llamó. Rápido me pidió fotos y se las envió a la parte organizadora del evento en Caracas (Fundación De Museos o qué sé yo, con el debido respeto por tamaña institución, claro, pero es que yo ya no retengo en la memoria ningún recuerdo que tenga menos de veinte años) con la promesa jurada de que de allá me llamarían para coordinar todo.

A los pocos días me pidió un estimado en bolívares para que la gente del museo me depositara la plata para el flete ida y vuelta de la silla. Pensé un número y se lo dije, además de que estaba haciendo otra que a mí me parecía muy interesante también. Me pidió fotos y que la metiera en el cambote. Qué impreciso soy: un cambote de dos sillas.

Casi de inmediato me llamó de allá (no sé si de Mérida o de Caracas, pero en todo caso de allá) una muchacha muy formal y prudente que se llama Monna Gutiérrez para pedirme datos, para coordinar envío, para que le firmara una planilla, para que habláramos un poco… Eso fue un sábado en la mañana estando yo preparando desayuno que me salió muy sonreído y sorprendente porque qué les voy a decir: que estaba muy orgulloso de mí mismo y de lo sortario que resulto cuando estoy descuidado que es como estoy cuando me pasan las mejores cosas de la vida.

Y yo pensaba en que me sonaba demasiado conocido el nombre de ella pero que debía haberla conocido hace muy poco porque si no (con toda seguridad) me acordaría, cuando Anne-Marie me dice ¡mira! Porque estábamos viendo Telesur justo cuando ponían la entrevista en Arte Somos de la diseñadora del “Tetra”: Monna Gutiérrez… Caray, pensé yo (creo que en voz alta) la cosa es seria.

Ya había conocido el “Tetra” en, digamos, persona, porque en Ochava, la tienda de objetos de diseño que está en El Hatillo en Caracas al lado de la galería Azularte lo tuve en mis manos y a punto de comprarlo.

Cuando dije más arriba que el asunto me parecía serio no es por zoquetada mía. Lo que pasa es que estuve jugando un poco con este artefactito y me dio como vértigo. Sí, me parece que Monna tiene una puerta abierta a otra dimensión o algo así porque con unos palitos unidos con liguitas logra una especie de maqueta múltiple de mil caras cambiantes para un montón de formas geométricas que lo mismo sirven para estructuras que como modelo en perspectiva, me imaginé las maravilla que hubiera hecho Antoni Gaudí I Cornet con el Tetra, unos saquitos de perdigones, y una cámara fotográfica…, y un cerro de cosas más de las que no hablaré para no ponerme fastidioso.

Lo fu es que no lo compré porque me acoquinó un poco. Tuve que dar un paso a un lado para agarrar aire. Sé también que llegará la oportunidad de tenerlo.

Está bien, pero no quiero perder el hilo de la narración, así que: a todas estas yo no tenía clara la fecha de uno y otro evento (me refiero, claro, al encuentro de hacedores de juguetes en Tovar, y el así llamado “Diseño al límite” en Mérida) porque tenía un cerro de trabajo, la bomba del hidroneumático quemada, roliverio de lumbago, y el carro prestado (a cambio, por cosas de la vida, de una inmensa y todopoderosa Yamaha Súper Tenere de 750cc que me prestó mi gran amigo y sensei, Ángel Sánchez)... Esto, y que en realidad no sé qué me pasa pero cada vez estoy más lejos, allá, por la estratosfera.

Como era de esperarse las fechas coincidieron. Es decir, que lo de los Hacedores de Juguetes, y lo de Diseño al Límite pasó todo junto, así que Anne-Marie y yo hicimos el corte al bies de la geografía nacional como dije cuando empecé a escribir esto, solo que en el carro, además de juguetes, venían las dos sillas. A una de ellas le terminé un remiendo en el cuarto del hotel Camoruco en Barinas el día antes de entregarla, como cabía imaginar, ya que a esa altura no tenía lumbago.

Por cierto que mi médico de cabecera (a la piecera) me informó y comunicó (y convenció) que mi lumbago no tiene nada que ver con mis vértebras lumbares, que sí, que me duele ahí, pero que en realidad se debe a una contracción de un músculo abdominal que agarra la cadera y las costillas muy internamente, por compensación indebida sobre mi pierna izquierda por estarle tratando de quitar el peso a la derecha que tengo torcida. Así que es por eso que no responde a los tratamientos convencionales para el lumbago, porque no es lumbago, es como una tortícolis pero en la barriga que se refleja un poco antes de que dejen de verse los generadores eólicos antes de la provincia de Valencia pero por el lado de atrás, y me enseñó a quitármela con un acto de voluntad, mucha fe, y el poder de la palabra. Sí, así, sin más ni más... Eso sí, me estuvo poniendo los tendones y cablecitos en orden varios días seguidos antes de que yo pudiera más o menos tomar mis riendas. Y lo más arrecho de la vaina es que no me ha dolido más desde entonces. Parece que lo dominamos.

Desde que salimos de Barinitas iba yo manda que te manda mensajitos a Vladimir y a Lula en Mérida para cuadrar lo de la entrega de las sillas porque aunque no lo dije nunca, ni lo he dicho, ni lo diría, estaba como carajito chiquito con esa vaina, pero no lo voy a volver a decir… Lo que me parecía gracioso es que ambos me dijeron lo mismo, que agarrara la carretera con tranquilidad que el cielo estaba azul. Y resultó verdad. Por eso y por otras cosas pensé que era un código habitual para designar el buen tiempo, pero no, la cosa parece ser una manera más localizada que eso. En fin, lo bueno fue que el viaje por ese páramo fue bajo un lindísimo cielo azul mañana primaveral de postal en los jardines de Buckingham Palace.

Pero volviendo al asiento para no salirme de los límites: se suponía que debíamos dejar las sillas en casa de Lourdes Contreras (Lula) por ahí, en la entradita de Mérida en una urbanización que ya no recuerdo cómo se llamaba pero que queda apenas bajando de la vuelta de Lola entrando por APULA y esto se presta para muchos juegos de palabras y confusiones que tal vez explicaría que no haya ni forma ni manera de que me acuerde del nombre de la urbanización. Porque claro, del apulo no quela sino el cansancio…, dilía el chino.

Dejamos el encargo el domingo temprano y nos fuimos a comer algo antes de seguir el carreterazo hasta Tovar. Fue ahí que decidimos parar frente a la plaza de Milla, en el restaurant de la posada Loca Luz Caraballo (sí, lo digo de esa manera nada más que por joder) y comernos la sopa que nos llevó hasta el día siguiente por culpa de un candado en mi camino.

Yo iba un poco preocupado por mi falta de profesionalismo y rigor formal, porque dejé las sillas allá, así, sin una nota siquiera. Y eso que me habían pedido currículo y fichas técnicas por si acaso, y una breve memoria y semblanza (y no sé qué más) pero yo como si no fuera conmigo ocupado nada más en pensar en mi tortícolis de la cara externa del intestino delgado. De modo que no más pude me fui a un cyber y le escribí a Lula una extraña carta donde estaba tal vez la información que creí que necesitarían. Cometí la tontería de no enviársela también a Monna perdiendo la oportunidad de hacer reír más gente con mi completa falta de seriedad.

Por supuesto que no recuerdo bien qué le puse, pero sí sé que le dije que esas sillitas las hago yo con epoxi y con madera que me encuentro en la carpintería (bueno, la madera, porque el epoxi lo compro yo) la que desechan los demás, sobre todo la que resulta de un intenso destrozo que le hacen a unos troncos rollizos que maquinan ahí burdamente con motosierra. No sé, me da vergüenza con los arbolitos y en un infantil intento por sacarle el cuerpo al plan de crédito del karma, vengo yo y trato de devolverles un poco de dignidad haciendo unas piezas bonitas. O que por lo menos a mí me gusten, porque todo este lío es mío.

También sé que además de explicarle la técnica le dije cómo se llaman las sillas, porque tienen nombre y todo, y lo de las medidas. Bueno, lo que realmente le dije con respecto a las medidas fue que las midieran allá porque a mí se me había perdido el papelito donde anoté eso.

No le mandé mi currículo porque no me lo iba a creer y detesto que me crea mentiroso aquel que en realidad aun no sabe que lo soy. Prefiero que me conozca primero y aunque sé bien que no siempre se puede escoger en la vida, no me iba a echar la burra pal monte yo mismo ni de vaina. Además, si cada vez que me echan el tarot me sale el loco en el pasado, ya no me tengo que preocupar.

Como todo lo que viene a continuación ya lo dije antes, pasaré directamente a lo que le pasó a Maimey…, no, no, no, eso es un cuento de mi hermano Luis Gerardo el que es escritor con libros publicados y todos y de quién estoy más orgulloso que el carrizo, como si yo tuviera algo que ver en eso…, ya va, que me pierdo, lo que decía es que pasaré directamente a lo que pasó el día que nos escapamos de Tovar para ir a la inauguración de la exposición en un edificio grandote que se llama Tulio Febres Cordero y que no sé bien qué es. Lo que sí sé es que de entrada había un grupo grande de gente haciendo capoeira patadas brinco y tambores incluidos, más adelante había una banda yo diría que ensayando algo que sería rock, me parece, porque no era jazz, y en el sitio donde nos sentamos a beber un te porque no había cerveza, estaban dando clases de tango…, caramba, no veía tanto muchacho junto desde que yo era uno.

Estaban Mario Calderón montando una muestra de sus juguetes, estaba Humberto Rivas ayudando y acompañando, estaba el ayudante de Mario, Anne-Marie y yo, medio ladillados de que no hubiera más que te y toddy…, y la verdad es que salvo dos chicas que arreglaban unas mesas tipo Casa Mar, con cenefa y todo, no había movimiento de inauguración ni nada. Le preguntamos a las muchachas y ellas nos dijeron muy serias y convincentes que ahí no habría nada ese día, que la cosas estaba muy cruda… Una mirada en redondo corroboró largamente esta aseveración cuadrada.

Tras ese desengaño geométrico optamos por irnos a casa de Mario a cenar, bebernos unos vinitos, y a cantar un poco, pero ese cuento ya lo eché. ¡Ah! No, ya va, Mario y Esneira prepararon una pasta con champiñones y un mezclum de rúgula y lechugas varias que le roncaba la malanga. Yo, gracias a mi grande fama de hipoglicémico, me comí tres veces mi ración.

En la mañana nos llamaron con un pujo porque había un gentío haciendo cola para comprar las piezas que teníamos en Tovar y por eso fue que salimos corriendo para allá. Bueno, en realidad corrimos de La Mucuy hasta la vuelta de Lola, porque de ahí para abajo nos echamos dos horas largas para atravesar Mérida. Tanto así, que nos dio tiempo para que al pasar junto al edificio llamado Tulio Febres Cordero, le diera tiempo a Anne-Marie de bajarse del carro cámara en mano, tomar las fotos que ven aquí junto, y hasta conversar con Monna que estaba extrañadísima de que nosotros no hubiéramos asistido a la inauguración que había sido la noche anterior… Anne-Marie le explicó lo que ya dije, y Monna le informó que la cosa había sido en otra parte…, es la vida, diría mi amigo Carlos… Pero decía que le dio tiempo de todo esto y volverse a montar en el carro mientras yo avanzaba más o menos setenta metros si es que fue tanto.

Dos horas para atravesar Mérida. Desde la estación Terminal del trolebús hasta Tovar echamos una hora y veinte minutos. Y no digo más para no hablar de la carramentazón y los economistas estos que yo no entiendo.

Tovar, Tovar, Tovar…, se acabó la semana, pero por ahí, a mitad de ella apareció Julieta Cantos con su hija Vanesa y una amiga que había tenido unos problemas con unos camarones y estaban culpando injustamente a unas chistorras… Qué riñones, culpar a unas pobre chistorras. Nunca he sabido que le hagan daño a nadie. Unos camarones no digo, pero unas chistorritas a las brasas ¡nunca!

El caso es que aparecieron por allá y nos corroboraron una invitación a San Cristóbal, a su librería y a su casa también… Ese almuerzo con ellas en el mejor restaurant de Tovar del que no hablaré porque me trajeron el mejor churrasco que me he comido en años, preparado exactamente como yo lo quería (bien sellado, crudo por dentro, y con sal añadida después de cocinado) fue muy agradable y gracioso. Para muestra un botón: estas damas piden el postre antes de pedir la comida, porque dicen que puede pasar que se llenen con el almuerzo y no les quepa después el dulce…, muy sabio pero inusual…

Por supuesto que en terminando esta carta pagaron caros sus gritos, quiero decir que en lo que se acabó la exposición en Tovar arrancamos para San Cristóbal vía Zea porque por ahí se empalma con la carretera Panamericana que es la que baja por el sur del Lago de Maracaibo y llega uno por el lado de Michelena. Yo me quería ir por el páramo de Bailadores, pero había cierta prisa.

Llegamos directamente a “Sin Límites” y debo decir que el premio de la mejor librería a nivel nacional se lo tiene bien merecido, y diría aun más, como Hernández y Fernández. Tienen el espacio de exhibición y venta, un espacio para talleres infantiles, un pasillo anchote que sirve entre otras cosas para ferias tipo navideñas (ese era el caso) que da a un patio interno que antecede una galería con todas las de la ley. Subiendo las escaleras está el depósito y oficina de Julieta. Más arriba está la oficina de administración, y arriba de todo (con una linda vista sobre la ciudad) está un apartamento arrechísimo que en realidad es el despacho de Jorge Peñuela quién es el esposo de Julieta. Él trabaja en cosas del agro y tiene una finca en la que tiene hasta una siembra de teca y gmelina para el aprovechamiento de la madera. Ahí nos anotamos para el primer entresaque que llaman…

Las instalaciones, la planta física del edificio es una cosa de un impecable solo comparable con la casa de ellos a la cual llegamos temprano, después de almorzar en un restaurant árabe en el cual también hice gala de mi taimada hipoglucemia.

Yo, que tenía un millón de años sin dormir bien, subí el equipaje a la habitación más pulcra que he visto en mi vida: las sábanas olían rico, las almohadas olían mejor, el piso y las paredes despedían un olor delicioso a cosa limpia y bien cuidada. Yo me quedé ahí echado mientras las damas conversaban en la sala de cosas que a mí no me incumbían, o así lo decidí, observando como desentonaba la vibración (más bien trepidación) de mi cuerpo horizontal en medio de tantas cosas bien hechas.

En la tarde salimos a ver una tienda de esas de decoración masiva que está muy de moda porque Julieta quiere convertir la galería en una tienda de objetos de diseño no muy caro enfocado hacia la decoración, nada más que para que exista una alternativa a la artesanía barata indochina que es así de regalada porque esa gente paga sueldos de miseria a viejitos y niñitos explotados como si se llamaran Simplicio, si es que les llegan a pagar, verbigracia.

Claro, el diseño y la artesanía Venezolana no llega a ser tan barata porque es que no somos tan pobres así. No somos tan desafortunados como en el sureste asiático, y mal que bien, el que menos puja echa un Steinway de cola… Pero con muchas cosas sí se puede competir sobre todo si se apoya uno en cierta tecnología y deja los ascos producidos por el purismo.

En la noche fuimos a una pizzería en la que preferí pedir carne otra vez porque no había pizza capresa, y hablamos de eso (de la tienda y las piezas de diseño) y de la madera. Resulta que Jorge Peñuela tiene una siembra de teca y de gmelina. La cocina y algunas otras cosas de la casa de ellos está hecha con gmelina, que resulta ser tremenda madera pues ya la habíamos visto y trabajado en Mérida, en casa de Humberto. Bueno, sí, tiene la madera y está más que dispuesto a hacer negocio, pero la madera está jojotica y recién el año que viene (o algo así) será que hagan el primer entresaque. Esto es que ellos la siembran metro a metro para que echen varas largas. Luego quitan una para que queden cada dos metros y engrosen un poco. Claro que venden la vara del metro que dije antes. Luego quitan la de los dos metros y quedan cada cuatro dándole chance para que engrosen más, y así. Estos entresaques los hacen cada cierto tiempo y nosotros ya nos anotamos. Así que tendremos teca y gmelina en cualquiera de estas…

Ellos tienen un modo de hacer la vida que me dejó pensando. Porque es que son gente organizada y tesonera, pero no por esto son aburridos, pichirres, o con apariencia de estíticos. No, la verdad es que son bien alegres y felices, y además logran lo que quieren. Están organizados y creen en lo que hacen… Me quedé pensando.

Total fue que al día siguiente nos regresamos a Mérida, a casa de Mario y Esneira, nos quedamos en su casa, fuimos a visitar a Humberto, y raspamos para Barquisimeto. Bueno, para la vía de Duaca, a la posada La Salamandra que es la casa de Judith Guanipa y Leo Garcés, en la que siempre somos tan bien recibidos que a veces me da un pelín de pena, pero apelo a mi aparente sinvergüenzura para que no se me note y venga yo a herir sentimientos tan buenos. Pasamos una noche deliciosa, como todas las noches que se pasan ahí y al día siguiente continuamos el paseo vía Caracas con parada en San Antonio de los Altos.

Porque fue que le dije a Monna que íbamos hacia allá y ella insistió en que nos encontráramos, así que nos citamos en el centro comercial ese que está al lado del elevado en San Antonio y allí nos vimos. Fue una experiencia que todavía no he terminado de asimilar… Me explico, yo soy lo que soy (como dice Popeye) y no me sorprendo con nada que salga de mí. Quiero decir que no me parece nada del otro mundo que yo pegue dos o tres tablas y que quede una silla o una lámpara…, bueno, a veces me sorprende el coroto en sí mismo, pero yo no me creo que sea ninguna tapa de ningún frasco…, en fin… Lo que pasa es que ella me trató con tanto respeto que me parecía (como cuando me dicen señor Laya) que hablara de otra persona… Ella y Anne-Marie hicieron buenas migas de inmediato y eso sí que no me extrañó. Pero bueno… Lo que pasó fue que fuimos a su taller a ver el trabajo de ella más allá del “Tetra” ¡coño! Eso merece diez páginas, pero para no volver loco a nadie, mejor visitan www…….com y lo ven con sus propios ojos.

Pasamos un buen rato ahí y estoy seguro de que dejamos una amistad bien hecha allá, en San Antonio. Tal vez salga un convenio de cooperación comercial y de las ideas. No sé, tal vez se me subieron los humos equiparándome con semejante genio…, el caso es que aun no termino de asimilar todo lo que vi y escuché.

De ahí seguimos hasta Caracas, a casa de Ingrid y Eric, que siempre nos reciben como se reciben a los amigos queridos y esto se aprecia mucho. Ingrid, como suele hacer, se lució con una cena más que gourmet y unos vinos como para las penas porque a las penas porronazos… La conversación de la sobremesa giró como siempre de la rodilla a los fenicios, y de la explosión demográfica a la economía, pero como de costumbre, García Lorca ya lo escribió entre primos de Benamejí.
Al día siguiente desayunamos pantagruélicamente y arrancamos para Puerto La Cruz. El viaje fue lentísimo pues salimos como a las diez de la mañana y llegamos al ferry a las seis y media de la tarde justo cuando se iba nuestro barco de las seis de la tarde… Pues no, fue mi reloj que está como un cencerro y cogió a adelantarse (yo nunca había visto eso) y en realidad llegamos a las tres y media de la tarde con tiempo de sobra para almorzar en la taguarita del Terminal (en la que pedí carne, claro) y esperar tranquilamente el ferry de las seis que en realidad salió para la isla tipo nueve de la noche.

Llegamos a casa cerca de media noche, con el cuerpo agitado, y una cosita en el bolsillo que no sabía qué era. Parecía un palito de fósforos, o un mondadientes para algún troll de esos que salen en las películas que ven mis chamos. Pero no.

Era la baqueta que con tanto peo había perdido el granadero, y que no sé cómo, apareció en mi bolsillo.

sábado, 26 de enero de 2008

El Granadero perdió una baqueta (II)


Estadía en Tovar, exposición y festival del violín, breve escapada a Mérida. En fin, Tovar:

Se entiende perfectamente que llegamos a Tovar un poco estropeados por tanto curso de economía y carretera nacional, y que por eso, en lo que dejamos los corotos en el Conac nos fuéramos gustosamente a descansar en el hotel antes de salir a comer alguna cosa, pues desde las hallacas en Barinitas no habíamos probado nada…, ¡coño! Se me va a poner la lengua negra por embustero. Sí comimos, lo que pasa es que como fue una sopita en la posada Loca Luz Caraballo frente a la Plaza de Milla en Mérida, se me había olvidado no porque fuera poca sino porque se tardó mucho y me parece que la digerimos, inclusive en la memoria, antes de haberla comido.


Pues eso precisamente hicimos. Es decir, que descansamos un rato en la pocilga 51 en la que decidí no hacer pupú, pues como dije en la anterior entrega, el baño estaba dentro de la habitación solamente separado por una puerta corrediza de acrílico traslúcido que no llegaba al techo y está bien que se tenga confianza con la pareja, pero de ahí a que uno rompa en andanadas de accidentes gástricos como para amenizarle un programita de televisión, de una televisión que me recordó la propaganda electoral de Claudio Fermín después de que abandonó a los adecos…. (por cierto que la gigantesca caravana de adolescentes en motos chinas parrandeando el triunfo del no con botellas de ron, pancartas y pendones de acción democrática y fotos de Morales Bello y Ramos Allup me produjeron la misma reacción que sufro frente a un autobusete con el raggaetón a todo volumen, pero así es la vida ¿no?) no sé, no me convence. Es que después de estar tanto rato casi inmóvil dentro del carro y luego moverse repentinamente para bajar las cajas y todo eso, como que hace que las tripas toquen a rebato y se organice el gran movimiento de masas gaseosas, me parece.

Decidí entonces bajar a ver si lograba que nos cambiaran de habitación para poder dar rienda suelta al hacer del cuerpo, y por consecuencia directa preguntar cual sería un buen sitio para ir a comer algo después de que nos hubieran cambiado de habitación, claro que muy amablemente porque al fin y al cabo todo el mundo sabe que a donde fueres haz lo que vieres y los andinos son personas muy educadas, pero no había nadie en el hotel y nos habían encerrado con candado. Yo, como Emilita Dago, toqué y llamé, y nadie me respondió, pero de adentro se oyó una voz que me decía: cuchucu ay, cuchucu chucu ay, cuchucu chucu ay, cuchucu, cha… No había nadie en la recepción y tampoco acudieron al toque del timbre de liceo que allí había. Es más: la puerta tenía puesta una rolitranco ‘e barra con sendos candados.

De manera que revestido de irrealidad por fuera y de lo inconfesable por dentro, subí a la temible 51 a confesarle inquietísimo y nada cobero a mi querida Anne-Marie, que estábamos presos y cumpliendo la condena, la condena que nos da la sociedad, me entristezco me acongojo y me da pena, pero lo que soy yo me lo tengo que aguantar…

No hubo problema pues al no comer no se agudizaron las urgencias por descomer, por lo cual deduje una vez más que los caminos del señor son inescrutables y derechos sobre renglones torcidos, y vaya usted a saber cuántas cosas más relativas a las acciones y las reacciones, por supuesto. Lo que sí me echó una vaina fue el espejo de un lado, el lavamanos de frente, y el bombillo del otro lado: solo me pude afeitar el lado izquierdo de la cara y pensaba que gustoso pondría la otra mejilla pero las rotaciones eclesiásticas no se me dan con soltura así que basta con los jueguitos de palabras.

Tempranísimo saltamos de la cama pues el hotel está frente al Terminal de pasajeros (que es como decir un viejo circo) y llegó el autobús de San Cristóbal que es diesel (y tiene el arranque malo, o no tiene batería) y lo dejaron prendido de cuatro a seis de la madrugada llenándonos el cuarto de humo que al principio me retrotrajo a mis días de muelle a sotavento de La Daniela y sus hectolitros de mata ratas, pero que por larga duración pude llegar (en mi retrospección) de San Ruperto a Puerta de Caracas por la subida de Torreros desde el CCCT…

A las seis de la mañana, puntualmente, se fue el autobús de San Cristóbal (un Magiruz Deutz de los que trajo Diego Arria) y casi agarro un sueñito, pero tempranero para que dios lo ayudara (a cambiar un caucho de Icarus de acordeón equipado con aros de artillería forro y tripa de las que se sacan a mandarriazos) abrió la cauchera de al lado, y si en algo resulto yo draculesco es en el hecho de que no soporto una llave de cruz. Sobre todo cuando son de las de camión Leyland de carreras y un economista la deja caer con repitiente displicencia madrugadora, sobre el argentino tañidor alcantarillado Tovareño.

Recogimos nuestro aun hecho equipaje y lo metimos en el carro de nuevo porque de ningún modo volveríamos a dormir ahí donde uno tiene que escupir en el plato en el que come, por decirlo de algún modo, y nos fuimos a trabajar. Debo confesar que la subidita desde el hotel hasta el Conac me fue especialmente ardua por la falta de sueño, de café, y el superávit gaseoso completamente contenido porque no hay nada potencialmente más contraproducente que echarse un peo caminando.

Creo que por ahí pude haber terminado con tortícolis si no fuera porque al echar buenamente el cuento en el Conac (sin los detalles escabrosos, claro) Alexander dejó de lado el trabajo que tenía por delante y logró que nos cambiaran a la 47 representando esto una baja de tres puntos en el Dow Jones de la incomodidad, pero con clara tendencia al alza, eso sí. Hubiera sido un buen momento para comprar, pero está clarísimo que yo no sé nada de economía.

Llegamos a la sala y miramos a través de la inmensidad en la que debíamos montar la exposición junto con los demás invitados…, y nos escapamos cruzando la calle a una heladería que servía pastelitos andinos, jugos de frutas, buen café, y vitaminas (tizana). Después de un más o menos yantar, porque aunque nos habían cambiado de habitación aun no hacíamos efectivo el cambio y, bueno, aun no podía comer porque las consecuencias de las acciones no natas eran así precisamente… Regresamos e hicimos el montaje, que era algo sencillo pues se trataba de colocar las cosas de manera que se vieran bien sobre unas mesas bien bonitas que tienen allí, junto con Mario Calderón y Esneira Quiñones quienes además terminaban una muestra bellísima de la Fundación Casa Del Juguete en la sala principal del complejo. Quedamos situados entre Mario Colombo y Mario Calderón ¡una pelusa!

La gente de ahí (que en cambote) colaboró en el mejor de los grados con nosotros comentaba con sorpresa y agrado que los que venían de tan lejos, de Margarita, hubieran llegado primero. Además con tanta variedad de piezas…, y tan coloraditos, debe ser por el sol de allá… Y yo sin poder explicarme…

…Ahora debo hablar un poco del Festival Internacional del Violín y de la gente que trabaja en esto. También de la exposición de juguetes que se llamó: Encuentro Nacional de Hacedores de Juguetes Artesanales.

Hace un saco de años, un cura (creo que el párroco del lugar) organizó junto con Radio Occidente (que está en la acera de enfrente, al lado de la heladería) un festival local de violín rural en el que tocaban viejitos, niños, y todo aquel que quisiera echarle pierna a un instrumento que se toca con las manos cuello brazos y mucho corazón alzado por culpa de los modismos y del lema imperante. Bueno, el caso es que el festival fue creciendo e involucrando más y más gente hasta que llegó a lo que es ahora: un verdaderamente inmenso evento que se realiza cada dos años y en el que participa de un modo u otro todo el pueblo de Tovar y al que asisten personas de todo el país e inclusive de otras partes de este mundo tan ancho y tan ajeno. En esta ocasión había gente de España, Alemania, Bolivia, y los estados pegados.

La organización parece ser una combinación de: Fundación Festival del Violín de Tovar, Alcaldía de Tovar, Fundación para el desarrollo cultural del municipio Tovar “Fudecut”, Gobernación De Mérida, Universidad de los Andes “Digecex”, Pdvsa, Centro de Arte La Estancia, Gobierno Bolivariano de Venezuela, y Ministerio de Energía y Petróleo, además de todos y cada uno de los tovareños. También estaba pintado en todas partes ese rectángulo con los colores de la bandera y tres monigotitos que dicen que Venezuela ahora es de todos. Bueno, está muy bien, pero sigamos: Sí, se reúnen fondos que imagino mollejuísimos porque aun no sabiendo de economía sé que para pagarle el alojamiento a varios cientos de participantes, las tres papas a unas setecientas personas, amén de la nómina de planta, durante una semana completa de domingo a domingo, hace falta una boloñonga (palabra favorita de un ex amigo) inconmensurable. Con decir que el equipo de trabajo se echa dos años en reunir los cobritos esos… Y todo esto bajo el lema de “¡Arriba corazones!”…

Lo de las comidas merece un aparte: en el comedor del liceo cuyo nombre no recuerdo pero que era algo así como Patrocinio Peñuela o Rudecindo Rebolledo (y si me pelo no es por mucho), servían diariamente unos setecientos desayunos, almuerzos, y cenas, para los participantes los cuales estábamos plenamente identificados con unas escarapelas y unos tiquecitos que si los veía Carpentier nos situaba en el Pluvioso del años dos o más bien finalizando el ocho aunque pierda la cronología, porque siempre se desordena el asunto por un lado o por el otro… Hacíamos la cola en grupo, rocheleando en infinitos tono de verde pues el paisaje tovareño es como dicen que es Catamarca, pero en vez de sonar en seis cuerdas solo llevan cuatro (cuerdas) y un arco.

La comida la preparaba un ejército variopinto que estaba envidiablemente coordinado pues por ejemplo el que buscaba el pollo siempre llegaba a tiempo para que montaran la siguiente olla antes de que se acabaran la tanda de las primeras doscientas porciones. Esto no es pendejada, eran más o menos doscientos pollos diarios durante siete días. Treblinka, se ha de haber llamado la pollera de jabatos con toda seguridad. Además eran pollos gitanos, marrones, y guineas, además de guineos pisados y/o hervidos con sal y ajo. Muy sabrosos, debo decir, pero totalmente inusuales en mi dieta y con esto no me estoy quejando sino agradeciendo, porque uno no aclara las cosas y luego viene alguien y las toma a mal.

Había una parejita, que bien podía hacer de tripulación para cualquier arca que se precie, parados en la puerta del comedor: el muchacho regulaba el ingreso a la sala-comedor, y la muchacha te pedía el tiquete con garbo en lo que tocaba uno en turno. El siguiente paso era recibir la ración que a veces te la daban ahí mismo y uno localizaba (menaje en mano) y ocupaba el puesto que encontrara disponible, o te mandaban a sentar y una señora muy amable te traía la pitanza.

El segundo plato llegaba, o no llegaba, según los designios inescrutables no del señor, sino de las señoras porque me dejé de juegos de palabras. O tal vez del encargado del pollo que tal vez alguna vez que no recuerdo, olvidó llegar… En fin que uno se sentaba y comía, y mientras saboreaba echaba un ojo en redondo, que es un buen modo de entretenerse, y notaba los afiches liceístas que hablan temas como el del embarazo precoz con imágenes de Jessica Rabbit y Jhonny Bravo…, ¡buéh! Tovar no tiene por qué ser el sitio más incoherente del mundo. Una experiencia asombrosa en más de un sentido, eso sí... Digo, que nunca vi nada así y me gustaría mucho volver siempre.

Trabajan en este evento, desde el director más toro sentado o pluma blanca si lo prefieren, hasta el niñito más chiquito de la zona. Hubo uno en especial, Ernilson Contreras: un chamo de esos que le devuelven la fe en el género humano a uno. Si estuviera en mi mano le conseguiría una beca o algo así para que se metiera a hacer juguetes o música, porque con seguridad que tal limpidez de alma debe dar solo cosas sublimes…

Total que en ese evento unos coordinan y revientan teléfonos recalentados, otros corren suben y se encaraman, otros limpian papeleras llenas, otros pelan papas y hacen sancochos, por ahí pasa la comisión de miche llenándole el vasito a la concurrencia, también pasa la directora de quién sabe qué, y la coordinadora de lo otro de más allá no necesariamente juntas ni mucho menos revueltas, porque no hay que exagerar. Parecen un concierto de Stomp: brincan y saltan que parecen locos, pero suena del carajo. Además no se les escapa un detalle… Bueno, lo del hotel fue culpa de que no hay hoteles aceptables en esa comarca. Nos ofrecieron cambiarnos a una posada en Bailadores pero declinamos tan galante invitación porque uno salía de ahí a las diez y media de la noche más mamao que chupón de bobo y no era cosa de agarrar esa carretera tan revirada a esas horas tan chatas hasta el cantón vecino ¿no? Además, como no sé un coño de economía juzgué que la tendencia sería a la baja (sostenida un tiempo más porque los indicativos de las acciones tipo “A” perdían un décimo de punto por cierre…) y que podía demorarme aun otro poquito en comprar. Por bolsa se pierde en la ídem, pude aprender en carne propia otra vez…

Pero volviendo al festival, debo decir que fue para mí una experiencia sorpresiva. Yo alguna vez escuché hablar de un pueblo llamado Tovar, que no era la colonia, y de un festival del violín, que no es dentro del metro de Madrid en verano. No había hecho la relación de ambos (cosa muy típica en mí) y el tal Tovar lo había medio visto yo a unos 67 kilómetros al suroeste de Mérida según un mapa de carreteras 1:1.000.000 que tengo y que me costó cien bolívares de la época en la que Gráficas Armitano tenía un teléfono de seis cifras, pero de ahí a imaginarme todo lo que me encontré: nunca.

La plaza Bolívar de Tovar es un sitio amplio con terrazas a dos alturas hechas claramente para presentar espectáculos pues cuenta con una geometría (y hasta acústica gracias a una pared alta a espaldas del escenario) adaptada para ello. Estaba llena de cabo a rabo todo el tiempo, desde las ocho de la mañana hasta la media noche. La parte de ingeniería de sonido estaba organizada a la perfección y además construida para la intemperie pues aunque no paró de llover tampoco paró la música ni el entusiasmo. Y no son cosas nada más que del río de miche que corría en el lugar, porque hasta donde sé cónsola no bebe caña, ni cachicamo se afeita…

Nosotros no pudimos ver todo el espectáculo porque teníamos que atender la tienda pero nos vacilamos el back stage completo porque todos y cada uno de los participantes pasó por el fondo del salón en el que estábamos para ensayar mil millones de veces cada pieza para violín que más me hacía desear con fervor un piano…, pianissimo… Es la vida…

Había una muchacha española llamada María Huerta que era como Ariel el de Billo porque lo único que le faltaba era lo del ballet. Tocaba el violín como los ángeles y encima era soprano de las que te erizan la crisma, donde quiera que eso quede. Una belleza musical.

La afluencia de gente en la sala de exposición empezaba a las ocho y media de la mañana y a las diez y media de la noche había que sacarlas casi por las malas porque nadie quería irse. Y de las ventas debo decir que entre tres señoras que llegaron ahí, coleccionistas y conocedoras (esto hay que decirlo) se llevaron lo más grande. Luego goteado pero constante, se fue casi todo lo demás. Digo que si nos vuelven a invitar seremos con seguridad los primeros chicharrones de la olla, hasta sería capaz de pintar el neocostumbrista letrerito de griffin en el vidrio trasero del carro que diga: de Margarita con mi violín para Tovar… Así, sin sutilezas de redacción…

Bueno, voy a cortar el hilo aquí, porque si no, esta vaina no la lee nadie. En la próxima amplío detalles sobre los juguetes y sus autores…

viernes, 28 de diciembre de 2007

El Granadero perdió una baqueta (I)


Viaje de Margarita a Tovar para asistir a la Exposición de Jugueteros en el marco del Festival Del Violín de Tovar, para la cual Anne-Marie fue invitada, y yo, bueno, yo también.

Primera parte:

Me gusta pensar en que hay más de un modo de hacer una misma cosa muy probablemente por ocioso o simplemente por divertirme, por eso es que en vez de decir que cruzamos el país en diagonal prefiero contar que hicimos un corte al bies de la geografía nacional.

Sí, arrancamos de Margarita en el ferry de las seis de la tarde que salió a las nueve y media llegando a Puerto La Cruz casi a media noche, razón por la cual terminó saliendo el plan “A” que era realmente el “B” porque era más razonable, sobre todo contando con el retraso habitual. Bueno, quiero decir que de haber estado a las ocho de la noche en el puerto se podía haber pensado en agarrar carretera a esa hora pasando por Caracas a media noche amaneciendo más allá de San Carlos de Cojedes y así el viaje hubiera sido matador, pero expedito, además de recorrido por una vía menos salvaje.

Pero no, el condenado ferry (del que estoy comenzando a sospechar que lo que hace es cumplir con la muy necesaria e incómoda tarea del control demográfico cada temporada) salió con retraso y navegó lento, y al final llegamos al puerto totalmente molidos. Entonces el plan “B” transmutó como dije antes. Nos quedamos en La Hostería que cada vez está más mala y más cara, pero que el desayuno es razonable como el plan “B”, y está incluido. Esto es importante en Puerto La Cruz ya que parece que no hay nada más qué desayunar que panaderías, y encima hay que hacer colas. No, nos desayunamos en La Hostería y arrancamos en fa lo más temprano que pudimos. Sí, como a las ocho y media de la mañana, muy temprano para mí.

Digo que hicimos un corte al bies de la geografía nacional porque en Píritu nos salimos hacia el sur oeste vía el crucero de Santa Fe por una carretera estrechita muy parecida a un mono riel con policías acostados en cada caserío.

Pasamos Onoto que es un solo hueco pero con isla en el medio y postes de doble látigo, y en Zaraza nos paramos a echarle café a la barriguita. Preguntamos por la vía de Tucupido, que era la misma por la que circulábamos, pero es mejor estar seguros para no tener que dar la vuelta y enredarse la vida. Anne-Marie no recordaba el olor del mastranto así que nos detuvimos un instante en media sabana a recoger un poco de esta mata que huele tan rico y seguimos hacia Valle De La Pascua con el carro perfumado. Íbamos con el paso apretado porque de ahí para adelante el monte era mastranto…

La verdad es que la gente no hace sino repetir que la vaina está mala, que no hay real, que la papa está dura y que la arepa está cuadrada… No sé, yo no entiendo de economía. Pero la verdad es que los carros en las carreteras de Venezuela son cada vez más nuevos y más grandes. Unos camionetononones que lo que dan es miedo, pero como si hubiera una mata que en vez de monte diera peroles de esos. Cuando llegamos a Valle De La Pascua en medio de camionetas gigantes y camiones de carrera fuimos a dar a la vía del hospital casi en el centro, porque la última vez que yo pasé por ahí (hace unos quince años, lo confieso) esa ciudad era un pueblecito más o menos afincado (como para que no se lo llevara el viento) al norte de la carretera. Ahora es un amasijo de avenidas a medio pavimentar con los mismos postes que tiene Onoto, sin luminarias pero con montañas de camiones gigantescos (Yo no comprendo nada de economía, lo repito) así que para esquivar uno, un hueco y un camión, fue que entramos a una bomba y aprovechamos para preguntar por la vía del Sombrero, y de paso echamos gasolina.

La avenida que antes era la carretera nacional de huecos rojizos es una escalera de carpetas de rodamiento que dejan ver muy bien que al ministro le va mejorando la fórmula, pero que debería dejar terminar una antes de aplicar la siguiente, pero no hay que quejarse porque podía haber sido peor. Lo cierto es que ya nos estaba dando hambre, pero por razones de rendimiento del tijeretazo nacional decidimos irnos a comer en un sitio que yo conocía muy bien por ahí cerca y que nunca encontramos. Así que entre una y otra llegamos al Sombrero.

En el Sombrero nos sentamos a comer en el primer sitio que vimos porque el hambre no nos dejaba llegar más lejos, así que nos tiramos del carro y pedimos doble p: parrilla y pabellón… Nos encontramos a un profesor de Anne-Marie que, fíjese usted, cosas de la vida, también había sido ministro pero que por lo pronto prefería comerse un coporo frito que según él, estaba excelente. No lo dudé. Yo hasta estuve a punto de pedir uno, pero recordé que ese bicho hay que comerlo sin presbicia. Saludos afables y muchas indicaciones, y de vuelta a la carretera.

Le dimos hasta Dos Caminos que en realidad son cuatro y sin señalización. Esa es la puerta a la dimensión desconocida, porque si te pelas ahí puedes ir a dar a cualquier sitio desde Margarita otra vez, hasta Brasil o Colombia, y eso que está yo diría que más centrado que el corazón del país. Lo cierto es que con mucho cuidadito y más bien pulseao, fuimos cachicameando y preguntandito hasta que agarramos exactamente la vía que parece una banda transportadora a ninguna parte. Un ramal perdido de la mano de Dios que une mal que bien los caminos de Los Dos Caminos que en realidad son cuatro que se abren al infinito, con Tinaco en Cojedes, el estado que lo tiene todo como decía el letrero viejo de la gobernación por ahí por los lados de Tinaquillo y que algún jodedor le puso a mano y debajo “por hacer”… Bueno, un chiste demasiado viejo porque cuando lo leí tenía aun mi pierna derecha ídem.

La cosa es que pasando por lugares con nombres que ni Don Rómulo Gallegos habrá de habrá conocido nunca pues en ningún libro los puso: La Salanera, Río Verde, San Francisco de Tiznados, Galeras de Corozal, Boquerón, El Cantón, Galera del Pao, pasando por un lado del cerro Tiramuto, desembocamos en Tinaco justo al lado de un letrero oficial de enorme formato que decía: ¡CURVA ARRECHA! SE MATA LA GENTE POR IMPRUDENTE… Lo más frito fue que no se nos ocurrió tomarle una foto tal vez porque teníamos demasiadas ganas de hacer pipí.

De Tinaco a San Carlos no nos dimos mucha cuenta de nada porque la vía está otra vez plagada de camiones de carrera y camionetones que lo que dan es miedo por la velocidad a la que andan. Nos pasó una andando nosotros como a ciento veinte que nos dejó temblando como una perolita de cerveza. Yo me acordé del chiste del fiscal que se bajó de la moto en plena persecución…, bueno, no lo voy a contar, es malísimo. Pero me acordé, eso sí.

De San Carlos a Acarigua la cosa es más o menos una pesadilla sobre todo cerca de San Rafael de Onoto al norte del embalse de Las Majaguas, pero me acordé de cuando pequeño que íbamos mucho ahí, y a Agua Blanca al río de los creyentes en María Lionza y me entretuve contándole peripecias a Anne-Marie mientras esquivaba camiones y camionetas cada vez más abundantes y agresivas. Están locos todos. Pero yo no sé de economía, no hay que olvidarlo.

Después de Acarigua la cosa cambia mucho porque la vía es anchísima y muy plana. Hay espacio para todo el mundo, para los expertos y para los que no sabemos nada de economía y por eso vemos santísimas camionetas en la vía, pero que aparentemente son producto de una ciencia inexacta porque en realidad no existen… No sé. Este mundo es muy raro.

De ahí para abajo pasamos Ospino en muy poco rato, pero Guanare no la pasamos nunca. No vimos ni los letreros que la indicaban. Lo que sí vimos fue las bellísimas plantaciones de teca, eucalipto y gmelina que llegan hasta más allá de donde la vista abarca. Más allá de lo hoyado por camioneta alguna, más allá de lo que analiza un economista acucioso.

Por un momento pensamos que nos habíamos pelao en Los Dos Caminos que resultaron ser cuatro porque pasamos por un lado de Tucupido otra vez, pero nos tranquilizamos cuando vimos el letrero que nos indicaba que estábamos al ladito de Barinas a la que llegamos a las ocho de la noche, más o menos.

Más o menos hecho trizas llegamos a Barinas a las ocho de la noche y siguiendo las instrucciones del ministro del coporo y también por apegarnos al plan “A” que terminó siendo “B” nada más que por “A”, decidimos buscar hotel ahí mismo.

Estábamos tontamente aprehensivos tal vez por el cansancio y por La Hostería con desayuno razonable. En realidad estábamos preparados para dormir en cualquier vaina que pareciera hotel pues no esperábamos nada de un sitio en el que todo el mundo parecía ser buen economista. Pero he ahí que el noble galo llega con la espada allá donde no alcanza con la mano…, Cyrano…, o no Cyrano ni Munchausen. Encontramos un sitio hermoso y de fácil acceso llamado Hotel Camoruco. Una belleza, limpiecito, cómodo, y muy cónsono con mi humilde conocimiento de economía. Con decirles que era bastante más económico que La Hostería, y no me dejaron salir a comprarle ibuprofeno a Anne-Marie que le dolía la cabeza, la señora de la recepción me dijo que yo estaba muy cansado para andar por ahí buscando farmacias a esa hora, que ella tenía unas pastillas mejores y que me regalaba dos. No tenían el restaurante funcionando, pero igual nos prepararon unas cremitas de apio y nos las llevaron a la habitación. Nos encantó el sitio.

Esa noche dormimos muy bien, en un hotel que olía a limpio y en el que no hubo ni un solo ruido raro. Estábamos cansados porque habíamos salido de Margarita en un ferry retrasadísimo, después de una redoblona de trabajo muy fuerte para poder terminar con los compromisos pendientes tal y como suele pasar cada vez que hay una exposición. Bueno, con decir que varias piezas que llevábamos para la exposición las terminamos esa noche en Barinas… ¡Linda Barinas!!!

En la mañana salimos bien repuestos con rumbo a cualquier cajero automático porque ya no nos quedaba dinero ni para desayunar ni para echar gasolina, aunque esto es palabrería sin sentido porque ese carro nuestro es un camello, aun tenía medio tanque del que echamos en Valle De La Pascua.

De todas maneras paramos a comer cerca de Barinitas en un lugar bucólico y excelentemente bien atendido por gente que tampoco sabe gran cosa de economía pero que hace unas hallacas exquisitas. Yo me comí dos y el pedacito que Anne-Marie dejó de la suya. Nos empipamos de café y arrancamos a remontar la inmensa montaña que teníamos delante.

Nada qué decir de esa carretera. Si no es la más bonita que conozco está muy cerca de serlo. La transitamos durante una soleada mañana de muy poco tráfico, con las ventanas abiertas y más que respirando, paladeando ese aire liviano y como higiénico que solo se respira en un sitio así…, bueno, por ahí pasamos un lugar que olía un poco raro, pero puede haber sido coincidencia o poco conocimiento de la economía del lugar. Tal vez.

La cosa es que entramos en Mérida antes de medio día y pudimos dejar en casa de Lourdes Contreras las sillas mías que iban para la exposición de diseño en el marco del evento “Diseño al Límite” que coordinaba la Fundación de Museos, a la cual fui invitado por obra y gracia de mi amigo Vladimir Vivas, y de mi ahora amiga Monna Gutiérrez de quién hablaré con todo lujo de detalles en la siguiente entrega.

Iniciamos entonces la etapa decisiva del viaje, que nos llevaría hasta Tovar y el Festival del Violín, buscando una bomba para echarle gasolina al camello porque ahora sí, ya le hace falta. Caray, casi en Santa Cruz de Mora fue que vinimos a conseguir gasolina y de la baja porque por ahí nadie pone sino de la alta porque hay mucha montaña vea…

Total que llegamos a Tovar llamando por teléfono a Jean Pierre Le Corvec que fue quién nos invitó para que nos diera instrucciones y dirigiera el aterrizaje. Nada, nos dijo Noris, que nos vayamos para la plaza Bolívar, que al lado de la iglesia está la sede del Conac, que ahí nos está esperando Alexander.

En efecto (como bien diría un jugador de billar que sepa más de eso que yo de economía) en el Conac, después de dejarnos asombrados con las instalaciones, pudimos constatar que como nos dijo Noris por el teléfono de Jean Pierre nos estaba esperando Alexander para ubicarnos en la sala de exposiciones, y expuestos en el hotel. Bajamos los corotos de la camioneta camello y él mismo nos llevó al hotel valle andino con minúscula pero MAYÚSCULA VARILLA: Nos dejó ahí y salió corriendo porque tenía mucho trabajo por delante. Y por todos lados, como pudimos ver después.

Una vez en el sospechosísimo hotel valle andino, en la temible habitación 51 en la que el baño estaba dentro de la habitación solo separado por una puerta acrílicas texturizadas corrediza de esas de ducha balurda, nos dimos de cara con una de esas realidades que por más que la veas entra de a poquito y explota una vez dentro. Supongo que como el miche cachicamero, que a fuerza de hacerlo y tomarlo como que se adueña de todo.

Aquí les ponemos unas foticos como para que vean que no exagero: es un sitio horrible en todos los sentidos en el que además nos trataron muy mal. Es increíble que en Tovar existan más de sesenta concesionarios automotrices en los que pude ver unas tres o cuatro Hummer, pero que para alojarse medianamente bien haya que ir hasta Bailadores. Sin embargo eso es lo único malo en Tovar. Sí, cierto, allí sí que saben de economía y todo eso, pero aun así la gente es de lo mejor. En realidad solo nos quejamos de ese mísero matadero de mala tasca que se llama el valle andino. Ya contaré por qué.


Hay que asombrarse de esto pues Tovar cuenta con un museo, un ateneo, unas instalaciones que tiene el Conac que no la debe tener una ciudad de la talla de Puerto La Cruz, además está una galería de arte propiedad de la señora María Eugenia Montilla que celebra bienales y tiene un café como el del museo sacro de Caracas en su buena época. Hay una escuela de artes plásticas que es una extensión de la ULA. Tiene un movimiento cultural importante que abarca música, pintura, escultura, y qué sé yo qué más…

Pero ya lo dije: yo no sé nada de economía.

En la próxima entrega, la Exposición de Jugueteros, el Festival Internacional del Violín de Tovar, algo de Diseño al Límite…, no más de cinco o seis páginas por entrega.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

El costillar del perro negro

No se puede negar, o sí, que en más de un caso todo tiempo pasado fue mejor, así como tampoco se puede negar, o no, por usar una licencia tipo Benedetti pero a mil años luz rezagada por supuesto, que todo tiempo pasado, y por lo mismo, también fue un mar de mierda.

Yo, personalmente, como decía el entrañable profesor Julio Castro Bosch mientras hacía un movimiento como en redondo con los dedos índice que hacían como la figura de los cachos de un carnero que terminaran apuntando hacia arriba, he tenido mucha suerte en la vida y desde niño hasta la peor de las porquerías me ha terminado cayendo bien. No solo, sino que hasta cuando me sale malísimo alguna cosa, el tiempo se ha encargado de demostrarme que era así que tenía que ser, y no asá, como yo creía.

Siempre me viene a la mente este asunto del tiempo pasado y lo mal que le ha ido a alguna cosa cuando circulo por sitios como Maripérez en Caracas, o por la avenida San Rafael de Porlamar. También me pasa con el puente colonial que está casi en la desembocadura del Neverí en Barcelona, con la carrera diecisiete de Barquisimeto más abajo del edificio Nacional, y con Caimare Chico en Maracaibo.

Hoy me tocó Porlamar: La avenida San Rafael, que sale perpendicular a la avenida Terranova, justo donde funcionan las oficinas del Seniat en unas instalaciones que eran del archiconocidísimo Gonzáles Gorrondona, y termina en la Cuatro de Mayo junto al hospital Ortega sin Gasset, claro.

Y la historia de esta vez tiene un poco que ver también con el lumbago (o con el l’um bago, que alguien dijo que en rumano quería decir el ojo vago) Con ese inexplicable dolor entre ninja y ostrogodo que ataca sin apenas avisar previamente y que hace que un hombrezote de noventa kilos se porte como un bebé con sueño: entre malhumorado y lloricón. Con decir que esta mañana me llamó mi sensei y yo le dije que no sabía si iba a kendo, pero que si podía mover los pies esta tarde, que contara conmigo. Qué dramático. Me muero de la risa con mis pendejadas, pero es que si Juan José Millás pone en labios de María José esta frase: “Cuando los enviados del dolor atravesaban la legión lumbar, se desató una tormenta eléctrica en la cresta ilíaca”, la cosa ya me parece una pendejada pero de autor y como soy tan snob, no me da vergüenza.

Yo tenía hoy que terminar unas fachadas y una planta de techos para llevársela a un dibujante para que me pasara ese pocote de rayas en escala 1:50 a formato digital y esas cosas. Yo no conocía al señor, pero mi amigo Vladimir Vivas me dio sus señas y un más o menos de dónde carrizo encontrarlo y, bueno, la cosa era en la San Rafael. Diagonal a un taller, al lado de una ferretería…, no, al revés: al lado de un taller y diagonal a una ferretería.

No voy a echarle la culpa a mi amigo que me dio la dirección del dibujante desde Mérida calle 3 pizzería O Sole Mio en la que ya las pizzas no son lo mismo, por vía celular Movilnet a Movistar que ya se sabe que se entienden poco y mal, igual antes que ahora, sin mediar Benedetti y que me perdone usted. No. La culpa es mía como siempre porque tengo que pasar por un vía crucis cada vez que emprendo algo porque soy de los de la vía tortuosa a casa más o menos como la canción de Supertramp y que ojalá no la descubran y le metan ritmo de hip-hop o de raggaetón porque aunque no es de mis favoritas forma parte de mis nostalgias por un tiempo pasado siempre mejor que iba de Neruda a Benedetti pero pasando por Jardiel Poncela, que es la ruta que siempre me ha gustado más porque por ahí no me pierdo. Snob, snob, snob…

La cosa es que pensé que no llegaba, que entre el lumbago y el hydrovac de mi carro no iba a poder llevarle mis garabatos al dibujante para que me digitalizara los planitos tan lindos que nos van quedando. Me hice un poco de shiatsu con un alicate de puntas que tengo ahí junto a los sables en mi rincón japonés vía Guatamare que es donde vivo, y un poco de acupuntura con un espolón marinero de desatar nudos lo justo como para desviar la atención de Castilla La Mancha, pero sin ver el octarino porque no hay que exagerar. Respiré hondo en sentido literario porque textualmente no podía respirar sino un poquito, y me metí en el carro.

Me concentré en no pegarle un carrazo a nadie porque mi armatoste pesa sus dos mil kilos bisiestos mal contados y hace lustros que no ve una póliza de responsabilidad civil, y me enfilé hacia allá por los caminos verdes por aquello de que por ahí, lógicamente, me encontraría menos tráfico.

Pone Terry Pratchett en boca de Didáctilos, una frase que me va como anillo al dedo: “la lógica no es más que un modo ordenado de alcanzar la ignorancia”… Pero después de todo cómo iba yo a saberlo, no soy especialista.

La cuestión es que no sé quién carrizo le ha hablado bien de esta isla al gentío que se ha venido a vivir para acá. Ya ni por los caminos verdes se puede circular sin calarse la gran cola hasta atravesando aquellos sitios que vieron tiempos mejores y peores pero que lo que es hoy están feísimos. Por eso es que no nombro los bellísimos que hay a manos llenas, objetivamente hablando (claro), porque luego viene la gente y se entusiasma y cagan más la jaula.

La cosa es que apenas asomé en la esquina del Seniat me vino una urgencia de detener el catanare ese que tengo que también vio tiempos mejores pero que desde que le cambié las correas suena como el andar femenino con pantimedias, así que busqué una sombra que conseguí frente al Caribbean Suites, y este es un nombre que desconcierta cuando conoces el lugar pero no voy a hablar de eso porque la verdad es que me da vaina echarle broma al que la lleva perdida, como si no fuera más que suficiente con eso.

Paré el carro, me bajé y tuve que sentarme en la trompa disimulando y que estaba disfrutando la brisa en la sombrita, siendo que lo que estaba es que me caía porque las piernas hacían la mitad de lo que les ordenaba. Al parecer la brisita me aclaró un poco y regresó mi propósito inicial que era localizar al dibujante.

Pasó un grupo de tres personas más o menos en fila india. La primera era una muchacha en atuendo más o menos secretarial que no va a la playa porque prefiere la montaña, seguida a unos siete metros por un señor de franela roja y gorra del Magallanes que llevaba en brazos una bomba de agua chiquitica, y detrás (como a tres metros más o menos) otra muchacha en atuendo de caminar mucho por la calle haciendo estas condenadas diligencias porque no hay más nadie que las haga, que me preguntó qué dónde es que quedaba la oficina de la cámara de comercio.

A mí no me cayó la locha de inmediato, se quedó haciendo como el balón de basket en el último punto de la película. El señor de la gorra roja y la franela del Magallanes se rió viendo por encima de mi cabeza con una dentadura de solina, mientras la señorita del atuendo probablemente secretarial le explicaba a la muchacha que me hizo la pregunta a diez metros de la primera, que dos cuadras antes, torciendo a la derecha, como a treinta metros de la esquina, estaba esa oficina. La muchacha que sí va a la playa porque le da flojera subir montañas le dio las gracias de lejos acompañada con una sonrisa de no me gusta el jugo de guanábanas y se volteó mirándome la locha que no caía para decirme que ya había estado en esa oficina pero que no era la que ella buscaba, que qué fastidio con esta gente que nunca me da la dirección correctamente, mientras yo pensaba en lo práctico que resultaba decir que tal cosa quedaba de pele el ojo a peligro, del lado derecho según se sube, un pelito más arribita del callejón que bajaba a la quebrada Anauco en los tiempos del pan “co matiquía, o si matiquía”…

Escogí entre volver a prender el carricoche o patear un poco el suelo a ver si mis piernas se acordaban de para qué es que sirven. Recordé que hay quién recomienda que para cualquier pena, porronazos. En vista de que yo no estaba para subirme el ácido úrico, me decidí por un poco de ejercicio, que también ayuda hasta durante los divorcios. Así que opté por lo segundo y me largué a caminar calle abajo casualmente en la misma dirección y sentido que la mujer que iba en busca de la cámara de comercio que no está al lado de ningún taller ni ferretería de zamuro a miseria.

Bueno, caminé de la Terranova a la Cuatro de Mayo, y vuelta. De bajada me fui mirando todo con mucha atención para ver si descubría el sitio del dibujante cuyo apellido es Conde. Qué cosas... Talleres, así, a mogollón. Ferreterías, como arroz picado. Pero negocios de digitalización de planos con un taller en diagonal y una ferretería al lado o viceversa, naranjas de la china.

Así que de regreso calle arriba…, bueno, lo de calle arriba calle abajo es un modo de decir nada más que porque en un sentido se ve el mar al que tengo tiempo sin ir, y en el otro se ve la montaña al la que menos todavía, pero la pendiente es muy suave, esto hay que aclararlo…, bueno, lo que decía era que cuando venía de vuelta resolví hacerlo preguntando y empecé por los del ramo: cybers y centros de copiado pero nadie me entendía, era como si acabara de bajar de una nave espacial que me trajera de Ganímedes (tal vez por el aspecto tan extraño que luciría a esa hora con un andar inclinado y una aureola que era la locha girándome sobre las entendederas) aunque descubrí una taguara que sirve sobrebarriga, bandeja paisa, y otras delicias de la gastronomía colombiana que también habrá visto por lo menos, lugares mejores. Resolví entonces preguntar, no me pregunten por qué, en las panaderías. Está bien, lo que pasa es que sé que los dibujantes toman mucho café, y si hay un dibujante cerca, con seguridad será habitué de la panadería más cercana. Pero me falló esa lógica. Así que cuando llegué de vuelta al carro seguía con el rollo de papel debajo del brazo muy sudado, y esto también hay que decirlo, pero sin haber dado con el hombre que buscaba.

Está de más decir que me acordé de Diógenes y su lámpara. Pensé que tal vez no tendría estos problemas para conseguir a alguien si en vez de una casa hubiera dibujado un barril, y que después de todo no había problema porque con semejante solazo lo de la lámpara era definitivamente una extravagancia de mi parte. No sé, pero se me vino a la mente una imagen con mi cara en un pez abisal con cuerpo de tonel, de los que cargan una lamparita ante las fauces nadando por la cuneta de la San Rafael.

De modo que decidí ir calle abajo, con la corriente abisal, esta vez preguntando en los talleres y ferreterías. En el primer taller me salió un hombre que de seguro ya no buscaba un dibujante ni le interesaría porque estaba cubierto de tatuajes, por lo cual deduje que era mecánico diesel ya que sus tatuajes eran definitivamente arte exclusivo de los marineros de Paramaribo o Cayena, y para allá no se va con motores Evinrude de fuera de borda. Le dije muy avergonzado pero de modo inequívocamente amable, que no quería chimó, y seguí al siguiente taller que resultó ser de refrigeración automotriz y centro de acopio de latas de aluminio.

Había tal colección de tiempos mejores de otrora que recordé la canción de Time in a Bottle y casi me echo a llorar por la distancia entre Ally McGraw y la de botellas que no contenían tiempo pero que estaban en manos de lata patinada por la capa de caucho, carbón, sudor, etc., totalmente ajenas al paso del mismo, y de pana, completamente ajenas a cualquier historia de amor. O tal vez no.

En este taller no pude preguntar nada porque el nudo que tenía en la garganta era demasiado grande. No, más bien parecía un plato de espaguetis secos tragados sin masticar a los que les hubiera dado por volverse calamares vivos, solo con tentáculos. Me dio vergüenza que al ir a preguntar por el dibujante ferretero se me salieran por la boca un poco de paticas indiscretas. El esfuerzo por cerrar la boca me hizo lagrimear, por eso me la tapé con una mano y me apresuré a llegar al siguiente taller. El tipo que me iba a atender se asomó calle arriba y calle abajo, supongo, buscando la manifestación estudiantil del momento en la cual lanzaron semejante bomba lacrimógena. Se le veía el signo de interrogación sobre la cabeza. Pobre.

Había otro taller que le seguía del cual manaba un ruido como de telar industrial antiguo: cutucun tun, cutucun tun, cutucun tun… Realmente me avergüenza profundamente confesar semejante flaqueza, pero para hacer terapia y conjurar estas cosas es que escribo: me dio miedo. Me entró la mayor sensación de terror de la que he sido capaz de darme cuenta conscientemente. Y es que hay momentos en la vida, que como Vallejo, yo tampoco sé, en los que una pared alta pintada con los colores de alguna marca de repuestos automotrices dotada también de un inmenso portón de herrería convencional pero pintado de azul eléctrico, me parece que esconden secretos mefíticos que van mucho más allá de lo que una descripción de Lovecraft puede alcanzar con todo y que cuenta generalmente con un interlocutor más que propicio… Edgar Allan Poe vivió fuera de tiempo. Byron no tuvo automóvil. Si no, Justine sería un Renault o un Mitsubishi probablemente envenenado por el fenómeno boomcar… Hay que reírse de las vaharadas bituminosas rielando a cuarenta y cinco centímetros del suelo bajo un sol margariteño, pero hay que huir allegro veloce con moltissimo spiritu cuando resuenan los ominosos parches tribales. Anuncian encuentros que no sé enfrentar cuando ando disfrazado de pez abisal que nada por la cuneta calle abajo por la San Rafael, con escamas de tonel, y una locha guindando donde va la lamparita.

Sobra decir que ahí no pregunté un carrizo. Crucé la calle y me fui a ver si yo estaba en aquella ferretería de allá.

No estaba en la ferretería hasta que entré. No me molestó la cara de chicharrón con pelos que puso el dependiente cuando me vio, pero que quitó rápido cuando le explique que no venía por una libra de clavos y que ya, formón, tengo. Había cierto frescor en la ferretería porque tenían un ventilador bimotor que tronaba como un DC3 con catorce cilindros radiales, y catorce más. No pude contenerme y me paré frente al avión para dirigir la maniobra de acercamiento al punto de amarre con mis dos paletas de ping pong, una era una locha y la otra un rollo de planos hechos en papel de ese que viene en cajitas semi aplastadas siempre sobre el tablero de los taxis. Puse la boca como quién hace volutas con el humo del cigarrillo y pronuncié el Om trascendental, como cabía esperar.

En estas circunstancias, todo el mundo lo sabe, por efecto del choque del sonido emitido con las aspas de los ventiladores, el sonido se desgrana en un trémolo infantil que es como el esperanto. Al punto, una dependienta maternal me explicó que justo al frente, cruzando perpendicularmente la calle y las dos cunetas (e lasciando ogni speranza, noi que uscite [o algo así]) al lado de aquel cyber que parece una panadería, hay una oficina de ingeniería. Que allí seguramente no sería que trabajaba el dibujante que es Conde, pero que si no sabían decirme nada, porque a veces pasa que en las oficinas de ingeniería a uno no le saben decir nada lógicamente porque lo saben bien, que probara allá, al lado de aquel taller de latonería y pintura de artefactos de línea blanca.

La propuesta me pareció bien intencionada y esto hizo que por fin me cayera la locha: estaba en una ferretería que está diagonal a un taller de latonería de línea blanca, que está a su vez frente a un cyber que parece panadería justo al lado de una oficina de lógica eléctrica. Ya no necesité el disfraz de pez abisal lo cual me alegró mucho porque nadar en la cuneta no es bueno para un ojo vago rumano.

De todas maneras me entretuve un ratico pequeñito en la ferretería haciendo el que trataba de leer algo en los planos sudados para que se secaran un poco con la potencia de tales motorazos, y luego crucé la calle como el que siempre ha sabido todo: como un especialista, pues.

En la oficina eléctrica, lógicamente, no sabían de ese dibujante que es Conde. Yo, como si nada. Crucé otra vez pero a la esquina diagonal de la ferretería y me metí decidido en el taller de latonería y pintura de línea blanca y le pregunté por el dibujante que es Conde al señor de pantalones rojos y gorra de los tiburones que estaba comiéndose un mango (que salpicaba sobre las vestiduras fondeadas y a medio lijar de una lavadora General Electric) mientras le limpiaba la bujía a una moto más vieja que el DC3 de la diagonal. Yo pensé que aquí sí era la cosa porque la radio cantaba así: lo vi caminando, lo noté muy raro, lo vi caminando, lo noté muy raro, fue que en un zapato, se le enterró un clavo, fue que en un zapato, se le enterró un clavo…, oh, porque son de cartón, son de cartón, de cartón…

En efecto: aquí sí vive ese que es Conde. Pasé para allá, que ya se lo vamos a llamar.

Allá es un jardín sorprendentemente frondoso con dos sillas de mimbre debajo. En la reja estaba asomado un señor sin camisa pero con pantalones de la vino tinto que me dijo que me sentara ahí y que esperara, que aprovechara el fresquito, que si se me había acabado el papel que me buscaba otro poquito para el sudor. Y no me lo dijo con ironía ni nada, no, lo que pasa es que los planos ya no eran planos por ninguna parte. Le rechacé amablemente el ofrecimiento y me hice el loco con mucha dignidad para que no se diera cuenta de que me había ofendido un poco en el orgullo de mi disfraz de dibujante ilógico porque es que mi apellido no es Conde porque es de otra calaña.

Por la misma puerta por dónde se fue el señor vino tinto apareció una señora mayor con la enseña albiceleste, que masticaba esa bola de plastilina que todos los niños terminan haciendo con las barritas de colores que juraron que esta vez sí que no las mezclarían mamá cómpramela anda... Una pelota que hacía que casi no le entendiera que me estaba explicando que disculpara pero que lo que pasaba es que el taller no está trabajando porque los latoneros de línea blanca no pintan el día de las brujas, que si yo he visto, qué riñones tiene esa gente…, ya nadie quiere trabajar…, pero usted no se preocupe porque ya el dibujante que es Conde viene por ahí.

Yo sonreía como cuando le dicen a uno una vaina en otro idioma y uno decide que es más fácil hacerse el que entendió y fue en ese momento que apareció: un ser parecido a un perro, o por lo menos un esqueleto con peluca de perro negro que definitivamente sí que vio tiempos mejores, o que por lo menos en este tiempo le estaba yendo que era del todo una mierda. Fue la visión aterradora del día. Más allá del ojo vago. Más allá del albatros de Rimbaud. Muchísimo más allá de un pishtaco de Vargas Llosa, de un nacaq…: Una marioneta de perro en 1:50 hecha con costillas desde el extraño hocico hinchado por algún escorbuto canino hasta una cola de caimán en 1:125 también todo costillas pero que terminaba como el de un tuqueque en época de apareamiento. Todo este traqueteante esperpento de quincalla de huesos estaba cubierto, para que no se le notara que estaba muerto, con la cuchita que usaba Joselo para hacer de Pavo Lucas… No, con la peluca de felpudo de baño hecha con el pelo de algún desafortunado camello que usan sobre la cabeza algunas madrileñas, pero teñida de negro ala de cuervo… Y trataba de mover el rabo como si además de rigor mortis padeciera de lumbago mientras sonaba como un móvil de bambú y olía como si debajo de la peluca escondiera el bicho muerto que es, desde hacía algo más de una semana.

Menos mal que antes de que cundiera el pánico apareció el dibujante que es Conde, quién me hizo pasar a su despacho al que afortunadamente, el perro, tenía absolutamente prohibido entrar con sus huesos, y muy seriamente me explicó que es peligrosísimo comer arepas de pepitona con mucho picante, que las consecuencias son capaces de torcerle la vida a cualquiera. Yo, personalmente, (mientras giro mis índices como dibujando la trayectoria de los cuernos de un carnero) le creí todo al tiempo que vigilaba el perro con el rabito del ojo y le explicaba más o menos la casa dibujada con tanto sudor lo más rápidamente posible, sin terminar de entender con todo y locha por qué fue que el dibujante no llegó a tocar los planos.

Terminado esto yo me fui nadando como un salmón abisal calle arriba jurándole a gritos al dibujante que es Conde, que el lunes regresaba con dinerito y sin lumbago, que no me comía una arepa de tripa e’ perla con picante más nunca en la vida, pero que para ese día, que me espantara por favor a ese costillar de perro negro.

martes, 16 de octubre de 2007

Del Bolero al raggaetón

Estaba pensando esta mañana, que en menos de lo que ocupa la vida entera de una sola persona, cabe un mundo y otro mundo que lo sucede, que en nada se parecen ninguno de los dos.

Me acordaba de una amiguita de mi temprana post-niñez que una vez me comentó entre risas que claro, a los varones lo que le gusta es que apaguen la luz y que pongan boleros para bailar apretaditos.

Yo sé muy poco de eso, lamentablemente mi acervo incluye ingredientes perfectos que lograron que nunca aprendiera a bailar con la soltura suficiente como para disfrutarlo, y que cada vez que tengo que hacerlo sea como tener que aprender de nuevo. Aunque bueno, eso de bailar apretadito es como dicen que es montar en bicicleta, solo que un poco adelantado en el tiempo, y con pocas probabilidades de ser olvidado ¿no?

Los ingredientes son: pésimo oído rítmico, todo lo convierto en un fado o una gaita gallega; una tiesura corporal solo comparable con la de un caballito de madera; en mi niñez no tuve ni amigas, ni primas, ni hermanas mayores, que siempre ayudan en esos trances; un sentido de autocrítica brutal que me reprime; una dicotomía entre la música que me gustaba en aquellos tiempos en los que debí haber aprendido como hice con la bicicleta y por eso nunca se me olvidó, y los medios que frecuentaba. Total que nunca aprendí a hacerlo bien, aunque echo un pie cuando no me queda más remedio, en lugares en los que nadie me conoce, o tengo el nivel preciso de alcohol en la sangre. Y más rápido si es apretadita la cosa.

Debo agradecerle a quién le toque, o más bien a todos los que le toca, que mi formación fue totalmente “polimusética”, por usar un término de mi querido primo segundo, Jorge Mimó. Sí, en mi casa, o la que fuera que habitara, se escuchaba rocanrrol (que así se le decía) joropo, tamunangues y golpes tocuyanos, Los Ángeles Negros, rancheras (que mi Papá canta muy, pero requete muy bien con falsetes tipo Pedro Infante y demás. Se larga con unas malagueñas, que ni Joselito pues), guarachas de Beny Moré, Billo, Los Melódicos del maestro Piñero que murió en el escenario mandando a Cachita a buscar una estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre; valses y valsecitos de todo tipo desde Strauss hasta Chabuca Granda, música académica en el más amplio espectro y no porque todo es fantasma ya, cantantes italianos románticos y melosos de voces untuosas o rasposas; boleros y más boleros, salsa brava bravísima, música comprometida o de protesta como también se le dice, jazz de toda índole, charangos, y un mundo gigantesco. Inclusive cumbia y hasta vallenato, aunque en realidad no me terminaron de calar estos estilos... Como Rodolfo Orozco tocó rock, Folk, pop, forró, dobro, tomtom con Don Jonson, tocó con todos por poco no tocó con Colón, coloso, …, jojojó…

Claro que tengo mis preferencias dentro de este universo, pero no es de eso de lo que quiero hablar directamente. Lo que me intriga es lo siguiente: el mundo se tostó.

Que por qué lo digo. Bueno, básicamente porque como que se me detuvo esa parte de la evolución, que en cierto modo supone que me hice viejo y empiezo a notar que ya la música no es como la de antes, digo, de antes de esta que me preocupa.

¿No han visto un videoclip, si se siguen llamando así, en el que hagan el performance completo de un raggaetón? Los tipos se visten de una manera que yo no me atrevo a describir para no parecer parcializado del lado derecho de las cosas principalmente por mis consabidos problemas de lateralidad. Por lo tanto me concentraré en el elocuentísimo gesto de ellos: “estos deos completos desta mano y desta otra lo que te van es padentro de eso que tienes ahí o por el otro lado también si lo meneas bien”… Mientras tanto una piara de báquiras descerebradas al mejor modo del “Harén De Occidente”, que apenas contribuyen con la industria textilera, y se me volvió a salir la derecha ¡qué vaina!, sonríen complacidas y complacientes compiten a ver quién lo menea más. Lo menean todo lo que se llama todo sin importarle un bledo la cosificación de la mujer porque qué es esa vaina.

Yo sé que la dominación femenina en occidente por parte de los machos miedosos viene de lejos, que ya en la edad media se vestía a la mujer con corotos pesadísimos y miriñaques tremendamente inconvenientes para que ni siquiera se pudiera mover, que solo se le celebraba la belleza como principal atributo, y si se querían poner inteligentes e intelectuales se les tachaba de feas…, inclusive más cerca en el tiempo, el grandísimo y celebradísimo Kant llegó a decir que una mujer que dominara temas intelectuales y que los dirimiera con soltura lo único que le haría falta para estar completa sería una buena barba… Y pensar que hemos fundado nuestra civilización a partir del pensamiento de tipos como este. Caramba con la gente.

El que se queje de la existencia de las así llamada cuaimas, es por lo menos un simplón de mierda…

El romanticismo es una cosa ridícula y mal vista en más de un nivel de la vida, incluyendo el del comercio en general. Los que venden ropa, carros, estilos de vida, pólizas de seguro, tetas de goma, botox, bisutería y perfumes, cosméticos y horas de gimnasio, música, alcohol, drogas, la noche nocturna que llaman, y todo aquello que se me escapa (también para no hacer de esto una ruma de palabras redundantes), me parece que perdieron el norte. No sé, ingenuamente lo digo, con seguridad. Pero es que pasa como con los bancos y las empresas telefónicas que gastan sumas ingentes en publicidad cuando más efectivo sería emplear esos fondos para mejorar el servicio que prestan.

Creo que vender placer está bien. En todo caso está mejor que vender dolor o disgusto, como suelen hacer la prensa y la televisión (pero eso tampoco lo voy criticar para que no se me vaya a salir la izquierda, ya se sabe que no hay que exagerar) el sin sentido que le veo yo es que, como dicen los británicos, mucho al este ya es el oeste, y el placer como producto está sujeto a los cambios de temporada, los remates por cambios de inventario y un montón de cosas más que hacen de la economía una ciencia que se porta como una religión o algo así. Y no voy a abundar en ese tema para no ser descortés.

Esa carrera por ofrecer un placer más de moda que el del almacén de al lado, sacar el producto a la venta antes, y la campaña publicitaria, y lo demás, van creando tolerancia por un lado además de la obligada decadencia de la calidad, porque no es que tampoco sea una industria básica que dé de comer a la humanidad y entonces qué carrizo importa si cagas donde comes ¿no?

Vamos a reencarnar cada vez más pendejos hasta que aprendamos, como alguna vez le oí decir a Facundo Cabral.

Tampoco es que estoy a favor de crear una especie de OPEP de los placeres que mantenga la oferta por debajo de una cuota determinada de producción porque para eso es que existen todos esos bichos que llaman políticos y militares de alta jerarquía mundial, que con un botoncito fríen a miles en segundos.

Solo me llama la atención como fue que del modo de relacionarnos con las chicas por el lado de ofrecerles lo mejor de nosotros para agradarlas, con un despliegue de ingenio y vulnerabilidad para dejarnos ver tal cual somos, con todos los gestos alegres o delicados según la educación y estilo de cada quién, pasamos en menos de una vida a convertirlas en corotos que solo sirven para menearse. Hicimos a la inversa y con más malignidad que en oriente, que cubre a la mujer en las áreas públicas de la vida diaria para dejar claro que el mundo es de los hombres y ellas solo sombras que aceptando esa situación le dan el visto bueno. Nosotros no, nosotros las destapamos y las ponemos a la vista de todos, las declaramos bellas y bobas, y así lo aceptan porque es el único camino permitido para ascender socialmente, y si se les llega a ocurrir ser más inteligentes que nosotros, rápido les colgamos el cartelito de feas, y se joden ahí mismo… Pero no critico los puntos de vista religiosos, solo los comento… Esta no me la cree ni mi abogado…

Pre-púberes flacas a niveles insanos, porque si ya tienes la máscara de neurotoxina ni se te ocurra (no hay nada más inquietante por decir lo menos, que la inexpresividad de una careta de botox) menearte en pelotas en un video de esos... Redondas nada más de nalgas y tetas (de goma). Los pelos de colores y texturas improbables. Todas ellas promulgando que poseen esos huecos receptivos para todo lo que se quiera meter por ahí y que mientras más le quepa mejor. Y ojo, que no tengo nada en contra de los huecos de marras, pero de ahí a ponerlos en pantalla gigante…, coño, es mucho ya.

Yo, personalmente, me quedé. Para mí la música es un oficio noble de hecho y de derecho. Es un algo constructivo que de puro mágico casi parece (como los veleros) que no fueran invención del hombre. Es una forma de acompañar o inducir un estado de ánimo también por aquello de la subliminalidad de los ritmos. Es una galantería que uno se proporciona. Y no me irán a decir que una letra como la del bolero que cantaba Beny Moré con Olga Guillot (…Tu mirar, con sublime ternura dijo adiós, y al hacerlo en mi pecho dejó recuerdos de tu amor…) no está un poco mejor pensado por lo menos que esa apología a la mafafa (…dame la gasolina, quiero más gasolina…), en fin, es solo un punto de vista. Todo está en la mente, y así, hasta el infinito.

Sé muy bien que no hice el curso de apreciación musical, ya que ni siquiera terminé la entonces prelatoria cátedra de piano complementario que impartía la profesora Bilbao, porque fue esa la época en la que me tocó convertirme en personal costoso. Pero sí me siento en la obligación de relatar aquí un descubrimiento que hice en estos días de temporada alta… Ya lo he dicho: vivo en una isla, y por la condición de isla no me resulta tan sencillo huir de aquí en las temporadas altas, en las que nos toca sufrir y sobrevivir a la avalancha de estresados citadinos que nos caen encima como la marabunta y nos atropellan horriblemente. Sí, ya sé que hay quién dice que de eso vive esta isla, pero lamento decir que de eso vive el dueño de sigo, de rattan, y de los bodegones. ¡Ah! Y también uno que otro revendedor textilero. Por mí está bien así… Lo cierto es que esto se llena de carros y gente desesperada que forman unos colones que se salen de nuestra habitual escala de isla, y fue estando preso en una cola de esas que me sucedió que tuve que escuchar como veinte minutos continuos de raggaetón que ponía a todo volumen un boomcar temporadista que me acompañó todo el rato, y como a mi carro no le funciona el acondicionador de aire, me tocó calarme el set completo: se me subieron las palpitaciones hasta las sienes, me empezaron a sudar frío las palmas de las manos, se me hizo una sensación de vacío en la parte baja del cuello junto con un dejo amargo en la parte de atrás de la lengua, apareció una opresión a nivel de diafragma, y una columna helada me comenzó a subir del cóccix… Fue un ataque de miedo puro. El raggaetón me produjo una sensación igualita a la del miedo. Miedo sin adrenalina. Miedo a secas… Y yo me pregunté varias cosas: ¿por qué no me había pasado antes? Porque apenas oigo uno huyo a tiempo ¿qué carrizo sería exactamente? Creo que fue el ritmo, ya saben: cu-tu-cun-chún, cu-tu-cun-chún, cu-tu-cun-chún…, creo que esa repetición constante induce como un trance que te hace pasto del ambiente que exista en el momento. Yo soy un poco claustrofóbico y me sentí atrapado, creo. Debe ser. O esa vaina es monstruosa, y me importa un pito si soy descortés. Más descortés es el que me somete a esa tortura. Libre Dios a este país de que yo llegue a dictador, porque me los echo con guasacaca.

Y por supuesto que me acuerdo de la opinión de la generación anterior a la mía en la que mucha música que yo escuchaba solo eran estridencias sin sentido, y en resumen, una cosa muy poco seria. Lo cual va más en mi favor y yo tampoco respeto eso que llaman la música de estos tiempos. No toda, claro.

Recuerdo a un pana de mi primera adolescencia que decía que la buena música (entiéndase la que a él le gustaba, claro) era como un buen pajazo. Yo me reí muy de acuerdo con él, porque había descubierto eso recientemente, pero agregué que pajazo interruptus, más o menos… En resumen: la música para mí es algo que me aporta elementos para acceder a un estado positivo, y eso también es un punto de vista empírico y amateur, por cierto… Claro que habría que consultar con la contradicción que encarna el Punk que nace como contestación válida contra el virtuosismo del Rock Sinfónico, pero que al ser escrito y vuelto a ejecutar deja de ser Punk. Vainas de la anarquía…

Por supuesto que sé perfectamente que mi visión, como cualquier otra, es completamente subjetiva y que esto de lo bueno y lo malo, no es sino una convención como para no volvernos locos. Como los nombres de los colores, y mi lío con la derecha y la izquierda. Menos mal que no me pasa con arriba y abajo…

Ojalá que no me salga nadie con que lo que pasa es que la vida es elíptica, que hay que llegar a padres para saber lo que son los hijos, o cualquier comentario del género. Prefiero, si acaso, algo que me ponga a pensar y me añada un punto de vista más.

Pero aun así no me da la gana de entender cómo fue que en menos de una vida pasamos del bolero al raggaetón. No quiero saber qué me diría mi amiguita Lily si me lo hubiera dicho en estos tiempos…, pero puedo imaginar que tal vez hubiera sido, claro, si a los varones lo que les gusta es que uno se menée sin ropa para meterle a uno los dedos (llenos de bisutería barata o muy cara, que es peor) y otras cosas por todas partes…

Lo que más me jode es que lo diría con una sonrisita complacida y complaciente, la mirada vacía, pre-púber flaca famélica, prematura (y quirúrgicamente) redonda de nalgas y tetas (de goma), tan pero tan lejos de los trece años que debería tener en realidad…, y yo tengo dos hijitas que ya van para allá…, ¡qué vaina!

O debería más bien concluir con un romano y obsoletísimo: ¡oh tempora, oh mores!

jueves, 4 de octubre de 2007

Campeonato de Kendo



No sé cómo empezar con esto porque siempre que voy a hacer algo me hago una especie de prueba que se llama “el para qué” y que consiste en hacerme esa pregunta nomás para ver cuántas respuestas resiste.

Una de esas que llaman “verdades socráticas” resiste tres o cuatro con toda sinceridad y sin elipses... Con dos me conformo yo, y una con cinco o más, jamás he podido conocer. No digo que no existan, solo digo que mi imaginación y ociosidad no da para tanto.

Entonces, visto esto, no sé cómo contar que hago una cosa que se llama Kendo (que en japonés quiere decir: el sendero de la espada) y hasta a un campeonato he ido y participado, no es nada.

Mi hija Natalia dice textualmente así: “no sé, mi papá se pone una ropa que parece un vestido japonés y se va para la playa a caerse a palazos con unos amigos pegando más gritos que el carrizo”… Y yo creo que eso es una explicación válida, solo que en aras del mantenimiento del nivel de mi ego, debo agregar que esto se hace con un método milenario y mucha disciplina.

Tal vez esa sea una de las respuestas a mis para qué. Con eso me hago un poquito de disciplina en la vida que aunque sea en vestido japonés, no me viene mal del todo.

Otra de las respuestas, y dije que con dos tengo, es que hago mi poquito de ejercicio porque a la edad que tengo no puedo dejar de hacerlo so riesgo de anquilosarme. Tengo que confesar que en las mañanas, cuando he dejado de hacer ejercicio, me levanto con todos los tendones encogidos y me muevo un buen rato como Goldar, el robot del espacio…, camino como si no tuviera articulaciones y encima me duele. Me da vergüenza admitirlo, pero es verdad.

Habiéndome aclarado el punto a mí mismo paso a echar el cuento, para no seguir aburriendo con mis consideraciones personales.

Yo soy un hombre que ha transitado muchos estados, no solo de la república, también de ánimo y esas cosas. Digo que cuando rondaba los veintipico tenía un empleo en el que estaba obligado a ponerme corbata y atender gente, público, quiero decir. Yo tenía que darles la mano a modo de saludo, como se usa, y luego no podía agarrar nada hasta que se hubiera ido la gente y yo pudiera lavarme junto con el bolígrafo y cualquier otra cosa que hubiera tocado con esa mano. Si alguien usaba mi teléfono, cualquiera de ellos pues tenía cinco sobre mi escritorio, rápido buscaba el trapito y el mistolín para limpiar el auricular.

Me compraba las medias por paquetes, todas iguales pero después las marcaba con un hilito verde para la derecha y rojo para la izquierda, con un número para cada par. Mandaba la ropa a la tintorería pero después de todas maneras las rociaba con un poquito de alcohol de quemar y talco mexana.


Formaba un peo cada vez que encontraba el haragán o el papel tualé puesto al revés (y ahora gozo un puyero preguntándole a la gente si sabe cómo se pone un haragán o el papel tualé al revés y pocos dan con el asunto) en vez de voltearlo y ya, pues lo consideraba una afrenta personal.

Lo mismo hacía con la jarra de agua que siempre encontraba vacía dentro de la nevera. Yo la llenaba hasta el mismísimo borde y la cerraba herméticamente. En lo que alguien la agarraba y la destapaba ¡zás! Se bañaba de agua y yo distribuía mi arrechera.

No, no me volví un ocho con esta historia, lo que pasa es que ahora hago kendo, y en el kendo todo huele malísimo. Las armaduras son del dojo y tienen décadas de sudor y saliva seca de no quiero saber quién, y sin embargo me la pongo sin problema. Uno suda litros y más litros y al día siguiente se vuelve a poner la misma ropa que por gruesa ni siquiera se ha secado, y al otro día también pero ya más concentrada. Los guantes protectores, que se llaman koté, estaban tan pero tan hediondos que no aguanté y les puse talco para el pié de atleta. El mango del shinai, que es la espada de bambú con la que uno se cae a coñazos, es una cosa que no tiene nombre. Natalia, cuando estoy lejos de mi última ducha me dice: papá, hueles a mango ‘e shinai… Así mismo es.

La cosa, para ver si empiezo a contar el cuento y no hacerlo tan largo, es que llegamos apuraditos Anne-Marie y yo de Barquisimeto después de la exposición de Arte Bosque en La Salamandra, y de una vez me puse a la orden de Ángel, mi Sensei, que también es Lama y no vale reírse porque además es chef.

Hicimos las impresiones de las tablas de puntajes, las identificaciones de cuatro que no teníamos, que si buscar gente, traer cosas, en fin, todo aquello que se hace antes de un evento de esa índole. ¡Ah! Y fuimos a una entrevista en vivo que nos hicieron en Telecaribe y que salió al aire en ese horario mañanero que no le interesa a nadie. Pero lo que vale es la intención, digo yo. Mi sensei explicó que el propósito del kendo es moldear mente y cuerpo, cultivar un espíritu vigoroso, y, a través de un correcto y rígido entrenamiento luchar por progresar en este arte para tener en alta estima la cortesía y el honor, para asociarse con otros con sinceridad y por siempre perseverar en el cultivo de sí mismo…, por supuesto que el presentador preguntó en tono jocoso que como es que con esos golpes se lograría todo eso (que era más pero, ya no me acuerdo) y mi sensei le respondió dulcemente: no te lo puedo explicar en tan poco tiempo, sería como traerte un ladrillo para explicarte mi casa… El tipo se puso pálido, y yo pensé : ¡tuqui! Toma po’el ojo, güevón…

Total que llegó el viernes en la tarde, hora en la que nos encontraríamos en el gimnasio que muy amablemente nos cedió el IARDENE para el evento, que es el Francisco Verde Rojas de La Asunción, y queda al lado del castillo de Santa Rosa para más señas (lugar perfecto para este fin, además) Llegamos con la cava del agua y un caballete de pintar cuadros que era de Graciela Zúñiga y ahora es de Anne-Marie, más un pedazo de mdf de ½” que me sobró de la sierra de banco que hice para el taller como pizarra de anotación, y serios como los que más, nos pusimos los respectivos fukusos aunque se rían, porque así se llama el ropón japonés ese, y las armaduras, que se llaman Bogu. Recitándome a mí mismo con voz en off: Ichi gan, ni soku, san tan, shi riki (primero los ojos, segundo los pies, tercero el coraje, cuarto la fuerza) que es una especie de mantra que usé para ver si me servía de algo, pero la verdad es que los primeros que se me rajaron (en más de un sentido) fueron los pies, así que me dejé de pendejadas y me callé la boca.

Esa noche nos tocó hacer gi-geiko con todos lo participantes más la ruma de Senseis de súper alto rango que asistieron. Debo explicar esto: el gi-geiko es el combate largo sin puntuación. Es una pelea que se hace nada más que para practicar y calentar motores. Es un rato como de conocer y calibrar a cada uno de los que participan, aplicas la técnica que medio conozcas, aprendes algunas cosas de los Senseis, te llevas unos cuantos carajazos (y también los repartes a manos llenas si puedes) pero básicamente te cansas a niveles de locura (a veces da dolor de cabeza de ese que llaman migraña postcoital) y pierdes la piel de los pies porque se te forman ampollas de sangre que se explotan y todo eso, por culpa de las arrancadas tan tensas que echas para lograr pegarle en la cabeza a un desconocido que te está dando unos gritos que a mí me dan la risa tonta.

Esto también hay que explicarlo claramente: el objetivo inmediato (no te enojes, Sensei, que yo sé que no es el objetivo final) del kendo, es darle al de adelante antes de que te de a ti. Le darás solo tres tipos de golpe que son, a saber: men, que es la cabeza. Koté, que son las muñecas. Y Do, que es en la cintura. Hay una estocada que se llama Tsuki, que es al cuello pero solo se hace entre senseis, los cusurros como yo no se meten en esa vaina. Estos golpes tienen sus variantes y terminan sumando unos ocho tipos de corte según creo que sé.

Entonces uno se para a seis pasos largos del que le toque dar y recibir (no siempre en ese orden) te inclinas levemente sin perder el contacto visual con tu oponente y le gritas duro ¡onegaishimás! Acto seguido levantas con la mano izquierda hasta la cadera tu arma que permanece simbólicamente envainada y avanzas eso tres pasos largos (que él dará igual) en la mejor actitud que puedas de “te voy a jodé, güevón”. Al tercer paso desenvainas con un movimiento elegante (bueno, más o menos) que describe un arco con el shinai que lleva la punta de tu arma hasta el suelo bien adelante porque además te acuclillas al mismo tiempo mientras bajas la punta del sable para saludar en la posición que se llama sonkyo, que es una posición de ataque realmente, y desde ahí ya estás en combate. Te pones de pie antes de que te suenen, porque hay quien te ataca desde esa posición en una especie de salto felino y te echa a rodar por los suelos inmisericordemente porque para eso es que estamos aquí, y empieza el baile y la gritería. Por cierto, te paras y adoptas una posición de guardia que se llama kamae (shudán no kamae, creo que es la cosa, porque hay varias también) que es muy simpática porque quedas con la pata izquierda estirada medio paso hacia atrás con el talón levantado, la derecha ligeramente flexionada, los pies separados más o menos al ancho de tus hombros, el brazo izquierdo estirado con la mano a la altura del maruto pero un puño adelante, la derecha agarrando el sable más arriba, y la punta del este a la altura del cuello del oponente. Se dice fácil. Yo me tengo que concentrar muy conscientemente porque no se lo puedo dejar al inconsciente precisamente por esa razón.

La complicación surge porque tengo que acordarme de todo esto al mismo tiempo que el energúmeno que tengo delante me está bailotenado en frente y dándome unos gritos (que se llaman kiai) mientras le da y le da golpes y empujones a mi arma a ver qué pasa.

Lo del kiai es un tema de cuidado o paras afónico. Tienes que pararte en kamae, pegarle un grito al tipo que tienes ahí a modo de tarjeta de presentación, le medio entras y acto seguido le descargas un garrotazo que desmanganille treinta parias, o los más que puedas, tan rápido cómo sea posible mientras le gritas y le sigues gritando mientras dure la acción, pues no es solo cosa de rajarle el gorro al que se puso contigo, sino que tienes que pasar haciendo como el juego del caballito correlón, y más vale que no se te apague el leco porque no te dan el punto, si están puntuando, si no, por lo menos te miran feo por maleta.

Esto del kiai es importante, se dice que es una especie de forma de proyectar el espíritu hacia adelante (esta última frase se presta a muchas interpretaciones, pero yo me hago el musiú y sigo adelante) que amedrenta al oponente, lo descojona de risa, disimula lo maleta que podamos ser en un momento dado, y se ve depinga cuando gritas como es debido. Tanto es así, que dos senseis, que eran “senseias” (la sensei Kim, de Corea, y la sensei Mariko Chiba, de Japón…, por cierto, todos los chistes que puedan hacer con este nombre ya los hicimos muy respetuosamente, claro) prácticamente se fajaron a dictar una magistral de kiai, hasta el punto que no tuve las bolas para pararme frente a ellas a que me descosieran el pellejo a grito pelao. No hay modo en que yo pueda explicar esa vaina: unos gritos como de fantasma arrecho, bien arrecho… Hay que ser muy hombre.

Está también el fumikomi que es una patada que llega al suelo al mismo tiempo que te desgarras la faringe y parte de Paraguaná con tamaño gorgorito, y llega el rolazo a su destino bien sea al men, koté, o do, y en cualquiera de esos casos lo nombrarás como en el pool. Ya saben, que si la bola once a la buchaca de la izquierda, antes de hacer el tiro.

Pasan cosas como que yo le doy un sablazo de antología en la mano al que está peleando conmigo y pego ese grito: ¡kotéééééeeee!!! Mientras paso por su lado haciendo el mejor caballito que puedo, y el juez me alza la bandera y dice que fue men. Yo no discuto, él sabe mucho más que yo de esa vaina porque para algo es sensei. Yo creo que fue que cuando pasaba lo tropecé y le di sin querer sendo lepe en la frente.

A veces estás men que te men con el tipo del frente y los jueces no te tiran ni peos pa’ que te distraigas. Es decir, que muy convencido y todo, pero nada de nada. Bueno, así es el kendo.

Luego de un lapso que se te desdibuja y estira, alguien decide que ya está buen con eso de los palazos y la gritadera, y toca un pito. Retomas tu posición original, haces sonkyo y envainas simbólicamente (y sin resuello) te pones de pie con el sable en la mano izquierda a la altura de la cadera de manera que la empuñadura apunte más o menos al pecho de tu oponente, echas para atrás cinco pasitos cortos, bajas el arma a la posición de descanso, te inclinas unos quince grados hacia delante sin perder la visual con quién aun es tu ponente, te enderezas, le gritas ¡arigatogozaimaishita! Y pasas al siguiente para empezar de nuevo.

Bueno, el viernes en la noche fue este mismo macán pero con treinta y cinco participantes, más nueve Sensei que se las traían y se las llevaban. Coño, treinta y cinco más nueve son cuarenta y cuatro, que al multiplicarlo por dos porque es uno al empezar y otro al terminar cada gi-geiko, son ochenta y ocho sonkyo very much de esos, que al quinto crees que ya no te pondrás de pie nunca más. A los nueve estás paralítico. A los veinte quieres que te dejen morir en paz. A los cuarenta ya estás como el pollito periquero…, a los cuarenta y cuatro solo dices como Harry Callahan: go ahead, make my day y solo vas por la mitad... Por cierto que el Sensei Moisés Becerra de Nueva York, me dio un do de sobaco, es decir, me dio un rolazo en mi axila derecha, se me acercó y me dijo: “fue un poco alto, se te va a poner morado, lo siento”... Yo, qué decir, me daba lo mismo que me machacara con ajo y sal de apio, igual moriría pronto nomás.

Se terminó esto en un par de horas de sonkyo y leñazos, pero después hubo que sentarse en seiza, que es como se sienta la geisha, mientras hablan los senseis para darte recomendaciones que juran muy serios que se las estás oyendo atentamente. Nojoda, los oídos te hacen piiiii, los pies ya ni duelen porque parecen de otra persona que no eres tú, el cansancio y la adrenalina pone el mundo en cámara lenta y con el volumen bajitíco…, pero ellos hablan y hablan y hablan, porque el japonés habla inglés y el cubano le traduce con mucho respeto, pero yo a esa hora solo quiero comprar mi fosa en el osario y que se callen la boca porque igual no les escucho ni entiendo un carrizo, ni quiero entender nada por amor de dios.

Cuando por fin se compadecieron de estos mortales blandengues que pretenden ser Tom Cruise que se hizo último samurai en una temporada que duró su película en cartelera, y se callaron la boca, me cambié como a mil por hora en completo estado de apnea, recogí la cava del agua (compré cuarenta y cinco botellas de litro y medio de agua, y no quedó ni el hielo, solo un poquito de agua de deshielo en el fondo) y me fui para mi casa por una autopista toda adornada con luces de navidad en la cual todo el mundo iba apuradísimo. Por más que lo intentaba no me daba el pie para hacer pasar el carro de cincuenta kilómetros por hora y me maravillaba que además de luces de colores veía juegos pirotécnicos. Por cierto que fue muy raro, pero cuando llegaba a la casa, la subidita que hay antes de ella me parecía infranqueable, me parecía que no iba a poder subir. Lo cómico es que yo estaba manejando, no estaba jalando el carro ni nada así.

Total que logré llegar con el carro hasta el frente de la casa, lo apagué, le puse el trancapalanca, abrí la puerta y tuve que sacar las piernas con las manos como si estuviera lisiado o algo. Me tiré del asiento y me fui trastabillando por la bajada pa’bajo sin poder frenarme. Menos mal que logré agarrarme del mismo carro para no ir a dar con mis huesos al suelo tan malamente.

Abrí la puerta de atrás del carro y asomé la cava para desaguarla y sentí que el agua fría de la cava me caía en los pies pero no podía quitarme. Tuve que dejar que se me mojaran los pies con el agua que quedó del hielo. Yo pensaba en que eran menos de las nueve de la noche, que no era hora para llegar tan borracho a mi casa, que resultaba muy particular que estuviera pensando como lo haría un vecino chismoso viéndome a mí mismo llegar en esas condiciones y me cagué de la risa.

Empujé la cava como pude para dentro del carro y cerré la puerta. Agarré mi sable, mi armadura y mi fukuso y traté de trepar la última subidita, la del jardín, para terminar de entrar a la casa. No podía subir. La puta subidita parecía el segundo tramo de la trepada del Everest y yo me sentía un mal sherpa cargado de peroles que no me atañían para nada…, pero logré entrar. Adentro me esperaba mi adorada Anne-Marie con un minestrone bendito de cebada, hongos y tomates secos que me devolvieron el ánimo justo como para sacar el bogu de su bolsa, y poner a medio secar todo para el lío de mañana. Me quité la franela y al unísono Natalia y Anne-Marie pegaron un alarido de horror cuando me vieron el sobaco derecho: lo tenía del morado más profundo (deep purple made in Japan) que haya visto nunca, parecía aerografiado, los pliegues de la tela del fukuso se me habían tatuado en la piel, pero no me dolía, solo ardía como una quemada de playa. Yo me eché mi baño y me acosté a fallecer en santa paz. Pensaba que si así habían sido las primeras dos horas cómo coño haría con las cuarenta y ocho que me quedaban por delante.

La mañana del sábado ni la recuerdo. Tocaba dirimir el campeonato de los de un dan para arriba. Porque es que la cosa es así: uno es sexto kiu cuando no sabe ni ponerse la dormilona esa, luego quinto, cuarto, tercero, segundo, y primer kiu. Luego pasas a primer dan, segundo, tercero, así, hasta Leo Dan y me perdonan el chiste fácil. Entonces, lo que decía es que los que estaban de primer dan para arriba les tocó liarse a mamporros de los buenos toda la mañana. A mí me tocó hacer las anotaciones pero del lado izquierdo (porque adónde va el buey que no are) de la pizarra y a un gótico llamado Hache, porque él no era medio hache sino hache completo, le tocó el lado derecho de la misma y eso que no se veía para nada conservador el muchacho.

Esa mañana pasó volando. El subcampeonato quedó en manos de mi Sensei que además es Lama, chef, y tiene nombre de diseñador de trajes de novia. Un tipo particular este sensei. Un gran tipo y mejor amigo, con largueza, la verdad. Le ganó Obi Wan Kenobi nada menos.

En la tarde vino el campeonato de los kiu, o sea, los que no cantamos tan afinados con peluca tipo Popy. Yo, personalmente, solo quería cantar bajito. Esa gritadera no puede ser cosa sana. Imagínense que me tocó el primer combate con un estudiante de física que se pasaba el día pegado a un I-Pod oyendo música satánica y que se creía el león de la metro. No hizo sino pararse delante de mí y largar un rugido con su consabida cara de Alister Crowley, yo soltar la risa tonta, y el tipo conectarme un men que me dejó mirando pa’dentro. Todo en menos de lo que espabila un cura loco. Ya dije que lo del kiai es cosa seria.

En el segundo combate me tocó un maracucho con cara de buena gente y yo, de pana, por eso no quería pegarle. Me parecía una iniquidad. Lo bueno es que me dio el chance de relajarme y sentir de nuevo que tenía hombros. Los tuve tan tensos todo el rato que ya ni me daba cuenta que los tenía puestos. A este le pegué aquel coñacito no muy duro que yo creía que era un koté y terminó siendo un men por las vainas que tiene el kendo, si no recuerdo mal. La verdad es que ahora que lo pienso no sé bien si fue al revés la cosa. Bueno, no importa. El asunto es que eso me mantuvo dentro por un rato más, porque luego me tocó con un compañero de dojo y me sacó en menos de lo que canta un gallo sin gritarme casi ni nada. Por cierto, este pana después se llevó el campeonato en buena lid ¡proficiat!

Se acabó la repartición de garrotazos esa y a los senseis que tenían todo el día viendo, más no comiendo, les dio porque tocaba más gi-geiko. Yo, que tengo las rodillas hechas mierda porque las motos bla, blaa, bla, y que tenía que hacer trial con una rodillera articulada so riesgo de lesionarme por meses gracias a unos ligamentos estiradísimos como el jebecito constante de una depresión, a esas horas ya no debería estarme moviendo ni en silla de ruedas porque estoy viejo y mal usado, así que con la venia de mi sensei (porque le dije que estaba jodido y él me recomendó que me lo tomara con calma) apliqué la milenaria técnica del güebeiko.

Esto hay que explicarlo, porque es que el gi-geiko con los senseis es una vaina demasiado loca. Ellos se ponen allá en frente en orden de jerarquía, y uno de este lado se pone en fila para combatir con ellos. El combate no es tan matador en sí mismo porque ellos realmente te están enseñando más que simplemente coñaceándote. Lo que pasa es que tienes tu rato en este peo y ya no quieres ni puedes. Bueno, yo me ponía en fila frente al sensei que tuviera más gente y faltándome tres o cuatro para llegar mi turno me hacía el que iba a buscar algo y me pasaba para la fila del que tuviera más gente todavía. No tuve que tontear mucho rato, parecía que el único reventado no era yo y nos dejaron en paz en poco menos de dos horas. Na’má…

Ese día fue un curso de parcheado para los pies pelados. Nos intercambiábamos adhesivos y tirros varios junto con las recomendaciones para la confección del parche más seguro para la planta lacerada de los pies de Cristo. Yo me hice un parche de meter el dedo para cada pie y la vaina resultó más o menos. Me permitió hacer mi campeonato aunque me valiera la recomendación al unísono de todos los sensei de habla hispana, de que me moviera más, que en vez de kendoka (o kenshi, que parece ser el término correcto) parecía una momia, que el arte marcial es japonés y no egipcio. Yo asentía respetuosamente repitiendo ¡jai sensei, jai sensei! Mientras el otro yo del doctor merengue decía: qué bolas tiene éste, mucho es que me paré y vine para acá, y aun estoy de pie…, qué bolas tiene Bolaños…, pero bueno, para mí mismo porque esa gente es muy quisquillosa y se molestan. Luego le agarran ojeriza a uno y se las ponen de cuadritos.

El domingo no fue tan arrecho porque los exámenes solo implican tensión para los que van con expectativas altas. Yo, la verdad, con salir de ahí por mis propios pies, tenía. Esto debo decirlo, yo no tengo ese afán (como dicen los gringos: climber) por ascender en el rango y prestigio en esa vaina. Tal vez si hubiera empezado muchacho sería así, pero no, seguro que no, porque esa vaina podrida que me tengo que poner para hacer kendo no me la hubiera puesto con veinte años ni loco.

El caso es que hicimos los exámenes, que no es otra cosa que hacer un show de técnica básica y un gi-geiko con alguien más o menos de tu mismo nivel, y esperar. Esperar. Esperar, y esperar en seiza. Después de que se terminaron los exámenes hicieron otro gi-geiko con sensei, pero yo volví a aplicar el güeveiko porque ya está bueno. Recogí y me fui raudo y veloz a hacer la paella más grande que he hecho (cincuenta personas) para el sayonara party, comió y se emborrachó todo el mundo. Y ya.

El lunes amanecí con fiebre y dolor de articulaciones. Estuve una semana y media en cama y aun hoy tengo una tos que me recuerda a Ricardo Pimentel…, ni de broma a Margarita Gautier… Y no sé si sé para qué, finalmente…