domingo, 24 de marzo de 2013

Vlorë.



“... Te enseñan cosas que tú no sabes,
Pero te piden que creas
Porque no hay forma de traer esas experiencias
A la realidad objetiva…”.

Osho, Zen, The solitary Byrd,
Cuckoo of the Forest, cap. 6.

Siempre me obligo a tener presente que para emitir un juicio necesito establecer una matriz de referencia previa en el cual basar todo el asunto.

Para saber quién dice la verdad, tengo que saber qué es mentira.

Para saber quién es carnívoro tengo que saber qué es un vegetariano.

Para tenerse como ateo es obligatorio conocer de cerca al creyente.

Quién se opone a quién.

Bueno, todo esto por aquello del péndulo. No el que nos trae locos desde una antónimo a otro, sino el ilusorio, el que nos lleva de esperanzados a fanático. Porque fíjate tú que como yo lo veo éstos no son antónimos, sólo son complementos.

Me refiero a que cada extremo de una cuerda es parte de la misma cuerda, y así como se correlacionan y no existen independientemente “amos y esclavos”, no hay una cuerda que no tenga dos puntas genuinas. O tal vez sí, pero hay que ponerse creativos, y ¿para qué?

Digo que no hay manera de ser una cosa sin verte obligado a asumir una mentira horrible que viene a ser lo mismo que dejar fuera de la ecuación consciente o inconscientemente una vasta porción de la realidad lo cual le otorga un cierto carácter siniestro a la actitud de tomar partido, porque obligatoriamente hay que tomar partido en la vida, dejando afuera todo lo demás.

Sé que existe cierta cantidad de razón en eso de dejar fuera una parte a propósito, pues si no ¿Cómo declarar un culpable que nos redima? No somos sólo átomos, también somos el espacio entre ellos ¿no?

En mi carácter de observador del comportamiento del ser humano (no sabiendo a veces si incluirme en el lío o no) agradezco profundamente a la modernidad loqueras “big brother” tales como las redes sociales contentivas de boticarias totalidades.

Las personas, escudada tras el anonimato de una pantalla en la que figura una imagen que las representa en alguno de los niveles de la esperanza, pero a la vez en modo protagónico por la misma razón se atreve y van y dicen y desdicen enormidades irreflexivas impunes porque el soluto es vasto y dinámico (por lo tanto estéril en ésta nuestra dimensión conocida), y lo que sea que hayan puesto ahí desaparece tras la tercera actualización.

Yo, espectador y parte del elenco al mismo tiempo (inevitablemente al final) pero en otro espacio que colide por vainas de la espuma cuántica, miro y disfruto.

Cierto, no siempre es placentero. Pero ¿qué es el placer? No se espante, no voy a disertar sobre el tema. Sólo dejo la pregunta en el éter.

Comprendo a Nietzsche cuando pone al socialismo y al catolicismo en la misma olla, aunque sé lo que opinan de eso allá en el Vaticano.

Comprendo también cuando habla del dañino idealista incapaz de moverse para cambiar su entorno (cambiarse de, o cambiar al) y con ello su realidad.

Comprendo cada vez más al cínico que me habita ¿no dicen que el que cambió lo hizo porque sufrió mucho, aprendió, o se cansó?

Les voy a contar que viviendo en mi Albania natal fui impelido a dejar mi clan porque mi hermana se enamoró de un mafioso ruso al cual embosqué una noche y con un tubo del diámetro adecuado castiguele duramente y de un solo golpe en la zona conocida como “la pata de la oreja”.

Tras el incidente mi padre (patriarca de un clan tan subdividido en facciones, centrífugo, con alta tendencia al fanatismo, cuyos falangistas lideres resultan a la vez infantiles y jactanciosos, crueles, incapaces de calzar el zapato ajeno siendo ajeno cualquiera que frunza el ceño ante alguna de sus lapidarios sinsentidos. Gracias les doy), tristemente avergonzado debido a que su delfín hermano habíale acusado públicamente de “istriónico” (sic) así mismo, sí, sin “H”, aconsejome huir por la derecha bordeando los Balcanes hacia Trieste y por eso lo hice por la izquierda por el canal buscando Otranto en un bote rápido de unos contrabandistas de un clan amigo.

No pude cruzar a esa italiana localidad pues cierto avieso radar situado en la isla de Sazan nos obligó a dar un rodeo por el sur que inevitablemente me depositó en Sicilia. Allí escuché por última vez palabras en mi idioma natal (Drejtuar mirë të vdesin, algo así como Mejor correr que morir) y me sentí en casa: agreste, pésimo clima pero excelente prensa. No vi ni un sólo espécimen de Serval, y perdí interés rápidamente decidiéndome a llevar mi huida un poco más lejos para convertirla en búsqueda de vida, de verdad. Fue así que embarqué en un pesquero que zarpaba con rumbo a Génova.

Mi paso por ahí fue corto. Se suponía que tenía amigos en esa ciudad, pero uno real, no encontré ninguno. Algunos aprovechadores que viéndome sucio y sabiéndome hambriento me propusieron solamente trabajos de poco lucimiento y fue lo más que pude conseguir. Aprendí a alimentarme de  sobras y empecé a notar algo raro al comer de las verduras con ojos que me miraban muertas desde el fondo sopeteado de una Bagna Cauda dejada por opulentos bebedores de un Barolo tan bueno que permitía voltear el vaso y tener tiempo de ponerlo abajo para atajarlo. En fin. Pasé hambre y frío, y humillaciones inconcebibles para alguien de mi linaje…, situación que me estimuló a seguir mi camino más allá de la frontera francesa. Condenados piamonteses…

Tristemente lo hice en temporada baja por lo cual el hambre regresó pronto y me obligó a asesinar ingentes masas de tomates inocentes e indefensos que encontré en el camino que me llevaría a la casa de un conocido en alguna parte de la Costa Brava, para alimentarme. Acción que llegó a preocuparme bastante porque no soy un cobarde y si hay algo que detesto es hacerle daño a un ser indefenso e inocente. Pero con frío y zapatos rotos, todo vale, pensé.

Trabajé en la cosecha de olivas, en la siembra del pimiento, cuidando mulas, lavando autobuses, luego embarqué de nuevo e hice de marinero, cocinero, enfermero, y barbero. Le hice casi que de todo, pero jamás de minero. No me gustan los usureros ni las putas ni los corruptos guardias de fronteras y minas, y pido perdón.

Desembarqué en Almería buscando a otro amigo y pensando que si en Albacete caga y vete, en Almería sería alegre el trámite. Pero no, de ahí seguiría a pie rompiendo zapatos como siempre pues mi amigo habíase mudado a Barbate.

Caminé, sí, y esta vez di buena cuenta de naranjas además de tomates. Me sentí un criminal de la peor ralea por no darle a las frutas, la mínima oportunidad de huir. Las tomaba vilmente directo de la mata. Culpable de mí.

Pasé mas no crucé el estrecho de Gibraltar y finalmente alcancé las playas (afortunadamente porque a esas alturas ya andaba descalzo) comenzando la temporada alta gracias a lo cual me resultó fácil colocarme de mesero en un bar llamado “El séptimo cielo” que tenía afuera banderas de Suecia y adentro muchos nórdicos borrachos. Bebían alcohol casi hasta morir noruegos, suecos, daneses, y alemanes, pero había un cartelito afuera que ponía “no aceptamos finesas”…

Allí conocí a Haajar, una inglesa musulmana del ala liberal (Bektashi, creo) que tiene una tienda de diseño en El Cairo y que además es una contra alto lírica muy solicitada como la Alisa de Lucia de Lammermoor de Donizetti. Con ella hice una conexión rápida que se convirtió en una buena amistad completamente “desfreudianizada” porque yo soy Romaní y ella musulmana. Yo soy mesero (y bueno, también soy ayudante de unos arqueólogos que están desenterrando unas ruinas de una factoría de Garum de la antigua Roma que queda por el camino de Tarifa al cual acudo en una bicicleta prestada) y ella una celebridad, yo soy marroncito y ella blanca, sobre mí pesa una maldición y ella es un soldado de Alá… Pero, siempre hay un pero, ella necesitaba quien la protegiera y yo necesitaba sus propinas… Ya aprendí a tragarme el orgullo, bocado que no alimenta pero su desaparición permite verle la calva a la oportunidad.

Pasaron los años, tal vez dos, y con ellos sus veranos… Si no has pasado un verano en Barbate has desperdiciado tu vida miserablemente, y la verdad es que haber pasado dos me hace inmune a toneladas de mierda que he llevado ya… Y fue que un día apareció de nuevo Haajar, como en la Sura 115, aquella del Maltés, flanqueada por dos personas amigas de ella: uno ruso al cual descarté de inmediato al saberlo ortodoxo, y una sueca a la que me incorporé en el mismo acto al verle esos ojos (verdes que a veces son marrones) que para mí son igualitos a los de Sara La Kali porque para esa gachí ya tenía nido en mi alma y ella tenía robado mi corazón.

El ruso, sobra decirlo, era un espía desincorporado de la KGB por culpa del final de la guerra fría a quien la mafia habíale dado empleo y una nueva concepción de patria por medio de la cual seguir existiendo. Su misión actual, búsqueda y localización de éste servidor. No para darme caza como a un jabalí, sino para invitarme a la boda de mi hermana porque necesitaban mi ratificación en mi calidad de primogénito del clan ya que el delfín insistió tres veces y se negó por igual número a ponerle “H” a histriónico convirtiendo el hecho en una tragedia grecolatina porque es bien conocido el desprecio croata hacia los de Istrio…, en fin…, en vista de ese comportamiento tan reñido con lo aceptable fue que prefirieron gastarse unos euritos en localizarme a mí quien al fin y al cabo sólo podía acusárseme de irreflexivo por lo del tubazo que al fin y al cabo fue engendrado por un sentimiento de honor, todo para que la incorporación del execrable Tovarishch al clan y juntar las dos familias en una completamente nueva y revolucionaria clase de unión que garantice que todo va a seguir igual.

Pensando lampedusianamente en los políticos que inician una transformación revolucionaria que sólo altera los nombres de las estructuras de poder para garantizar intencionalmente las partes esenciales de éstas exclamé en mi mejor humor “se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”, eh?... El Tovarishch mirándome con expresión Serval me dio dos días para pensarlo (en realidad tenía más tiempo, pero él quería que le rindieran los viáticos), y a mí me tomó dos minutos elaborar la respuesta en modo de pregunta: ¿quieren mi presencia o basta mi bendición? Dos segundos después me respondía con seguridad: -Tu bendición-. Me lo dijo con cara de quien saca un cálculo sumamente esperanzador por beneficioso. Después me enteré que de sus viáticos tenía que pagar mi pasaje de regreso o mi funeral en caso de que me encontrara ya en proceso de regresión al polvo primigenio…

De su bolso de lino egipcio con cordón de seda dorada, Haajar sacó una pluma fuente que debió pertenecer a Melquisedec y un trozo de papiro finísimo, escribió algo en un primoroso cirílico usando un bellísima tinta bicolor (azul y dorada) y ahora que lo pienso no sé cómo lo hizo de una sola vez, acto seguido, extendiéndomelo a mí.

Después de leer detenidamente lo allí escrito, no en el papel pues nunca se me dio bien ese don, sino en los ojos de ella, rubriqué con mis tres nombres (el que uso en el mundo, el que uso dentro de mi clan, y el secreto que murmuraba a mi oído mi madre desde mi nacimiento y que sólo ella conoce. Este último tuve que garabatearlo, acción que convirtió mi tradición en un simple nudo de líneas ininteligibles para los ojos legos porque confesarlo hubiera significado mi defenestración), dispuestos en triángulo equilátero bajo la retahíla exactamente a “raíz cuadrada de cinco más uno, sobre dos”, del ancho total, como manda la ley.

Por su parte, a modo de confirmación del acto, el Tovarishch propuso un brindis. Vodka, calvados, pastis, y vino joven hubo en las copas esa noche. Una verdadera lástima que no exista el Raki por estos lados, pensé…, pero Arak, Ouzo, y hasta Pernod, funcionan…

Haajar cambió de protector aquella noche llevándose al Tovarishch y mis bendiciones en cirílico dejándome con mi sueca La Kali, relación que me trajo hasta Loveland Ohio porque tras una encerrona de una semana completa en plena temporada alta produjo mi despido por parte de un patrón tan descreído como un exguerrillero derrotado y el robo de mi bicicleta prestada que había dejado en la entrada del hotel lo cual dificultó mi traslado a las excavaciones…, pero bueno, eso no fue tan grave pues mis arqueólogos patrones me pagaban poco y espaciado.

Al terminar esa semana, haberse ido ella de regreso a su universidad y sus estudios, encontrarme desempleado y debiendo una bicicleta tuve que moverme de nuevo.

Me enrolé de grumetillo en un viejo carguero para poder ir a reunirme con Sara La Kali en el cabo del fin del mundo (Cornwall, Uk) donde ella hacía su doctorado en, en algo cuyo nombre no retuve pero que estaba relacionado con ciertas partículas de las cuales, personalmente, prefiero no saber demasiado. Me suena a alguna clase de teología de lo mundano, o algo así.

De este viaje me quedó un cuarto nombre, el incómodo y peyorativo sobrenombre de Simbad que aun ahora me acompaña. Confieso que preferiría ser llamado Odiseo, pero dada  mi indefinible apariencia étnica que me acerca más al árabe escribano (más sefardí que gitano aunque ya pocos conozcan de sus diferencias) que al griego, me dejó irremediablemente pegado al tercermundista y oscurantista remoquete detestable.

Condenado barco ese “Dedalus”…, roto, poli traumatizado, penetrado por el fitoplancton y la lemna, una cierta bioluminiscencia o alguna fuga de radioactividad, tripulado por la hez del fanatismo todos forjadores de verdades y defensores dialécticos de entelequias especulares, como se acostumbra.

Allí conocí y me hice pupilo de un monje tibetano inexplicablemente llamado Gastón. Fotógrafo misógino y omnívoro, pero ejercedor de un sentido de justicia indudablemente meridiano.

Decía que había estudiado a fondo los preceptos del karma y que había establecido que como sostuvo siempre Buda, primer físico cuántico existencialista, también tu crimen y tu castigo al igual que dios y la realidad, eran pura percepción condicionada por lo que los demás dicen que tiene que ser…, “porque fíjate, tú tienes que cazar un animalito, matarlo, pelarlo y eviscerarlo (como se hace con algunos héroes y próceres también ¡qué cosas! ¿no?), desmembrarlo, condimentarlo, cocinarlo, y comerlo. Suena a crimen ¿no? Por lo tanto para tu próxima reencarnación, Krishna, en su inmensa misericordia te hará republicano o social demócrata. Pero ¡PERO! Agarra un indefenso tomate que está tranquilo en su mata, calentito bajo los rayos del sol, destiérralo, lávalo con agua fría, coge un cuchillo sin filo y entre machácalo y mutílalo como le hacía un representante de la santa inquisición española a una bruja no sometida a la ablación (y por lo tanto dueña de sí misma), échale sal, pimienta, limón y aceite de olivas, y cómetelo tranquilo porque Paulo VI dijo que las frutas están en la naturaleza para ser comidas del mismo modo que las huestes de Hitler habían de ser bendecidas, porque las semillas las comes y al cagarlas nacen nuevas maticas de tomates lo cual te convierte en los canales deferentes del reino vegetal… ¡Teorías! ¿Tú cagas en suelo fértil? ¡No! ¡Por supuesto que no! Tú cagas en la poceta la cual teóricamente termina en una planta de tratamiento de efluentes que mata las semillas al igual que cualquier otra cosa viva que llegue hasta ahí salvándose sólo ratas y cucarachas ¡échale la culpa a Ganesha si quieres! Fin del ciclo”…

“Por lo tanto, lo único no kármico sería comer carroña…, o no comer… La carroña se me hace desagradable tal vez por culpa de la influencia que ejerció en mí el medio ambiente, y no comer terminará por matarme lo cual es karmático también y correría el riesgo de reencarnar en héroe inmortal por la gracia de Visnú y te verás obligado por condicionamiento cultural a matar de todos modos no digo inocentes tomates… Veo, no sé si tú lo haces, el por qué de la corrupción de la carne en la política a través del postulado en aquella vieja canción que dice “si alguien roba comida y después da la vida qué hacer, hasta dónde debemos practicar las verdades”  ¿en qué reencarnaría en ese caso? ¿ah? Así que yo, por si acaso documento mi caso fotografiando todo lo que me como…, ¡mira todos los álbumes que tengo!”…

Mareado por la falta de punto de referencia y para nada ayudado por el sonido del agua de la sentina que revolvía sofismas y gasoil en una sopa radiactiva decidí bajarme de ese apenas flotante reducto de la estulticia llamado “Dédalus” en el primer puerto que tocáramos… “Sí, mi pasaporte lo conservaba el capitán como sucede en esa clase de trabajos, pero puedo decir que tener tres nombres me da la posibilidad de tener tres pasaportes (albano kosovares) también. Le dejé ese en las manos al capitán del mismo modo que les dejé la cédula en la mano a tantos policías en época de recluta y me bajé del barco en Santa María de la Mar muy decidido a completar mi peregrinaje evitando todo tomatal, naranjal, y muy especialmente el camino de Santiago porque a mí en bordón me cae simpático y me sabría mal que lo iconoclasta lo tocara.

Decidí también que los Pirineos ofrecían abrigo y alimento para mi descaminada vida en cantidades suficientes como para reencarnar en gorgojo, y por ahí la emprendí aprovechando que sus valles aledaños a la falda oriental estaban llenos de viñedos… Ventaja incalculable si se piensa en la vid manipulada genéticamente más dulce y jugosa, y sin semilla de la cual tenerme que preocupar en ir a cagarla en terreno fértil para evitar reencarnaciones indeseables.

Caminando esos caminos dado que por haberme dejado agarrar de nuevo por el invierno no me podía bañar en los fríos riachuelos adquiriendo pronto la eremítica apariencia de los recoge latas de la margen sur del río Guaire, escondiéndome no totalmente por gusto y un poquito por dignidad de la raza llegué a los predios de una minúscula granja con una verdaderamente chiquita casa de la cual salía de ese momento una singular señora de edad indefinible quien me pilló en descampado mirando  con gula culposa sus naranjas amelonadas.

Ella, haciendo alarde de esa sabiduría inmensa que irremediablemente se le queda pegada a las personas que piensan, pensó que yo querría bañarme, acicalarme un poco, tal vez probar alguna fruta karma free…, y sí, probé…

Más tarde, después de que todo lo que estaba escrito en el inexorable libro del destino (tomo 38 correspondiente a ese momento de mi vida por voluntad de Alá) que sucediera…, o lo que escogimos en virtud del libre albedrío de cada ser pensante y otorgado por otro punto de vista igual de válido pero carente de la visión rotundamente romántica de lo religioso que blande como espada Razón, Verdad, y Justicia, me contó ella que en su pasado llamose Pabla Pace Tebaida Dell Deserto, nieta del Nawab de Castell Nuovo, sobrina chozna por vía materna de Orlando Furioso (lo cual la dotaba a un tiempo de estilo y genio vivo) y hasta me mostró la durlindana, razones de sobra para inducirla a vivir aislada en ese escondido recodo espacio temporal que habitaba como único reino y heredad.

Me preguntó muy tangencialmente que si me interesaba el cargo de Manitas y otras excrecencias ahí, en su lar… Tangente tan oblicua fue aquella que decidí tomarla como salida en vez del cargo ofrecido por encontrarme yo de peregrinaje con motivo y muy motivado además (tomo 38, capítulo 3), y haciendo gala de mis conocimientos del idioma italiano me hice el desentendido en francés tomando las de Villadiego en ruso, puro y duro.

Ella dejó escapar ese suspiro de esposa incomprendida que no esperaba otra cosa realmente, y me dijo adiós con lo que me vi de nuevo (ligeramente desosegado pero indudablemente aliviado) andando los caminos de Cornualles aun en el continente.

El camino fue largo, azul, triste, acontecido, y destrozador de zapatos. Me guiaban aquellos ojos marroncitos que a veces se ven verdes y una canción que describe su boca. Tuve la oportunidad de revisar mis conceptos (detesté esta reencarnación zapato dependiente que me hacía tan dependiente de algo tan bajo y tan ajeno), mis recuerdos (la Ibiza en la cual fui engendrado obteniendo cuatro puntos de vista simultáneos, pero cómo se hace, eran los sesenta) de mi Albania natal ya desdibujada por la sinrazón y el contra sentido, de mi hermana y su vil Tovarishch, y el tubazo inocuo, y mis maestros, y mis decepciones, recordé otros recuerdos pertenecientes ya a viejos y perdidos tomos de una enciclopedia de ficciones en esta mi realidad situada en Loveland Ohio.

Recordé que morí. Recordé que cacé un conejo y me lo comí con tomates viendo un partido Caracas-Magallanes mientras barajaba los pros y los contras vociferados por gorditos bonachones de bigotito y cervecita en mano, y por coquetas chicas de silicón y joyería de fantasía enmascaradas de gárgolas ansiosas inflamadas con espuma de saliva en la comisura de los labios perfectamente bien pintados, y caboclos sobrevivientes alegremente cínicos y crueles por excelencia propia de quien le ve el fondo al vaso de la vida en un acto cotidiano y sigue por ahí robándole minutos a la pelona, como hongos.

Recordé balaceras entre camionetas Hummer H2 negras sin placas y motos 125cc de dos tiempos. Recordé la muerte, la de mi esperanza.

Sí, recuerdo claramente el día que se cayó la zanahoria al cochero que daba látigo en mi lomo para que arrancara de su inmovilidad aquella pesada carreta cargadas de bienes de otro haciéndome ver por primera vez como el burrito que era o que sigo siendo según se vea.

Muerta la esperanza, o comida la zanahoria dependiendo de cómo decidas pensar dependiendo de qué lado de la igualdad de la ecuación del fanatismo te encuentres por decisión propia o de algún otro interés más grande que tú, me vi en el brete de tener que moverme por mí mismo.

Motivo que vine a descubrir leyendo en el tomo 45 capítulo 8 o 9, ya no me acuerdo lo siento mucho.

Motivo desprovisto de gravedad, de grandilocuencia, de rimbombancia, de razones elevadas, y por sobre todas las cosas, desprovista de grandeza e historia.

Motivo que yo llamaría “La insoslayable importancia capital de “Vë në toké pjelloré”, expresión que en mi tierra natal significa algo así como “deponer en tierra fértil”…


sábado, 9 de marzo de 2013

¿Radical?



“Los gitanos de Sevilla nunca dejan de cantar,
Los gitanos de Sevilla nunca dejan de cantar,
Que es mejor gastarse andando que cuidarse en un lugar,
Que es mejor gastarse andando que cuidarse en un lugar”.

Me dijeron por ahí. Facundo Cabral.

Desarraigo.

Raíces ¿qué son?

Para un árbol, su boca. Una boca muda, que le sirve para hacer entrar los nutrientes en su organismo.

Es el caso de los árboles, las raíces se ramifican y sirven también como soporte estructural sobre el cual está erguido el organismo entero. Son al mismo tiempo fundación directa, fuste, y contrafuertes muchas veces como pasa con las ceibas y copeyes.

De ellas parte el tronco que a su vez soporta las ramas que en su carrera por obtener la luz necesaria para la fotosíntesis, se alargan para que las múltiples hojas reciban la mayor cantidad posible de ésta.

Existe la expresión “echar raíces”, refiriéndose a esa dual y contrastada paradoja que plantea el ser humano cuando habla de establecerse en un sitio determinado.

Significa más o menos que en ese sitio nutrirse es relativamente fácil, está rodeado de gente afín que le proporciona protección y afecto, y alguna que otra cosa más que le hacen el lugar conveniente.

Significa, en el sentido moderno y referido al capital, que ahí tienes adquiridas tus deudas: la hipoteca de la vivienda, el crédito del automóvil, lo que debes ya sea porque el sueldo no te alcanza (síndrome conocido como “the black hole in your pocket”) o por los reales que le debes al banco y a más de media familia, que te prestaron para por fin montar tu negocio y descubrir que al paso que llevas vas a tener que meterle al especulador o reencarnar dieciocho veces para devolverlos.

Significa, en resultas, que ése miserable hoyo en el que me encuentro es mi coto de caza menor. Y sí, está lleno de conejos, venados, y chigüires. Paradójicamente, tú eres parte de esa misma fauna a la que hoy llamaremos, “El Ecosistema de Moebius”.

Los animales no sujetos a domesticación viajan. Cambian de paisajes en búsqueda de mejores pastos, agua, y una cierta seguridad. Se mueven juntos precisamente para protegerse entre los de su misma especie… Con ellos, a su alrededor, pululan depredadores de mayor o menor poder, carroñeros, oportunistas, gusanos, bacterias, y hasta poesía si nos ponemos detallistas.

Los animales de circo viajan también, y son animales domesticados. Viajan por designios de otros lo cual los hace algo así como los ejecutivos de las corporaciones que van y vienen acumulando pingües ingresos para sus inasibles amos, y millas de vuelo que luego usan para llevar a sus esposas a ver a Mickey Mouse… Es una ganancia de esas que llaman “plus”, al fin y al cabo, no hay que ponerse tan puntilloso. Estoy bromeando. Si exprimo mucho ese filón corro el riesgo de sentirme mal dentro de un rato.

Pero claro, el pretencioso animal humano propulsado por esa gran maraña de intereses creados por los depredadores mayores, que en nuestro caso son los herederos de los primeros reyes y corsarios, pretende quedarse echado dentro de las lindes de su tribu (trazadas siempre por ya nadie se acuerda quién) porque ahí pertenece ¿hay algo de real en esa pertenencia? Probablemente sí, porque una vez que alguien concibe algo ya de hecho existe…, pero no nos pongamos cuánticos porque si no, no terminaremos nunca.

El hecho es que he tratado mucho de tener fe. No se imaginan cuánto he intentado en esta vida del carrizo de tener alguna disciplina. Le he echado un camión de bolas muy acendradamente para pertenecer a algo. Tanto, que estuve casado dieciséis años empeñado en pertenecer a esa relación y la verdad es que no la cagué completamente porque las cosas tienen cierta tendencia a salir bien aunque sea un poquito, así como también tienen cierta tendencia a permanecer en pie ahí más o menos.

Dicen que unos nacen con estrella y otros nacen estrellados. Póngase usted el saco que más le ajuste, también dicen.

Frente a la decisión de muchos (en todo tiempo y lugar) de simplemente moverse a diferentes cotos de caza menor en los que ser “la carne en la parrillera de otros a cuya parrillada también estás invitado en calidad de comensal”, te sientes amenazado del mismo modo que te amenaza un corte de pelo osado o unos pantalones de color escandaloso en una persona que te resulta cercana.

“A mí no me va ese estilo, tengo la cabeza cuadrada y las orejas grandes”, dices. Como si ese alguien te estuviera pidiendo que te cortes el pelo así.

“¡Muchacho! ¿Estás de luto?” Es la jocosa pregunta de ese familiar especial que se te acerca viendo que usas pantalones naranja. Claro, quizás siente que lo estás retando de algún modo y hay que responder a la altura, porque él no se pone unos pantalones así ni loco. Eso no importa, es una buena oportunidad para reír y se aprecia.

No sé si decir que “afortunadamente” el ser humano tiene la capacidad de acostumbrarse a cualquier cosa si se la dan de a poquitos, o es muy cruel de mi parte. No lo sé.

Pero hay que ver la gran tolerancia que se va adquiriendo frente a la falta de algunas cosas como paz y sosiego, o al exceso de otras como violencia, miseria, contaminación, y ruido. Todo está en que los niveles no cambien abruptamente.

Hay factores que influyen, por supuesto, en hacer más o menos llevadera la situación. Alcohol, psicotrópicos, posibilidades de desmadre, género (me refiero a si eres hombre o mujer, porque no se aguanta vaina en la misma medida siendo uno u otro), nivel adquisitivo, etcétera, etcétera…

Está también para dónde escoja mirar uno, es decir, si te da por la auto ayuda (sanaciones, new age, budismo de Facebook, seguidores de Jodoroswski, Coelho, o el otro que ya se me olvidó), o más bien por la catarsis pura y dura de dar rienda suelta a la agresividad llámese negocio exitoso a costa de lo que sea o tirar un atraco de vez en cuando pa´ redondear la arepa.

Todo, lo que sea, menos engordar en un pequeñísimo nicho o parcela de comodidad en el cual dejarse crecer el culo pontificando acerca de los rumores que indican que la proximidad de un levantamiento militar porque ya la situación no se aguanta más.

Toda emoción es combustible para algo. La rabia, la frustración, la alegría, el amor (o más exactamente el deseo, porque el amor viene después según yo lo veo), la tristeza, miedo, asco, confianza, aceptación, anticipación, sorpresa, vergüenza, lástima, envidia, ternura, aprobación, amargura, agotamiento, ansiedad, angustia, y la emoción misma (tuve que agregarla a instancias de Mateo aquí presente quien dice que la mejor emoción es estar emocionado…), todas y cada una de ellas nos motoriza para el cambio. Cambiar, es lo que tenemos, en consecuencia, que hacer. Movernos.

Tragarnos la rabia o cualquiera de las emociones fritas esas, terminará, si lo hacemos muy seguido, por matarnos de mala manera. Si es que existe alguna buena manera de ser matados. Creará tolerancia y nos volveremos fieles perros o caballos domésticos que se dejan joder reiteradamente por un amo que los maltrata vilmente hasta la muerte.

Una vez le di una patada a un perro que yo tenía que era la vaina más desastrosa que hay bajo el cielo. El pobre animal chilló horriblemente y acto seguido me arrepentí de haberlo hecho. Me sentí miserable y avergonzado. Me senté en el borde de la acera con la cabeza entre las manos no sabiendo ni qué hacer ¿saben qué? El condenado perro se vino hasta donde yo estaba para consolarme. Metió su cabeza debajo de mi brazo como diciéndome “no pasó nada, yo me merecía la patada”… Confieso que me provocó matarlo por hacerme sentir tal vil y primitivo, pero medio segundo después le di las gracias y tanto él dejó de hacer desastres como yo dejé de maltratarlo. Aprendí. No me cabe duda, aunque sí una pregunta: ¿quién es el domesticado?

Pero me estoy desviando. Ese no es el tema.

He aprendido con los años, que la vida se ve según uno decida verla. Suena simple y no lo es. Para nada lo es. Porque cómo decide uno verla no es una decisión enteramente propia. Juegan en eso desde el medio ambiente (familia, amigos, geografía, usos y costumbre, nivel socio cultural), hasta quién sabe si el factor genético pasando por accidentes como enfermedades, discapacidades, tozudez, o simple estupidez.

Pero con mucha práctica se logra ir incorporando la idea del mismo modo que se adquiere un hábito cualquiera. No como la hipnopedia de Huxley. Más bien como un proceso socrático…, nombre extraño si pensamos que el mismo Sócrates nunca lo usó según dicen. No sé, no importa.

“Afortunadamente” siempre soy el nuevo en cada sitio en el cual he vivido y por eso no desarrollé sensación de pertenencia, eso me facilita adquirir nuevas costumbre y me hace adaptable sabiéndome forastero donde quiera que me meta. Síndrome de Zelig, nada más.

Escribo y escribo y escribo la misma idea de mil y un modo distintos hasta que me entiendo a mí mismo, y finalmente tomo la dirección que quiero seguir. Soy un barco de timón pesado.

Bueno, qué, algunos rezan rosarios y otros repiten mantras. Hay también quienes repiten slogans vacíos…

No se me ha olvidado lo difícil que fue renunciar a nuestro proyecto en Margarita, dejar a mi hija allá, deshacerme de todas y cada uno de mis pequeños tesoros, para moverme otra vez. Quedarme era una opción estéril por decir lo menos.

Como me fui una vez de Caracas. Como me fui una vez de Barquisimeto. Como me fui una vez de Maracaibo. Como me fui otra vez de Caracas…, y así mil veces. Cada vez tan difícil como la anterior pero una vez movido el movimiento es más y más fácil.

Cuenta mi papá que contaba su abuelo, que una vez mi abuelita se les perdió siendo niña. Dieron parte a los municipales, buscaron en los hospicios, vieron en las emergencias médicas, levantaron el parque y el mercado, y nada. Días después una vecina dijo que había visto una niña igualita a Marilú en un campamento gitano que estaba en el Tibidabo… Para allá se empujó el viejo, encontró una descalza niña pecosa de cara sucia vestida con una falda de flores amarillas y una manchadísima blusa blanca de cuello cuadrado y mangas abombachadas. Sin decir nada la tomó del brazo y se la llevó de ahí…

Siempre se quejó en broma de haber rescatado una gitana en vez de su verdadera hija… No es posible, claro, pero es  un lindo cuento.

El caso es que el Generalísimo Francisco Franco puso precio a sus cabezas por socialistas forzándoles a buscar Perpignan mucho antes de que existiera La Catalane E15 desarraigándoles de un solo tajo.

La suerte los llevó por Francia, los pasó por Puerto Rico, y los desembarcó en una Venezuela que estaba en construcción tratando desesperadamente de salir del oscurantismo gomecista y el despelote que le siguió. Y se hicieron medinistas.

Tiene que verse uno perseguido por un perro bravo para hacer la proeza de saltar un enorme muro de un brinco, parece.

¿Qué tal si nos dejamos de espejismos y admitimos que seguir los mismos procedimientos esperando distintos resultados es una vaina de locos?

Es imperativo examinarse, como lo hace uno frente a la crisis de los cuarenta, y comparar si así como se está se parece siquiera un poquito a lo que uno imaginaba cuando era niño para la edad actual. Si no se parece, no estás jodido, pero lo estarás si no haces nada al respecto. No digo cáncer…

… Y frente a ciertas realidades…, “Bochinche, bochinche, esa gente lo que sabe hacer es bochinche…”

… El cambio no puede ser teórico, hay que hacerlo a mano. Protagonizarlo.

Es duro e incómodo, pero es simple en el fondo pues no depende de nadie más.

Estás ahí, solo, en el Ecosistema de Moebius, y no tienes raíces. Tienes pies al final de las piernas.




miércoles, 27 de febrero de 2013

Patria y otros malos ruidos.


“Alberto trata de encontrar un punto de equilibrio
Ante tanta realidad: hace un mes invadieron a plomo
Un edificio cerca de donde vive la mamá.
Hace dos semanas se volvió a hablar de expropiaciones.
Hace una, un líder que viste ropa italiana y usa relojes suizos,
Advertía que hay que “comprar nacional”,
Mientras seguía en su cuenta de nacionalizaciones.

Héctor Torres. Caracas Muerde.
P. 54. Ediciones Punto cero. 2012.


Casi termina el mes de febrero y con él, el invierno.

Comienza entonces el lento camino del redescubrimiento del aire libre. La gente va guardando los abrigos y reaparece la ropa liviana.

También empiezan a brotar y reverdecer las matas. Y los olores raros. Sí, los olores raros. No sé si les comenté que la primavera huele a eructo de pepinos mezclado un poco también con caja de madera cuyo fondo se mojó y se quedó cerrada… Bueno, pero eso no importa.

Durante la etapa fría, que será lo que quieran menos sucia, nada huele a nada. La ropa sucia sólo está sucia. Los zapatos están usados y ya. Las alcantarillas llevan una agüita sospechosa que no huele. Una vez nada más me ha sucedido que caminando por ahí descubrí un sitio que olía mal, mal. No quise ni pensar en su pestilencia durante el verano. Por supuesto que registré las coordenadas para estar seguro de no pasar nunca más por ahí.

Aunque, para hacer honor a la verdad, sí tuve un pequeño accidente con unos camarones que dejé un momento en el carro para ir a comprar vino, y la bolsa chorreó un poco. Eran camarones frescos muy difíciles de conseguir por estos lados ya que la gente solo los compra pre-cocidos porque les tienen miedo.

Eso me recuerda aquellos lejanos “early seventies” cuando vivíamos en Barquisimeto por cosas del trabajo de mi papá. La gente no comía nada del mar, los camarones los veían como gusanos, e inclusive una amiga que teníamos nos contó que su abuela se había muerto por comerse unas sardinas… En fin, disculpen, que me volví a salir del tema.

Aquí es como allá. Es el medio de ninguna parte y como tal, la gente teme un poco a las diferencias. Y la verdad que la única ciudad que conozco situada en medio de una llanura muy lejos del mar en la cual las preferencias alimenticias son marítimas, es Madrid. Pero sus razones son otras que las de la variedad simplemente.

Sí, claro, a donde fueres haz lo que vieres, dicen… No lo sé. El gluten, ya saben, no debo comerlo. Me resulta venenoso de modo acumulativo como si fuera arsénico. Salvedad hecha porque aquí se come gluten que da tristeza. Las cosas son fritas con una capa de empanizado. Se come pasta como si fueran italianos. Pan, salsas espesadas con harina, harina procesada… Y un mar de cervezas, todas las que quieras y aún más.

Es por tanto que en ese sentido no me adapto del todo y termino comprando en donde compran los inmigrantes. Aquí cerquita hay un supermercado totalmente musiú que tiene dos pasillos destinados a los productos étnicos incluyendo harina Pan, y entre los vegetales puedes conseguir casi cualquier cosa menos ají dulce. Pero lo mejor es comprarles la comida a los chinos del mercado asiático que está en Reading Road, y a los mexicanos del mercado latino en Fields Ertel.

Fue en éste último en el que compré los camarones tigre que me chorrearon la camioneta comenzando el invierno allá, en el lejano noviembre del año pasado. Y en el supermercado con los dos pasillos étnicos me paré a comprar un Tempranillo de Rioja para acompañarlos.
El carro empezó a oler como a los tres o cuatro días de eso sólo cuando lo dejaba al sol durante el día. Olía a tasca, a marisquería, un poco como el Urrutia de los ochenta. No me preocupé, pues al fin y al cabo me traía buenos recuerdos. Pero sucedió que a mitad de diciembre hubo lo que aquí llaman “Indian Summer” que son unos días cálidos en medio del invierno, y hete ahí que el carro se convirtió en un trapo de fregadero. Horrible olor a olla del pulpo amanecida.

Se me ocurrió, por aquello de “La Tecnología a la Mano” (mi especialidad), echarle alcohol a la mancha que entonces sí descubrí y ubiqué e identifiqué inequívocamente, y ¡craso error! El alcohol al principio pareció matar la bacteria y atenuar la pestilencia tal y como pensé que sucedería, pero no, nada de eso, al calentarse el carro un poquito con el sol el alcohol se evaporó transportando en sus “alas” al olor convirtiéndome el carro en una especie de trastienda de bar de tapas. Olía como el aliento de un borracho que hubiera cenado ostras. Muy mal, muy mal. Me acordé de Pampatar, no sabría bien decir por qué…

Paso siguiente ir a Home Depot a comprar el quita olores más arrecho que encuentre. Compré uno que decía acabar con lo que le echen. Pues le eché el pote completo y lo que logré fue que el carro oliera al mismo trapo de fregadero con el cual secaron un poco de tequila que se botara por ahí, y que luego lavaron mal. Una mezcla de todo lo anterior con jabón chimbo y flojera.

Bueno, que tocó ir al supermercado y en uno de los pasillos multiétnicos conseguimos el quita olores especial para comidas exóticas que no se crean, tardó más de medio pote en exorcizar la chorreadita de los camarones tigre. Será por eso que dicen que tigre no come tigre, no sé.

Y está finalizando febrero y con él, el invierno.

Entonces pienso un poco en las diferencias y en las similitudes de los mundos que habito. Esos entre los cuales la realidad (la mía) me arrastra y me hace serpentear.
Me doy cuenta de que me siento en mi casa.

Pero vamos a hablar de las barreras. De la idiomática, por ejemplo. El malhadado planeta inglés ¡infame desorden! Sí, cierto, ahí voy poco a poco… Ya me entiendo con quién sea (sería justicia). Creo que despierto una especie de simpatía curiosa en las personas y ellos me corresponden con la mejor de las intenciones a la hora de comunicarnos. Podría decir inclusive que me va bastante bien, pero conozco millares de palabras más de las que sé usar. Los verbos son una locura, y la pronunciación está codificada no por la lógica… El inglés no es sólo otro idioma, es otra forma de pensar. Más de la mitad de la comunicación recae en el interlocutor. El Conde del Guácharo haría delicias con chistes en inglés. En fin…

Lo simpático es que en líneas generales la gente se inclina a entenderse conmigo. Es decir, que me dedican tiempo y me ponen atención hasta que conseguimos un punto medio satisfactorio.

He venido desarrollando un sistema de interpretación el cual llamaría “mp3 holístico”. Consiste en una especie de concentración difusa que capta palabras claves sueltas en la frase, lee el idioma gestual del interlocutor, dispara preguntas claves aproximativas, y con esa información construye la frase completa rellenando los espacios vacíos. A partir del resultado obtenido selecciono de entre una especie de catálogo de frases hechas, títulos de canciones, frases célebres, y slogans de propagandas, lo que necesito para elaborar la respuesta. Es fácil darse cuenta de que me he ido convirtiendo en un hombre de cada vez menos palabras… ¿Qué debería aplicarlo aquí? –No señor, aquí digo en buen español todo lo que me reservo en inglés. Pues sí…

Uso ese sistema de concentración difusa para pasar con éxito los “four ways stop”. Mp3 holístico difuso.

Con el tiempo he ido mejorando mi comprensión lingüística y el nivel de stress ha ido disminuyendo con lo que va resultando que mis compañeros de trabajo me temen porque dicen que leo la mente, que sé lo que están pensando.

En estos días entró una compañera de trabajo (una muchacha muy joven) en el taller donde yo estaba maquinando un pedazo de metal. Una situación muy ruidosa. Ella miró a su alrededor buscando algo con cara de chivo comiendo tamarindo. Apagué la máquina y le alcancé la boquilla del soplador para el compresor de aire. Ella me miró aterrorizada y me dijo, “you know what I am Thinking!”… Cometí el error horrible de responderle “Off course I do”… Huyó despavorida y desde entonces me evita.

Ahora la explicación: Ella es especialista en moldeo que es una manera de copiar piezas de arcilla para reproducirlas en medianas cantidades. Para eso usan moldes de yeso en mitades. La mejor manera de despegarlos sin dañarlos es metiéndoles aire comprimido. Ella entró al taller con las manos llenas de yeso mirando hacia el lado donde suele colgar la manguera larga del compresor la cual estaba sin la boquilla. Ergo, ella andaba buscando la boquilla de marras cunado volteó a lado y lado. Yo simplemente sabía dónde estaba el corotico ese y se la di. Fue ella la que hizo la pregunta rara, y yo la cagué dándole una respuesta más pendeja aun.

Y así. Si mi jefe entra a mis mazmorras con un alicate en la mano y mirando para los lados donde suelen estar las llaves y los dados, con una sola pregunta aproximativa ya sé qué está buscando y qué está haciendo. Por su expresión también sé si es pertinente ofrecer ayuda o hacerme el desentendido.

En estos días puse a prueba rudamente mi sistema. En la calle (Gilbert Av. Walnut Hill. Barrio negrísimo) una afrodescendiente muy voluminosa y notoriamente afro, me paró en la calle cantándome una canción. Un hip hop, o un rap, no sé bien la diferencia. El caso es que me paró y comenzó a cantarme mientras se mecía al ritmo de lo que me decía… Mi mente fue desde Perucho Conde y su “Cotorra”, pasando por Cayito Aponte imitando a Jesús Sevillano, hasta Guayacán del norte donde Olivier me despachaba las cervezas y me regalaba los mejillones que había sacado esa misma mañana.

Mp3 holístico random, me dije meciéndome a su ritmo sin esperanzas de entrar en su tribu por carencia de swagger… Vi el gesto de su mano, la izquierda: V de victoria. Su mano derecha suavemente palpando su corazón. En el medio de la jerigonza musical rítmicamente capté un “c´gaaa” dicho entre guturales y siseos como si a Semillita le hubiera dado por acompañar a Snoop Dogg en vez de a Joselo, con un poco de desconfianza de mi parte…, en fracciones de segundos me recompuse al ver que no había nada indecoroso en lo que me pedía… Lo que quería era un cigarrillo.

Sonreí aliviado y le dije: “sorry, I don´t have any”… Ella me cantó otro poquito con aires de “tocar no es entrar”, y movió la mano con el gesto universal de “good bye”. Se fue con un tumbaíto como si le doliera la ciática o tuviera una espina en un zapato. Movía también un bastón invisible.

La seguí con la vista un milisegundo nada más porque si algo sé sobre la universalidad de la vida en las ciudades es que no hay que quedársele mirando a nadie por ahí a menos que quieras peo…

“Exactamente igual que en La Asunción donde supuestamente el idioma oficial es el español y yo era gringo”, pensé. “Ni aquí ni allá le entiendo nada a nadie”.

Ayer no más un viandante que visiblemente iba retrasado me gritó desde la acera del frente pidiéndome la hora. Yo oí los gritos y pensé en Don Juan Tenorio, ya saben, “cuán gritan los malditos, pero mal rayo me parta…” y todo lo demás…, volteé y vi el universal gesto de tocarse la muñeca izquierda. Por supuesto que le respondí con el también universal gesto de las dos manos  abiertas: “diez de la mañana, chamo, vas tarde”.

Total que ahí más o menos me voy entendiendo con esta gente residente del centro de ninguna parte que juran que el planeta se acaba en Kentucky por el sur y en Columbus por el norte. Me hacen recordar los versos de aquella canción que dice “estuve queriendo a una Juana, pero no Juana de aquí, Juana de muy lejas tierras, Juana de Paraguachí”…

Irremisiblemente pienso en los otro cuarenta y dele de años que no viví aquí, y me doy cuenta de lo difícil que me fue, y sigue siendo, entenderme con las personas de allá.

Hace no más de tres días felicité por su cumpleaños, aprovechando las bondades del carelibro, a una amiga a quien le tengo mucho cariño. Ella me dijo que estaba muy bien a pesar de lo mal que está nuestra patria... Yo conecté los dedos antes de conectar el cerebro y le dije que el concepto de patria me resulta ajeno y total que hubo una esgrima súper disonante de lo que era la idea principal: felicitarla por su cumpleaños. Que la cagué, pues. He debido apelar a Flaubert refiriéndome claro está a su Catálogo de Opiniones Elegantes, y salir del tema.

Me quedé pensando. No en el desatino mío sino en la patria. Una vez más, quiero decir. Ese es un tema que me ocupa de vez en cuando, y algunas veces vuelvo a revisarlo no vaya a ser cosa que se me escape algún detalle aunque siempre termino más o menos en el mismo punto.

A saber.

Patria es un vocablo que suelo oír en boca de alguien en quien no puedo confiar del todo.
Patria es una palabra que me suena a políticos, a maestros mal humorados, a poetas mercenarios, a personas de cabezas calenturientas generalmente desempleados, y a canallas de muy baja ralea… Sindicalistas, explotadores con capitales apátridas (fíjese usted), o personas con autoestima endeble. En el mejor de los casos la repiten como loritos aquellos que no tienen mucha información y hasta buenas intenciones, cómo no.

¿Qué carrizo es la patria? Sé desde niño, o creo saber pues nunca lo corroboré, que la palabra viene del latín y que quiere decir “familia, o clan”… No voy a buscar la definición del diccionario en este momento porque me da flojera, aunque tal vez más tarde lo haga. Me voy a limitar a repetir mi interpretación deducida de latinajos, himnos y otras monsergas aprendidas durante mi etapa escolar.

Patria es el suelo sobre el cual vivían mi madre y mi padre cuando llegué al mundo. Una locación circunstancial.

Por esa razón algunas personas tienden a asumir que es obligado sentir afecto por ella ¿por una locación circunstancial? No me joda.

Se supone también que la patria es la tierra de los antepasados… ¡La cagada! mi familia era europea en su mayor proporción (corsos, canarios, y españoles celtibéricos continentales), negra bantú en segundo lugar, y caribe en tercero… Así que por ese lado no hay mucho qué decir.

Los corsos se vinieron hace mucho escapados de Cayena y por consiguiente de las leyes francesas. Los canarios y los españoles las estaban pasando canutas allá y decidieron “hacer la América”. Nunca volvieron a sus tierras natales ni primeros ni segundos ni terceros…

Los bantús se los trajeron enjaulados unos portugueses que hacían negocio en África con otros negros que vendían ídem… Obviamente ellos también se quedaron aquí ¿a dónde iban a volver?

Caribe y toda esa gente poblaban un territorio muy amplio e indefinido llamando patria más al mar que al país.

Por ahí no vienen los tiros en mi caso según yo lo veo.

Patria sería para mí más bien esa tierra que nos nutrió maternal y nos proporcionó generosamente todo lo que ahora somos… ¡Ah caray! Por ese lado tampoco me siento muy identificado, porque a mí ese erial plagado de adecos no me dio nada, lo que obtuve lo tuve que rasguñar duramente y apenas me descuidé me lo volvió a quitar todo no una, sino por lo menos tres veces sirviéndose de todo tipo de tramposos.

Patria es ese terruño que con sus olores y sabores, con su música y su moda nos formó y bla bla bla… Lo mismo que al principio: circunstancial completamente. Además, yo oía música de por lo menos tres continentes (¿quién no?), comía y olía globalizadamente como manda el capital, así que ¿qué patria es esa de la que me hablan? ¿Debo asumir como patria también las propagandas de ACE y las del Banco Progreso?

El país donde yo nací ha sido y sigue siendo un llegadero de aventureros evitando hambrunas. Gente en desventaja, pícaros en su inmensa mayoría. Ni siquiera anarquistas. Pícaros nada más.

Cierto que muchas veces, muchísimas estoy seguro, no son aventureros los que llegan y sí en cambio montones de gente de bien. Pero algo pasa. Se notan mucho menos.
No es mi patria ni la de nadie, parece casi siempre.

Los que esgrimen ese término patria muchas veces me parece que son los que estás sacando algún provecho de ello, los que se están escudando de su propia cobardía, o los ingenuos idealistas desinformados inermes e inocuos.

Recuerdo una vez que un tipo caraqueño bien vestido y con plata, vivido en medio mundo me trajo un cuadro para que se lo montara. Cuando le di el precio me preguntó con cruel sorna si yo le iba a cobrar por cuatro palitos más de lo que le costó el cuadro. Sus compañeros le rieron la gracia dándome a entender que eran sólo hienas de comparsa. Me desconcerté por un momento y se fueron dejándome el cuadro en la mano seguros de que les haría el trabajo por el precio que él quisiera pagar. Tardé como treinta segundos en reaccionar, salí corriendo, le di alcance en el estacionamiento, le devolví el cuadro en sus manos y le dije muy serio mientras recuperaba el resuello, “cuando compres cuadros que valgan la pena ser enmarcados me los traes, si no, ni te molestes porque no vale la pena montar arte barato”. Y regresé a mi tienda ya más tranquilo. Las hienas no se rieron… Sobra decir que nunca más regresaron. Supongo que nunca compraron un cuadro que valiera la pena.

Eso es lo que dije: un nido de aventureros de la peor calaña. Sin respeto y sin cultura. Es un lugar en el cual cualquier esfuerzo se pierde, como decía el maestro Prieto: tratar de educar al venezolano es “Arar en el mar”.

Ni siquiera se habla un buen español. Eso es un argot galimático con raíces hispánicas con pésima ortografía, peor redacción, salpicado de términos en inglés mal usados.

Patria es el último refugio de los canallas, dice Umberto Eco en su libro El Cementerio de Praga. ¿Patria? No me joda…

Tal vez, si insistía un poco más hubiera logrado encontrar otra puerta, una con una tranca menos compleja y tenaz a través de la cual intentar otra nueva aventura. Pero confieso que me cansé y opté por una solución inédita en mi caso.

Allá nunca me sentí en mi casa. Es rudo pero hay que decirlo. Sí, claro, estoy muy consciente de la diferencia que hay entre casa y patria.

Ahora vivo aquí, y sí, este país es cruel. Es, además, un modelo matemático que está fallando desde hace algún tiempo y sigue adelante porque está muy bien armado. Un detalle interesante es que aquí el ciudadano de a pie es principalmente ingenuo, y el cinismo se encuentra en las altas esferas al igual que la información.

Trabajo como lo he hecho siempre: como un descosido…, y no gano mucho, para qué negarlo. Cumplo con las normas muy agradecido de que existan y de que la gente las cumpla también. Las leyes son lógicas, cómodas, y además de ser útiles sale muy caro desobedecerlas. No te pelan.

Así las cosas estamos haciendo planes B y C, y quién sabe  si hasta D y E también. Pero por lo pronto nadie nos trampea, ni nos roba, ni nos viola, ni nos mata, ni nos miente. Hay espacio para nosotros sin que nadie nos atropelle. Eso es grande.

Digo muy claramente que aquella no es mi patria ni tampoco lo es ésta ¿estamos?

Aquí te tratan mejor, es verdad, pero esto es una gran corporación y es bien sabido lo que son las personas para las corporaciones queriendo decir eso que en lo que no pueda producir más tendré que buscar para dónde más ir. Total, el que se va una vez se puede seguir yendo ¿no?

Entonces si aquella nunca fue mi patria y ésta tampoco lo es ¿dónde está?

Hace mucho que tengo mi propio clan, y es éste mi clan uno andariego. Un poco Tuareg, un poco Gitano, un poco Caribe, y hasta Lapón si nos ponemos puntillosos, como dice Joaquín Sabina “en Rolls Royce o en camello”…, a por mejores pastos para las cabras y mejor clima para los huesos.

Un poco nómada ¿por qué no?

Total…

Mi patria está en mis recuerdos, en mi idioma y los otros que rasguño con mayor o menor éxito tratando de hacerlos míos, en mis manos, en mi imaginación…

Mi patria está en todo lo que está y en todo lo que estuvo, en el cambio constante, en el chiste quitapesares del momento, en la suma de puntos de vista.

Mi patria está en el camino que se hace andando.

Mi patria está en los ojos y en la risa de mi esposa, en ese ruidito curioso que hace con la garganta y que yo noto cuando velo su sueño. Ella es mi clan y yo con ella.

Y cuando muera, y como al poeta me cubra “el polvo de un país vecino”, ya no habrá patria a la cual cantarle himnos, bajarle banderas, o ponerle escudos.