martes, 27 de mayo de 2008

Próxima exposición


Anne-Marie y yo estaremos participando en esta colectiva en el Museo Dimitrio Demu en Puerto la Cruz. La inauguración es el sábado 31 de mayo a las 7 pm.
nos vemos

El mundo al revés

“Le juge n’échappe pas à sa victime”
Jamel Ed Din Bencheikh.

Todas las mañanas del mundo descubro el agua tibia, y si no lo pongo en orden y lo saco por el puerto serial me parece que me vuelve loco la retahíla de palabras que me hacen un avispero del pensamiento.

Así que:

…Ahora sí que se tostó este mundo, más o menos como dicen que dijo el viejo en Maestra Vida, en el bautizo del hijo de Ramiro y Manuela.

La seriedad parece un chiste y a uno (uno en este caso soy yo, como decía mi bisabuelo) no le queda más remedio que apelar al chiste para decir las cosas más serias del mundo sin terminarse agarrando a trancazos con la gente a cada rato.

Las cosas del alma y lo místico son, definitivamente, productos mercadeables propiedad de empresas trasnacionales que las manejan, por ejemplo, a través del trapacero situado constitucional o del más directo diezmo. Encima tiran piedras sobre tejados del prójimo teniéndolos todos de vidrio. Y claro, si se los van a pagar con ganancias, así cualquiera, pero la verdad es que cada vez que veo una expresión enmarcada en una gran papada y solemnemente embatolada, me acuerdo rápido de mi maestro de cuarto grado y hasta ahí llegó la cosa: con la cruz rezando y con el mazo dando ¿eh?... ¡Muerte a la infame! Diría Voltaire.

La naturaleza tenía previsto que no necesitáramos muchos pertrechos para vivir felices; cada uno de nosotros es capaz de crear su propia felicidad. Las cosas externas apenas tienen importancia. [...] Todo lo que un hombre precisa está más allá del poder de otro hombre… Séneca debe hacer aeróbicos en su tumba…

El amor y la paz son slogans para vender alguna otra cosa más importante, como carros, ropa, perfumes, armas de guerra, y chatarras varias que a la vuelta de la próxima temporada no serán sino objeto de burla para volver a empezar con una más cara (máscara) y proporcionalmente menos necesaria… Bueno, la verdad es que no hay nada más necesario en la vida que parecer lo que no somos, porque correríamos el riesgo de no ser nada con facilidad… La vida no es en blanco y negro, siempre me digo, pero no hay manera de que me lo entienda.

Aquellas pobres mujeres (de ayer y de hoy) guerreras perdieron sus esfuerzos, me da vaina decirlo, pero todo ese peo que armaron para lo de la igualdad de derechos, obtención de votos, oportunidades, etc., se volvió sal y agua o por lo menos fue a dar a un sitio bien raro. Hoy todo se reduce a unos cuantos cc de silicón, unos pinchazos de botox, unos añadidos de colágeno, y una que otra puntadita por aquí y por allá.

Y para muestra un botón: ayer alguien dejó subido el volumen de la radio del carro y cuando me montè y lo prendí (el carro) comenzó a sonar. Estaban pasando un programa de variedades conducido por dos chicas jóvenes (que supuse de vanguardia tontamente por este simple hecho) que me pareció que decían cosas divertidas y por eso lo dejé. Bueno, al poquísimo rato empezaron a pelar el pedal con una polémica entre ambas por la palabra albedrío porque una de ellas sostenía que era albeldrío (coño, y por la radio). Acto seguido pasaron a comentar la concentración de motocicletas de alta cilindrada. Según ellas no vinieron los jóvenes buenmozos ni las chicas espectaculares del año pasado sino un poco de viejos canosos con unas viejas feas, gordas y mal vestidas que parecían ser sus esposas… La guinda del pastel la pusieron con un comentario sobre una entrevista que le iban a hacer en el periódico pero que no se las podían dejar hacer porque tenían que pasar primero por el peluquero para que las pusiera bellas… Bella fue que la pusieron. Son unas traidoras a su género, me dije, y apagué esa vaina…

Si hay algo que no soporto es una mujer boba. Y no la soporto porque considero muy personalmente y por razones totalmente privadas, que las mujeres son una especie de albacea de la sabiduría humana. Son creadoras y alimentadoras, son guardianas que no cancerberas porque mucho al este ya es el oeste.

Claro que la gafedad es gratis y cualquiera hace uso de toda la que quiera, y aun de llamarla como quiera. Sé que existen más temas de los que es mejor no hablar.

Hace tiempo se decía que la religión era un tópico prohibido por razones de urbanidad. Uno, al hablar del asunto nunca sabía a quién puede terminar ofendiendo.

Más recientemente se incorporó la diatriba racial. Es políticamente incorrecto. Y ni hablemos de política, que es Némesis del momento.

Ahora tampoco se puede hablar de arte, diseño, o artesanía, porque se cae inevitablemente en el plagio y la deontología de este. Aparentemente hay que limitarse a elogiar a los grimorios, catedráticos, y consagrados, pero sin usarlos ni siquiera de referencia porque eso es plagio.

No, el arte, diseño, y artesanías, debe ser autoengendrado, un fenómeno de generación espontánea en cada caso aisladamente.

Por lo tanto hay que aceptar como libro de norma lo que haya hecho el artista, diseñador, o artesano, más altamente consagrado (¿según quién?) y rasar por ahí, lo que se salga de ese patrón debe ser amputado.

Dalí no fue acusado de plagiar nada menos que ocho pintores en una de sus más famosas obras. Jodé…

Así que de arte, diseño, o artesanía, tampoco se puede hablar para no terminar peleando con las guardias pretorianas de algún bastión sagrado.

Es por eso que resulta más fácil no hablar de nada o no pararle ni un quinto de bola a los pataleos de los bobos. Parece ser que tengo una habilidad especial para desenmascararlos, y no es que me interese hacerlo. Lo hago con solo parármele al lado.






Debe ser la razón por la cual el gallardo gladio, el pesado y justo mandoble, los así llamados libros sagrados, y muchas otras herramientas superiores, siguen manteniendo a la mitad de la humanidad convencida de sinrazón. Todo para poder seguir viendo el fútbol en la tasca sin que haya pataleo.

No hay peor miedo que el admitir que todos caemos en contradicciones, que todos copiamos a todos, que todos nos sentamos en la poceta y pujamos si es el caso, que todos reímos y lloramos, que nos da hambre y sueño, como a toda la humanidad.

Y esto lo digo por mí, porque lidio muy mal con las contradicciones de la gente y con la discusión inútil, pero me vivo contradiciendo y hablando de temas que provocan e inducen a la discusión.

Así que no hablaré tampoco sobre arte, diseño, ni artesanía. Es un tema que hiere susceptibilidades, que provoca la caída de máscaras, la verdulería verbal, la dentellada subjetiva, y no necesito eso ni me interesa. De modo que seguiré metiéndome con quienes prefieren parecer que ser, pero de otro modo…

Sin embargo estoy claro en que no puedo ser tan tremebundo en la vida, porque dónde queda la facilidad ¿ah? Eso pregunto yo, dónde... Es decir que para qué hacer las cosas por el camino difícil si hay uno más fácil. Conozco un tipo más flojo que la cagada de una gallina que tiene unos abdominales de propaganda de perfume, y se los implantó después de una liposucción. Lo más depinga es que cada vez que la cerveza hace su trabajo de abultarle el ecuador, se pega una carrerita al esteticista (coño ‘e la madre) y queda como para hacer una telenovela.

Negar lo artificial es tan absurdo como negar la violencia, es decir, que existen aunque no me gusten. Pero que haya que convencer a la gente de que lo único que tienen para ofrecer sea artificial, comprado, y en calidad de implante…, me cago en el Steve Austin y en su mitad biónica, incluyendo su ojo, aunque se sabe que conservó su corazón de oro porque siempre usó el gringo sombrero blanco.

Negar que de las cuevas de Altamira para acá el arte haya sido copia sobre copia que con el tiempo y la pretensión de cada quién ha ido evolucionando hasta superarse a sí mismo con el bidet del tal Marcel…, no sé, no debería dar miedo admitirlo. Uno imita y aprende a hablar sin que se vea obligado a inventar su propio idioma…, claro, claro, está la personalidad y estilo de cada uno, claro, eso es así, pero…, prueba a usar un modismo no local. Hay que explicarlo, y habrá desde el que arrugue la nariz y diga que tú si que inventas pendejadas, hasta el que se sienta iluminado por un rayo sapiente… Caramba, hay de todo…

Dije que no hablaba más de arte, diseño, o artesanía, así que vuelvo al otro tema: Se ve que no es que los hombres no se hagan esas cosas (sigo con lo de ser o parecer, pero del modo más fácil posible. Que manía la mía, esa de explicar los chistes). Claro que se lo hacen y me da un susto de muerte, pues si ya no nos alcanza con joderle la pajarita a las mujeres y la estamos agarrando con nosotros mismo: ahora sí que estamos fritos… Pero no es de esto de lo que quiero hablar, ya me desvié otra vez. Luego me pongo ¿cómo fue que me dijeron? Ah sí, repetitivo y redundante, como si quién me lo dijo hubiera estudiado oratoria con Quintiliano, redacción con el que inventó la sacarina, y ortografía con Don Pedro Pablo Barnola. No me joda...

Lo que digo es que para qué monta uno esta revolución ¿para dar una vuelta? si al cabo de algún tiempo vas tener que regresar a donde estabas, con más años, más cansado, y teniéndote que hacer el loco cada vez que te oyes a ti mismo repitiendo como un personaje de Huxley la misma lección hipnopédicamente aprendida: ser alfa es bueno porque ser alfa es bueno. Eso si es que eres alfa, aunque al final sea lo de menos porque el razonamiento de todos modos no existe.

Me recuerda el decreto de Ventoso del año dos ¿o sería Fructuoso? (No recuerdo ni me hace falta la rigurosidad histórica de Carpentier) Qué fastidio.

Yo prefiero malgastar mi tiempo de otro modo, totalmente sin rumbo tal vez, acontecido muchas veces, aunque tranquila y azarosamente mía, sin miedo al plagio… Pero lo sé: no es más que una postura llena de soberbia y de ingenuidad de lo más infantil. Además me arrecho y pierdo el sentido del humor.

Pero es que tener que escuchar (y calarme) en pleno siglo veintiuno que la maestra del carajito de uno ordena lapidariamente que el niño tiene que cortarse el pelo como un hombrecito, y que las niñas son las que usan el pelo largo, y encima tener que explicarle al chamo que la justicia no es un concepto universal sino que cada quien tiene y aplica la que más cómoda le parezca, que en este mundo hay gente que aun vive en la edad de piedra y otros en pleno medioevo, con santa inquisición y todo eso le hace poner a uno en tela de juicio el completo de lo que ha vivido y aprendido.

Con decir que en estos días tuve que ir al colegio a buscar la patineta de Mateo porque se la habían retenido el fin de semana completo. Sí, ya sé que el chamo no tenía por qué llevársela al colegio máxime cuando se le ha dicho hasta el cansancio que no lo haga, pero el concha ‘e tomate del director se la retuvo de viernes a lunes impidiéndole disfrutarla durante el fin de semana: justo castigo, diría algún insensato.

Bueno, yo me enteré tarde y tuve que ir el lunes a buscarla. Le pregunté al señor coq ‘au vin que por qué se creía él con derecho a retener propiedad privada fuera del ámbito de su autoridad ya que esta se limita al horario e instalaciones del colegio. Me dijo desde el fondo de su caldero de pared gruesa que pusiera una denuncia en la lopna…, yo, claro, le dije con todas la letras que eso era una gafedad y que no iba a hacer una tormenta en un vaso de agua, total, ya le dije abusador y tengo la patineta debajo del brazo, así que tenga usted muy buen día, y me largué con viento fresco.

Sospecho que no me entendió. Será por culpa de tantas horas de cocción. No sé.

Por otra parte, y hablando de arte, artesanía, y diseño: tener que escuchar (y calarme como ya dije) que los barquitos que tú haces se parecen demasiado a los que yo hago siendo que ambos estamos tratando de representar (cada quién a su modo) unos barquitos que hace otro que a su vez copió a otro más lejanos todavía, porque los peñeritos de los pescadores son copiados de los que se hacían antes y que eran a vela, que a su vez fueron copiados de los que trajeron los españoles con la conquista, que a su vez copiaron de los árabes que a su vez copiaron de los fenicios, y así… Vaya al carajo ¿sabe?

Cómo carrizo le explico al chamo que este mundo sigue siendo sexista, injusto, y retardatario. Que conceptos como el de la segregación racial, la intolerancia religiosa, la homofobia, el plagio, y cualquier otro que implique diferencias son el negocio y siguen siendo los que rigen la vida. No así el de la corrupción y la hipocresía, naturalmente. Que al fin y al cabo todo este peo no tiene más finalidad que la defensa de la sacrosanta arepa de cada día. Tanto el peor de los fachos, como el sesudo intelectual solo argumenta por temor al hambre, de comida o de alguna otra. Y es así de simple, lo demás es retórica estéril. Joder. Me arreché otra vez.

Obviamente no todas las mujeres perdieron el tiempo malamente. Eso está claro. Me salió de esa manera (y no lo corregí) porque en los colegios que he tenido la desdicha de conocer, la normativa la hace cumplir férreamente una, o varias mujeres, de una categoría muy específica en la que muy bien encajan algunos hombres de hombros estrechos, brazos cortos, y culo ancho que suelen arengar en fa sobreagudo, y este no es de ninguna manera un comentario homofóbico. Sé bien que llevar las cosas a un nivel tan simplista no es necesariamente bueno, pero es que las cosas las veo y explico mejor en blanco y negro. Soy un tipo particular, tengo visión de perro. Ese es mi problema, como me dijo una vez un gran amigo, de esos que no son hipócritas pero que no se escudan en ello para ser maleducados e insensibles.

Lo de la desdicha no es exageración: el único colegio que conocí que era exactamente lo que yo imagino que debe ser un colegio resultó ser un fraude. El condenado corsario dueño de esa vaina nos timó a todos. El colegio era ilegal y lo cerró la zona educativa, que como hacen los extorsionadores, esperaron que el año fuera por la mitad para venir a poner la piedra de tranca y crear un señor caos.

Los demás, a la usanza de la RAE y otras víctimas de la burocracia, aun están usando los pantalones y corte de pelo de Yuri Gagarín, y no se te ocurra venirles con que invitaste a cenar a Sydney Poitier porque las hordas de frígidas damas no sé qué cosa con pantalones de tachón y blusas de tela de esa que cogen tremendo violín mínimo te torturan al niño hasta que lo tengas que sacar del colegio porque cómo es eso que vas a andar por ahí agarrado de la mano de tu esposa con esa pinta que cargan los dos de gozar el sexo sin que lo tengan que pagar en este mismo mundo sin esperar por el juicio final ni nada porque para eso es que ellas están ahí vigilando que nadie cometa pecado alguno… Birsia, me arreché otra vez. Tengo que hacerlo más a menudo porque digo las vainas de un modo que luego me da mucha risa.

Para muestra un botón: en estos días se suscitó un atajaperros con el ídem propiedad de Natalia. Su mamá (de la que nunca escribo porque tendría que pulirme los eufemismos y me da flojera pero Platón lo dijo por mí:[...] Digo de los injustos que en su mayoría, aunque escapen en la juventud, terminan siendo atrapados y parecen estúpidos al final de su camino, y cuando llegan abatidos a la vejez, tanto los ciudadanos como los extranjeros se mofan de ellos; acaban derrotados y convertidos en lo que el oído educado no quiere escuchar. [...].) regaló el perro a una vecina de nosotros (coincidencia sospechosa) con la que luego entablamos negociación para ver si le recuperábamos el perrito (más bien perrita) a la carricita que lloraba y lloraba sorbiendo hectolitros de mocos porque hasta le habían cambiado el nombre a Milú y le habían puesto Madona…

La cosa fue como hacer una diligencia en el ministerio de educación, y hasta tuve que graduarme por archivo (menos mal que soy pana de Fredy) entre timbres fiscales y vuelva más tarde que falta una firma y con cuánto fue que pasaste dibujo técnico, logré que la señora le regalara el perro a Natalia porque quedó claro que no se trataba de una devolución. En realidad le habían regalado el perro y ella no tenía por qué devolverlo, pero al ver a la carajita llora y llora, y porque en realidad el cachorro le molestaba, pues otorgó su venia.

Eso sí, primero me regañó porque tengo que limpiar mi patio, exterminar a fondo las garrapatas de la comarca, asearme las uñas y afeitarme debidamente. Además, ese perrito es muy fino y no es para tenerlo como ustedes tienen al otro (que también es otra) que anda por ahí jugando con los niños y montada en una patineta porque dónde se ha visto perro en patineta… Decía todo esto manoteando airada con la mano derecha haciendo como una cola de pez fuera del agua… Yo tragué grueso. Le expliqué algo sobre los Masai y la cacería del león, comenté que la luna cuando está baja se ve amarilla porque la atmósfera qué sé yo, me metí el perro (la perra) bajo el brazo, di las gracias en sueco y apreté a correr haciendo notar claramente que no iba en patineta desde hace más o menos treinta años…

Yo no sé. Yo no sé.

Existen los días en los que no tengo ganas de hacer chistes porque las cosas no me parecen lo suficientemente serias. Aunque tengo que admitir que es muy serio que muy poca gente quiera usar lo que tiene dentro de la caja craneal para dejarle algo bonito a sus hijos, porque el mundo está al revés y algo es bonito solo si se apega al manual de lo conservador (conservador de la sacrosanta arepa, ya lo dije. Sí, sí, y sí, sí soy redundante y repetidor y me sabe a casabe) y casi huyo por la izquierda.

Me gustaría proponer una vida sin culpas, porque no es necesario romperle la crisma a nadie. Una vida sin hipocresías, porque la verdad es más expedita y esto no lo aprendí hace mucho. Una vida con cabida para todo, porque el mundo es ancho y ajeno, como dice Ciro Alegría. Una vida en la que lo que no queremos tampoco nos angustie, porque aquello que no nos gusta no hace falta que lo compremos y ya.

El hombre no es más que lo que hace de sí mismo. Úpa Juan Pablo…

Yo jamás compro guanábanas ni chayotas. Al que le gusten, que le eche bola, pero que no cuente conmigo. Ya.

Es cierto que cuando me golpean, según quien haya sido, le devuelvo unos carajazos de antología. No me enorgullezco, y palabra que estoy trabajando en eso. Cuando me robaron el realero aquel de la constructora estuve a punto de darle un plomazo de Marlin calibre .35 al sátrapa que me trajinó, pero escogí no hacerlo y aquí estoy: limpio, pero feliz. No tuve que partirle el alma a nadie para seguir adelante.

Total que nunca salimos de la edad media. Seguimos respondiendo a patrones que se imponen por la fuerza del mandoble, la del negocio, la de los prejuicios fundados en la certeza de que todo lo extraño es un potencial oponente que los pondrá en duda y que terminará minándolos. No se les ocurre pensar en que muchos puntos de vista hacen al sabio perfecto. No eso no, porque así es muy difícil y hay que pensar mucho. No se les ocurre pensar que el decoupage viene del arte chino del siglo XII, que se puso de moda en la Venecia del siglo XVII, en Inglaterra en el siglo XVIII dónde extrañamente se bautizó con el nombre de The Art of Japanning, y que el nombre que tiene actualmente se estableció en Francia en esa misma época. No se le ocurre pensar que el sicodélico batiscafo de los escarabajos del ritmo tiene un copyright a favor de Apple Corp desde 1968, o sea, que lo inventaron hace un saco de años. Décadas ya… No, lo que importa es que todo sobre el triángulo se le debe a Pitágoras, y a mí tampoco me gustan las habas aunque el disgusto no me daría como para querer proscribirlas porque no hay que exagerar.

Yo me pasé una semana en Caracas y me vine saturado de ciudad. Comprendo (y me felicito) por qué la abandoné. Tengo allá mucha gente querida. Pero no conozco otro lugar tan deprimente como ese. No, no niego que lo habrá, pero yo no lo conozco. Allá las contradicciones y la injusticia le saltan encima a uno y se pegan como una rana platanera viscosa y fría. La gente decente debería irse de ahí antes de contagiarse.

Es territorio de la temible raza wanna be anorgásmica. Pero: Y sin embargo, si todos los deseos se vieran satisfechos en cuanto despiertan, ¿en qué ocuparían los hombres su vida, cómo pasarían el tiempo? Imaginemos a esa raza transportada a una Utopía donde todo creciera espontáneamente y los pavos volaran asados, donde los amantes se encontraran sin más demora y supieran permanecer juntos sin mayor dificultad: en semejante lugar algunos hombres se morirían de aburrimiento o se ahorcarían, otros lucharían y se matarían entre ellos, y así crearían por si mismos más sufrimiento del que la naturaleza les causa tal como es ahora. Y lo dijo Schopenhauer hace la tira de años…

Bueno, habrá que producir y ahorrar a montones para poder construir los castillos propios de los días que vivimos, en más de un sentido además.

sábado, 3 de mayo de 2008

Premio


Este taburete: Dodexápodo, ganó una mención honorífica en Eureka, innovación en artesanía 2008.
"Toy muy contento y le mando un salúo a lo pana y a mi mamá que me etá oyendo".

lunes, 17 de marzo de 2008

“Standard”

Bueno, sí, lo admito: a veces me enredo la vida yo solo casi por puro gusto… Pero déjenme empezar por el principio para hacerme entender, porque después no digo las cosas bien y no falta quien no me entienda y hasta se moleste conmigo. No para de sucederme.

Así que tengo que tratar de aprender a explicarme mejor.

Cuando aprendí a hablar, de pequeño, lo primero que atiné a decir fue Mamá, Papá, y carrrrrito, como todo niño normal. Digamos que el siguiente paso en la evolución de mi lenguaje y la ampliación de mi léxico fue aprenderme el nombre de mi Mamá, de mi Papá, y las marcas, año, y modelo, de los carrrrritos.

Empecé, claro, por el carrrrito de mi Papá que era un Renault 8 Major cremita con los asientos rojo oscuro, del 65. Seguí por el de mi Abuelita Marilú, que era un Renault 10 verde botella con los asientos cremita, del 65 también. Estaba el de mi abuelo José Clemente, que era un Mercedes no sé cuántos, a dos tonos de azul y los guardafangos más largos que he visto. No recuerdo mayores detalles de este carro porque solo lo vi una vez, que yo sepa.

Los demás eran los de mi tío Carlos, un Mercedes Benz 230 morado cardenal con los asientos de cuero, del 69. Mi tío Pepe, un DKW Autounión con motor dos tiempos de tres cilindros (que corría durísimo) azul puro prismacolor con los asientos negros, del 63 (creo). El de mi tío Manolo era un Sumbeam Alpine descapotable rojo con asientos negros, no recuerdo el año de este (pero sí me acuerdo de que era un asunto de palabras mayores en materia de velocidad porque era el propio roadster inglés)... Luego estaban, mi tío Jesús Salvador que tenía un Chevrolet Belair a dos tonos de marrón, del 57 (parecía un zapato de Kiko Mendive) Y mi tío Pigo que tenía una camioneta Chevrolet Pick Up azul claro con los asientos blancos, del 67.

Luego, como cabrá pensar, seguí ampliando mi vocabulario con los carros de los vecinos y amigos. De manera que Amancio tenía un Chevroler Impala gris, del 69. Cheo Pichardo tenía un Plymouth Barracuda del 68 que llamaban el charrascuda. Obando una camioneta Hillman Humber verde grama más vieja que el chivito del almanaque y luego un Mercedes 220 negro con los asientos rojos. El maracucho Suárez tenía un Opel Record amarillo quemado, del 69. Luis Vivas tenía un Ford Cortina ocre ranchera, Franco tenía un Alfa Romeo Spider blanco con los asientos negros, Claudio tenía un Mercedes Benz 180 de los que tenían el sistema eléctrico de seis voltios color de ojos de perro corriendo más o menos azul.

Simón el hermano mayor de Anita y Cirilo tenía una Fargo Power Wagon verde oscuro, del año 50. Su papá una Vespa de tres ruedas convertida en cocina ambulante en la que preparaban perros calientes y tostones con ensalada en playa Los Ángeles, de lunes a lunes… El señor Palermo tenía un Pontiac, o tal vez era un Oldsmobile que no sonaba, creo que era gris plomo y rojo. Sí sé que los asientos estaban forrados con un plástico verde traslúcido que olía a bolígrafo. Los señores Briceño tenían un Dodge Valiant verde metalizado con el techo de vinil negro. El señor Cárdenas tenía una pick up roja con cabina atrás siempre llena de hijas bonitas. Anita Cárdenas era mi preferida… Okey, esto no viene al caso, pero es que uno se pone a recordar y no se puede controlar lo que aparece.

Pero bueno, a lo que iba al principio. Porque esto no se trata de un alarde memorioso, sino de un asunto del vocabulario y de dónde sale. De las angustias y los procesos para desangustiarse, y: coño lo admito, me pongo a mirar los carros que me pasan en la autopista (porque manejo muy despacio) y en lo que caigo en cuenta he contado treinta Toyota Yaris, tres mil doscientos Nissan Sentra, veinte camionetones todos iguales pero de distintas marcas, y tres o cuatro Hummer…, no me hacen gracia los carros que veo. Parecen iguales. No sé, no los distingo porque además son todos de colores que no conozco, o será que con los años y la presbicia también aparece un cierto daltonismo. Por ahí estoy seguro de que alguien muy perspicaz me dirá que no, que es que con la edad a uno le dejan de interesar ciertas cosas y por eso decae la capacidad de atención. Y yo le respondo de una vez que no me eche a perder el cuento, por favor…

Me imagino carajito en estas circunstancias y que todos mis carrrritos sean Nissan Sentra Nissan Sentra Nissan Sentra allá va un Yaris Nissan Sentra Nissan Sentra Nissan Sentra allá va una camioneta silicón Nissan Sentra Nissan Sentra Nissan Sentra otro Yaris Nissan Sentra Nissan Sentra Nissan Sentra…, y me da una tristeza… Qué fácil hubiera sido aprender a hablar en esas condiciones porque para hacerme entender, con un lenguaje Standard bastaría largamente.

Pienso en que si esto se hubiera dado en los setenta la culpa se la hubiesen echado a la cia, es decir, que seguro que era una conspiración con miras a obtener el embrutecimiento global para obtener el petróleo regalado o si acaso pagarnos con espejitos… Esta sería una teoría amenizada con ron. En la del whisky la culpa la tendrían los chinos o los rusos porque qué va a saber cochino de chicle y dónde se ha visto que esa gente sepa hacer otra cosa que ropa de caqui y carros malísimos todos iguales. Además, son puro plástico y hojalata que si le recuesta uno de estos carros fuertes y estables se engarruñan como lata de cervezas… Du gomo gue ere barigo yigo, nojoa…

Mira tú las vueltas que da la vida ¿no dicen los ingleses algo así como “too far east is west”? y me perdonan lo mal que manejo el idioma de la pérfida albión.

Claro que a mí, los chinos, la cia, los rusos, los runrunes, las teorías de dos minutos, y esas güevonadas me importan tan poquito que solo las recuerdo para amenizar una velada de vino y amigos, eso sí, haciendo la imitación barrigona de la voz gangosa y esas cosas. Por cierto que no es una declaración racista ni xenófoba, ni políticamente incorrecta. Me refiero al uso de esa gente como excusa. Por eso tampoco me importa un coño el calentamiento global, ni la desaparición de los glaciares. No me importan como excusa. El hecho ya viene siendo otra cosa y allí sí me pongo serio… Hago todas estas aclaratorias porque no quiero caer en lo Standard, claro.

Pero sí, la estandarización me intriga. En realidad me intriga (no, no es lo mismo que mi problema con el raggaetón, ni me niego al hecho de la tierra gira sobre su propio eje, ni mucho menos a que el tiempo venga a ser otra dimensión) me intriga. Y me intriga porque a veces llego a pensar que ahí radica la culpa de todo lo malo que sucede en el mundo, y cómo es que nadie (notable) se ha dado cuenta de tamaño mojón (hito)…

Sí, sí, ya sé, tal vez y hasta se han escrito enciclopedias con ese tema, pero si yo no lo sé no existe, y si existe y no lo sé, me vale lo mismo. No tengo excusa. Es así. Total que al principio fue el verbo y a mí ni de vaina se me ocurre ponerme a jugar con el adverbio, y esto no es una aseveración homo fóbica aunque definitivamente lo parezca.

Desde Sócrates (y tal vez desde antes) hasta nuestros días la gente se ha preocupado por definir (y dejarlo por escrito, por lo del verbo y el sustantivo, por supuesto) cosas como el bien y el mal, la belleza y la fealdad, y todas esas cosas que nadan entre la teleología y la deontología, que tampoco hay quién termine de aclarar esa pugna y no sé ni para qué habría que hacerlo. Ganas de discutir. Supongo.

Yo, personalmente, remacho de malo todo aquello que me ladilla en la proporción que sea, y lo feo se incluye en ese mismo pegoste…, y debo agregar que lo que me aburre es lo peor (claro que a nivel, digamos platónico, lógicamente) de lo malo. Por lo menos lo considero el padre hermafrodita de todo lo malo.

Y si no me creen párense un momento en cualquier pasillo de centro comercial u orilla de playa a ver pasar chicas Standard para que vean que mucho antes de que pase la trigésima pelo planchado siliconada se pone usted a ver vidrieras o se sorprende tratando de adivinar el caballaje del fueraborda que carga aquel peñerito que va saltando arriba del horizonte… Y mira que irse uno a fastidiar mirando muchachas ¡fin de mundo! No puede ser el origen de nada bueno aburrirse de esto.

Bueno, está claro que poner tercermundistas a producir millones de carrrrritos todos igualitos es más fácil y rentable porque son eso: igualitos. Por no haberlo advertido un comunista fue que se tiraron tres, estoy seguro que de haber sido de otro modo tal vez no se hubiera escoñetado la unión soviética y tendríamos menos aburrimiento (esta es una apreciación equilibrista exenta de funcionalidad e intención política)… Si los carrrritos fueran todos distintos y de distintas empresitas no existirían las grandes corporaciones de pingües dividendos que ponen el aburrimiento al alcance de todos y mi vecino no tendría tres Nissan Sentra. Palabra, tiene tres. Y aquí aclaro que ese no es mi problema. Lo es el hecho de que me intriga que no se aburra, porque a mí, me aburre cantidad.

Ni hablar del cine: antes uno veía a un Corvette Stingray escapando con éxito de un Ferrari 358, o a una Mini Morris escapando con éxito de un Camaro RS según de dónde fuera el director de la película, pero ahora vienen unos rusos a hacer una película aquí pero ambientada en las Canarias, y el carro que rotularon con la pinta de la policía española fue, un Nissan Sentra ¡joder!

Good Morning Sun Shine se cantó a bordo de un Oldsmobile (o un Pontiac, o un Cadillac) descapotable en aquella secuencia bellísima de Milos Forman. Betty Blue le echaba un pote de pintura rosada sobre el capó a un Citroen negro. Ni hablar del Aston Martin del Santo, ni del Shelby de Bullit… Podrá no gustar alguna de las cintas citadas, pero aburridas no serían ni siquiera en el Centro San Ignacio. Ahora imagínense a Treat Williams manejando un Nissan Sentra mientras John Savage, Beverly D’Angelo, Anie Golden, y Dorsey Wright saludan el sol de la mañana será por la ventana porque ese perol no lo venden descapotable. No, no me divierte, parece un capítulo de los Simpson.

No hablemos del daño que se le hace a la literatura con esa actitud frente a los carros.

Recuerdo el primer cuento que le escuché a mi hermano Luís Gerardo (que sí es escritor de verdad hoy en día y que felicito profundamente porque ni idea de cómo hace para sortear estos obstáculos angustiantes) por allá, sería el año 69 porque recuerdo que veíamos el alunizaje del Apolo no sé cuánto y esas cosas en el televisor General Electric de Raiza, la vecina de la esquina que vivía en una casa con un atrio como medio marroquí con la entrada con forma de cerradura y baldosas hidráulicas en el piso, que lo sacaba para que los vecinos pudiéramos ver un acontecimiento tan pero tan importante mientras mi tío Carlos Longart decía que esa vaina era mentira, puros inventos y utilerías de la cia (claro) con un ron en la mano (creo). Bueno, el cuento de mi hermano fue que un Mustang azul salió de su casa y cuando regresó no tenía puerta… Coño, tengan en cuenta que era el 69 y él nació en el 66. Sí, tenía tres años, así que no jodan con que de quién era la puerta que faltaba ni nada de eso porque precisamente de eso (según Cortazar) trata el cuento: de lo que no se dice.

Ahora quiten el Mustang azul (eléctrico con cauchos anchos) y pongan un Nissan Sentra o un Yaris… No es lo mismo, ni siquiera gana con la modernidad y las vueltas del mundo. Ni siquiera resulta divertido.

Probemos por ejemplo con La Autopista del Sur, de Cortázar (otra vez). No, mejor no porque me voy a deprimir pensando en lo difícil que sería hoy en día escribir un cuento como ese con los carros que hay. Eso sí, me puedo imaginar a la chica del Dauphine con un Yaris, y al ingeniero del Peugeot 404 con un Nissan Sentra... Sí, está bien, si ella hubiera tenido un Yaris poco ganaría pasándose a un Sentra…

Pero como empecé diciendo, yo siempre me complico la vida pensando gafedades tristes para poder ejercer luego mi maña para desangustiarme. Creo.

Sí, porque me aburrí tanto con la autopista del sur copada de carrritos Standard que lo que hice fue pelar por una especie de recurso garciamarquezco y empecé a nombrar Nissan Sentras José Arcadio y Toyota Yaris Aureliano, y, palabra, tan poquito vocabulario con tanta imaginación sobre recursos mnemotécnicos me dio un alegrón que no sé describir.

viernes, 29 de febrero de 2008

El Granadero perdió una baqueta (IV)

Lo que dije, los límites…, bueno:

Resulta que mi amigo Vladimir Vivas pasó por nuestra galería-marquetería cuando aun quedaba en Bayside de Margarita, no el otro, a buscar los papeles de Cintec de la que no hablaré porque se me van aquí cien páginas a medio espacio y dos caras, y resulta que vio dos de las sillas que llevamos a la exposición de Artebosque en agosto de 2007 y que regresaron a Margarita. Dos de tres no está mal, según Meatloaf.

Una de ellas, la que se llama “Siyasutra” porque no es cama, la desechó de inmediato por la no viabilidad en terrenos andino-conservadores según el estereotipo acostumbrado pero que a veces viene y te da sorpresas. Pero la otra, la que se llama “Taburetóptero” que es la pieza cúbica con patas de insecto le pareció un “tubazo” como él mismo la llamó. Rápido me pidió fotos y se las envió a la parte organizadora del evento en Caracas (Fundación De Museos o qué sé yo, con el debido respeto por tamaña institución, claro, pero es que yo ya no retengo en la memoria ningún recuerdo que tenga menos de veinte años) con la promesa jurada de que de allá me llamarían para coordinar todo.

A los pocos días me pidió un estimado en bolívares para que la gente del museo me depositara la plata para el flete ida y vuelta de la silla. Pensé un número y se lo dije, además de que estaba haciendo otra que a mí me parecía muy interesante también. Me pidió fotos y que la metiera en el cambote. Qué impreciso soy: un cambote de dos sillas.

Casi de inmediato me llamó de allá (no sé si de Mérida o de Caracas, pero en todo caso de allá) una muchacha muy formal y prudente que se llama Monna Gutiérrez para pedirme datos, para coordinar envío, para que le firmara una planilla, para que habláramos un poco… Eso fue un sábado en la mañana estando yo preparando desayuno que me salió muy sonreído y sorprendente porque qué les voy a decir: que estaba muy orgulloso de mí mismo y de lo sortario que resulto cuando estoy descuidado que es como estoy cuando me pasan las mejores cosas de la vida.

Y yo pensaba en que me sonaba demasiado conocido el nombre de ella pero que debía haberla conocido hace muy poco porque si no (con toda seguridad) me acordaría, cuando Anne-Marie me dice ¡mira! Porque estábamos viendo Telesur justo cuando ponían la entrevista en Arte Somos de la diseñadora del “Tetra”: Monna Gutiérrez… Caray, pensé yo (creo que en voz alta) la cosa es seria.

Ya había conocido el “Tetra” en, digamos, persona, porque en Ochava, la tienda de objetos de diseño que está en El Hatillo en Caracas al lado de la galería Azularte lo tuve en mis manos y a punto de comprarlo.

Cuando dije más arriba que el asunto me parecía serio no es por zoquetada mía. Lo que pasa es que estuve jugando un poco con este artefactito y me dio como vértigo. Sí, me parece que Monna tiene una puerta abierta a otra dimensión o algo así porque con unos palitos unidos con liguitas logra una especie de maqueta múltiple de mil caras cambiantes para un montón de formas geométricas que lo mismo sirven para estructuras que como modelo en perspectiva, me imaginé las maravilla que hubiera hecho Antoni Gaudí I Cornet con el Tetra, unos saquitos de perdigones, y una cámara fotográfica…, y un cerro de cosas más de las que no hablaré para no ponerme fastidioso.

Lo fu es que no lo compré porque me acoquinó un poco. Tuve que dar un paso a un lado para agarrar aire. Sé también que llegará la oportunidad de tenerlo.

Está bien, pero no quiero perder el hilo de la narración, así que: a todas estas yo no tenía clara la fecha de uno y otro evento (me refiero, claro, al encuentro de hacedores de juguetes en Tovar, y el así llamado “Diseño al límite” en Mérida) porque tenía un cerro de trabajo, la bomba del hidroneumático quemada, roliverio de lumbago, y el carro prestado (a cambio, por cosas de la vida, de una inmensa y todopoderosa Yamaha Súper Tenere de 750cc que me prestó mi gran amigo y sensei, Ángel Sánchez)... Esto, y que en realidad no sé qué me pasa pero cada vez estoy más lejos, allá, por la estratosfera.

Como era de esperarse las fechas coincidieron. Es decir, que lo de los Hacedores de Juguetes, y lo de Diseño al Límite pasó todo junto, así que Anne-Marie y yo hicimos el corte al bies de la geografía nacional como dije cuando empecé a escribir esto, solo que en el carro, además de juguetes, venían las dos sillas. A una de ellas le terminé un remiendo en el cuarto del hotel Camoruco en Barinas el día antes de entregarla, como cabía imaginar, ya que a esa altura no tenía lumbago.

Por cierto que mi médico de cabecera (a la piecera) me informó y comunicó (y convenció) que mi lumbago no tiene nada que ver con mis vértebras lumbares, que sí, que me duele ahí, pero que en realidad se debe a una contracción de un músculo abdominal que agarra la cadera y las costillas muy internamente, por compensación indebida sobre mi pierna izquierda por estarle tratando de quitar el peso a la derecha que tengo torcida. Así que es por eso que no responde a los tratamientos convencionales para el lumbago, porque no es lumbago, es como una tortícolis pero en la barriga que se refleja un poco antes de que dejen de verse los generadores eólicos antes de la provincia de Valencia pero por el lado de atrás, y me enseñó a quitármela con un acto de voluntad, mucha fe, y el poder de la palabra. Sí, así, sin más ni más... Eso sí, me estuvo poniendo los tendones y cablecitos en orden varios días seguidos antes de que yo pudiera más o menos tomar mis riendas. Y lo más arrecho de la vaina es que no me ha dolido más desde entonces. Parece que lo dominamos.

Desde que salimos de Barinitas iba yo manda que te manda mensajitos a Vladimir y a Lula en Mérida para cuadrar lo de la entrega de las sillas porque aunque no lo dije nunca, ni lo he dicho, ni lo diría, estaba como carajito chiquito con esa vaina, pero no lo voy a volver a decir… Lo que me parecía gracioso es que ambos me dijeron lo mismo, que agarrara la carretera con tranquilidad que el cielo estaba azul. Y resultó verdad. Por eso y por otras cosas pensé que era un código habitual para designar el buen tiempo, pero no, la cosa parece ser una manera más localizada que eso. En fin, lo bueno fue que el viaje por ese páramo fue bajo un lindísimo cielo azul mañana primaveral de postal en los jardines de Buckingham Palace.

Pero volviendo al asiento para no salirme de los límites: se suponía que debíamos dejar las sillas en casa de Lourdes Contreras (Lula) por ahí, en la entradita de Mérida en una urbanización que ya no recuerdo cómo se llamaba pero que queda apenas bajando de la vuelta de Lola entrando por APULA y esto se presta para muchos juegos de palabras y confusiones que tal vez explicaría que no haya ni forma ni manera de que me acuerde del nombre de la urbanización. Porque claro, del apulo no quela sino el cansancio…, dilía el chino.

Dejamos el encargo el domingo temprano y nos fuimos a comer algo antes de seguir el carreterazo hasta Tovar. Fue ahí que decidimos parar frente a la plaza de Milla, en el restaurant de la posada Loca Luz Caraballo (sí, lo digo de esa manera nada más que por joder) y comernos la sopa que nos llevó hasta el día siguiente por culpa de un candado en mi camino.

Yo iba un poco preocupado por mi falta de profesionalismo y rigor formal, porque dejé las sillas allá, así, sin una nota siquiera. Y eso que me habían pedido currículo y fichas técnicas por si acaso, y una breve memoria y semblanza (y no sé qué más) pero yo como si no fuera conmigo ocupado nada más en pensar en mi tortícolis de la cara externa del intestino delgado. De modo que no más pude me fui a un cyber y le escribí a Lula una extraña carta donde estaba tal vez la información que creí que necesitarían. Cometí la tontería de no enviársela también a Monna perdiendo la oportunidad de hacer reír más gente con mi completa falta de seriedad.

Por supuesto que no recuerdo bien qué le puse, pero sí sé que le dije que esas sillitas las hago yo con epoxi y con madera que me encuentro en la carpintería (bueno, la madera, porque el epoxi lo compro yo) la que desechan los demás, sobre todo la que resulta de un intenso destrozo que le hacen a unos troncos rollizos que maquinan ahí burdamente con motosierra. No sé, me da vergüenza con los arbolitos y en un infantil intento por sacarle el cuerpo al plan de crédito del karma, vengo yo y trato de devolverles un poco de dignidad haciendo unas piezas bonitas. O que por lo menos a mí me gusten, porque todo este lío es mío.

También sé que además de explicarle la técnica le dije cómo se llaman las sillas, porque tienen nombre y todo, y lo de las medidas. Bueno, lo que realmente le dije con respecto a las medidas fue que las midieran allá porque a mí se me había perdido el papelito donde anoté eso.

No le mandé mi currículo porque no me lo iba a creer y detesto que me crea mentiroso aquel que en realidad aun no sabe que lo soy. Prefiero que me conozca primero y aunque sé bien que no siempre se puede escoger en la vida, no me iba a echar la burra pal monte yo mismo ni de vaina. Además, si cada vez que me echan el tarot me sale el loco en el pasado, ya no me tengo que preocupar.

Como todo lo que viene a continuación ya lo dije antes, pasaré directamente a lo que le pasó a Maimey…, no, no, no, eso es un cuento de mi hermano Luis Gerardo el que es escritor con libros publicados y todos y de quién estoy más orgulloso que el carrizo, como si yo tuviera algo que ver en eso…, ya va, que me pierdo, lo que decía es que pasaré directamente a lo que pasó el día que nos escapamos de Tovar para ir a la inauguración de la exposición en un edificio grandote que se llama Tulio Febres Cordero y que no sé bien qué es. Lo que sí sé es que de entrada había un grupo grande de gente haciendo capoeira patadas brinco y tambores incluidos, más adelante había una banda yo diría que ensayando algo que sería rock, me parece, porque no era jazz, y en el sitio donde nos sentamos a beber un te porque no había cerveza, estaban dando clases de tango…, caramba, no veía tanto muchacho junto desde que yo era uno.

Estaban Mario Calderón montando una muestra de sus juguetes, estaba Humberto Rivas ayudando y acompañando, estaba el ayudante de Mario, Anne-Marie y yo, medio ladillados de que no hubiera más que te y toddy…, y la verdad es que salvo dos chicas que arreglaban unas mesas tipo Casa Mar, con cenefa y todo, no había movimiento de inauguración ni nada. Le preguntamos a las muchachas y ellas nos dijeron muy serias y convincentes que ahí no habría nada ese día, que la cosas estaba muy cruda… Una mirada en redondo corroboró largamente esta aseveración cuadrada.

Tras ese desengaño geométrico optamos por irnos a casa de Mario a cenar, bebernos unos vinitos, y a cantar un poco, pero ese cuento ya lo eché. ¡Ah! No, ya va, Mario y Esneira prepararon una pasta con champiñones y un mezclum de rúgula y lechugas varias que le roncaba la malanga. Yo, gracias a mi grande fama de hipoglicémico, me comí tres veces mi ración.

En la mañana nos llamaron con un pujo porque había un gentío haciendo cola para comprar las piezas que teníamos en Tovar y por eso fue que salimos corriendo para allá. Bueno, en realidad corrimos de La Mucuy hasta la vuelta de Lola, porque de ahí para abajo nos echamos dos horas largas para atravesar Mérida. Tanto así, que nos dio tiempo para que al pasar junto al edificio llamado Tulio Febres Cordero, le diera tiempo a Anne-Marie de bajarse del carro cámara en mano, tomar las fotos que ven aquí junto, y hasta conversar con Monna que estaba extrañadísima de que nosotros no hubiéramos asistido a la inauguración que había sido la noche anterior… Anne-Marie le explicó lo que ya dije, y Monna le informó que la cosa había sido en otra parte…, es la vida, diría mi amigo Carlos… Pero decía que le dio tiempo de todo esto y volverse a montar en el carro mientras yo avanzaba más o menos setenta metros si es que fue tanto.

Dos horas para atravesar Mérida. Desde la estación Terminal del trolebús hasta Tovar echamos una hora y veinte minutos. Y no digo más para no hablar de la carramentazón y los economistas estos que yo no entiendo.

Tovar, Tovar, Tovar…, se acabó la semana, pero por ahí, a mitad de ella apareció Julieta Cantos con su hija Vanesa y una amiga que había tenido unos problemas con unos camarones y estaban culpando injustamente a unas chistorras… Qué riñones, culpar a unas pobre chistorras. Nunca he sabido que le hagan daño a nadie. Unos camarones no digo, pero unas chistorritas a las brasas ¡nunca!

El caso es que aparecieron por allá y nos corroboraron una invitación a San Cristóbal, a su librería y a su casa también… Ese almuerzo con ellas en el mejor restaurant de Tovar del que no hablaré porque me trajeron el mejor churrasco que me he comido en años, preparado exactamente como yo lo quería (bien sellado, crudo por dentro, y con sal añadida después de cocinado) fue muy agradable y gracioso. Para muestra un botón: estas damas piden el postre antes de pedir la comida, porque dicen que puede pasar que se llenen con el almuerzo y no les quepa después el dulce…, muy sabio pero inusual…

Por supuesto que en terminando esta carta pagaron caros sus gritos, quiero decir que en lo que se acabó la exposición en Tovar arrancamos para San Cristóbal vía Zea porque por ahí se empalma con la carretera Panamericana que es la que baja por el sur del Lago de Maracaibo y llega uno por el lado de Michelena. Yo me quería ir por el páramo de Bailadores, pero había cierta prisa.

Llegamos directamente a “Sin Límites” y debo decir que el premio de la mejor librería a nivel nacional se lo tiene bien merecido, y diría aun más, como Hernández y Fernández. Tienen el espacio de exhibición y venta, un espacio para talleres infantiles, un pasillo anchote que sirve entre otras cosas para ferias tipo navideñas (ese era el caso) que da a un patio interno que antecede una galería con todas las de la ley. Subiendo las escaleras está el depósito y oficina de Julieta. Más arriba está la oficina de administración, y arriba de todo (con una linda vista sobre la ciudad) está un apartamento arrechísimo que en realidad es el despacho de Jorge Peñuela quién es el esposo de Julieta. Él trabaja en cosas del agro y tiene una finca en la que tiene hasta una siembra de teca y gmelina para el aprovechamiento de la madera. Ahí nos anotamos para el primer entresaque que llaman…

Las instalaciones, la planta física del edificio es una cosa de un impecable solo comparable con la casa de ellos a la cual llegamos temprano, después de almorzar en un restaurant árabe en el cual también hice gala de mi taimada hipoglucemia.

Yo, que tenía un millón de años sin dormir bien, subí el equipaje a la habitación más pulcra que he visto en mi vida: las sábanas olían rico, las almohadas olían mejor, el piso y las paredes despedían un olor delicioso a cosa limpia y bien cuidada. Yo me quedé ahí echado mientras las damas conversaban en la sala de cosas que a mí no me incumbían, o así lo decidí, observando como desentonaba la vibración (más bien trepidación) de mi cuerpo horizontal en medio de tantas cosas bien hechas.

En la tarde salimos a ver una tienda de esas de decoración masiva que está muy de moda porque Julieta quiere convertir la galería en una tienda de objetos de diseño no muy caro enfocado hacia la decoración, nada más que para que exista una alternativa a la artesanía barata indochina que es así de regalada porque esa gente paga sueldos de miseria a viejitos y niñitos explotados como si se llamaran Simplicio, si es que les llegan a pagar, verbigracia.

Claro, el diseño y la artesanía Venezolana no llega a ser tan barata porque es que no somos tan pobres así. No somos tan desafortunados como en el sureste asiático, y mal que bien, el que menos puja echa un Steinway de cola… Pero con muchas cosas sí se puede competir sobre todo si se apoya uno en cierta tecnología y deja los ascos producidos por el purismo.

En la noche fuimos a una pizzería en la que preferí pedir carne otra vez porque no había pizza capresa, y hablamos de eso (de la tienda y las piezas de diseño) y de la madera. Resulta que Jorge Peñuela tiene una siembra de teca y de gmelina. La cocina y algunas otras cosas de la casa de ellos está hecha con gmelina, que resulta ser tremenda madera pues ya la habíamos visto y trabajado en Mérida, en casa de Humberto. Bueno, sí, tiene la madera y está más que dispuesto a hacer negocio, pero la madera está jojotica y recién el año que viene (o algo así) será que hagan el primer entresaque. Esto es que ellos la siembran metro a metro para que echen varas largas. Luego quitan una para que queden cada dos metros y engrosen un poco. Claro que venden la vara del metro que dije antes. Luego quitan la de los dos metros y quedan cada cuatro dándole chance para que engrosen más, y así. Estos entresaques los hacen cada cierto tiempo y nosotros ya nos anotamos. Así que tendremos teca y gmelina en cualquiera de estas…

Ellos tienen un modo de hacer la vida que me dejó pensando. Porque es que son gente organizada y tesonera, pero no por esto son aburridos, pichirres, o con apariencia de estíticos. No, la verdad es que son bien alegres y felices, y además logran lo que quieren. Están organizados y creen en lo que hacen… Me quedé pensando.

Total fue que al día siguiente nos regresamos a Mérida, a casa de Mario y Esneira, nos quedamos en su casa, fuimos a visitar a Humberto, y raspamos para Barquisimeto. Bueno, para la vía de Duaca, a la posada La Salamandra que es la casa de Judith Guanipa y Leo Garcés, en la que siempre somos tan bien recibidos que a veces me da un pelín de pena, pero apelo a mi aparente sinvergüenzura para que no se me note y venga yo a herir sentimientos tan buenos. Pasamos una noche deliciosa, como todas las noches que se pasan ahí y al día siguiente continuamos el paseo vía Caracas con parada en San Antonio de los Altos.

Porque fue que le dije a Monna que íbamos hacia allá y ella insistió en que nos encontráramos, así que nos citamos en el centro comercial ese que está al lado del elevado en San Antonio y allí nos vimos. Fue una experiencia que todavía no he terminado de asimilar… Me explico, yo soy lo que soy (como dice Popeye) y no me sorprendo con nada que salga de mí. Quiero decir que no me parece nada del otro mundo que yo pegue dos o tres tablas y que quede una silla o una lámpara…, bueno, a veces me sorprende el coroto en sí mismo, pero yo no me creo que sea ninguna tapa de ningún frasco…, en fin… Lo que pasa es que ella me trató con tanto respeto que me parecía (como cuando me dicen señor Laya) que hablara de otra persona… Ella y Anne-Marie hicieron buenas migas de inmediato y eso sí que no me extrañó. Pero bueno… Lo que pasó fue que fuimos a su taller a ver el trabajo de ella más allá del “Tetra” ¡coño! Eso merece diez páginas, pero para no volver loco a nadie, mejor visitan www…….com y lo ven con sus propios ojos.

Pasamos un buen rato ahí y estoy seguro de que dejamos una amistad bien hecha allá, en San Antonio. Tal vez salga un convenio de cooperación comercial y de las ideas. No sé, tal vez se me subieron los humos equiparándome con semejante genio…, el caso es que aun no termino de asimilar todo lo que vi y escuché.

De ahí seguimos hasta Caracas, a casa de Ingrid y Eric, que siempre nos reciben como se reciben a los amigos queridos y esto se aprecia mucho. Ingrid, como suele hacer, se lució con una cena más que gourmet y unos vinos como para las penas porque a las penas porronazos… La conversación de la sobremesa giró como siempre de la rodilla a los fenicios, y de la explosión demográfica a la economía, pero como de costumbre, García Lorca ya lo escribió entre primos de Benamejí.
Al día siguiente desayunamos pantagruélicamente y arrancamos para Puerto La Cruz. El viaje fue lentísimo pues salimos como a las diez de la mañana y llegamos al ferry a las seis y media de la tarde justo cuando se iba nuestro barco de las seis de la tarde… Pues no, fue mi reloj que está como un cencerro y cogió a adelantarse (yo nunca había visto eso) y en realidad llegamos a las tres y media de la tarde con tiempo de sobra para almorzar en la taguarita del Terminal (en la que pedí carne, claro) y esperar tranquilamente el ferry de las seis que en realidad salió para la isla tipo nueve de la noche.

Llegamos a casa cerca de media noche, con el cuerpo agitado, y una cosita en el bolsillo que no sabía qué era. Parecía un palito de fósforos, o un mondadientes para algún troll de esos que salen en las películas que ven mis chamos. Pero no.

Era la baqueta que con tanto peo había perdido el granadero, y que no sé cómo, apareció en mi bolsillo.

sábado, 26 de enero de 2008

El Granadero perdió una baqueta (II)


Estadía en Tovar, exposición y festival del violín, breve escapada a Mérida. En fin, Tovar:

Se entiende perfectamente que llegamos a Tovar un poco estropeados por tanto curso de economía y carretera nacional, y que por eso, en lo que dejamos los corotos en el Conac nos fuéramos gustosamente a descansar en el hotel antes de salir a comer alguna cosa, pues desde las hallacas en Barinitas no habíamos probado nada…, ¡coño! Se me va a poner la lengua negra por embustero. Sí comimos, lo que pasa es que como fue una sopita en la posada Loca Luz Caraballo frente a la Plaza de Milla en Mérida, se me había olvidado no porque fuera poca sino porque se tardó mucho y me parece que la digerimos, inclusive en la memoria, antes de haberla comido.


Pues eso precisamente hicimos. Es decir, que descansamos un rato en la pocilga 51 en la que decidí no hacer pupú, pues como dije en la anterior entrega, el baño estaba dentro de la habitación solamente separado por una puerta corrediza de acrílico traslúcido que no llegaba al techo y está bien que se tenga confianza con la pareja, pero de ahí a que uno rompa en andanadas de accidentes gástricos como para amenizarle un programita de televisión, de una televisión que me recordó la propaganda electoral de Claudio Fermín después de que abandonó a los adecos…. (por cierto que la gigantesca caravana de adolescentes en motos chinas parrandeando el triunfo del no con botellas de ron, pancartas y pendones de acción democrática y fotos de Morales Bello y Ramos Allup me produjeron la misma reacción que sufro frente a un autobusete con el raggaetón a todo volumen, pero así es la vida ¿no?) no sé, no me convence. Es que después de estar tanto rato casi inmóvil dentro del carro y luego moverse repentinamente para bajar las cajas y todo eso, como que hace que las tripas toquen a rebato y se organice el gran movimiento de masas gaseosas, me parece.

Decidí entonces bajar a ver si lograba que nos cambiaran de habitación para poder dar rienda suelta al hacer del cuerpo, y por consecuencia directa preguntar cual sería un buen sitio para ir a comer algo después de que nos hubieran cambiado de habitación, claro que muy amablemente porque al fin y al cabo todo el mundo sabe que a donde fueres haz lo que vieres y los andinos son personas muy educadas, pero no había nadie en el hotel y nos habían encerrado con candado. Yo, como Emilita Dago, toqué y llamé, y nadie me respondió, pero de adentro se oyó una voz que me decía: cuchucu ay, cuchucu chucu ay, cuchucu chucu ay, cuchucu, cha… No había nadie en la recepción y tampoco acudieron al toque del timbre de liceo que allí había. Es más: la puerta tenía puesta una rolitranco ‘e barra con sendos candados.

De manera que revestido de irrealidad por fuera y de lo inconfesable por dentro, subí a la temible 51 a confesarle inquietísimo y nada cobero a mi querida Anne-Marie, que estábamos presos y cumpliendo la condena, la condena que nos da la sociedad, me entristezco me acongojo y me da pena, pero lo que soy yo me lo tengo que aguantar…

No hubo problema pues al no comer no se agudizaron las urgencias por descomer, por lo cual deduje una vez más que los caminos del señor son inescrutables y derechos sobre renglones torcidos, y vaya usted a saber cuántas cosas más relativas a las acciones y las reacciones, por supuesto. Lo que sí me echó una vaina fue el espejo de un lado, el lavamanos de frente, y el bombillo del otro lado: solo me pude afeitar el lado izquierdo de la cara y pensaba que gustoso pondría la otra mejilla pero las rotaciones eclesiásticas no se me dan con soltura así que basta con los jueguitos de palabras.

Tempranísimo saltamos de la cama pues el hotel está frente al Terminal de pasajeros (que es como decir un viejo circo) y llegó el autobús de San Cristóbal que es diesel (y tiene el arranque malo, o no tiene batería) y lo dejaron prendido de cuatro a seis de la madrugada llenándonos el cuarto de humo que al principio me retrotrajo a mis días de muelle a sotavento de La Daniela y sus hectolitros de mata ratas, pero que por larga duración pude llegar (en mi retrospección) de San Ruperto a Puerta de Caracas por la subida de Torreros desde el CCCT…

A las seis de la mañana, puntualmente, se fue el autobús de San Cristóbal (un Magiruz Deutz de los que trajo Diego Arria) y casi agarro un sueñito, pero tempranero para que dios lo ayudara (a cambiar un caucho de Icarus de acordeón equipado con aros de artillería forro y tripa de las que se sacan a mandarriazos) abrió la cauchera de al lado, y si en algo resulto yo draculesco es en el hecho de que no soporto una llave de cruz. Sobre todo cuando son de las de camión Leyland de carreras y un economista la deja caer con repitiente displicencia madrugadora, sobre el argentino tañidor alcantarillado Tovareño.

Recogimos nuestro aun hecho equipaje y lo metimos en el carro de nuevo porque de ningún modo volveríamos a dormir ahí donde uno tiene que escupir en el plato en el que come, por decirlo de algún modo, y nos fuimos a trabajar. Debo confesar que la subidita desde el hotel hasta el Conac me fue especialmente ardua por la falta de sueño, de café, y el superávit gaseoso completamente contenido porque no hay nada potencialmente más contraproducente que echarse un peo caminando.

Creo que por ahí pude haber terminado con tortícolis si no fuera porque al echar buenamente el cuento en el Conac (sin los detalles escabrosos, claro) Alexander dejó de lado el trabajo que tenía por delante y logró que nos cambiaran a la 47 representando esto una baja de tres puntos en el Dow Jones de la incomodidad, pero con clara tendencia al alza, eso sí. Hubiera sido un buen momento para comprar, pero está clarísimo que yo no sé nada de economía.

Llegamos a la sala y miramos a través de la inmensidad en la que debíamos montar la exposición junto con los demás invitados…, y nos escapamos cruzando la calle a una heladería que servía pastelitos andinos, jugos de frutas, buen café, y vitaminas (tizana). Después de un más o menos yantar, porque aunque nos habían cambiado de habitación aun no hacíamos efectivo el cambio y, bueno, aun no podía comer porque las consecuencias de las acciones no natas eran así precisamente… Regresamos e hicimos el montaje, que era algo sencillo pues se trataba de colocar las cosas de manera que se vieran bien sobre unas mesas bien bonitas que tienen allí, junto con Mario Calderón y Esneira Quiñones quienes además terminaban una muestra bellísima de la Fundación Casa Del Juguete en la sala principal del complejo. Quedamos situados entre Mario Colombo y Mario Calderón ¡una pelusa!

La gente de ahí (que en cambote) colaboró en el mejor de los grados con nosotros comentaba con sorpresa y agrado que los que venían de tan lejos, de Margarita, hubieran llegado primero. Además con tanta variedad de piezas…, y tan coloraditos, debe ser por el sol de allá… Y yo sin poder explicarme…

…Ahora debo hablar un poco del Festival Internacional del Violín y de la gente que trabaja en esto. También de la exposición de juguetes que se llamó: Encuentro Nacional de Hacedores de Juguetes Artesanales.

Hace un saco de años, un cura (creo que el párroco del lugar) organizó junto con Radio Occidente (que está en la acera de enfrente, al lado de la heladería) un festival local de violín rural en el que tocaban viejitos, niños, y todo aquel que quisiera echarle pierna a un instrumento que se toca con las manos cuello brazos y mucho corazón alzado por culpa de los modismos y del lema imperante. Bueno, el caso es que el festival fue creciendo e involucrando más y más gente hasta que llegó a lo que es ahora: un verdaderamente inmenso evento que se realiza cada dos años y en el que participa de un modo u otro todo el pueblo de Tovar y al que asisten personas de todo el país e inclusive de otras partes de este mundo tan ancho y tan ajeno. En esta ocasión había gente de España, Alemania, Bolivia, y los estados pegados.

La organización parece ser una combinación de: Fundación Festival del Violín de Tovar, Alcaldía de Tovar, Fundación para el desarrollo cultural del municipio Tovar “Fudecut”, Gobernación De Mérida, Universidad de los Andes “Digecex”, Pdvsa, Centro de Arte La Estancia, Gobierno Bolivariano de Venezuela, y Ministerio de Energía y Petróleo, además de todos y cada uno de los tovareños. También estaba pintado en todas partes ese rectángulo con los colores de la bandera y tres monigotitos que dicen que Venezuela ahora es de todos. Bueno, está muy bien, pero sigamos: Sí, se reúnen fondos que imagino mollejuísimos porque aun no sabiendo de economía sé que para pagarle el alojamiento a varios cientos de participantes, las tres papas a unas setecientas personas, amén de la nómina de planta, durante una semana completa de domingo a domingo, hace falta una boloñonga (palabra favorita de un ex amigo) inconmensurable. Con decir que el equipo de trabajo se echa dos años en reunir los cobritos esos… Y todo esto bajo el lema de “¡Arriba corazones!”…

Lo de las comidas merece un aparte: en el comedor del liceo cuyo nombre no recuerdo pero que era algo así como Patrocinio Peñuela o Rudecindo Rebolledo (y si me pelo no es por mucho), servían diariamente unos setecientos desayunos, almuerzos, y cenas, para los participantes los cuales estábamos plenamente identificados con unas escarapelas y unos tiquecitos que si los veía Carpentier nos situaba en el Pluvioso del años dos o más bien finalizando el ocho aunque pierda la cronología, porque siempre se desordena el asunto por un lado o por el otro… Hacíamos la cola en grupo, rocheleando en infinitos tono de verde pues el paisaje tovareño es como dicen que es Catamarca, pero en vez de sonar en seis cuerdas solo llevan cuatro (cuerdas) y un arco.

La comida la preparaba un ejército variopinto que estaba envidiablemente coordinado pues por ejemplo el que buscaba el pollo siempre llegaba a tiempo para que montaran la siguiente olla antes de que se acabaran la tanda de las primeras doscientas porciones. Esto no es pendejada, eran más o menos doscientos pollos diarios durante siete días. Treblinka, se ha de haber llamado la pollera de jabatos con toda seguridad. Además eran pollos gitanos, marrones, y guineas, además de guineos pisados y/o hervidos con sal y ajo. Muy sabrosos, debo decir, pero totalmente inusuales en mi dieta y con esto no me estoy quejando sino agradeciendo, porque uno no aclara las cosas y luego viene alguien y las toma a mal.

Había una parejita, que bien podía hacer de tripulación para cualquier arca que se precie, parados en la puerta del comedor: el muchacho regulaba el ingreso a la sala-comedor, y la muchacha te pedía el tiquete con garbo en lo que tocaba uno en turno. El siguiente paso era recibir la ración que a veces te la daban ahí mismo y uno localizaba (menaje en mano) y ocupaba el puesto que encontrara disponible, o te mandaban a sentar y una señora muy amable te traía la pitanza.

El segundo plato llegaba, o no llegaba, según los designios inescrutables no del señor, sino de las señoras porque me dejé de juegos de palabras. O tal vez del encargado del pollo que tal vez alguna vez que no recuerdo, olvidó llegar… En fin que uno se sentaba y comía, y mientras saboreaba echaba un ojo en redondo, que es un buen modo de entretenerse, y notaba los afiches liceístas que hablan temas como el del embarazo precoz con imágenes de Jessica Rabbit y Jhonny Bravo…, ¡buéh! Tovar no tiene por qué ser el sitio más incoherente del mundo. Una experiencia asombrosa en más de un sentido, eso sí... Digo, que nunca vi nada así y me gustaría mucho volver siempre.

Trabajan en este evento, desde el director más toro sentado o pluma blanca si lo prefieren, hasta el niñito más chiquito de la zona. Hubo uno en especial, Ernilson Contreras: un chamo de esos que le devuelven la fe en el género humano a uno. Si estuviera en mi mano le conseguiría una beca o algo así para que se metiera a hacer juguetes o música, porque con seguridad que tal limpidez de alma debe dar solo cosas sublimes…

Total que en ese evento unos coordinan y revientan teléfonos recalentados, otros corren suben y se encaraman, otros limpian papeleras llenas, otros pelan papas y hacen sancochos, por ahí pasa la comisión de miche llenándole el vasito a la concurrencia, también pasa la directora de quién sabe qué, y la coordinadora de lo otro de más allá no necesariamente juntas ni mucho menos revueltas, porque no hay que exagerar. Parecen un concierto de Stomp: brincan y saltan que parecen locos, pero suena del carajo. Además no se les escapa un detalle… Bueno, lo del hotel fue culpa de que no hay hoteles aceptables en esa comarca. Nos ofrecieron cambiarnos a una posada en Bailadores pero declinamos tan galante invitación porque uno salía de ahí a las diez y media de la noche más mamao que chupón de bobo y no era cosa de agarrar esa carretera tan revirada a esas horas tan chatas hasta el cantón vecino ¿no? Además, como no sé un coño de economía juzgué que la tendencia sería a la baja (sostenida un tiempo más porque los indicativos de las acciones tipo “A” perdían un décimo de punto por cierre…) y que podía demorarme aun otro poquito en comprar. Por bolsa se pierde en la ídem, pude aprender en carne propia otra vez…

Pero volviendo al festival, debo decir que fue para mí una experiencia sorpresiva. Yo alguna vez escuché hablar de un pueblo llamado Tovar, que no era la colonia, y de un festival del violín, que no es dentro del metro de Madrid en verano. No había hecho la relación de ambos (cosa muy típica en mí) y el tal Tovar lo había medio visto yo a unos 67 kilómetros al suroeste de Mérida según un mapa de carreteras 1:1.000.000 que tengo y que me costó cien bolívares de la época en la que Gráficas Armitano tenía un teléfono de seis cifras, pero de ahí a imaginarme todo lo que me encontré: nunca.

La plaza Bolívar de Tovar es un sitio amplio con terrazas a dos alturas hechas claramente para presentar espectáculos pues cuenta con una geometría (y hasta acústica gracias a una pared alta a espaldas del escenario) adaptada para ello. Estaba llena de cabo a rabo todo el tiempo, desde las ocho de la mañana hasta la media noche. La parte de ingeniería de sonido estaba organizada a la perfección y además construida para la intemperie pues aunque no paró de llover tampoco paró la música ni el entusiasmo. Y no son cosas nada más que del río de miche que corría en el lugar, porque hasta donde sé cónsola no bebe caña, ni cachicamo se afeita…

Nosotros no pudimos ver todo el espectáculo porque teníamos que atender la tienda pero nos vacilamos el back stage completo porque todos y cada uno de los participantes pasó por el fondo del salón en el que estábamos para ensayar mil millones de veces cada pieza para violín que más me hacía desear con fervor un piano…, pianissimo… Es la vida…

Había una muchacha española llamada María Huerta que era como Ariel el de Billo porque lo único que le faltaba era lo del ballet. Tocaba el violín como los ángeles y encima era soprano de las que te erizan la crisma, donde quiera que eso quede. Una belleza musical.

La afluencia de gente en la sala de exposición empezaba a las ocho y media de la mañana y a las diez y media de la noche había que sacarlas casi por las malas porque nadie quería irse. Y de las ventas debo decir que entre tres señoras que llegaron ahí, coleccionistas y conocedoras (esto hay que decirlo) se llevaron lo más grande. Luego goteado pero constante, se fue casi todo lo demás. Digo que si nos vuelven a invitar seremos con seguridad los primeros chicharrones de la olla, hasta sería capaz de pintar el neocostumbrista letrerito de griffin en el vidrio trasero del carro que diga: de Margarita con mi violín para Tovar… Así, sin sutilezas de redacción…

Bueno, voy a cortar el hilo aquí, porque si no, esta vaina no la lee nadie. En la próxima amplío detalles sobre los juguetes y sus autores…

viernes, 28 de diciembre de 2007

El Granadero perdió una baqueta (I)


Viaje de Margarita a Tovar para asistir a la Exposición de Jugueteros en el marco del Festival Del Violín de Tovar, para la cual Anne-Marie fue invitada, y yo, bueno, yo también.

Primera parte:

Me gusta pensar en que hay más de un modo de hacer una misma cosa muy probablemente por ocioso o simplemente por divertirme, por eso es que en vez de decir que cruzamos el país en diagonal prefiero contar que hicimos un corte al bies de la geografía nacional.

Sí, arrancamos de Margarita en el ferry de las seis de la tarde que salió a las nueve y media llegando a Puerto La Cruz casi a media noche, razón por la cual terminó saliendo el plan “A” que era realmente el “B” porque era más razonable, sobre todo contando con el retraso habitual. Bueno, quiero decir que de haber estado a las ocho de la noche en el puerto se podía haber pensado en agarrar carretera a esa hora pasando por Caracas a media noche amaneciendo más allá de San Carlos de Cojedes y así el viaje hubiera sido matador, pero expedito, además de recorrido por una vía menos salvaje.

Pero no, el condenado ferry (del que estoy comenzando a sospechar que lo que hace es cumplir con la muy necesaria e incómoda tarea del control demográfico cada temporada) salió con retraso y navegó lento, y al final llegamos al puerto totalmente molidos. Entonces el plan “B” transmutó como dije antes. Nos quedamos en La Hostería que cada vez está más mala y más cara, pero que el desayuno es razonable como el plan “B”, y está incluido. Esto es importante en Puerto La Cruz ya que parece que no hay nada más qué desayunar que panaderías, y encima hay que hacer colas. No, nos desayunamos en La Hostería y arrancamos en fa lo más temprano que pudimos. Sí, como a las ocho y media de la mañana, muy temprano para mí.

Digo que hicimos un corte al bies de la geografía nacional porque en Píritu nos salimos hacia el sur oeste vía el crucero de Santa Fe por una carretera estrechita muy parecida a un mono riel con policías acostados en cada caserío.

Pasamos Onoto que es un solo hueco pero con isla en el medio y postes de doble látigo, y en Zaraza nos paramos a echarle café a la barriguita. Preguntamos por la vía de Tucupido, que era la misma por la que circulábamos, pero es mejor estar seguros para no tener que dar la vuelta y enredarse la vida. Anne-Marie no recordaba el olor del mastranto así que nos detuvimos un instante en media sabana a recoger un poco de esta mata que huele tan rico y seguimos hacia Valle De La Pascua con el carro perfumado. Íbamos con el paso apretado porque de ahí para adelante el monte era mastranto…

La verdad es que la gente no hace sino repetir que la vaina está mala, que no hay real, que la papa está dura y que la arepa está cuadrada… No sé, yo no entiendo de economía. Pero la verdad es que los carros en las carreteras de Venezuela son cada vez más nuevos y más grandes. Unos camionetononones que lo que dan es miedo, pero como si hubiera una mata que en vez de monte diera peroles de esos. Cuando llegamos a Valle De La Pascua en medio de camionetas gigantes y camiones de carrera fuimos a dar a la vía del hospital casi en el centro, porque la última vez que yo pasé por ahí (hace unos quince años, lo confieso) esa ciudad era un pueblecito más o menos afincado (como para que no se lo llevara el viento) al norte de la carretera. Ahora es un amasijo de avenidas a medio pavimentar con los mismos postes que tiene Onoto, sin luminarias pero con montañas de camiones gigantescos (Yo no comprendo nada de economía, lo repito) así que para esquivar uno, un hueco y un camión, fue que entramos a una bomba y aprovechamos para preguntar por la vía del Sombrero, y de paso echamos gasolina.

La avenida que antes era la carretera nacional de huecos rojizos es una escalera de carpetas de rodamiento que dejan ver muy bien que al ministro le va mejorando la fórmula, pero que debería dejar terminar una antes de aplicar la siguiente, pero no hay que quejarse porque podía haber sido peor. Lo cierto es que ya nos estaba dando hambre, pero por razones de rendimiento del tijeretazo nacional decidimos irnos a comer en un sitio que yo conocía muy bien por ahí cerca y que nunca encontramos. Así que entre una y otra llegamos al Sombrero.

En el Sombrero nos sentamos a comer en el primer sitio que vimos porque el hambre no nos dejaba llegar más lejos, así que nos tiramos del carro y pedimos doble p: parrilla y pabellón… Nos encontramos a un profesor de Anne-Marie que, fíjese usted, cosas de la vida, también había sido ministro pero que por lo pronto prefería comerse un coporo frito que según él, estaba excelente. No lo dudé. Yo hasta estuve a punto de pedir uno, pero recordé que ese bicho hay que comerlo sin presbicia. Saludos afables y muchas indicaciones, y de vuelta a la carretera.

Le dimos hasta Dos Caminos que en realidad son cuatro y sin señalización. Esa es la puerta a la dimensión desconocida, porque si te pelas ahí puedes ir a dar a cualquier sitio desde Margarita otra vez, hasta Brasil o Colombia, y eso que está yo diría que más centrado que el corazón del país. Lo cierto es que con mucho cuidadito y más bien pulseao, fuimos cachicameando y preguntandito hasta que agarramos exactamente la vía que parece una banda transportadora a ninguna parte. Un ramal perdido de la mano de Dios que une mal que bien los caminos de Los Dos Caminos que en realidad son cuatro que se abren al infinito, con Tinaco en Cojedes, el estado que lo tiene todo como decía el letrero viejo de la gobernación por ahí por los lados de Tinaquillo y que algún jodedor le puso a mano y debajo “por hacer”… Bueno, un chiste demasiado viejo porque cuando lo leí tenía aun mi pierna derecha ídem.

La cosa es que pasando por lugares con nombres que ni Don Rómulo Gallegos habrá de habrá conocido nunca pues en ningún libro los puso: La Salanera, Río Verde, San Francisco de Tiznados, Galeras de Corozal, Boquerón, El Cantón, Galera del Pao, pasando por un lado del cerro Tiramuto, desembocamos en Tinaco justo al lado de un letrero oficial de enorme formato que decía: ¡CURVA ARRECHA! SE MATA LA GENTE POR IMPRUDENTE… Lo más frito fue que no se nos ocurrió tomarle una foto tal vez porque teníamos demasiadas ganas de hacer pipí.

De Tinaco a San Carlos no nos dimos mucha cuenta de nada porque la vía está otra vez plagada de camiones de carrera y camionetones que lo que dan es miedo por la velocidad a la que andan. Nos pasó una andando nosotros como a ciento veinte que nos dejó temblando como una perolita de cerveza. Yo me acordé del chiste del fiscal que se bajó de la moto en plena persecución…, bueno, no lo voy a contar, es malísimo. Pero me acordé, eso sí.

De San Carlos a Acarigua la cosa es más o menos una pesadilla sobre todo cerca de San Rafael de Onoto al norte del embalse de Las Majaguas, pero me acordé de cuando pequeño que íbamos mucho ahí, y a Agua Blanca al río de los creyentes en María Lionza y me entretuve contándole peripecias a Anne-Marie mientras esquivaba camiones y camionetas cada vez más abundantes y agresivas. Están locos todos. Pero yo no sé de economía, no hay que olvidarlo.

Después de Acarigua la cosa cambia mucho porque la vía es anchísima y muy plana. Hay espacio para todo el mundo, para los expertos y para los que no sabemos nada de economía y por eso vemos santísimas camionetas en la vía, pero que aparentemente son producto de una ciencia inexacta porque en realidad no existen… No sé. Este mundo es muy raro.

De ahí para abajo pasamos Ospino en muy poco rato, pero Guanare no la pasamos nunca. No vimos ni los letreros que la indicaban. Lo que sí vimos fue las bellísimas plantaciones de teca, eucalipto y gmelina que llegan hasta más allá de donde la vista abarca. Más allá de lo hoyado por camioneta alguna, más allá de lo que analiza un economista acucioso.

Por un momento pensamos que nos habíamos pelao en Los Dos Caminos que resultaron ser cuatro porque pasamos por un lado de Tucupido otra vez, pero nos tranquilizamos cuando vimos el letrero que nos indicaba que estábamos al ladito de Barinas a la que llegamos a las ocho de la noche, más o menos.

Más o menos hecho trizas llegamos a Barinas a las ocho de la noche y siguiendo las instrucciones del ministro del coporo y también por apegarnos al plan “A” que terminó siendo “B” nada más que por “A”, decidimos buscar hotel ahí mismo.

Estábamos tontamente aprehensivos tal vez por el cansancio y por La Hostería con desayuno razonable. En realidad estábamos preparados para dormir en cualquier vaina que pareciera hotel pues no esperábamos nada de un sitio en el que todo el mundo parecía ser buen economista. Pero he ahí que el noble galo llega con la espada allá donde no alcanza con la mano…, Cyrano…, o no Cyrano ni Munchausen. Encontramos un sitio hermoso y de fácil acceso llamado Hotel Camoruco. Una belleza, limpiecito, cómodo, y muy cónsono con mi humilde conocimiento de economía. Con decirles que era bastante más económico que La Hostería, y no me dejaron salir a comprarle ibuprofeno a Anne-Marie que le dolía la cabeza, la señora de la recepción me dijo que yo estaba muy cansado para andar por ahí buscando farmacias a esa hora, que ella tenía unas pastillas mejores y que me regalaba dos. No tenían el restaurante funcionando, pero igual nos prepararon unas cremitas de apio y nos las llevaron a la habitación. Nos encantó el sitio.

Esa noche dormimos muy bien, en un hotel que olía a limpio y en el que no hubo ni un solo ruido raro. Estábamos cansados porque habíamos salido de Margarita en un ferry retrasadísimo, después de una redoblona de trabajo muy fuerte para poder terminar con los compromisos pendientes tal y como suele pasar cada vez que hay una exposición. Bueno, con decir que varias piezas que llevábamos para la exposición las terminamos esa noche en Barinas… ¡Linda Barinas!!!

En la mañana salimos bien repuestos con rumbo a cualquier cajero automático porque ya no nos quedaba dinero ni para desayunar ni para echar gasolina, aunque esto es palabrería sin sentido porque ese carro nuestro es un camello, aun tenía medio tanque del que echamos en Valle De La Pascua.

De todas maneras paramos a comer cerca de Barinitas en un lugar bucólico y excelentemente bien atendido por gente que tampoco sabe gran cosa de economía pero que hace unas hallacas exquisitas. Yo me comí dos y el pedacito que Anne-Marie dejó de la suya. Nos empipamos de café y arrancamos a remontar la inmensa montaña que teníamos delante.

Nada qué decir de esa carretera. Si no es la más bonita que conozco está muy cerca de serlo. La transitamos durante una soleada mañana de muy poco tráfico, con las ventanas abiertas y más que respirando, paladeando ese aire liviano y como higiénico que solo se respira en un sitio así…, bueno, por ahí pasamos un lugar que olía un poco raro, pero puede haber sido coincidencia o poco conocimiento de la economía del lugar. Tal vez.

La cosa es que entramos en Mérida antes de medio día y pudimos dejar en casa de Lourdes Contreras las sillas mías que iban para la exposición de diseño en el marco del evento “Diseño al Límite” que coordinaba la Fundación de Museos, a la cual fui invitado por obra y gracia de mi amigo Vladimir Vivas, y de mi ahora amiga Monna Gutiérrez de quién hablaré con todo lujo de detalles en la siguiente entrega.

Iniciamos entonces la etapa decisiva del viaje, que nos llevaría hasta Tovar y el Festival del Violín, buscando una bomba para echarle gasolina al camello porque ahora sí, ya le hace falta. Caray, casi en Santa Cruz de Mora fue que vinimos a conseguir gasolina y de la baja porque por ahí nadie pone sino de la alta porque hay mucha montaña vea…

Total que llegamos a Tovar llamando por teléfono a Jean Pierre Le Corvec que fue quién nos invitó para que nos diera instrucciones y dirigiera el aterrizaje. Nada, nos dijo Noris, que nos vayamos para la plaza Bolívar, que al lado de la iglesia está la sede del Conac, que ahí nos está esperando Alexander.

En efecto (como bien diría un jugador de billar que sepa más de eso que yo de economía) en el Conac, después de dejarnos asombrados con las instalaciones, pudimos constatar que como nos dijo Noris por el teléfono de Jean Pierre nos estaba esperando Alexander para ubicarnos en la sala de exposiciones, y expuestos en el hotel. Bajamos los corotos de la camioneta camello y él mismo nos llevó al hotel valle andino con minúscula pero MAYÚSCULA VARILLA: Nos dejó ahí y salió corriendo porque tenía mucho trabajo por delante. Y por todos lados, como pudimos ver después.

Una vez en el sospechosísimo hotel valle andino, en la temible habitación 51 en la que el baño estaba dentro de la habitación solo separado por una puerta acrílicas texturizadas corrediza de esas de ducha balurda, nos dimos de cara con una de esas realidades que por más que la veas entra de a poquito y explota una vez dentro. Supongo que como el miche cachicamero, que a fuerza de hacerlo y tomarlo como que se adueña de todo.

Aquí les ponemos unas foticos como para que vean que no exagero: es un sitio horrible en todos los sentidos en el que además nos trataron muy mal. Es increíble que en Tovar existan más de sesenta concesionarios automotrices en los que pude ver unas tres o cuatro Hummer, pero que para alojarse medianamente bien haya que ir hasta Bailadores. Sin embargo eso es lo único malo en Tovar. Sí, cierto, allí sí que saben de economía y todo eso, pero aun así la gente es de lo mejor. En realidad solo nos quejamos de ese mísero matadero de mala tasca que se llama el valle andino. Ya contaré por qué.


Hay que asombrarse de esto pues Tovar cuenta con un museo, un ateneo, unas instalaciones que tiene el Conac que no la debe tener una ciudad de la talla de Puerto La Cruz, además está una galería de arte propiedad de la señora María Eugenia Montilla que celebra bienales y tiene un café como el del museo sacro de Caracas en su buena época. Hay una escuela de artes plásticas que es una extensión de la ULA. Tiene un movimiento cultural importante que abarca música, pintura, escultura, y qué sé yo qué más…

Pero ya lo dije: yo no sé nada de economía.

En la próxima entrega, la Exposición de Jugueteros, el Festival Internacional del Violín de Tovar, algo de Diseño al Límite…, no más de cinco o seis páginas por entrega.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

El costillar del perro negro

No se puede negar, o sí, que en más de un caso todo tiempo pasado fue mejor, así como tampoco se puede negar, o no, por usar una licencia tipo Benedetti pero a mil años luz rezagada por supuesto, que todo tiempo pasado, y por lo mismo, también fue un mar de mierda.

Yo, personalmente, como decía el entrañable profesor Julio Castro Bosch mientras hacía un movimiento como en redondo con los dedos índice que hacían como la figura de los cachos de un carnero que terminaran apuntando hacia arriba, he tenido mucha suerte en la vida y desde niño hasta la peor de las porquerías me ha terminado cayendo bien. No solo, sino que hasta cuando me sale malísimo alguna cosa, el tiempo se ha encargado de demostrarme que era así que tenía que ser, y no asá, como yo creía.

Siempre me viene a la mente este asunto del tiempo pasado y lo mal que le ha ido a alguna cosa cuando circulo por sitios como Maripérez en Caracas, o por la avenida San Rafael de Porlamar. También me pasa con el puente colonial que está casi en la desembocadura del Neverí en Barcelona, con la carrera diecisiete de Barquisimeto más abajo del edificio Nacional, y con Caimare Chico en Maracaibo.

Hoy me tocó Porlamar: La avenida San Rafael, que sale perpendicular a la avenida Terranova, justo donde funcionan las oficinas del Seniat en unas instalaciones que eran del archiconocidísimo Gonzáles Gorrondona, y termina en la Cuatro de Mayo junto al hospital Ortega sin Gasset, claro.

Y la historia de esta vez tiene un poco que ver también con el lumbago (o con el l’um bago, que alguien dijo que en rumano quería decir el ojo vago) Con ese inexplicable dolor entre ninja y ostrogodo que ataca sin apenas avisar previamente y que hace que un hombrezote de noventa kilos se porte como un bebé con sueño: entre malhumorado y lloricón. Con decir que esta mañana me llamó mi sensei y yo le dije que no sabía si iba a kendo, pero que si podía mover los pies esta tarde, que contara conmigo. Qué dramático. Me muero de la risa con mis pendejadas, pero es que si Juan José Millás pone en labios de María José esta frase: “Cuando los enviados del dolor atravesaban la legión lumbar, se desató una tormenta eléctrica en la cresta ilíaca”, la cosa ya me parece una pendejada pero de autor y como soy tan snob, no me da vergüenza.

Yo tenía hoy que terminar unas fachadas y una planta de techos para llevársela a un dibujante para que me pasara ese pocote de rayas en escala 1:50 a formato digital y esas cosas. Yo no conocía al señor, pero mi amigo Vladimir Vivas me dio sus señas y un más o menos de dónde carrizo encontrarlo y, bueno, la cosa era en la San Rafael. Diagonal a un taller, al lado de una ferretería…, no, al revés: al lado de un taller y diagonal a una ferretería.

No voy a echarle la culpa a mi amigo que me dio la dirección del dibujante desde Mérida calle 3 pizzería O Sole Mio en la que ya las pizzas no son lo mismo, por vía celular Movilnet a Movistar que ya se sabe que se entienden poco y mal, igual antes que ahora, sin mediar Benedetti y que me perdone usted. No. La culpa es mía como siempre porque tengo que pasar por un vía crucis cada vez que emprendo algo porque soy de los de la vía tortuosa a casa más o menos como la canción de Supertramp y que ojalá no la descubran y le metan ritmo de hip-hop o de raggaetón porque aunque no es de mis favoritas forma parte de mis nostalgias por un tiempo pasado siempre mejor que iba de Neruda a Benedetti pero pasando por Jardiel Poncela, que es la ruta que siempre me ha gustado más porque por ahí no me pierdo. Snob, snob, snob…

La cosa es que pensé que no llegaba, que entre el lumbago y el hydrovac de mi carro no iba a poder llevarle mis garabatos al dibujante para que me digitalizara los planitos tan lindos que nos van quedando. Me hice un poco de shiatsu con un alicate de puntas que tengo ahí junto a los sables en mi rincón japonés vía Guatamare que es donde vivo, y un poco de acupuntura con un espolón marinero de desatar nudos lo justo como para desviar la atención de Castilla La Mancha, pero sin ver el octarino porque no hay que exagerar. Respiré hondo en sentido literario porque textualmente no podía respirar sino un poquito, y me metí en el carro.

Me concentré en no pegarle un carrazo a nadie porque mi armatoste pesa sus dos mil kilos bisiestos mal contados y hace lustros que no ve una póliza de responsabilidad civil, y me enfilé hacia allá por los caminos verdes por aquello de que por ahí, lógicamente, me encontraría menos tráfico.

Pone Terry Pratchett en boca de Didáctilos, una frase que me va como anillo al dedo: “la lógica no es más que un modo ordenado de alcanzar la ignorancia”… Pero después de todo cómo iba yo a saberlo, no soy especialista.

La cuestión es que no sé quién carrizo le ha hablado bien de esta isla al gentío que se ha venido a vivir para acá. Ya ni por los caminos verdes se puede circular sin calarse la gran cola hasta atravesando aquellos sitios que vieron tiempos mejores y peores pero que lo que es hoy están feísimos. Por eso es que no nombro los bellísimos que hay a manos llenas, objetivamente hablando (claro), porque luego viene la gente y se entusiasma y cagan más la jaula.

La cosa es que apenas asomé en la esquina del Seniat me vino una urgencia de detener el catanare ese que tengo que también vio tiempos mejores pero que desde que le cambié las correas suena como el andar femenino con pantimedias, así que busqué una sombra que conseguí frente al Caribbean Suites, y este es un nombre que desconcierta cuando conoces el lugar pero no voy a hablar de eso porque la verdad es que me da vaina echarle broma al que la lleva perdida, como si no fuera más que suficiente con eso.

Paré el carro, me bajé y tuve que sentarme en la trompa disimulando y que estaba disfrutando la brisa en la sombrita, siendo que lo que estaba es que me caía porque las piernas hacían la mitad de lo que les ordenaba. Al parecer la brisita me aclaró un poco y regresó mi propósito inicial que era localizar al dibujante.

Pasó un grupo de tres personas más o menos en fila india. La primera era una muchacha en atuendo más o menos secretarial que no va a la playa porque prefiere la montaña, seguida a unos siete metros por un señor de franela roja y gorra del Magallanes que llevaba en brazos una bomba de agua chiquitica, y detrás (como a tres metros más o menos) otra muchacha en atuendo de caminar mucho por la calle haciendo estas condenadas diligencias porque no hay más nadie que las haga, que me preguntó qué dónde es que quedaba la oficina de la cámara de comercio.

A mí no me cayó la locha de inmediato, se quedó haciendo como el balón de basket en el último punto de la película. El señor de la gorra roja y la franela del Magallanes se rió viendo por encima de mi cabeza con una dentadura de solina, mientras la señorita del atuendo probablemente secretarial le explicaba a la muchacha que me hizo la pregunta a diez metros de la primera, que dos cuadras antes, torciendo a la derecha, como a treinta metros de la esquina, estaba esa oficina. La muchacha que sí va a la playa porque le da flojera subir montañas le dio las gracias de lejos acompañada con una sonrisa de no me gusta el jugo de guanábanas y se volteó mirándome la locha que no caía para decirme que ya había estado en esa oficina pero que no era la que ella buscaba, que qué fastidio con esta gente que nunca me da la dirección correctamente, mientras yo pensaba en lo práctico que resultaba decir que tal cosa quedaba de pele el ojo a peligro, del lado derecho según se sube, un pelito más arribita del callejón que bajaba a la quebrada Anauco en los tiempos del pan “co matiquía, o si matiquía”…

Escogí entre volver a prender el carricoche o patear un poco el suelo a ver si mis piernas se acordaban de para qué es que sirven. Recordé que hay quién recomienda que para cualquier pena, porronazos. En vista de que yo no estaba para subirme el ácido úrico, me decidí por un poco de ejercicio, que también ayuda hasta durante los divorcios. Así que opté por lo segundo y me largué a caminar calle abajo casualmente en la misma dirección y sentido que la mujer que iba en busca de la cámara de comercio que no está al lado de ningún taller ni ferretería de zamuro a miseria.

Bueno, caminé de la Terranova a la Cuatro de Mayo, y vuelta. De bajada me fui mirando todo con mucha atención para ver si descubría el sitio del dibujante cuyo apellido es Conde. Qué cosas... Talleres, así, a mogollón. Ferreterías, como arroz picado. Pero negocios de digitalización de planos con un taller en diagonal y una ferretería al lado o viceversa, naranjas de la china.

Así que de regreso calle arriba…, bueno, lo de calle arriba calle abajo es un modo de decir nada más que porque en un sentido se ve el mar al que tengo tiempo sin ir, y en el otro se ve la montaña al la que menos todavía, pero la pendiente es muy suave, esto hay que aclararlo…, bueno, lo que decía era que cuando venía de vuelta resolví hacerlo preguntando y empecé por los del ramo: cybers y centros de copiado pero nadie me entendía, era como si acabara de bajar de una nave espacial que me trajera de Ganímedes (tal vez por el aspecto tan extraño que luciría a esa hora con un andar inclinado y una aureola que era la locha girándome sobre las entendederas) aunque descubrí una taguara que sirve sobrebarriga, bandeja paisa, y otras delicias de la gastronomía colombiana que también habrá visto por lo menos, lugares mejores. Resolví entonces preguntar, no me pregunten por qué, en las panaderías. Está bien, lo que pasa es que sé que los dibujantes toman mucho café, y si hay un dibujante cerca, con seguridad será habitué de la panadería más cercana. Pero me falló esa lógica. Así que cuando llegué de vuelta al carro seguía con el rollo de papel debajo del brazo muy sudado, y esto también hay que decirlo, pero sin haber dado con el hombre que buscaba.

Está de más decir que me acordé de Diógenes y su lámpara. Pensé que tal vez no tendría estos problemas para conseguir a alguien si en vez de una casa hubiera dibujado un barril, y que después de todo no había problema porque con semejante solazo lo de la lámpara era definitivamente una extravagancia de mi parte. No sé, pero se me vino a la mente una imagen con mi cara en un pez abisal con cuerpo de tonel, de los que cargan una lamparita ante las fauces nadando por la cuneta de la San Rafael.

De modo que decidí ir calle abajo, con la corriente abisal, esta vez preguntando en los talleres y ferreterías. En el primer taller me salió un hombre que de seguro ya no buscaba un dibujante ni le interesaría porque estaba cubierto de tatuajes, por lo cual deduje que era mecánico diesel ya que sus tatuajes eran definitivamente arte exclusivo de los marineros de Paramaribo o Cayena, y para allá no se va con motores Evinrude de fuera de borda. Le dije muy avergonzado pero de modo inequívocamente amable, que no quería chimó, y seguí al siguiente taller que resultó ser de refrigeración automotriz y centro de acopio de latas de aluminio.

Había tal colección de tiempos mejores de otrora que recordé la canción de Time in a Bottle y casi me echo a llorar por la distancia entre Ally McGraw y la de botellas que no contenían tiempo pero que estaban en manos de lata patinada por la capa de caucho, carbón, sudor, etc., totalmente ajenas al paso del mismo, y de pana, completamente ajenas a cualquier historia de amor. O tal vez no.

En este taller no pude preguntar nada porque el nudo que tenía en la garganta era demasiado grande. No, más bien parecía un plato de espaguetis secos tragados sin masticar a los que les hubiera dado por volverse calamares vivos, solo con tentáculos. Me dio vergüenza que al ir a preguntar por el dibujante ferretero se me salieran por la boca un poco de paticas indiscretas. El esfuerzo por cerrar la boca me hizo lagrimear, por eso me la tapé con una mano y me apresuré a llegar al siguiente taller. El tipo que me iba a atender se asomó calle arriba y calle abajo, supongo, buscando la manifestación estudiantil del momento en la cual lanzaron semejante bomba lacrimógena. Se le veía el signo de interrogación sobre la cabeza. Pobre.

Había otro taller que le seguía del cual manaba un ruido como de telar industrial antiguo: cutucun tun, cutucun tun, cutucun tun… Realmente me avergüenza profundamente confesar semejante flaqueza, pero para hacer terapia y conjurar estas cosas es que escribo: me dio miedo. Me entró la mayor sensación de terror de la que he sido capaz de darme cuenta conscientemente. Y es que hay momentos en la vida, que como Vallejo, yo tampoco sé, en los que una pared alta pintada con los colores de alguna marca de repuestos automotrices dotada también de un inmenso portón de herrería convencional pero pintado de azul eléctrico, me parece que esconden secretos mefíticos que van mucho más allá de lo que una descripción de Lovecraft puede alcanzar con todo y que cuenta generalmente con un interlocutor más que propicio… Edgar Allan Poe vivió fuera de tiempo. Byron no tuvo automóvil. Si no, Justine sería un Renault o un Mitsubishi probablemente envenenado por el fenómeno boomcar… Hay que reírse de las vaharadas bituminosas rielando a cuarenta y cinco centímetros del suelo bajo un sol margariteño, pero hay que huir allegro veloce con moltissimo spiritu cuando resuenan los ominosos parches tribales. Anuncian encuentros que no sé enfrentar cuando ando disfrazado de pez abisal que nada por la cuneta calle abajo por la San Rafael, con escamas de tonel, y una locha guindando donde va la lamparita.

Sobra decir que ahí no pregunté un carrizo. Crucé la calle y me fui a ver si yo estaba en aquella ferretería de allá.

No estaba en la ferretería hasta que entré. No me molestó la cara de chicharrón con pelos que puso el dependiente cuando me vio, pero que quitó rápido cuando le explique que no venía por una libra de clavos y que ya, formón, tengo. Había cierto frescor en la ferretería porque tenían un ventilador bimotor que tronaba como un DC3 con catorce cilindros radiales, y catorce más. No pude contenerme y me paré frente al avión para dirigir la maniobra de acercamiento al punto de amarre con mis dos paletas de ping pong, una era una locha y la otra un rollo de planos hechos en papel de ese que viene en cajitas semi aplastadas siempre sobre el tablero de los taxis. Puse la boca como quién hace volutas con el humo del cigarrillo y pronuncié el Om trascendental, como cabía esperar.

En estas circunstancias, todo el mundo lo sabe, por efecto del choque del sonido emitido con las aspas de los ventiladores, el sonido se desgrana en un trémolo infantil que es como el esperanto. Al punto, una dependienta maternal me explicó que justo al frente, cruzando perpendicularmente la calle y las dos cunetas (e lasciando ogni speranza, noi que uscite [o algo así]) al lado de aquel cyber que parece una panadería, hay una oficina de ingeniería. Que allí seguramente no sería que trabajaba el dibujante que es Conde, pero que si no sabían decirme nada, porque a veces pasa que en las oficinas de ingeniería a uno no le saben decir nada lógicamente porque lo saben bien, que probara allá, al lado de aquel taller de latonería y pintura de artefactos de línea blanca.

La propuesta me pareció bien intencionada y esto hizo que por fin me cayera la locha: estaba en una ferretería que está diagonal a un taller de latonería de línea blanca, que está a su vez frente a un cyber que parece panadería justo al lado de una oficina de lógica eléctrica. Ya no necesité el disfraz de pez abisal lo cual me alegró mucho porque nadar en la cuneta no es bueno para un ojo vago rumano.

De todas maneras me entretuve un ratico pequeñito en la ferretería haciendo el que trataba de leer algo en los planos sudados para que se secaran un poco con la potencia de tales motorazos, y luego crucé la calle como el que siempre ha sabido todo: como un especialista, pues.

En la oficina eléctrica, lógicamente, no sabían de ese dibujante que es Conde. Yo, como si nada. Crucé otra vez pero a la esquina diagonal de la ferretería y me metí decidido en el taller de latonería y pintura de línea blanca y le pregunté por el dibujante que es Conde al señor de pantalones rojos y gorra de los tiburones que estaba comiéndose un mango (que salpicaba sobre las vestiduras fondeadas y a medio lijar de una lavadora General Electric) mientras le limpiaba la bujía a una moto más vieja que el DC3 de la diagonal. Yo pensé que aquí sí era la cosa porque la radio cantaba así: lo vi caminando, lo noté muy raro, lo vi caminando, lo noté muy raro, fue que en un zapato, se le enterró un clavo, fue que en un zapato, se le enterró un clavo…, oh, porque son de cartón, son de cartón, de cartón…

En efecto: aquí sí vive ese que es Conde. Pasé para allá, que ya se lo vamos a llamar.

Allá es un jardín sorprendentemente frondoso con dos sillas de mimbre debajo. En la reja estaba asomado un señor sin camisa pero con pantalones de la vino tinto que me dijo que me sentara ahí y que esperara, que aprovechara el fresquito, que si se me había acabado el papel que me buscaba otro poquito para el sudor. Y no me lo dijo con ironía ni nada, no, lo que pasa es que los planos ya no eran planos por ninguna parte. Le rechacé amablemente el ofrecimiento y me hice el loco con mucha dignidad para que no se diera cuenta de que me había ofendido un poco en el orgullo de mi disfraz de dibujante ilógico porque es que mi apellido no es Conde porque es de otra calaña.

Por la misma puerta por dónde se fue el señor vino tinto apareció una señora mayor con la enseña albiceleste, que masticaba esa bola de plastilina que todos los niños terminan haciendo con las barritas de colores que juraron que esta vez sí que no las mezclarían mamá cómpramela anda... Una pelota que hacía que casi no le entendiera que me estaba explicando que disculpara pero que lo que pasaba es que el taller no está trabajando porque los latoneros de línea blanca no pintan el día de las brujas, que si yo he visto, qué riñones tiene esa gente…, ya nadie quiere trabajar…, pero usted no se preocupe porque ya el dibujante que es Conde viene por ahí.

Yo sonreía como cuando le dicen a uno una vaina en otro idioma y uno decide que es más fácil hacerse el que entendió y fue en ese momento que apareció: un ser parecido a un perro, o por lo menos un esqueleto con peluca de perro negro que definitivamente sí que vio tiempos mejores, o que por lo menos en este tiempo le estaba yendo que era del todo una mierda. Fue la visión aterradora del día. Más allá del ojo vago. Más allá del albatros de Rimbaud. Muchísimo más allá de un pishtaco de Vargas Llosa, de un nacaq…: Una marioneta de perro en 1:50 hecha con costillas desde el extraño hocico hinchado por algún escorbuto canino hasta una cola de caimán en 1:125 también todo costillas pero que terminaba como el de un tuqueque en época de apareamiento. Todo este traqueteante esperpento de quincalla de huesos estaba cubierto, para que no se le notara que estaba muerto, con la cuchita que usaba Joselo para hacer de Pavo Lucas… No, con la peluca de felpudo de baño hecha con el pelo de algún desafortunado camello que usan sobre la cabeza algunas madrileñas, pero teñida de negro ala de cuervo… Y trataba de mover el rabo como si además de rigor mortis padeciera de lumbago mientras sonaba como un móvil de bambú y olía como si debajo de la peluca escondiera el bicho muerto que es, desde hacía algo más de una semana.

Menos mal que antes de que cundiera el pánico apareció el dibujante que es Conde, quién me hizo pasar a su despacho al que afortunadamente, el perro, tenía absolutamente prohibido entrar con sus huesos, y muy seriamente me explicó que es peligrosísimo comer arepas de pepitona con mucho picante, que las consecuencias son capaces de torcerle la vida a cualquiera. Yo, personalmente, (mientras giro mis índices como dibujando la trayectoria de los cuernos de un carnero) le creí todo al tiempo que vigilaba el perro con el rabito del ojo y le explicaba más o menos la casa dibujada con tanto sudor lo más rápidamente posible, sin terminar de entender con todo y locha por qué fue que el dibujante no llegó a tocar los planos.

Terminado esto yo me fui nadando como un salmón abisal calle arriba jurándole a gritos al dibujante que es Conde, que el lunes regresaba con dinerito y sin lumbago, que no me comía una arepa de tripa e’ perla con picante más nunca en la vida, pero que para ese día, que me espantara por favor a ese costillar de perro negro.