jueves, 9 de septiembre de 2010

De la nostalgia y otras tristezas.


“No te quedes satisfecho fácilmente.
Aquellos que permanecen contentos con facilidad
se quedan pequeños, sus gozos son pequeños,
sus éxtasis son pequeños, sus silencios son pequeños,
Pequeños son sus seres. Pero ¡No hay necesidad!
Esta pequeñez es tu imposición sobre tu libertad,
Sobre tus posibilidades ilimitadas,
Sobre tu potencial ilimitado”...

“Live Zen, cap. 2”.
Osho.


Nunca supe si quedarme con Osho o con Buda, o con Krishnamurti, la verdad. Y por favor perdónenme la exquisita falta de decoro por meter juntos a tres personajes tan diferentes, pero ya puestos, y dejando clara mi impertinencia ¿qué importa? Pero gracias a una manía que adquirí de pequeño y que aun conservo, siempre trato de mirar las cosas desde la mayor cantidad de puntos de vista posibles, y que no se confundan y vayan a creerse lo que no es, la mayoría de las veces obtengo un estrabismo al mejor estilo del menor de los tres hermanos de Silvio Rodríguez, y las otras veces termino padeciendo de decisión a priori (lo que me hace tremendamente monosilábico. Yo me entiendo) porque tanta bizquera al final me da dolor de cabeza.

Entonces, en mi absurdamente corta visión de las cosas, obtengo una manera o más bien un método para vivir que, como buen hijo de lo absurdo, parece que funciona. De hecho me ha traído hasta aquí, edad mediana, edad hobbit (no sé si se escribe así ni me interesa), la edad a la que todo hombre llega y se pregunta que por qué todo resulta tan extraño. Una edad que espero sea un poco menos de la mitad del total de mi vida, cronológicamente hablando.

Tengo cuarenta y seis años bien entrados. Tengo una convicción exagerada acerca de cómo es que son las cosas…, y la plena convicción al mismo tiempo de que nada de eso es así como yo creo que es. Creer, saber, estar convencido es más que todo una decisión y un punto de vista. Como trepar la cima de una montaña y verlo todo desde ahí, fresquito, con una brisa gélida, y pretender que allá abajo hace la misma temperatura y la vista alcanza tan lejos…, o como la ola marina que tiene un motor que camina para adelante y tiene un motor que camina para atrás… Bueno, no voy a abundar en esta parte.

Es cierto que mi esposa está de viaje desde hace ya más de un mes, y que aun le falta otro largo mes para estar de regreso. Estoy en la edad mediana de su falta. Es cierto que la nostalgia, la soledad, y la tristeza me han agavillado las muy malandras, y que me han pegado contra las cuerdas. Claro, son por lo menos tres contra uno…

Es que yo estoy haciendo una casa aquí en esta isla de los espíritus chocarreros y los chinamitos, y si es cierto que lo que nos va a tocar es emigrar, entonces hago un papel más majadero que el del Quijote con su bacía de barbero por yelmo… No es fácil ese punto de vista. No es fácil ningún punto de vista desde el cual crees que todo se puso color de hormiga brava de la que vive por estos lados, que se comen los cables y tienen gorditos a los técnicos de electrodomésticos. A menos que el técnico seas tú.

Yo me sentí profundamente triste al principio, cuando se fue… Ella arrancó en ese avión del carrizo y se llevó mi espíritu. Me dejó seco y vacío. Toda dirección y finalidad se me perdió. Fue como si se me borrara la memoria Ram y me quedara sin sistema operativo, o algo así, que la cibernética también cae dentro del inmenso campo de mi ignorancia. El caso es que ya no sabía ni cómo ni para qué es que yo iba a hacer aquello que ya no recordaba que tenía que hacer.

Es horrible esa sensación a medio camino entre el limbo y ninguna parte. Me acordé del “Nowhere Man” de Lennon/McCartney, y estuve más llorón que el carrizo a lo largo de más o menos una semana… Logré salir de ahí porque me pasó algo que es llegar a algún tipo de fondo , que no es el fondo mismo de todas las cosas por culpa de la falta de convicción, y desde ese momento no he hecho otra cosa que remontar la dura cuesta de la nostalgia y de las otras tristezas.

Y qué fue lo que me pasó no es ningún misterio. Lo misterioso fue el modo en el que reaccioné, y la potencia que eso me dio… Estaba desayunando cochino frito con arepas y jugos de jobito de río (del Copey) y en la radio que normalmente tienen ahí, después de un vallenato o un reguétón, o alguna porquería de esas, pusieron What a Wonderfull World (tampoco sé si se llama exactamente así, pero es el estribillo más repetido a lo largo de la canción) en una versión que sonaba como al pendejo de Sting…, y me pasaron dos cosas: una fue que pensé en que esa canción es tan condenadamente buena que resiste hasta la voz del payasos ese y sigue siendo buena, y dos, que siguen habiendo incontables maneras de ver las cosas de la vida…

… Se terminó esa canción y pusieron una salsa erótica de esas que cantan unos castrados desafinados…, y yo pensé que los caminos del señor son inescrutables. Por lo menos los del señor que hace ese programa radial…

Se podría pensar en qué carrizo tiene de maravilloso un mundo lleno de adecos, de chavistas, de guerras, de hambre, de enfermedades, de injusticias, un mundo en el que cohabitan bajo un mismo cielo las mayores miserias de África y la opulencia insultante de algunas grandes urbes…, un mundo en el que existe la peor basura del comportamiento humano como es la hipocresía… Pero al mismo tiempo me pareció que sí, que sí es un mundo maravilloso.

Lo que pasa es que es maravilloso si lo ves como sugiere Osho que lo hagas: “La mente puede aceptar cualquier límite en cualquier parte, pero la realidad es que la existencia, por su propia naturaleza, no puede tener ningún límite, porque ¿qué habrá más allá del límite? Nuevamente otro firmamento. Por eso estoy diciendo que cielos y más cielos están a tu disposición para que vueles”… Y yo agrego que el plan mayor si es que existe, es eso: mayor… Más grande que la sumatoria de todas las mentes humanas que han existido y que existirán jamás. Somos pequeños al límite de la pequeñez en relación con el universo inconmensurable… Acepto la tesis de que todo es perfecto, inclusive África y Manhattan bajo un mismo cielo, pero es perfecto en una dimensión que se escapa a mi imaginación y por lo mismo a mi entendimiento… Pero lo acepto, pues…

Es por esto que desaparece mi turbación antropocéntrica y dejo de preocuparme porque tal vez la casa que no he terminado haya después que venderla para irnos de este país en el cual no hay mayores garantías de nada… Ese es un tema que me preocupa sobre manera, lo sabrán seguramente porque yo no soy escaparate de nadie, y todo lo termino diciendo por este o por algún otro medio… Me preocupa porque tengo hijos pequeños que tendrán que vivir en este far west sin sheriff, que será perfecto, cómo no, pero a una escala que no me entra en la cabeza y no parece servir para el futuro de ningún niño civilizado… A este país le va a tocar en un futuro no muy lejano encontrar la manera de recuperar a toda la gente preparada que se le ha ido, que se está yendo, y que seguirá escapándose hacia sitios más seguros y estables. Yo no los culpo, y casi estoy por irme con ellos… Claro que al final es que se vendrá a saber qué fue lo que pasó, y no será hasta allá que se escribirá el resultado y me perdonan los musulmanes (a los que respeto mucho) quienes sí tienen el destino escrito.

Entonces la voz de Sting tratando de echar a perder esa canción tan bonita me devolvió mis corotos como el dado y el indio bravo del poema Rosalinda (… y dije entre sueños rotos, voy jugando a Rosalinda, y el dado en la noche linda, me devolvió mis corotos), y aquí estoy…, no digamos que exultante, ni pirotécnico, pero sé que tengo una misión que cumplir, que la vida no me la chafó por entero aquel animal de la Hummer H2 negra con la placa tapada con el caucho de repuesto al cual no se le pudo consignar denuncia alguna ni en la policía, ni en la fiscalía por haber disparado una pistola automática sobre mi chamo (menos mal que no lo hirió físicamente, porque lo hubiera cazado como a un animal y hubieran sido muchas las vidas echadas a perder)… Aquí tengo que confesar algo: esta situación me convenció (momentáneamente por suerte) de que en las próximas elecciones votaría por los adecos nada más que para castigar a este gobierno tan malazo que tenemos… Pero pasó que mi ADN antiadeco se manifestó y es que no voy a poder. Por lo tanto estoy esperando que surja un partido de oposición que sea racional para irme con ellos. Si no surge nada de aquí allá, me las veré en figurillas, pero la decisión la tomaré entonces sobre el tarjetón electoral aun corriendo el riesgo de atentar contra mí ADN… Qué vaina…

Sobre esto tengo algo qué decir: es totalmente cierto que cada nuevo gobierno venezolano resulta siendo (por la razón que esa) tan requete malo, que hace añorar los pésimos gobiernos anteriores… En estos días escuché a un señor que estaba pasando trabajo con un trámite en el aeropuerto que dijo “como añoro cuando éramos tercer mundo”…, a lo que yo le añadí: “hermano, cálmese, que por el camino que vamos crearemos el quinto mundo messssmooo”… Claro, el tipo se rió y bajó un poco la tensión ambiental del momento, y hasta el trámite se hizo más fácil entre guardias nacionales y personeros del seniat que nos miraban oblicuamente conteniendo las risas (esta isla es territorio adeco y hasta los chavistas lo son)… Definitivamente el universo es muy grande…

Y es que es eso la vida, un continuo cambio y de nada vale preocuparse por ella. Ella va por dónde mejor le viene y resulta que le viene por dónde mejor le va, y así seguiríamos eternamente si no fuera porque rápido nos preocupamos y pretendemos que todo se detuvo. No. No se detuvo, siguió andando y ahora no reconoces el paraje en el que te encuentras… Es como quedarse dormido en el autobús y despertarse de pronto totalmente desconcertado… Una vez me pasó eso en el autobús que iba del Paraíso a Petare, que era el que yo agarraba para ir a Nuevo Circo, pero me quedé dormido por ahí por la esquina de Bucare sería, y me despertó el chofer dando la vuelta en la redoma de Petare, ahí, bajo el puente…, y yo, “ambilao” como andaba vine y me bajé del autobús… Bueno, así mismo pasa cuando nos preocupamos porque no entendemos como es que Sting no pudo echar a perder la canción, como es su costumbre hacer con todo lo que canta…

Así que momentáneamente va ganando la mansa fiereza de los conceptos de Osho, por lo menos para esta situación particular y me quedo con el mundo abierto de las posibilidades en el cual cabe todo lo que existe bajo el sol, y cualquiera de los soles que pululan es esta especie de almohada infinitamente repleta de ácaros que es nuestro universo concebible.

Creo firmemente en que estas deducciones me han de servir para la vida, para mi método de “viviendo”. Creo firmemente en ellas, y también creo en que están completamente equivocadas. Es más, lo sé a ciencia cierta, porque ¿dónde han visto que un ínfimo cerebro humano sea capaz de dar con la verdad? No existe ¿cierto? Sólo está la minúscula parcela de verdad transitoria que sirve para cabalgar entre este breve segundo (en el que no estás) y el siguiente… La vida se va rauda…

Y uno cree que todo tiempo pasado es mejor, pero como dice Drexler, no hay tiempo perdido peor que el perdido en añorar…, el tiempo no es mejor ni peor nunca. Los sucesos, según el punto de vista son malos o son buenos también por decisión… No creo en nada ni en nadie. Dios no sólo no existe sino que es un concepto extremadamente mezquino, falto de testosterona, y hasta cobarde…, y yo en mi extraordinaria pequeñez me declaro en desobediencia paradogmática… ¡Jajajaja! Qué parrafada… La voy a imprimir y a colgar en la pared…

Total que ya no me ataca la nostalgia, porque no tengo nada ya por lo cual sentirla. Las otras tristezas en este momento se ven ajenas. La verdad es que ni este desorden, ni tanta hipocresía podrán, hoy, chafarme la guitarra…

Por esta vez, gracias Osho…



P.D.: Mi Bella, gracias por las fotos…

domingo, 15 de agosto de 2010

Yoko, don’t let him go out!


“At twelve o’clock a meeting round the table
For a seance in the dark
With voices out of nowhere
Put on specially by the children for a lark”...

“Cry baby, cry”.
Lennon/McCartney.
Album Blanco (1968).


Definitivamente Susanita la de Mafalda representa una pequeña parte de la humanidad que inevitablemente habita dentro de todos nosotros, pues yo tampoco me salvo, en mayor o en menor medida.

Lo digo porque estuve por empezar a escribir en esta oportunidad diciendo que “he recibido un montón de malas noticias en mi vida”…, y bueno, me di cuenta del tajo que se dio en el dedo Susanita y que no quería recordar, y ciertamente que yo tampoco querría, la verdad.

Pero sucedió que en estos días se cumplió la condena primaria de Mark David Chapman y por poquito lo dejan salir bajo palabra. En realidad se cumplió hace diez años, pero en aquella audiencia se le negó la libertad. Tuvo otra más o menos recientemente y se le volvió a negar. Pero ahora en octubre tiene otra y existe la posibilidad de que se la otorguen.

Eso hizo que emergiera la sensación de pesimismo que me invadió en aquel lejano final del año ochenta, nefasto 8 de diciembre, cuando me enteré que habían matado a tiros a John Lennon frente al edificio lujoso en el que vivía en New York.

Un loco cualquiera. Un vacío pedazo de mierda de loco cualquiera que se leyó The Catcher in the Rye de Salinger y se creyó aquello que no sería jamás. Así, porque sí, fue y tiroteó a un tipo que jamás, ni en mil reencarnaciones, podrá entender. Sólo porque no teniendo nada dentro de la cabeza, se leyó un libro que le quedó grande, le dio una puntada de culo, y tenía un arma.

Por supuesto que se me dispararon los fusibles, por decirlo de algún modo, y me puse a pensar en el tamaño del daño que semejante hijo de puta le hizo a la humanidad. No sólo a la música, como algunos superficiales (o con fines inconfesables) dicen.

Pero para que lo que quiero decir quede lo más claro posible y no se me tilde de fanático, tengo forzosamente que explicar mi punto de vista y aclarar al mismo tiempo que no pretendo convencer a nadie. Sólo exponer cómo lo veo yo.

El ser humano es un animal. Un animal biológicamente hablando, y más también. Lo que pasa es que somos animales bípedos y pretenciosos que inventamos un sistema de comunicación reglamentado y todo eso, y a partir de ahí desarrollamos todo un lío de pensamientos cada vez más y más intrincados e inútiles, que pretende marcar distancia con la naturaleza.

Esto ha hecho que estemos a punto de acabar con el planeta entero, y ya estamos pensando en colonizar otros planetas para joderlos también, no me cabe duda.

Y la inutilidad de toda esa pretensión de superioridad es tan tonta… Es decir, igual que un perro, un gato, o un chimpancé, tenemos que comer, cagar (y pujar cómo el que más cuando estamos estíticos), y ni hablar de lo perentoriamente primitivo del impulso sexual por más que nos inventemos fantasías para disimular que todo no es más que un básico intercambio de fluidos repletos de hormonas (contra el que no tengo nada, vamos a hablar claro).

Como ya dije, esta manía sólo nos ha llevado a rompernos el planetita sobre el cual nacimos y del cual desapareceremos sin dejar apenas marca. Así, para toda la eternidad una vez nos de alcance la entropía antropófaga, por ponerle un nombre raro.

Pero hemos durado los poquito más de sesenta millones de años (contando desde los prehomínidos, porque el hombre tiene apenas tres o cuatro millones nada más) debido a que nos hacemos contrapeso. Me refiero a que las diferencias, las pocas diferencias que existen entre individuos, entre culturas, entre principios y convicciones, hacen que al promediarse, el rumbo se compense entre los que matan y rompen todo lo que ven a su paso, y los que le piden perdón a las lechugas para pegarle un mordisco.

Mi abuelito decía: ¡caráj, muchacho, ni tanta vela que queme al santo, ni tan poca que no lo alumbre, nojuegue! Y con esto quería significar que los extremos no son de provecho. Que, o te mueres en la inopia, o acabas con todo (engordas mucho) y te mueres también. O sea, que hay que ser prudentes y tender hacia el camino del medio. Ni izquierda, ni derecha, ni arriba, ni abajo, ni lento, ni rápido, ni mansedumbre, ni agresividad…, y así. Que si comes, debes sembrar. Que si matas debes criar…, en fin, creo que el punto ha sido aclarado con suficiencia.

Pero olvídenlo, muy pocos seres humanos (porcentualmente hablando) alcanzan éste estado ideal de ecuanimidad y consciencia perenne, y por eso es que el mundo se va con quien lo trajo, o sea, que estamos fritos.

Lo que pasa es que ahí nos salimos de las consideraciones individualistas y pasamos a ver las cosas como grupos, como sociedad, y es aquí en dónde encontramos la respuesta al por qué hemos durado más de lo que hubiéramos creído por esperanzados e irresponsablemente optimistas que podamos ser.

Es porque si bien existe aquel grupo depredador que explota y machuca a los demás todo lo que puede, también están esos locos fanáticos que salvan ballenas, se amarran a un árbol para que no lo tumben, le piden permiso a Krishna para comerse un frijol…, entre esos dos grupo existen infinidad de matices y posiciones que hacen que el promedio permanezca oscilante alrededor del centro y la vaina pueda seguir adelante.

Claro que la gente desinformada, la gente bruta, la gente egoísta, la gente destructora, la gente ladrona, la gente sin ética…, en una palabra: los ceporros…, son muchos, yo diría que son demasiados, que son más (muchos más) que la gente que trata de revertir la injusticia, que trata de preservar el entorno, que hace las cosas bien.

Por eso es que frente a la extrema derecha depredadora y profundamente malintencionada y destructiva siempre se opone una extrema izquierda improductiva, ineficaz, y burocrática. Cuando un patrón revienta a los trabajadores, aparece un sindicato que los defiende contrapesando al patrón… Bueno sí, lo sé, esto es en teoría… Como todo, las cosas se degradan y aparece la corrupción, los vendidos, los que cagan la jaula. Pero no nos pongamos demasiado realistas porque si no todo pierde sentido y nos terminamos suicidando Susaníticamente hablando…

Por eso es que de tanto en tanto aparecen uno o dos del lado de los que cuidan las cosas, que además se cuelan por los entresijos del poder de los medios y con un cierto peso sobre las masas, aplican presión.

Un tipo como John Lennon que desde su púlpito musical llegaba a los más recónditos rincones, a los más variados públicos, a cada pequeña pulga sobre el más ínfimo perro, y nos hacía pensar. No te forzaba la vida, sólo te contaba a su modo que hay más en el mundo que aquello que te enseña aquel que quiere que aprendas nada más a producirle dinero no importa cómo.

Y no estoy hablando de un santo puesto sobre un altar rodeado de velitas. No estoy hablando de una estatua ecuestre de bronce con un sable en la mano y la cabeza cubierta de mierda de paloma.

Hablo de un huérfano que pasó frío en las calles de una ruda ciudad portuaria, que se metió cuanta mierda existe, que se peleó con medio mundo, pero que decidió adoptar una posición frente al mundo y defenderla consecuentemente.

Fíjense bien, que no era una cabeza coronada, ni un personaje elitesco, ni un ceporro populista. Sin embargo logró lo suyo defendiendo ideales.

Es decir, que en el camino de las grandes corporaciones estandarizadotas se atravesó un flaco miope muy malhumorado que demostró todo lo que demostró… Que no es más que flojera esconderse tras la excusa de que las porquerías de mala calidad son las que logran popularidad, y que por lo tanto si quieres forrarte en dinero tiene que ser todo lo chaborro que puedas, para que te encumbren en el olimpo de los billetes.

No voy a ser tan iluso asegurando que logró cambiar la mentalidad de la humanidad y que hizo temblar los cimientos de la industria masificadora de la basura que dan por cultura popular. Ni de vaina. Pero hizo ruido, llegó a mucha gente, añadió diversidad en los puntos de vista y criterios…, hizo contrapeso.

Luego viene este pedazo de mierda, le da cinco tiros, y se sienta al lado a esperar a la policía leyendo un libro (que este cabrón no entendió) mientras la sangre, por la aorta rota de John Lennon, se derrama irremisiblemente…

No, Mark David Chapman… No puedes ser liberado. No has pagado tu deuda. Tal vez la deuda legal esté satisfecha, pues sabemos bien todo lo superficial que resulta el sistema legal de cualquier país hecho por la misma clase de gente que adversaba Lennon… Pero tu deuda con la humanidad no ha hecho sino crecer desde que le vaciaste la pistola en la espalda a ese señor cercenándole la aorta derramando toda su sangre en el alcantarillado.

No, Mark David Chapman, no puedes ser liberado…, ni sacándote de la cárcel lograrán tu liberación. Tu pena ha de ser tan grande que ni tu muerte te habrá de redimir. Vas a reencarnar en Mark David Chapman hijo de puta irredento mil millones de veces, y mil millones de veces más. Hasta que la tierra se convierta en un desierto radiactivo poblado sólo por pulgas y cucarachas del tamaño de un perro san bernardo, que como a un prometeo de bajísima estofa le será devorado no sólo el hígado, también los testículos, el páncreas y el píloro, que será regenerado cada día para volver a ser devorado hasta que nuestro sol se apague.

Y eso es poco, la verdad, pero dejémoslo hasta ahí porque el karma es contagioso en cierta medida debido a que la luz incide en el comportamiento de las moléculas interconectándonos de casi inexplicables maneras.

Digo que es poco porque el daño que nos causaste a la humanidad toda aun no ha terminado de ponderarse.

Yo te responsabilizo por todas las guerras desde la de Vietnam hasta nuestros días, y por todas y cada una de las muertes, mutilaciones, y pérdidas que por ellas se causaron.

Te responsabilizo por los miles de jóvenes que pierden la vida en las calles por culpa del hampa alrededor del mundo.

Te responsabilizo por la agonía que vive la poesía en esta época.

Te responsabilizo por la pérdida de valores e ideales de la humanidad.

Te responsabilizo por la aparición y auge del reguetón.

Te responsabilizo por cada una de las calamidades y hambrunas en el tercer mundo.

Eres responsable de todo esto y mucho más, Mark David Chapman… Piénsalo…

No puedes ser libre.

Estás maldito. Estás maldito. Estás maldito. Eres el mal por antonomasia.

Yoko, por favor, no dejes que lo saquen de la cárcel…

sábado, 3 de julio de 2010

ROBOCOPP


“-Quisiera ver al cadete Arana, doctor.
-No se puede-repuso el médico, haciendo un ademán de impotencia-.
¿No le ha dicho el soldado que está prohibido subir aquí?
Podrían castigarlo, joven.
-Ayer vine tres veces-dijo Alberto-.
Y el soldado no me dejó pasar. Pero hoy no estaba.
Por favor, doctor, quisiera verlo aunque sea un minuto.
-Lo siento muchísimo. Pero no depende de mí.
Usted sabe que es el reglamento. El cadete Arana está aislado.
No lo puede ver nadie. ¿Es pariente suyo?
-No-dijo Alberto-. Pero tengo que hablar con él. Es algo urgente.
El médico le puso la mano en el hombro y lo miró compasivamente.
-El cadete Arana no puede hablar con nadie-dijo-.
Está inconsciente. Ya se pondrá bueno. Y ahora salga de aquí.
No me obligue a llamar al oficial.
-¿Podré verlo si traigo una orden del mayor jefe de cuartel?
-No-dijo el médico-. Sólo con una orden del coronel.”

Fragmento de “La ciudad y los perros”
Mario Vargas Llosa


“Happiness is a warm gun
Happiness is a warm gun
When I hold you in my arms
And I feel my finger in your trigger
I know no one can do me no harm
Because happiness is a warm gun
Happiness is a warm gun, yes it is
Happiness is a warm gun”

De “Happiness is a warm gun”
The Beatles. Album Blanco (1968)
Lennon/McCartney


Se habla mucho sobre la inseguridad frente a la delincuencia en este país. Se habla sobre la ineficacia de los entes públicos para frenar y hacer retroceder esta situación. Se habla y se habla. Que si es culpa del presidente, que si es culpa del fiscal, que si es culpa de la cuarta república, que si es el gobernador, que si es culpa de la decadencia, que si es culpa de que nadie en este país quiere trabajar, que si es un fenómeno mundial… Y nadie sabe qué o quién tiene la culpa realmente.

Bueno, les voy a contar algo que nos sucedió esta semana aquí, en “happy island”, en donde se supone que la delincuencia es mínima y el hampa está controlada, como en todo ecosistema insular.

Mateo, el hijo de mi esposa y por eso también hijo mío, estaba esperando el carrito por puesto en la parada de autobuses que queda en la avenida 31 de julio a cincuenta metros de su colegio. Él espera ahí todas las tardes el transporte público que lo llevará hasta la plaza Bolívar de La Asunción, donde está nuestro lugar de trabajo, y desde donde luego partimos todos juntos de vuelta a casa al final del día.

Decía que Mateo estaba esperando ahí, por donde pasan todas las personas que van hacia el Salado, Paraguachí, Playa Parguito, Playa El Agua, Manzanillo, es decir, una vía principal que mueve turismo y comercio en cantidades industriales. Él estaba ahí como todas las tardes a la salida del colegio, y así, sin más, de una camioneta Hummer H2 negra con la placa de circulación tapada por el caucho de repuesto, le echan un tiro de pistola automática desde la ventana de atrás del conductor.

Él oyó el estruendo y levantó la vista hacia la camioneta en la que ve el pistolón negro y humeante en la ventanilla que van cerrando. La camioneta sigue su rumbo hacia el norte en dirección Manzanillo.

El chamo hace de tripas corazón y espera ahí a que llegue el autobús que lo llevará a La Asunción. Los padres de un compañero le dan la cola y él acepta, pero no les cuenta nada.

En la iglesia de La Asunción hay una misa correspondiente al entierro de un malandro. Los secuaces toman la plaza y mantienen un lapso de terror, un dominio violento, tiros al aire, agresiones de varios modos a los transeúntes, logran el cierre de los tres o cuatro negocios que hay alrededor incluyendo el nuestro. El que no ha vivido un entierro de malandros no puede ni siquiera imaginárselo.

Es en este ambiente que llega Mateo a La Asunción a encontrarse con su Mamá. Llega con los ojos aguados preguntando por qué. Por qué un tipo con el dinero suficiente como para andar por Margarita en una Hummer H2 negra con la placa de circulación tapada con el caucho de repuesto va a querer dispararle a un chamo de doce años que espera solo el carrito por puesto en una parada que está a cincuenta metros de un colegio.

Nosotros, como padres (y representantes), nos fuimos a lo que era la PTJ, que aun recordamos como la segunda más eficaz policía mundial después de la israelita, que ahora tiene entre otras cosas otro nombre que no puedo recordar, a consignar una denuncia. Una denuncia necesaria para que se haga algo con esos desadaptados que andan en un carro tan conspicuo echándole tiros a los niños.

Como esperábamos, de la otrora PTJ nos pelotearon para la fiscalía porque ahora la policía no toma denuncias. Ojo con éste dato, que luego volveremos sobre él.

Debido a que ya pasaba de las cinco de la tarde, el amable funcionario de la otrora PTJ segunda policía ya sin camisa celeste ni corbata vino tinto, nos recomendó solícito que fuéramos mañana a la oficina de la fiscalía a consignar la denuncia para que ellos mismos la canalizaran hacia las policías preventivas.

Así hicimos al día siguiente. Fuimos a la oficina de la fiscalía ahí, frente al hospital Luís Ortega en la 4 de mayo, oficina de la cual muy amablemente fui echado porque, según adujo el amable funcionario de la puerta, por razones de seguridad no se permite el acceso a esas oficinas en pantalones bermuda… Bueno, está bien, comenzamos mal. Me salgo… Sí, y su esposa se queda, a pesar del escote que carga (una franela de cuello en V bordado) porque bueno, porque alguien tiene que poner la denuncia.

Le recomendé a mi querida esposa que dominara su genio y que tratara de exponerle los hechos a quien la atendiera, con la mayor calma y claridad posible. Así lo hizo.

La atendió por fin una amable secretaria de la oficina de orientación al denunciante, quien le informó que la remitiría a la oficina de atención a la víctima donde amablemente le tomaron una primera declaración informal a mi esposa quien luego, con mucha amabilidad fue remitida a otra funcionaria muy amable que le dijo a mi esposa que los niños no deben andar solos por ahí.

Mi esposa, medio resignada le contesta amablemente a la amable funcionaria, que Margarita no es Mamera, ni la Bombilla, que aquí los niños juegan en la calle y que andan solos en autobús, que eso no tiene nada de raro ni de malo, que no lo atacaron el Los Cocos ni en Barrioajuro, que no le disparó un atracador sino un sifrino.

Acto seguido, la muy amable funcionaria consideró que el caso merecía ser amablemente atendido por la propia amable fiscal a cargo. Pero por favor pase a la sala de espera mientras la fiscal se desocupa y le atiende.

Yo, mientras tanto esperaba del lado de afuera del la puerta viendo entrar y salir gente al tiempo que analizaba la frase del amable funcionario de la puerta, “por razones de seguridad no se permite el acceso de personas con pantalones bermuda ni de personas con escotes”… Qué problemas de inseguridad puede causar un cuarentón casi de cincuenta, pata chueca, en pantalones bermuda…

Mientras así pensaba, frente a mí pasó una abogada con el pelo pintado de amarillo oxigenado al grado cuarenta amarrado en un moño tan tenso que se le almendraban los ojos, y un escote esteatopígico apechugado con unos mil cc por cotiledón que más que mirarlo provocaba driblarlo a dos manos…

Ella le dio un ósculo esquivo al amable funcionario de la puerta desde atrás de su blackberry, y entró como Pedro por su casa.

Pasaron luego lotes variopintos de entre quienes cabe destacar otra abogada sin escote pero con los pantalones tan pegados al cuerpo que sus labios mayores brotaban como dos chorizos paralelos. Me hizo pensar en que el maracuchísimo “tenía un bollo como una capota de volkswagen” se quedaba corto. En que “lo que tenía entre las piernas era un gato echao”, era una nimiedad, un detallito… Me acordé de una compañera de clases a la que le pusieron el sobrenombre de “bolloloco” porque tenía una cosa indescriptible, pero de dimensiones épicas, entre las piernas.

Y luego pasó una, abogada también, con un pantalón blanco muy ajustado, con tanga hilo dental negro, que ya le puso la tapa al frasco.

¿Qué cómo sé que las tres eran abogadas? Muy fácil: por el pelo pintado, los anteojos negros tipo JLo, la pedrería plástica, las siliconas, la ropa copia de marcas, la expresión amarga y el rictus de desagrado, el portafolios, el blackberry en la oreja, la conversación en tono imperativo y en voz muy alta, y principalmente por el ostentoso y áureo anillo de graduación que ningún otro gremio usa ya.

Claro que ahora me toca ser amable a mí, porque nobleza obliga, y darle la razón al amable funcionario de la entrada. Yo también, tal vez, aduciendo razones de las que sean, hubiera sacado a la calle seguramente a un canoso viejo pata chueca para dejar entrar a semejantes desparpajadas exhibicionistas. Sobre todo tomando en cuenta lo aburrido que tienen, por fuerza, que estar en el pretoriano cumplimiento de su deber.

Mientras yo estaba contando factores inseguros en el lado de afuera de las puertas de la oficina, se desocupó la amable fiscal a cargo quien informalmente se hizo echar el cuento de nuevo. Amablemente hizo sentar a mi bella esposa ante su escritorio y le preguntó: ¿ustedes tienen enemigos?

Viendo la expresión de absoluto desconcierto en la cara de mi esposa, la amable fiscal le explicó que “siendo una pregunta idiota (cito textualmente), era una pregunta clave”, porque según el código orgánico procesal penal conocido amablemente como el COPP, la denuncia no procede porque no hay persona pillada in fraganti. Es decir, que no se puede ir a buscar entre las tres Hummer H2 negras con la placa de circulación tapada por el caucho de repuesto que hay en Nueva Esparta para ver quién es el que le anda echando tiros a los niños, sin que la denuncia se haya hecho con nombre, apellido, y cédula de identidad de la persona que empuñaba el arma que disparó a las tres y media de la tarde en una vía concurrida sobre un niño de doce años que esperaba el autobús para irse a encontrar con su Mamá.

Amén de consignar las pruebas que debería recabar la policía, digo yo ¿no?

Debes traer al atacante con el arma humeando (demostrar la propiedad del arma) sin tocarle un pelo al tipo porque te cae la pava ciriaca, la bala que se enterró ahí cerca, la foto del tipo disparando, un vídeo de apoyo no vendría mal, papel sellado, tres timbres fiscales, tres testigos, y un juez… O mejor un fiscal…

Tengo que admitir que la amable fiscal se veía consternada (es el reglamento, traiga una autorización del coronel), pero se confesó de manos atadas ya que la ley vigente le impide actuar. Que ella se vino a Nueva Esparta buscando un ambiente de menor delincuencia, que ella trabajó diez años en una oficina en Caracas y que en ese lapso procesó tres mil seiscientas causas. Que dejó la capital para trabajar en Porlamar en cuya oficina alcanzó a procesar la misma cantidad de causas en sólo cuatro años. Que lo de los pantalones bermuda y los escotes era la mojigatería hipócrita de siempre, y que bueno, que ella amablemente nos daría un oficio formal para que volviéramos con él y con Mateo a la otrora PTJ, segunda vez, para que nos tomaran la denuncia que no procedió por fiscalía pero que deberían tomar de todos modos, aunque tampoco proceda por allá. Sobra decir que no fuimos ya a ninguna PTJ del carrizo…

¿Cómo es eso? Ojo, que no es que la denuncia se hizo y no fue a dar a ningún lado, que se perdió en el tremedal burocrático, en la dimensión desconocida de la gaveta del olvido. No. Fue que no procedió. No la tomaron. No hay denuncia. El tipo de la Hummer H2 negra con la placa trasera tapada por el caucho de repuesto ya puede tranquilamente seguir disparando sobre quien quiera mientras no lo haga sobre alguien que lo conozca íntimamente, digamos, a nivel de lunarcito en el glande digo yo, por razones de seguridad.

Entonces caigo, inocente de mí (descubrí la fórmula del agua tibia), en el por qué de la inseguridad frente a la delincuencia. En el por qué de la impunidad. En el por qué de que la policía no haga nada. En el por qué se está echando mano a la práctica fascista de matar malandros en operaciones tipo escuadrones de la muerte. Y me doy cuenta de lo grave de la situación, en lo aberrante de lo que estamos viviendo. En por qué una persona se compra una Hummer H2 negra y después anda por la calle echándole tiros a niños que esperan el autobús. Tiemblo, pero de la arrechera.

El delincuente es una persona que no ve camino fácil ni esperanza. Es una persona que conoce y mira de frente su realidad socio económica y decide, entre valiente y fatalista, tomar un camino fuera de los márgenes de la civilización. Cierto que existe desigualdad. Una desigualdad que además nos estrujan en la cara cada segundo de nuestras vidas. El que decide hacerse delincuente sabe que por los caminos regulares jamás podrá ser como Will Smith, Eminem, o Ice Cube. Pero puede, porque se puede, disparar, matar, robar, violar, secuestrar, golpear, atropellar, y todo lo que le venga en gana porque la ley lo protege. Los demás son los que están jodidos. Los que tratamos de mantenernos dentro del margen somos unos pendejos, eso sí, amablemente, como lo dijo alguna vez Arturo Uslar Pietro.

No es una apología a la delincuencia ni nada de eso. Pero aunque no lo justifique, digamos que enumera más o menos malamente algunas de sus causas.

Y pienso que más me valdría haber nacido musulmán y tener muy entendido que el destino ya está escrito, porque como lo estoy viendo, la vida es un salto al vacío.

Digo que tengo la posibilidad de emigrar de este país que es peor que un país sin ley porque tienen leyes que otorgan la impunidad a todo aquel que se resuelva a matar y a saquear. Pero emigrar es un salto al vacío. No sé qué voy a ir a hacer en un país extraño, a mi edad. Tal vez vaya a trabajar de bedel en un liceo del midwest americano y me maten a coñazos una piara de báquiros neonazis de la NRA en defensa de la segunda enmienda, porque soy latino con cara de árabe y tal vez amigo de Bin Laden…

La opción de emigrar no estaría tan mal, pero presenta la posibilidad amarga de tener que dejar a mi hija aquí por razones de una intrincada configuración familiar que no viene al caso, y que por eso mismo me desarticula.

O me puedo quedar aquí en otro salto al vacío porque no se sabe a dónde va a parar un país con leyes que protegen al malandro y promueven al malandraje, al que no le va a quedar más remedio que sacar a la calle, si es que ya no están, brigadas de mercenarios que vayan matando a aquellos que no pueden ser tocados por la ley, pues esta los protege.

Me parece que tendremos problemas serios por unas dos o tres décadas más, porque en lo que salen a la calle estas brigadas, primero matan al que es, luego al que parece que es, e inevitablemente terminan matando al que no es.

¿Qué hacer?

Lo primero es mandar para afuera a Mateo, quien se irá con el alivio de alejarse de un lugar tan peligroso, su país. Y se irá también con la tristeza de dejar a la gente que quiere, que a la vez se quedan en este lugar tan peligroso, su país. También se irá con la frustración de quien huye porque se sabe indefenso y con pleno conocimiento de que sucede porque las leyes de su país protegen al tipo de la Hummer H2 negra que lleva tapada la placa de circulación con el caucho de repuesto, su país. Un país que niega la definición de república. Un país que frente a la crisis carcelaria opta por no meter a más nadie preso haga lo que haga. O más bien perpetre lo que perpetre… No se piensa en modificar la causa sino muy malamente a las consecuencias, porque entrarle al tema de las causas no gana voto.

¿Qué clase de persona se compra una Hummer H2 negra en un sitio donde brilla el sol con tanta furia durante cuatro mil trescientas ochenta y tres horas al año, promedio, y en el cual secuestran a todo el que ostenta dinero?

Tengo pocas respuestas a esta pregunta, y son menos respuestas si a la pregunta le añadimos el detallito de que además es una persona que les dispara a los niños que esperan el autobús a cincuenta metros de su colegio.

No, no me vengan con que ese tipo es un enfermo mental. Eso lo disculparía, pues su trastorno no lo hace responsable, o más bien le quita responsabilidad que tiene sobre sus actos.

Un tipo que se compra una Hummer, que se mete unos pases de perico, que sale a la calle y atropella y mata a un medallista olímpico, y que luego sale absuelto porque estar bajo los efectos de cualquier droga es un atenuante y no un agravante, lo hace porque puede.

La ley contribuye a hacer al delincuente, por lo menos en este país.

Cierto es que en países como Alemania uno no puede ni tocar a un ladrón que se te meta en la casa, no puede ponerle botellas rotas a un muro para que no se lo salten los cacos porque si uno se corta te deja seco a punta de demandas que ciertamente proceden. Uno diría que aquí, como siempre de parejeros no vamos a ser menos que los alemanes… El caso es que si por casualidad en Alemania se te mete un ladrón en casa, la policía lo agarra en un santiamén y el amigo de lo ajeno, de que va preso, va preso. Eso sí, en una cárcel que parece un hotel de tres estrellas. Tenemos mucho que andar desde donde estamos, hasta allá ¿no?

Ese tipo de la Hummer H2 negra que le disparó a Mateo, inclusive barajando la posibilidad de que lo hiciera con balas de salva con la única y traviesa intención de darle el susto del siglo al muchachito de la parada, merece tortura y muerte por lapidación al mejor estilo bíblico.

Y todo el sistema legal de este país merece ser expuesto al público internacional para el eterno escarnio de sus pro-delincuentes representantes y redactores de leyes.

A una amiga casi familia se le metió un ladrón por la ventana del apartamento, y cuando lo sorprendieron se cayo, en su huída, por la ventana misma por donde entró y aterrizó en la terraza del vecino de abajo dando oportunidad para que lo atraparan y lo llevaran a la policía. La denuncia no procedió porque ¿cómo sabían ustedes que él se metió en su casa a robar? Y el malandro azote de la urbanización salió libre, sin ni siquiera un miserable y engavetable expediente.

El ladrón que se metió por la ventana de mi casa mientras dormíamos hace unos meses fue atrapado recientemente por otro vecino, porque el dientón de la mierda ese es el azote de la urbanización donde vivo, y lo llevó una turba enfurecida a la policía pues a todos les ha robado algo. La denuncia no procedió tampoco. La fiscal le preguntó que si no le daba miedo que lo mataran de un tiro. El dientón por toda respuesta se levantó la franela y enseñó tres cicatrices de bala mientras decía, “me han dado tres tiros ya, y no me han matado todavía”…

… Esto no va a cambiar. Va a empeorar todavía más. Las leyes en el mejor caso se anulan a sí mismas, el combate contra la delincuencia es guerra de guerrillas, la economía no da esperanzas, el ciudadano de a pie está indefenso y con más perspectivas del lado ilegal que del otro. La preocupación primera de todo amable y buen funcionario público es controlar, selectivamente y a conveniencia, el acceso a las oficinas de las personas con escotes, o con pantalones bermuda. Y cobrar los impuestos draconianamente al que está tratando de ganarse la vida del lado correcto de las cosas.

En estos días estuve en Caracas y como siempre fui al mercado de Quinta Crespo, que me encanta, a comprar los ingredientes de la cena familiar de costumbre. En la entrada norte estaba un malandrín vendiendo unos palos de golf con todo y bolsa de cuero. Le explicaba a un señor que se le había acercado, “nooo, e’to e’ pa’ juga’ gol’, papaá…, dame dosmilquinientos na’ ma’ ”… Y lo hacía a la vista de todo el mundo. Claro, si no hay denuncia por el robo de esos palos de golf, nadie busca al ladrón. ¿quién va a ir a poner la denuncia si no se aceptan en las instancias debidas?… El pintoresco choro puede seguir vendiendo sus palos de golf tranquilamente, que no pasa nada…

Una amiga joven que es abogada más o menos nueva me explicaba intentando vehementemente que yo le entendiera su punto, que la culpa no la tiene el COPP sino la interpretación que de él se hace… Okay chama, yo no sé nada de leyes, sólo sé que si las leyes no ayudan a la gran masa de ciudadanos, la vaina no sirve. Y por lo que te entiendo la culpa no es del ciego sino de quien le da el garrote ¿es eso? Entonces todo depende de la buena o mala intención de las personas a cargo… Nos jodimos…

Va a costar una o dos generaciones salir de este peo.

jueves, 10 de junio de 2010

La importancia de una cierta esteatopigia.



“Una mujer de rodillas, el amor sólo
Conoce
En todos los servicios a los que asiste, al cielo
Muestra
La ingenua épica de su radiante asiento.
El claro espejo de la belleza, donde le
Encanta observar,
Rotundamente venciendo a hombres de toda
Clase.
Oh culo de culos: ¡Gloria! ¡Adoración!
¡Alabanza!”

De Una moral breve
Paul Verlaine (1844-1896).


Es cierto que no me llamo Ernesto, pero dada la importancia que reviste ese nombre por culpa de un ya antiguo jueguito de palabras en habla inglesa, y el hecho de que no se me ocurre otro mejor, diremos que me llamo así: Ernesto Justo Garriga, y éste es un hecho importante.

Pero no, no voy a contar el cuento en primera persona por dos razones básicas: la primera es que aquí digo demasiados embustes y si me pongo como protagonista voy a quedar en entredicho, y la segunda es que en tercera persona la historia adquiere una cierta tonalidad de lo más augusta y eso me gusta ¿qué vamos a hacer? ¿ah?

Aclarados esos puntos paso a lo que vine:

Resulta que Ernesto vino al mundo (como todo el mundo) sin manual de instrucciones, hijo de padre y madre disímiles en muchas cosas menos en lo ingenuamente puritanos, y por lo tanto el tema del sexo sencillamente no formaba parte de las conversaciones familiares, que por otra parte giraban siempre en torno a la moral, las buenas costumbres, el temor a Dios, el recato, la modestia, y todos los demás asuntos que enorgullecerían a una Carmelita Descalza o a un Franciscano, pero por separado, para evitar tentaciones que son cosas terribles dignas de bogomilos y dulcinianos.

Fue por eso que Ernesto no fue capaz de darse cuenta de que eso que le pasaba en las mañanas recién se despertaba, que algo le cosquilleaba, o que mejor dicho de eso que sentía en la entrepierna mitad sabroso mitad doloroso, como un picor con ardor y cosquillas con mucho de agradable y otro tanto de inquietante, no era un trastorno prostático como el que leyó que sufría el General Gómez (a decir de Herrera Luque) que no lo dejaba mear en paz.

En ese entonces Ernesto tendría unos ocho años y acudía a una escuela de varones en la que ningún niño tenía idea de que un trastorno prostático no se presentaba a esa edad, ni dificultaba la meada sólo en las mañanas. Todo sucede porque resulta que mientras el inquilino de abajo no deja el alboroto, la meada, simplemente no sale, y si sale, moja todo menos lo que debe, porque así de imprecisa es la sucursal del cerebro.

A esa edad un niño comenta sus cosas nada más con un compañero muy cercano que haya probado férreamente ser incapaz de venderlo.

Porque están los otros, los que se fingen amigos y en la primera oportunidad revelan algún detalle vergonzoso contado en confianza. No sé, como la vez que Ernesto comentó ante un grupito de amigos que Anita, la vecinita de enfrente, jugando al escondite le ofreció probar de la chupeta que ella tenía en la boca ¡qué cochina!

Pues bien, así mismo salió a la luz pública toda la confesión. Por pura maldad y deslealtad de la más cruel.

Y después que le digan a Ernesto, que los niños son inocentes…, sí, cómo no…

Claro que también existe aquel amigo que tiene un amigo que oyó de otro amigo, que ese problema de la mañana mejora bastante con un masaje aplicado directamente sobre la parte visiblemente afectada.

El masaje en cuestión consta de tres movimientos básicos que pueden ser combinados a gusto del consumidor, o utilizados por separado. Pero el movimiento principal es el que todo el mundo conoce y que no voy a describir porque ésta no es una crónica soez, procaz, ni mucho menos indecente.

Lógicamente Ernesto en la primera ocasión que tuvo se aplicó el masaje que su amigo había descrito y por supuesto, casi se orina encima.

El masaje funciona, pensó, pero deja un picor medio raro más abajito del ombligo que aun después de haberse dado la meada queda Ernesto como urgido de no sé qué más, y con mayor tendencia de la usual, que ya es más que el carrizo, a fijarse en las partes redondas de las amigas de la Tía más joven.

Mira Ernesto, déjate de esa paja, le dijo un primo mayor que él que se metió intempestivamente al baño cuya puerta no estaba asegurada, mira que puede ser paja la vaina… Nojombre, deja la gafedad y sal de aquí que yo lo que estoy es dándome un masajito porque no puedo mear… Sí, sí, claro, masajito…, rolo e’ pajizo es lo que tú eres…

Óyeme Amaya, tú sí eres fu, no me dijiste que ese fulano masajito se llamada hacerse la paja, hay qué ver que tú sí que eres fu vale ¡gafo!… Más gafo serás tú, ahora y que masajito. Pana, el sendo gafo eres tú, guón…

Cónchale, nojombre, no se puede confiar en nadie…

Bueno, queda establecido que Ernesto, tan Ernesto él, descubrió que el tal masajito siendo tal, no lo es, y que lo que sí es, además de sabroso, es algo que se tiene que hacer con la puerta del baño con el seguro puesto y la boca bien cerrada.

Lo que pasó después con el pasar de los años fue que, como pasa con toda buena idea con la cual se exagera, ya no era un simple recurso terapéutico para apañar las dificultades mañaneras con la meada, sino que a cualquier hora del día casi sin previo aviso el vecino de abajo comenzaba a dificultarle cualquier actividad.

Jugar fútbol, nadar, ver una película, conversar con una amiga, aprender a manejar, estudiar inglés…, cualquier cosa que hiciera se veía interferida con timbrazos que le daba ese inquilino -no vamos a tener la hipocresía de llamar molesto- tan inoportuno, indiscreto, y por sobre todas las cosas, desatinado…

Por eso cuando Ernesto conversaba con la vecina de al lado, con Jenny, la que tenía las redondeces más notorias, después tenía que pasar unos minutos sentado pensando en cómo era que le había explicado Daniel que se ajustaban los platinos del Fiat 124 Sport. Él hubiera preferido que le explicara sobre el funcionamiento de un carro menos sexy, pero por lo menos ese modelo no tenía formas redondeadas. Era un carro flaco y anguloso con un sex appeal más bien anoréxico que nunca le gustó demasiado a él. Si le hubiera explicado cualquier cosa sobre el Renault Dauphine, por ejemplo, sí se le hubiera complicado la cuestión.

Tuvo una novia, sí, Ernesto tuvo una novia por esa época y todo, pero tenía que ser muy discreto y guardar la debida distancia porque a ella la quería mucho y no quería faltarle el respeto dejándose ver en toda su incomodidad, porque en esos casos el vecino de abajo se ponía tan inclemente que ahí sí que resultaba inconveniente, molesto, y más.

Poco a poco él se dio cuenta de que, aunque en las conversaciones de los amigos se refirieran ellos (él más nunca confió esas cosas a nadie ante las probabilidades de traición) a otras regiones de la geografía femenina con un ahínco que rayaba en la obsesión, él siempre se fijaba en las redondeces más bien ecuatoriales descartando casi por completo los trópicos, existiendo siempre, claro, un interés secundario pero importante, por las regiones polares, verticalmente hablando.

Esto desató un temor que no hizo sino echarle leña al fuego ya que no hay como un temor para acicate, porque no se crean, Ernesto siempre fue bien Earnest y aun así nunca tuvo nada que decir de Oscar Wilde (aclaratoria hecha para evitar confusiones), y vino a ser un artículo sobre la relación de Salvador Dalí y Federico García Lorca (El Perro Andaluz según Luís Buñuel) lo que le creó el temor por lo que pudo ver en lo que se decía sobre el cuadro que le pintó Dalí a su hermana…, y mejor no sigo aclarando para no joderle más la pajarita a Ernesto, que ya habrán oportunidades más jugosas para echarle la burra p’al monte…

Así siguió la vida para él, entre preocupado y ocupado, ambas cosas por culpa del vecino de la mezzanina que no vacilaba en manifestarse cada vez que veía el suave balanceo tropical de las zonas ecuatoriales de aquellas viandantes conocidas o no, que estuvieran generosamente dotadas de esta característica, en la justa medida rayana en el exceso, pero justamente en el punto previo a serlo, no sé si me explico.

Inclusive estuvo un tiempo haciendo averiguaciones experimentales para comprobar la influencia de la mente en ese problema que creía tener, y trazó en el piso del baño una escala graduada con el cero a sus pies y de diez en diez unas rayitas hasta llegar al metro y medio. Luego, dejando dos días de por medio –discúlpenme, pero tengo que contarlo- se hizo el masajito pensando un día en las regiones polares, otro en los trópicos, y después en ecuadores varios. Despejó toda duda: en el ecuador logró sobrepasar la marca del metro y medio con un tiro de metro sesenta y cinco centímetros que yo no puedo ni quiero comprobar, pero que Ernesto Justo Garriga me juró en confidencia asegurándome que en esto la rotación de la tierra tendría algo qué ver pues su baño está orientado de este a oeste…

Sí, soy un miserable traidor por echar este cuento, pero en este caso espero que sepan disculpar mi falta.

Además, hace casi treinta años que no lo veo ni sé de él, y supongo que no le molestará ya que lo delate de este modo.

Esto causó una impronta en el comportamiento e inclinaciones de Ernesto a muy corto plazo que se resolvió felizmente a poco porque la cosa es que bueno, aquí, hablando paja, Ernesto no era nadie que dejara las soluciones al azar y se sumió en una búsqueda intelectual en pos de la respuesta a esa inquietud, y buscando y buscando encontró lo siguiente:

Chiste sobre la sodomía. Por Sigmund Freud:

-En el empleo sexual del ano se ve más claramente que en el caso anterior, el hecho de ser la repugnancia lo que imprime a este fin sexual el carácter de perversión. A mi sentir -Y espero que no se vea en esta observación un decidido prejuicio teórico- la razón en que se funda esta repugnancia, o sea la de que dicha parte del cuerpo sirve para la excreción y entra en contacto con lo repugnante en sí –los excrementos- no es mucho más sólida que la que dan las muchachas histéricas para explicar su repugnancia ante los genitales masculinos, esto es, que sirven para la expulsión de orina…

… Entonces, se dijo Ernesto formalmente hablando, si esto es así, yo no ando buscando lo que no se me ha perdido, sino que siempre encuentro justo lo que busco…

… Y con el tiempo, Ernesto, se dejó crecer el bigote como cualquier hombre normal, y cerró ese capítulo abriendo otros con otros temores…, exactamente como tiene que ser en este lado del planeta.

martes, 25 de mayo de 2010

Notas entre margen.




“El mundo entero es una chimenea.
¿con qué estado de ánimo puede uno
Evitar quemarse?”

Gao Feng

No soy una lombriz, y esto es un hecho.

Y sí, indudablemente existe un sinfín de posibilidades que no son, en mi caso, así como en el caso, supongo, de todo el mundo.

Es decir, que me doy perfecta cuenta, y no es que sea muy perspicaz, de tantas cosas que no son y que sin embargo no presentan ninguna utilidad de trascendencia. Aunque debo admitir que es muy útil que siendo un hombre, no me confunda a mí mismo, digamos, con una lombriz.

No es que no comparta un cierto contenido de ADN con cualquier bicho vivo o algo así.

No puedo negar que en eso tengo mucho, tanto de chimpancé, como de hormiga y tal vez más de eso que de lo otro, aunque sólo tengo cuatro extremidades y carezco de antenas.

Pero me doy cuenta de que he vivido gran parte de mi vida respondiendo a impulsos muy someramente analizados. Diciendo esto sólo para tranquilizarme.

Sí, he vivido una vida dedicada a recabar información de todo tipo sin saber muy bien por qué, o para qué.

Ahora me doy cuenta, perfecta cuenta, de que todo ese bagaje me está sirviendo de manual para hacer cosas. Corotos, peroles, artilugios, artefactos, mecanismos, ingenios… Todos muy útiles y en cierto modo extravagantes por la manera en el que se han venido recombinando para dar resultados sorprendentemente simples, pero que necesitaban pensar en ello.

Parezco un libro escrito con la secreta intención de que alguna vez lo descubra la Warner y me compre los derechos para hacer una película.

Me refiero a que tengo de todo: Tengo acción, tengo emoción, tengo aventura, tengo heroísmo, algo de sexo también, cómo no, y un poco de intelectualidad forjada por la Guerra Fría y la Teoría de la Conspiración… Me muevo siempre por el borde, entre Harrison Ford y Peter Fonda para terminarme pareciendo más bien a Woody Allen en su papel de Leonard Zelig.

En el inventario de mi vida práctica tengo un stock enorme de intentos y muy pocos logros. Pero en mi vida interna, mi mundo introspectivo como le llamo para darle un nombre cómico pero intelectualmente serio, cuento con más logros que intentos.

Infinitamente más logros que intentos.

Esto es porque son muchas las batallas internas que he ganado gracias a otras personas, tal vez por suerte, por carambola, o por intervención inconsulta del hado benigno. Por eso digo que son más logros que intentos.

Lo que me hace estar un poco inconforme con esta situación, siendo como es más bien algo de qué alegrarse, es que he vivido la vida de una lombriz dotada de un pequeño laboratorio y un disco duro de muchísima capacidad.

Sí, he hecho un gran trabajo, un arduo trabajo, un trabajo de lombriz. He dejado todo el suelo del jardín de la vida lleno de túneles como corresponde a toda buena lombriz y de paso he almacenado una importante cantidad de datos. De acuerdo.

Mi trabajo facilita el del jardinero, y esta es mi misión.

Pero no ha sido hasta hoy que, releyendo algo sobre filosofía, me he dado cuenta que no me he tomado el tiempo para meditar sobre el sentido que tiene todo esto. Es decir, que no me he sentado a pulir sutilezas, a rellenar vacíos, a enderezar contradicciones…, a sacar conclusiones preliminares, si es que la palabra preliminares se puede unir a la palabra conclusiones, porque si concluye… En fin…

No soy una lombriz, ya lo he dicho, y sabiendo esto puedo agregar que soy un hombre. No por descarte, sino porque en mi acumulación de datos no encuentro nada sobre una lombriz que teclee palabras. Esto, por supuesto, no es sino una elucubración mía, pero puedo contar con que más de uno estará de acuerdo conmigo en esto, salvo que le pregunten a un par de personas que yo me sé.

Y sostengo, libre de hipócritas inmodestias, que además de hombre, soy inteligente.

Lo que me entristece es que a medida que voy dejando entrar en mi cabeza la idea de que soy un hombre inteligente, más me doy cuenta de lo tonto que soy.

Es algo así como ponerse a estudiar el universo sólo para darse cuenta de que es un fenómeno tan grande que jamás vamos a saber de él más allá de un porcentaje casi inexistente… Digo esto consciente de lo estrambótica de la comparación.

No logro que mi mente y mi cuerpo trabajen en equipo sino cuando hago que mi cuerpo haga cosas más allá de sus límites. Por eso exprimo mi recipiente hasta que se agota y eso no puede ser bueno. He hecho esto durante cuarenta años. Me ha tomado seis más intentar lo que sería el logro mayor de mi mente, y es que entienda que sin recipiente se derrama el contenido.

Mi mente me ha obligado a arriesgar mi integridad física. Mi mente me ha llevado a forzar la barra. Mi mente trata de negarle el descanso y el disfrute a mi cuerpo. Mi mente no me ha dejado aprender a bailar.

Pero ahora, tras seis años de sistemática labor de concientización de mi mente (suena raro, lo sé) llegué a este punto: tengo que sentarme a poner orden. No puedo seguir a éste ritmo porque no voy a llegar muy lejos así.

Una vez le comenté e mi Tío Carlos, cuya mente admiro profundamente por mis propias razones que no vienen al caso, que no entendía cómo hacía él para deducir algo sin conocimientos previos de ese algo, pues yo, para deducir cualquier cosa, tenía que consultar con mis datos almacenados e irlos pegando para obtener una solución tipo “collage”. Él se rió y me dijo que la inteligencia se vale de cualquier herramienta disponible para obtener lo que necesita, que el pensamiento no tiene ninguna metodología específica, y que no me preocupara por esas cosas.

Yo se lo agradezco. Ha podido darle un tacle a mi autoestima y no lo hizo, por lo menos no en esa ocasión. Por eso se lo agradezco.

Tuve un socio arquitecto, excelente arquitecto, que siempre peleaba conmigo porque mis soluciones, aunque eficaces, siempre resultaban para él “muy poco serias”. Lo decía medio en broma, pero muy en serio, visiblemente preocupado… Bueno, nunca se nos cayó ninguna casa, y eso es lo que importa.

Y no es que dude de mi inteligencia, ya, afortunadamente, superé ese obstáculo. Lo que no encuentro es su utilidad. Es decir, para qué me sirve a mí ser un tipo inteligente… Sí, sé que no llego a genio ni mucho menos, pero no por eso voy a negar que soy inteligente.

Pero para qué me sirve. Esa es la pregunta que me inquieta. Porque se supone que esa es una herramienta que sirve básicamente para vivir mejor, entendiéndose vivir mejor, como calidad de vida, sosiego, estabilidad económica…, aunque según Woody Allen (otra vez) “Whatever Works”…, pero de seguro que es mi mente de nuevo dificultándome el baile.

Es entonces cuando me doy cuenta de que no es la inteligencia lo que te pone en algo o te quita de aquí y te pone allá. No. Son los instintos. El problema está en que la inteligencia es una herramienta que se opone a los instintos doblegándolos en nombre de todo lo civilizado y racional.

Me refiero a que el éxito, digamos, económico, entra dentro del ámbito de acción del depredador, del cazador, del hombre primitivo que sale a perseguir mamuts y trae por lo menos uno para la cena.

El hombre civilizado va y cumple su función moral, deontológica, y/o ética, y regresa a casa con el sobrecito que contiene su salario. Le horroriza la saña encarnizada que significa salir a perseguir sistemáticamente una presa de modo inclemente hasta que ésta, extenuada, cae en su trampa, o bajo la acción de sus armas. Y es ahí dónde el hombre primitivo usa su inteligencia. La usa como herramienta para crear las herramientas con las cuales hará caer el mamut con el cual le llenará la panza a los suyos como es debido.

Entonces llego a mi primera conclusión preliminar: el Dalai Lama se quedó corto. No hay que ser egoístamente inteligente nada más. Hay que ser salvajemente inteligente.

Esto no me cuesta mucho ya que soy medianamente salvaje dentro de mi condición de persona civilizada. Y no es que vaya a salir corriendo ya a perseguir matacanes por Macanao, pero digamos que por ahí han de venir los tiros, para usar una expresión acorde al tema que hablo.

Siempre le digo a mis chamos que, como ya dijo muchas veces Trino Mora, sean ellos mismos en todas partes… Que cuesta mucho sobre todo al principio, pero que después, no mucho después, empezarán a ver los frutos de una vida sin resquicios ni potencialidades negativas. No sé si lo harán o no, porque cada uno escoge su camino, pero no quedará porque yo no se los haya dicho hasta la nausea. A mí me hubiera gustado que alguien de mi casa me lo dijera así, casi que hipnopédicamente, a lo Huxley.

Y aquí saco mi segunda conclusión preliminar: la costumbre de pasarse media vida aprendiendo lo que después nos tomará media vida más desaprender, no tiene sentido. Hay que ser como uno es desde el principio. Lo que hay es que, digamos, afinarse bien.

Yo no seré nunca un salvaje depredador artero como un pez abisal con bombillo incorporado. Ni seré nunca una hiena despiadada. No seré jamás un zamuro, ni mucho menos un chimpancé oportunista. Soy un hombre inteligente que se toma mucho trabajo para lograr lo que se propone. Por lo tanto no seré nunca poseedor de ningún emporio, ni tampoco seré nunca un magnate especulador de casa de bolsa.

Mi mente no me lo permite. No soy salvajemente inteligente. Soy lo que soy y estoy desaprendiendo a velocidades que van en aumento exponencial.

Soy un artesano. Soy un artesano que debería trabajar en equipo con el cazador porque éste tiene que invertir su energía e inteligencia en perseguir el mamut no teniendo ni tiempo ni fuerzas para fabricar sus armas.

Yo acepto sus sugerencias en cuanto a filo, resistencia y demás características funcionales del arma que me de el cazador, pero las especificaciones técnicas son enteramente cosas mías.

Como artesano nunca cazaré un mamut, pero comeré de él porque sencillamente Paco de Lucía no sería el mismo sin su Luthier de confianza. Alonso no ganaría una carrera sobre un cortagramas. Y qué sería de Cartier-Bresson sin su Leica. Y yo seguramente seré el encargado y responsable, o bien de preservar correctamente la carne sobrante salándola o ahumándola, o bien inventando la nevera.

Y aquí saco mi tercera y preliminarmente última de mis conclusiones preliminares: un escalpelo es una herramienta demasiado sutil para un aserradero.

Por lo tanto queda claro que saber que no soy una lombriz ya es algo, pero si me quedo ahí estoy frito, porque si resulta verdad que saber que no pasaré mis próximas vacaciones, digamos, en Bosnia, es esperanzador, me queda mucho mundo disponible para encontrar ese lugar al que sí quiero ir.

Mi deber es localizar ese sitio, ubicarlo, estudiarlo, asegurarme y dirigirme a él de ese modo incansable que forma parte de mi yo, de lo que soy.

Mi sosiego vendrá de ahí, de esa realidad, de la convicción de que todo lo que no soy no importa ni un poquito dentro de la inmensidad del desconocimiento de uno mismo.

Son esas pequeñas cosas que sí soy las que puedo abarcar.

Es a mí mismo hacia quien me dirijo.

Me dirijo hacia un hábil artesano con muy pocas necesidades materiales reales que vive a la espera de los datos que le dará el cazador para fabricarle las herramientas que necesita, y que en los tiempos libres se pone a inventar la nevera.

Por eso siempre sobrevivo, porque el mamut siempre aplasta es al cazador.

Para seguir en mi camino aun tengo que desaprender cosas como usar mi cuerpo para lo que no es.

Tengo que seguir escarbando bajo esa pila en descenso de basura que he acumulado encima para encontrar y sacar a la luz un yo sano. Si me tardo mucho más me comerán los cochochos y sacaré una birria a flote.

Lo que yo quiero y necesito es dejar el constante conflicto humano interno lo más pronto posible y enfilar hacia el futuro, cabalgando el presente continuo, contando con la aprobación total de mí mismo.

Los libros de normas los escriben personas con muy baja autoestima. No hay que hacerles tanto caso porque termina uno tratando de hacer aquello que lo niega a uno mismo, o mínimo, agarrando un rumbo equivocado.

Porque haga lo que uno haga, siempre esta anotando de uno, o del otro lado del margen.

viernes, 7 de mayo de 2010

Cómo es que la realidad hace para perseguirnos a tres tiempos empujándonos hacia la entropía, la cual evitamos modificando energía.



Mira hija, ten cuidao,
Hija ten cuidao,
Mira que miente más,
Que parpadea…

Chambao.


El tema de lo relativa que resulta la realidad me apasiona, o más bien debería dejarme de medias tintas y admitir que me obsesiona, siendo, además, una obsesión (pasajera como todo) muy útil humorísticamente hablando pues me veo como realmente soy.

Desde que escuché por primera vez a George Harrison decir que todo está en la mente, en aquella ya lejana película del submarino amarillo, me quedó rebotando la frase dentro del cerebro.

Una frase hecha bolondrona sobre un irregular piso de gres: Tictictictictictictttttic…

Empecé notando que yo hacía alguna cosa, de aquellas exuberantes proezas de niño travieso, jurando que todo era alegría y felicidad por haberme salido con la mía comprobando mi tesis. Luego venía mi Mamá argumentando de otro modo, y metiéndose de buena fe profundamente en mi mente, convertía mi alegría en franca melancolía culpable echando por tierra toda mi argumentación.

Es decir, que siendo mis acciones las mismas, la percepción de ellas pasaba de un extremo a otro del sentimiento que me causaba solamente llevada por la interacción de dos mentes con dos convicciones diferentes (tal vez era un asunto de convenciones nada más).

Está claro que en aquellas lejanísimas eras antediluvianas yo no estaba preparado para procesar ese fenómeno llevándolo más adelante, ni el momento histórico estaba aun maduro para recibir un golpe en la mismísima base que lo establece todo en la vida, así, humildemente hablando.

Porque para ejemplo tengo la vez, en la que teniendo yo unos cuatro o cinco años le rompí el arpa a mi tío Pepe, y aun hoy mi percepción de aquello va de un lado al otro como un péndulo.

Sí, la rompí y no estoy orgulloso por eso… En aquella época se reunía mi familia a hacer música para animar sus fiestas, o más bien hacían las fiestas para reunirse a hacer música, según el ángulo desde el cual se mire.

Mi Papá tocaba el cuatro y cantaba, mi tío Pepe tocaba el arpa y cantaba también, mis otros tíos se repartían el otro cuatro (el de camaza), la guitarra, las maracas, más canto…, en fin, eso era música y más música.

Entre, digamos, set y set, mi tío Pepe recostaba con mucho cuidado el arpa en el respaldo de la silla fijándose muy bien de lo que hacía, y se iba a tomar un trago y a conversar con los demás. Yo vi que siempre hacía lo mismo y que parecía estar muy convencido de que el arpa tan precariamente apoyada estaba segura.

En un momento en el que nadie me estaba vigilando fui como un ninja hasta la silla para probar si ese arreglo resultaba tan inestable como a mí me parecía: le jalé muy suavemente una pata a la silla y ésta rápido se vino abajo con todo y arpa, que tardó un milisegundo en saltar por los aires hecha astillas… Clavijas, cuerdas, maderas, todo hecho un enredo lastimoso de chatarra sonora en quinta aumentada, de la que se usa como acorde de suspenso en las películas.

Para resumir los resultados físicos sólo diré que la cantidad de energía aplicada a aquel sistema fue muy poquita y que la mayoría de la energía que hizo saltar el arpa desde éste lado de la igualdad hacia el lado de la entropía fue casi toda potencial…, que se acabó la fiesta y que dios salve a mi madre, porque si no es por ella, hoy, no estaría aquí escribiendo…

Otra vez, para dar un ejemplo más está éste cuento que data de la misma época más o menos: ésta vez le metí un perdigón en la palma de la mano al maracucho Suárez, compañero de clases y de trabajo de mi Papá. Sí, un balín 5.5mm de un rifle de aire comprimido, menos mal.

Estaba el politécnico de Barquisimeto (hoy Unexpo) en construcción y era casi nuestra casa. Siempre estaban allá organizando actividades familiares y no tanto, a las que nunca faltábamos.

Esta vez la que se armó fue una cacería de palomitas carboneras (en las cincuenta hectáreas que rodean la institución) que después se freían con sal y pimienta negra hasta quedar crocantes, para compartir con los amigos.

Yo quedé con la partida que capitaneaba Suárez (el “Más”, así le decían) y en un descanso que nos tomamos, él se apoyó del rifle como si fuera un bastón mientras yo revoloteaba alrededor tratando de deducir si el arma estaría cargada o no.

Luego de un rato en el que me dio el suficiente tiempo como para darme cuenta de que a base de deducciones nunca lo sabría, decidí jalar el gatillo para ver si disparaba, y disparó, claro.

El maracucho pegó un grito -ay y coño ‘e tu madre- al mismo tiempo que se miraba la mano llena de sangre y me ubicaba a mí para, mínimo, darme la patada del siglo, pero una vez más fui salvado, esta vez por mi Papá.

También está de más decir que la energía empleada para jalar el gatillo fue mucho menor de la que se desató con el balinazo, la sacada de madre, y toda la potencia desestructuradora de la entropía, y por supuesto, se acabó la jornada de cacería y por consiguiente no hubo fritanga.

Sucedieron mil cosas más como esas que tal vez he contado, algunas que olvidé, y seguro que más de una que no contaré ya.

Pero el caso no es ese. Es el de la percepción y la convicción, o viceversa, de lo que resulta eso que nos mantiene del lado estructurado. De eso es de lo que se trata todo.

Aprendiendo a manejar el factor percepción, la vida cambia de maneras dramáticas por así decirlo. Pero esa facultad depende de la aplicación correcta de la cantidad adecuada de energía, pues todo depende de nuestra capacidad para transformarla, y transformar con ello, nuestra realidad que al fin y al cabo no es otra cosa que una especie de estructura llena de fuerzas opuestas que al anularse unas a otra nos dan esa voluble sensación de seguridad necesaria para vivir sin volvernos locos.

O sea, que la cordura viene dada por la cantidad de energía puesta en oposición a fuerzas naturales como las de la gravedad, las hermanas centrípeta y centrífuga, la de la entropía, (y otras que no me sé, y que si me las sé no las recuerdo en este momento) que nos empujan hacia un estado, digamos, más puro de la energía en la cual la vida es un fin y un principio medio reñido con la paz del universo… Está bien, no es exactamente así pero deberá perdonarme porque anoche no dormí bien.

Es un hecho físico, en el sentido físico de entender racionalmente las cosas, sin delirios, sin magias, sin paparruchas. Lento, sí. Muy lento, con sus ires y venires.

He estado ensayando ir de lo sublime a lo ridículo en esto de cambiar la realidad modificando la percepción, y la cosa funciona. Lo malo es, como diría el gran Bryce Echenique, cuando uno decide volverse loco un rato. Sí, porque detalles como vivir como esperando la crecida del Nilo para poder sembrar en la vega cuando se retire la riada y así aguantar hasta las próximas lluvias produce un desasosiego dificilísimo de atajar que obviamente acumula dentro de nosotros fuerzas opuestas generadoras de un potencial poco menos que brutal.

Éstas fuerzas opuestas podemos llamarlas esperanza, y la esperanza es igual que la zanahoria que se cuelga en la punta de una caña para colocarla delante del burro y que éste, caminando en pos de ella, nos lleve hasta dónde queramos.

Alcanzar la zanahoria es la esperanza del burro y nosotros la mente maestra del caos y el ocio metiéndonos en problemas subjetivos por culpa de la ambición tan sobrevalorada en éstos días. Porque es extremadamente difícil lograr el desequilibrio afinadamente necesario como para irse desestructurando como a cuenta gotas con el tiempo justo para ir armando una nueva estructura delante (en el sentido de nuestro avance, claro) antes de que todo entre en histéresis y se venga abajo. Requiere pulso ¿eh? Pulso y mucho zen, por decir lo menos.

Definitivamente no se puede vivir la vida con esperanza. La esperanza es mucho más que boba, queriendo decir con esto que estoy más de acuerdo con Cortázar que él mismo. La vida hay que vivirla como dirían los budistas más audaces, con indiferencia, con total desapego, como si a uno le valiera lo mismo estar aquí que en otra parte. Es la única manera de no verse profundamente defraudado a poco recorrido en ella, e intermitentemente a todo lo largo de la misma.

No existe una ni muchas mentes maestras detrás del caos del universo. Es sólo entropía, ni siquiera es caos. No hay más, y así como hoy los vientos nos fueron coincidencialmente favorables, mañana, o esta misma tarde se pueden detener, o poner en contra, o desatar una serie de eventos incomprensibles que te dejen como un perro persiguiéndote la cola.

Se puede uno esconder detrás de la mayor creación del hombre: dios. O la segunda mejor: las drogas. O la tercera mejor: la tecnología…, porque la ciencia está fuera del alcance de nosotros, vulgo de a pie.

Pero que nada más se te salga cualquier parte del cuerpo o de la mente del escondite que hayas escogido para que recibas un buen trancazo… Y sí, sí, cómo no, niégalo, que te va a servir de mucho.

Recientemente logré lo que me había parecido un avance en esto y estuve algo así como un mes viviendo una relajación deliciosa. Nada era conmigo, nada me afectaba, mi realidad era la de al lado, y que ésta en la que estoy me permite hacer mis cosas tranquilamente sin molestar ni ser molestado. No era que estaba entregado, rendido, indiferente por tanto golpe, lo que hice fue darme cuenta de que la vida es así, llena de tantos y tanto eventos incomprensibles y de que yo no soy nadie para pretender descifrarlos. Puedo conocer muchas cosas, pero eso no sirve para más nada que para entretenerme. Como ver televisión, o leer un libro.

Logré inclusive dominar mi apetito irracionalmente voraz hasta lograr darme cuenta de que necesito una cuarta parte de lo que suelo comer. No más.

Logré dormir cinco o seis horas diarias y levantarme ágil y descansado.

Logré aceptar todos los acontecimientos sin distinguir el malo del bueno. Sin etiquetarlos.

Pero bastó una mínima cantidad de energía colocada vectorialmente en el ángulo correcto de mi ego para hacerme perder la compostura decidida, y efectivamente. Claro que decidí volverme loco un rato también. Pero muy loco. Muy requeteloco. Porque indudablemente las fuerzas estructurales estaban en equilibrio convirtiendo toda la energía en un sistema estable de potencialidades, que, como dice el principio del tai chi, bastaría un ligero toque a favor y el más fuerte de los oponentes caería más fuerte mientras más fuerte sea.

Si una pequeña acumulación de animalidades en contra (eventos relacionados con la parte animal del ser humano), y un pequeño detonante fueron capaces de sacar de balance mi estado de indiferencia pseudo-budista, entonces no estaba funcionando bien mi capacidad de transformar la energía, culpa tal vez de mi ayuno. A lo mejor la estaba estancando y por eso se acumuló y explotó en forma ordenada, pero explosiva y cortante.

Esto me trae a pensar que un sistema vivo se mantiene en el lado de la ecuación contrario a la entropía (vista como fin [finalidad] natural de todas las cosas) mientras se encuentre procesando energía (tal vez por eso los chinos inventaron cosas como el feng sui, no sé), y que estancarla en un infantil y miope intento de desapego no es modificarla.

Por lo tanto debí jajarle la pata a la silla del arpa y el gatillo al riflecito del maracucho Suárez para desatar toda la energía contenida, presenciar la explosión, clasificar los pedazos, y seguir adelante con las estructuras derivadas de este zaperoco.

Veo el fin, señores. El fin de los tiempos esos que anuncian Mayas, Biblias, Nostradamus, astrólogos, y demás analistas exuberantes. Sí lo veo.

Pero el fin que veo es aquel al que nos ha llevado la estupidez, la magia, el new age, las religiones, y el delirio resultante, aunque sea el derecho de cada quien el ser tan tonto como quiera.

Pero el fin dentro del odre finito que contiene el universo infinito no es posible, resulta solamente un nuevo comienzo que se da en lo que la entropía se topa con otro organismo vivo que transforma energía para estructurarse, y ahí justamente, empezará todo de nuevo quizás sin haberse terminado nunca.

Yo, mientras tanto, trataré de ser lo menos estúpido que pueda para que la vaina me agarre muy vivo, usando toda la energía disponible, para pasar como miembro contrario y así ser dejado en paz.

Nada más que por eso le pondré a mi carro un poderoso Ford V8 417, o un famosísimo Cobra 500 que transforme toda la gasolina posible en movimiento, ruido, y temperatura… Ja, ja…

No señores, los calores que sufre Margarita ahorita mismo no tienen nada qué ver ni con Globovisión ni con Chávez, ni con el volcán ese impronunciable de Islandia. Las barricadas en torno a la cuadra en la cual vivimos no van a solucionar nada, lo va a complicar todo. Pero por sobre todas las cosas, la magia sólo es la imposibilidad de relacionar la causa con el efecto, es decir, un cierto modo de ignorancia. Sólo eso.

Y eso, a mi modo de ver, no es ningún orgulloso motivo de alegría.

Vamos a mantenernos comiendo, respirando, desgastando, royendo, rumiando, frotando, transformando energía en calor, en movimiento, en humo, en viento, en intrascendencias, en adornitos y miriñaques sin importancia.

Vamos a prender el carro para llevar al niño a la esquina a comprar el pan, y mientras él se baja y lo compra lo esperaremos dentro del carro con el motor y el acondicionador de aire encendidos.

Vamos a la playa y pongamos el equipo de sonido tan pero tan alto que no se oigan las olas ni el viento.

Vamos a importar basura sin importancia y exportemos materia prima para que nos sea devuelta en forma de más basura.

Vamos a pensarlo un poco ¿sí?

Gastemos, gastemos todo.

Tal vez así logremos sobrevivir.

Y esto sí que sería motivo de orgullo.

martes, 20 de abril de 2010

Geometría irrefleja iconoclasta.




“Pero, tal vez por casualidad, el golpe fue perfecto y
Sobre el fieltro verde las bolas blancas y roja
Fueron chocando unas con otras suavemente,
Casi sin hacer ruido, y aquella tirada le dio a Kizuki
Los puntos necesarios para la victoria”.

Fragmento de Tokio Blues
Haruki Murakami (Kioto 1949)



Sé que habito un mundo paralelo, paralelo tal vez no solo en el escueto sentido geométrico con todo aquel lío de horizontes y demás datos supuestos y relativos absolutamente irrelevantes para la existencia. Por lo menos así lo he creído por mucho tiempo.

Pero resulta que en el mundo en el que vivo, que es -por pura suerte- perfectamente cónsono con la teoría de las membranas incluyendo todas sus cuerdas, supercuerdas, partículas hipotéticas, supuestas, e imaginarias, todos los puntos de referencia son de relevancia capital, aunque todavía no sé la respuesta a la pregunta ¿a dónde me lleva el tiempo? Y no es una trayectoria lo que necesito, eso se saca extrapolando.

Y ya que estoy en esto debo declarar rápidamente que no creo creer en nada. No logro por más que quiera quedarme enredado en ninguna cuerda ni me cubre membrana alguna a menos que haga un esfuerzo (y un poco hacerme el loco también), ni siquiera, hablando en serio, lo de haber nacido en algún borde de la clase media me coloca en medio de nada, para mayor angustia teórica existencial mía, totalmente geométrica.

Es en parte por esto que suelo sentirme solo. No, no es que sigo siendo un adolescente en busca de mi propia identidad a través de mi reflejo en las demás personas. Me aburrí de esto hace algún tiempo ya. Lo empecé a notar primero en lo macro que se vuelve el mundo con la aparición de la presbicia, por ejemplo, y después en detalles como poder notar la cantidad de espacio vacío (no me refiero a la nada, por favor) que se crea en cuanto la testosterona va perdiendo preponderancia. Preeminencia. Condición de principal.

Sí echo de menos un poco eso de tener dos cerebros en conflicto perenne. Y no es sólo un asunto de virilidad o no virilidad that is the question, porque ésta funciona como el Taquión ese de la física, que aumenta su velocidad a medida que su energía decrece, hasta, que ya antes de agotársele adquiere velocidades hiperlumínicas todo por culpa de su masa cuadrada negativa…, por lo tanto no hay de qué preocuparse, por lo menos hipotéticamente hablando… Es que en la misma medida en la cual la cabeza de abajo va haciendo lugar a la de arriba cediéndole acciones en la mesa de directorio en aras de un sano equilibrio de poderes, van apareciendo en el mundo fenómenos nunca antes vistos, o notados…, en todo caso la vida se revela llena de realidades muy interesantes de manejar.

El mal humor, por citar uno muy fácil. Muchos hombre en la medida en la que se hacen viejos se van poniendo de mal humor más a menudo por razones variadas, y no exclusivamente por “esa” razón antes mencionada, porque ya sabemos que la mecánica cuántica y los universos paralelos también sirven –si creemos en esto- para ponerse a cubierto de aquellas preocupaciones mundanas porque siempre habrá una realidad en la cual estaremos felices simultáneamente con todos los demás estados. Esto, antes de llegar al estado de iluminación ese, que es otra cosa por más que los cortes eléctricos pretendan dejarnos a oscuras. Habiendo estado a oscuras es que notamos más rápidamente la aparición de cualquier luz.

Me refiero al mal humor que se filtra por las minúsculas grietas de la coraza que cubre al alma… Explicación muy objetiva… Deben perdonarme, me estoy haciendo viejo… Pero que al filtrarse gotea sobre personas del entorno sobre los cuales no quieres gotear ese tipo de cosas.

A lo que me refiero con este ejemplo casi rosado es a que puedo notar (ahora) cuando esto sucede, y cuando esto ocurre estoy en capacidad casi siempre de atajarlo si así lo decido. Porque sí, porque un objeto arrojado en la nada aparece en otra realidad…

Como me pasó el jueves pasado, que fui a regar las matas en el terreno bajo un solazo sahariano porque hacía mucho que no llovía. Terminada la operación completamente enchumbado de sudor, se nubló el cielo y cayó un aguacero de padre y señor mío… En otro estado anterior de mi ánimo hubiera agarrado una arrechera infinita brotándome los insultos hasta por los poros contra todo orden natural y contra el pajúo que le puso ese nombre… Pero sucedió que sí se me ocurrió arrecharme y todo, pero no lo hice. Pensé en que ese aguacero era el complemento perfecto para el día de riego de las matas. O sea, que ese objeto de mi arrechera desapareció –espontáneamente- de esta realidad.

Claro, desaparece de esta percepción de cuatro dimensiones porque pasa a cualquiera de las otras once que a la vez son infinitas mientras nadie demuestre lo contrario. Infinitas dentro de un universo finito que se las arregla para ser infinito porque se curva infinitamente conteniéndose a sí mismo… En fin… (Confieso que por más que lo intento no logro imaginar otra cosa que una almohada infinitamente repleta de ácaros).

Necesitamos interactuar para ser. Es decir, para existir. Y todo existe por decisión. Nada se escapa. Por lo tanto puedo decidir el cambio de mi espacio-tiempo instantáneamente para modificar cualquier realidad, que al fin y al cabo no es sino mi percepción.

Y es por mi percepción que todo existe.

(Bueno, por eso y por la conchupancia del caos y el ocio, pero no voy a hablar de esto porque ya lo he aclarado demasiadas veces y después Quintiliano se arrecha y dice que escribo malísimo y que me repito y voy en círculos, y qué sé yo qué más…)

Debe ser por eso que el I Ching dice que al hombre sabio que va a la guerra las flechas no encuentran cuerpo en el cual hincarse… Diciendo con esto varias cosas que a mi modo de ver son más o menos: un hombre sabio no es aquel que a ultranza rechaza ir a la guerra. Un hombre no sabio va a la guerra y sale herido (niños, no jueguen con fósforos). Un sagaz y observador arquero con mucha puntería puede echar por tierra al hombre sabio con todo y el I Ching. Un hombre sabio va a la guerra perteneciendo al cuerpo de ingenieros. Un hombre sabio va a la guerra moralmente hablando. Un hombre sabio es un pípiri haciendo armaduras… En fin, lo que yo quiero decir con esto es que para que una cosa exista alguien tiene que saberlo. Decidirlo. Verlo. Percibirlo. Todas las anteriores.

Todos esos fenómenos inexplicables, como los ovnis, las coincidencias, dios, las madres que de algún modo envenenan el perro del hijo e inventan que los atropelló un carro, la justicia, la vida, la inteligencia, las series de televisión, las fórmulas matemáticas, las clases sociales, los acentos y dialectos…, todos esos fenómenos que se quedan por ahí viviendo de tácitos y malos entendidos, existen. Existen porque alguien decidió echar esas bolas a rodar y las personas van dejándolas ser. Es indudable –aparentemente- más fácil dejar que otra persona te eche un cuento que decidir el nuestro propio. Pero si uno cae en ello, también es fácil decidir que existan cosas que nos gusten más. Claro, sin alterar (o interferir más bien) la realidad del prójimo para no entrar en desacuerdos con Buda.

Si me preguntan, yo no creo en nada, así, porque me convenció. Creo como quién escampa bajo un techito fortuito y por cansancio, por fatiga. Como la fatiga de los materiales. Si uno agarra un alambre y le da para acá y para allá la suficiente cantidad de veces se parte, se rompe, se convence, cree. Es decir, que sí creo. Pero creo en cosas que considero (aleatoriamente) más banales (sí, más banales) que otras y por eso las escojo. Bueno, y también porque tanto darle con el martillo a un clavo que éste al final entra ¿no? No porque me convenzan totalmente. Siempre habrá algún detalle, que si lo exploro y exprimo, me sonará a engañifa. Pero así es muy jodido vivir.

Claro que sí existen mil cosas en las que me gustaría creer, como en dios por ejemplo. Porque la vida del creyente vista desde donde yo la veo parece más cómoda. Pero qué va, no hay manera. Lo último en lo que terminé pensando sobre dios es que resulta ser una especie de volumen geométrico de veintiséis caras de las cuales dieciséis son cuadradas y ocho triangulares… Esto porque preferí unos conos respingados y elegantes. Es que a mí eso de la estandarización de las redondeces me da erisipela con várices.

Está bien, diré cómo llegué a eso.

Estuve tratando de incluir (por pura ociosidad) a dios en eso conocido como la cadena evolutiva, en lo que tampoco es que crea mucho pero por razones que nada tienen que ver con pensamientos involucionistas ni nada, no vayan a creer… Pero para no extenderme demasiado en explicaciones abstractas solo diré que lo pusiera dónde lo pusiera en ese supuesto devenir evolutivo siempre quedaba en un pasillo estrecho. Nunca pude situarlo al lado de algo, o formando parte de grupo ninguno. Siempre en un final o en un principio.

Así pues que terminé dibujando una especie de embudo alargado (lo cual demuestra mi profunda falta de método) más o menos cónico con el vértice hacia arriba por el supuesto (negado) de que dios estaría allá en las alturas, sólo, en la cúspide de la evolución.

Luego, porque era el siguiente paso lógico, me imaginé otro embudo cónico reflejo del anterior, contrapuestos por sus vértices en el cual dios fungía como de tapón (o peaje) entre un ciclo evolutivo y otro estado, digamos involutivo por oponerle algo, y para no contradecir aquello de que el universo se expande para contraerse para luego explotar y volverse a expandir, y así, per secula seculorum… Y porque no soy nadie para contradecir eso del yin y el yan (el bing y el bang).

Después, inevitablemente, pasé a recordar que las sagradas escrituras pintan a dios como las tres divinas personas que son una y tres, inexplicablemente (como las ocurrencias del universo que resultó ser finito, pero que de tanto curvarse sobre sí mismo, contiene un universo infinito) por cosas de dios mismo, pues… Eso le añadió a mi modelo imaginario, que hasta ese momento parecía un reloj de arena, dos más de estos embudos más o menos cónicos contrapuestos por sus vértices, y la única manera en la que pude colocarlos juntos en un mismo orden geométrico no continuo, sino más o menos paralelo y simultáneo como entiendo que es dios, fue en forma de cruz compuesta igualita a la molécula del hexafluoruro de azufre (SF6) que es octaédrica a 90º (que curiosamente resulta ser un gas inorgánico, incoloro, inodoro, no tóxico, y no inflamable), como son las cositas esas con las que se juega a los yakis. Es decir, un juego de embudos en el eje de la “Y”, y dos en el eje “X”, pero las del eje horizontal cruzadas a noventa grados. Esto para que representen las tres dimensiones conocidas sin especulaciones de tiempo ni nada de eso, por ahora. En un principio lo visualicé como un tetrakis hexaedro pero solo como base para una macla multidimensional que después simplifiqué para empezar por alguna parte.

De este modo dios se convierte en ese obstáculo evolutivo tridimensional, que obsta el paso te le metas para dónde te le metas, o que por lo menos está en medio de todos los sucesos, y ésta –para mí- es una coherencia incoherente.

Esto fue lo que me llevó a tratar de representarlo gráficamente y tengo que decir que así, a mano alzada, soy una cagada de dibujante. Por eso, y porque hasta la biomasa de lo netamente alimentario no se dibuja redonda fue que terminé representando un par de pirámides de bases cuadradas contrapuestas precisamente por éstas para simplificar mi dibujo haciendo un esquema.

Pero así, dibujadas como la representación tridimensional del diamante del póquer lo que pude imaginar fueron dos esquemáticas moléculas de pentacloruro de bromo (BrF5) incestuosas, base con base…

Esto de las moléculas me ocupó bastante, porque siempre lo asocié a dios más con la de carbono creo que por culpa de Von Daniken o de Rodolfo Benavides, ya no me acuerdo. Pero era alguien que escribía en los setenta sobre el increíble poder de la pirámide… O tal vez fuera todo en plural. Ya no me acuerdo…, mis disculpas. Pero me lleva a reflexionar sobre la importancia de que la dupla dios-carbono en esto no sea la de la responsabilidad total por la aparición de la vida.

Dos carbonos apareados por la base. Tal ves una era carbona y el otro carbono, lo cual haría toda explicación innecesaria y lo convertiría sólo en una cuestión de tiempo y tesón reproductivo, amén de un profundo desparpajo.

Pero ya dije que el carbono no tiene vela en este entierro porque parece que es de base triangular. Sigamos exprimiendo: Dije hace unas pocas líneas que dibujando a mano alzada soy maleta y lo demás es tontería…, bueno, pero llevando el hilo de mis deducciones sí que soy un as. De manera que si todo surgió de tres relojes de arena intersecados por sus estrecheces puedo deducir con obviedad que dios siempre lleva la cuenta de los minutos apunte para dónde apunte la fuerza de gravedad (sabiendo que la gravedad es menor entre dos membranas paralelas mientras éstas no se curven, en cuyo caso se tragan unas a otras) que es indudablemente también la que manda en cuantos universos hayan, y que estos relojes de arena son de base cuadrada. No son conos, son pirámides porque siendo los biólogos las personas que más saben, quién va a dudarlo.

La deducción es simple: la molécula de pentafluoruro de bromo es, según los antiguos egipcios de Von Benavides (que hicieron la pirámide de Giza de base cuadrada con caras que son triángulos isósceles y una proporción entre la altura inclinada y la altura que es áurea, además de que el área de cada cara triangular es igual al cuadrado de la altura de la pirámide)…, piramidal cuadrada, no redonda… Es un líquido explosivo y se usa como oxidante para combustible de cohetes, lo que lo hace muy a propósito para explicar también eso del big bang…, hasta la cadena alimenticia es piramidal. O sea que no cabe duda y la base es cuadrada como ya dije… Y, si es redonda me jodí porque no la voy a poder dibujar a satisfacción.

De estas simples deducciones, tan bien basadas como un libro de normas dictado por un arbusto en llamas al hermanastro fluvial de un faraón ahogado en un mar vengativo tinto en sangre de culpables, se traduce que dios se puede representar como un cuerpo geométrico de veintiséis caras, dieciséis cuadradas y ocho triangulares…

Si hago un icono con esta forma, le pongo cristales de colores, hojilla de oro, algo de emplomado, un espejito aquí y otro allá muy estratégicamente distribuidos y lo encasqueto dentro de un retablo de piedra volcánica o algo así, me sería muy fácil convencer a más de uno de que esa es la representación geométrica y científica de dios. Tal vez podría inscribirla en el copyright y adueñarme de esa imagen para su posterior usufructo tal y cómo es el modus operandi de las religiones. Pero no creo, la risa me delataría.

Decido entonces creer, por creer en algo más serio, en que siendo dios tan complejo tengo que fajarme yo solito a seguir buscando. Creo en lo ecológico, sí, por ejemplo, pero podía haber escogido cualquier otra cosa con, exactamente, la misma validez: con otra decisión tendría otra realidad, otra creencia, y otra existencia.

… He ahí el por qué de que no crea yo en nada y al mismo tiempo me obligue a creer en la existencia de todo. Hasta en la existencia de dios.

Todo es creación. Pero para crear hay que creer. Y para creer hay que decidir. Lo difícil es decidirse a creer…

… Creer en ¿qué?

Qué desconcertantes presbicia y edad madura, por partida doble.