domingo, 23 de marzo de 2014

Moria.



“Ridenda magis quam faeda recensere statuimus”.
San Jerónimo.


En la grupa de la mula sobre la cual llevo montado desde aquel enero del 64 hasta el día de hoy, en este traslado en el tiempo y en el espacio, cosechando fraternales sentimientos y devastadores rechazos en cantidades por igual cegadores, viene montada así mismo una moza aviesa y traviesa, que durante todo el camino me cosquillea en los oídos y hace sonar a la vez sus risas y sus cascabeles.

Es la pícara Locura. Como la mozuela procaz, con vocablo griego, se llama Moria.

A veces me atormenta con su profundo puntillismo hasta el punto, lo confieso, de haber pensado en degollarla y comerme su cabeza y sus entrañas, como un desquiciado Júpiter.

Durante eras, Moria, fue un ruido indistinguible en el fondo de lo que parecía ser una esfera oscura llena de avispas defendiendo un inextricable peligro.

Pero llegó el momento que habría de llegar con la precisión islámica que tiene el destino cuando se deja ver con la claridad de la idoneidad.

Hoy, y no gracias a Moria, pero tal vez sí, puedo distinguir entre el árbol la sierra que lo tala y la cama que habrá de ser después sobre la cual tantas cosas definitivas se perpetran y ocurren, ya no relacionadas por la memoria, con el árbol que alguna vez fue semilla.

Y hay una lucha que son cientos de luchas con justificaciones porque es justo echar mano a Moria para saciar la sed que nos atenaza desde el fondo del espíritu animal del cual no nos hemos podido deshacer.

Moria es molesta a veces. Exige. Se revuelve. Cambia argumentos. Los usa en un sentido y luego en el contrario. Esgrime el silogismo y sus estocadas son eficaces, o blande el sofisma y son entonces mazazos demoledores.

Pero cuando ya nos tiene a su merced completamente indefensos, nos premia toda voluptuosa de suaves muslos y aromas feromónicos. Risas cristalinas, ojos chispeantes: recompensa pavloviana. No más oírla y empezar a salivar.

He sido vapuleado por ella larga y anchamente durante el tiempo suficiente como para haber aprendido a verla venir desde antes de que llegue. Ya conozco el patrón de ataque lo suficiente como para no caer constantemente en su juego. Sin embargo caigo. A veces.

No puedo evitar que me siga susurrando conjuros ni que se ría tentadoramente mostrándome su pecho danzarín y la suavidad de su cuello, así como va vestida, de sucinta túnica vaporosa.

Pero en esta larga jornada a lomos de mula resabiada de paso a veces cansino he aprendido a mirarla como quien ve una película que a veces me agita el ritmo cardíaco y hasta me acelera la respiración llevándome por un camino paralelo casi hasta el borde de ese precipicio que todo lo iguala y todo lo justifica: su juego.

Alguna ocasión aún existe en la cual decido simplemente por aburrimiento inconsciente dejarme caer un poco para entretenerme restaurando el orden de la vida, en mi vida. Como si no tuviera más nada qué hacer.

Ocasiones, también hay que decirlo, cada vez menos frecuentes.

Hay fuerzas naturales contra las cuales no se puede. Me refiero a vencerlas. Fuerzas frente a las que mejor se corre, y rápidamente, como en la parábola de “La Rosa y el Zorrillo”.

Pertenecer a un orden superior como es girar dentro del torbellino llamado universo y formar parte del género humano nos ata a algunas cosas irremisiblemente. Serán muchas o pocas según se vea o se acepte, pero son ineludibles. Condiciones.

Hay una cantidad de energía que no puede ser convertida en trabajo. Hay una cantidad de errores que no se puede evitar volver a cometer. Hay una cantidad de locura de la cual resulta imposible prescindir. Tras una cantidad determinada de horas de trabajo hay que descansar. Tras un proceso autodestructivo de locura hay que encender el bombillo de la cordura aun a sabiendas de que el proceso irá y vendrá para luego volver a ir y venir -no exactamente igual pues todo cabalga a lomos de la mula del cambio- pero suficientemente parecido, cambiando protagonistas y reparto para presentar el mismo viejo drama en un paisaje no tan diferente gracias a la mala memoria creada por la inmediatez santificadora.

Se puede –y se debe- construir delante de la inexorabilidad de la destrucción, y no hablo de un bastión. Me refiero a darle de comer a la marabunta y que de todas maneras siempre quede algo en pie bajo lo cual guarescerse de las inclemencias del clima, pero ¿Exegi monumentum aere perennius? –Moria.

Pretender que algo permanezca es un desacato a la realidad. Siquiera concebir que se regrese a lo que había antes es por la medida chiquita un desperdicio de anhelo.

¿Éramos una comunidad de indígenas inocentes y vinieron los españoles a echarnos a perder?

¿No será que somos la suma algebraica de todo lo que ha habido?

¿Y se podrá volver atrás?

Preguntas que me susurra Moria al oído y luego se ríe con ese tono de campanita de plata que tiene en su voz de oboe.

-El hado benigno te ha dado- me dice ella –la capacidad de ir atrás en el propio día de tu muerte, como una oportunidad de vivir todo de nuevo, pero no tendrás el poder de cambiar nada, sólo volver a vivir ¿la tomarás?

Pienso en la placidez de sus recompensas, la obnubilación que la acompaña que se parece tanto a la claridad objetiva de una epifanía, y casi quiero volver ahí.

Es imposible. Una vez que ya sabes, no puedes decidir dejar de saber sin esclavizarte. Sin perderte el respeto. Sin verte forzado a ser un miserable pícaro al servicio de tus más primitivos instintos, que por otra parte tampoco dejan de ser legítimos.

Entonces ¿cómo no prestarle a veces una cierta atención a la casquivana doncella que llaman Moria si hasta llega a ser legítimo hacerlo?

La Estulticia se ha llevado siempre sin dejar de estar de moda, como la ropa sobre el cuerpo escondiendo lo que da vida y resaltando la espada al cinto que viene a ser lo que da muerte.

Tratando de construir delante de ella para encontrar necesario abrigo frente a su capacidad destructiva he huido sistemáticamente de los ideales, las contradicciones, y los problemas, para convertirme en un contradictorio idealista creador de problemas. Es descorazonador pero no por ello menos cierto.

Detestando cordialmente a la humanidad completa una vez decidí construir casas para dar albergue y abrigo a sus historias, reparar y restaurar cosas para irle delante a la entropía escamoteándole algo aquí y allá al pasto corporativo, y aun ayudar a fabricar cosas bonitas para el ojo del alma como sosiego para tanta realidad, y he terminado provisionalmente –salvando las distancias- como un afónico “Diablo cojuelo”.

He tratado de narrarlo con la determinación del comediante y el ahínco del acólito para cosechar desaliento, evasión, y encarnizamiento.

Tal vez es la influencia distorsionadora de Moria. O quizás el paso cansino de mi mula que me hace sentir anciano desde que era un bebé. Aún podría ser una pésima interpretación de la realidad.

Y frente a lo expuesto cómo tomar partido.

Nada dejado en el pasado funciona ya, ni habrá modo de hacerlo funcionar nunca más. No por nada se quedó allá, en el pasado. Cualquier reinterpretación no será más que la presentación de la misma vieja obra con reparto y locación diferente, con resultados tan parecidos entre sí que no valdrá la pena volver a presentar, vivir, ni sufrir.

Sería mejor, y así lo hago cada día, construirle delante. Intentar algo nuevo. Botar la espada y tomar las herramientas.

Nunca más seremos lo que fuimos. No hay manera de volver atrás. Lo que se rompió nunca volverá a ser. Y esto es una excelente buena noticia, pues lo que fue dejó de serlo por ineficacia frente a la inexorabilidad del cambio y eso es lo que da paso al nuevo día, a la nueva oportunidad, al nuevo paso, al nuevo sistema, a la nueva idea, a la misma ilusión, e intentar detenerlo es tan loco y sin sentido como querer retroceder.

Además de loco y sin sentido, es un desperdicio de existencia, que si lo pensamos bien resulta tan corta que derrocharla aferrados a la idiotez es cuando menos, una falta de respeto.

Tengan mucho cuidado cuando las justificaciones comiencen a aparecer en sus mentes. Será señal inequívoca del equívoco. Es la única pista que he conseguido para llevarle el paso a mi propia idea de la existencia, y aun así, tardo en notarla.

A mis ojos, matar, es una actividad relativa a la supervivencia. Se mata una vaca para comérsela. O un tomate. O un maní. Puedo y tal vez esté equivocado. Moria y sus risitas, digamos que me incitan.

Matar no es una mala idea básicamente hablando, per se, digamos. Pero llevar una idea –por buena que sea- demasiado lejos y seguirla empujando con ideales nublados nos llevará al desfiladero, y de ahí una vez precipitados, no podremos emerger más que en la tripa de un zamuro o de un gusano. No es muy constructivo el resultado como se puede ver.

Yo tengo razón, o tú eres quien la tiene no es más que puntos de vista. Nada más. Y no es suficiente para aplastar a la otredad. La justicia y la historia pertenecen al mismo saco que la razón y con ello muestro lo injustificado de matar por ellas.

No se me agua el ojo a la hora de apuñalar vilmente una indefensa lechuga si con ella voy a darle vida a los míos, ni me temblará el pulso a la hora de diseccionar un cadáver con la misma finalidad, tampoco.

Suponer que yo tengo razón vendría a justificar a los inmundos racistas que harían hasta lo indecible por joderme nada más que porque tengo acento y soy marroncito claro.

Sería la explicación a que dios siempre ayude a salir victoriosos a los que tienen más cañones.

Entenderíamos por qué los que dicen defendernos y elegimos para ello se enriquezcan ilícitamente y nos mantengan pobres pero esperanzados como el burro que hala la carreta siguiendo la zanahoria que pende de un hilo frente a nosotros.

No señor, no será con la vieja dirigencia caída que mi país saldrá del hueco en el que estamos también por culpa de ellos. Sería un disparate equivalente a creer, que con un sistema económico que ha probado incesantemente no funcionar, vamos a salir de la fosa en la que nos echaron ellos mismos por convicción y puño propio. No señor, ni que le vistan con seda y le pinten corazoncitos dejará de ser una idea fracasada.

Nadie, ni mi padre ni mi madre, saben lo que yo quiero, merezco, o necesito. Nadie, ni los que dicen tener las mejores intenciones. Nadie. Si acaso yo.

Y vivo todos los días de mi vida en esta turbulenta búsqueda. Algunas veces los míos se ven envueltos en mis propias luchas, pero cada vez menos. Y parte de ello precisamente es encontrar la manera de que crezcan sus propios criterios y asuman sus propias verdades y sus propias búsquedas. Idealista que soy.

La vida es muy corta. Tan corta que asusta. Además es un hecho fortuito que casi viola todo lo referente a la probabilística. La inmensa cantidad de elementos que tienen que confluir para que esa circunstancia llamada vida se dé es tan improbable que resulta el peor de los sinsentidos –a mi ver- desperdiciarla, dejarla pasar sin dedicarle un segundo de atención, inconscientemente, a la deriva, siguiendo pautas que marcan otros de quienes además sabemos que los mueven fines inconfesables.

Ni el rey ni la reina, y a Moria que me deje en paz.

El Capital. Que la vida humana venga signada por la pertenencia de éste. Si es de las corporaciones somos libres, o si es de la comuna y es el gobierno quien la administra entonces es que somos libres -¿en serio? ¿la pertenencia del Capital? ¡joder!-.

¿Qué es ser libre? Si alguien me da una respuesta, por favor.

Yo no soy libre. Soy parte del inmenso y a la vez diminuto hormiguero humano. Y no tengo la razón ni sé lo que te conviene. Sí me gustaría, lo confieso, saber que tomas tus decisiones conscientemente y a sabiendas y encarando responsablemente las consecuencias de todo eso. Lo llaman Ética ¿sabes?

Cometo errores cada día de mi vida nada más abriendo los ojos al despertar en la mañana. Y también acierto ese mismo segundo nada más porque mi derecha es la izquierda del que está parado frente a mí.

Por favor ¿es tan difícil de entender?

Qué ¿tengo que tomar partido? Está bien, lo tomo: Me opongo.

¿A quién me opongo?

A todo aquel que quiera hacer morcillas con mis vísceras, al que quiera hacer de mi culo una plaza de toros, a todo aquel que me quiera forzar a actuar sin pensar. Palabra, la puta que los parió, no y no. Me opongo.

El concepto de justicia no puede existir aislado de lo rigurosamente equitativo, y tiene que ser reversible, y perfectible. De otro modo no es justo.

La Historia de la humanidad, la que es más grande que las historias escritas por los que tienen más cañones y gritan más duro, tiene que ser recordada con imparcialidad como se recuerda un camino lleno de huecos en el cual uno ha roto más de un eje principalmente para no perder tantos preciosos momentos de vida reparando algo que pudo ser evitado con sólo recordar. Para eso es que sirve el pasado.

La Razón viene sujeta a los dos párrafos anteriores. La Razón viene también uncida al ejemplo y es éste precisamente su sine qua non.

Flaco servicio presta quien pretende educar con la palabra contradicha por sus acciones, e igualmente pasa con las ideas.

Forzar una buena idea más allá de lo razonable tornará ésta en una mala idea, inevitablemente.

Hipócritas. Sí, hipócritas.

Notas:
“Ridenda magis quam faeda recesere statuimus”.
Cita Erasmo de Rotterdam a San Jerónimo a modo de disculpa por haber escrito “El Elogio de la Locura”, y significa “De vicios más risibles que feos quise hacer recensión”.

“Exegi monumentum aere perennius”.
Horacio. Carmina, III, 30. “He llevado a cabo un monumento más perdurable que el bronce”.

“Moria”.
Sustantivo femenino.
Estado morboso en el que los sujetos tienen una inclinación a las bromas sin sentido ético y disfrutan comportándose extravagantemente; se observa en ciertas lesiones cerebrales como tumores del lóbulo frontal.
Diccionario de Medicina VOX.
Forma de euforia “con sonido a falso”, en que el enfermo tiene expresión de alegría estúpida, ríe por motivos pueriles, absurdos, o está vacío de contenido y con una conducta pueril.
Revista Universidad de Guadalajara. Número 30/Invierno 2003-2004.

Mitos y realidades de la psiquiatría.

domingo, 23 de febrero de 2014

Los mismos distintos y peores.


“Las ideologías nos separan,
Los sueños y las angustias nos unen”.
Eugene Ionesco.


Una mañana de hace mucho tiempo nos despertó la noticia de que la policía, la guardia, los soldados, qué importa ya, por orden de Octavio Lepage durante el gobierno de Jaime Lusinchi interceptaron  en el alcabala de Tazón a unos autobuses cargados de estudiantes que venían a participar en una manifestación estudiantil en Caracas.

La fecha quedó en nuestra memoria como “La masacre de Tazón”. Los ametrallaron y punto.

La reacción del gobierno fue complicar la importación de papel a los periódicos resultando que El Nacional no pudo circular por algo así como tres o cuatro días, y los “Cabillas blancas” fueron a la sede a apedrear la fachada.

Eso no importa ya. Como tantas otras acciones de los gobiernos anteriores Venezolanos que sólo son recordados porque el siguiente es tan malo que hace añorarlos.

No importa que Antonio Ledezma era diputado entonces y que no hizo nada por enjuiciar ni a Lepage ni a Lusinchi. Lo que importa es que ahora es un líder de la oposición.

El gobierno de Maduro es todavía peor que el gobierno de Lusinchi que fue de lejos el peor que yo recuerde sin dejar de lado el de Luis Herrera Campins en el cual se escapó con habeas corpus y todo el Lord de los corruptos de antaño.

Sí, el de Maduro es aún peor que el del mismísimo Chávez en el cual por lo menos teníamos al comandante Don Hugo presidiendo el “Show” y echando chistes en cadena nacional.

¿Lo peor de Maduro? Decir que es un gobierno.

Me recuerda al idiota gordito de la cuadra que era dueño de la pelota y que cuando uno no quería jugar con sus reglas de arrechaba y se iba a su casa llevándose la pelota.

Me recuerda al mameco de López que estudiaba conmigo en cuarto grado de primaria que se la pasaba: “¡Seño! ¡Mire a Laya!”

Siempre la culpa es de otro. Anterior. Conspirador. Lo que sea. Pero nadie hace nada objetivo por atajar lo que está sucediendo antes de que se convierta en una desgracia.

La corrupción dentro del gobierno es culpa de los adecos que se pintaron de rojo, de los medios de comunicación que la hacen pública, de mercurio retrógrado, y de la conspiración judeo-masónica.

No hay ni un solo procesado por corrupción de la cuarta ni de la quinta. Si matas a alguien tienes el 97% de no ser ni siquiera enjuiciado. Si robas, mucho menos… Y si tratas de hacer las cosas bien, eres un pendejo.

Gobierno implica controlar, administrar, invertir, mejorar las condiciones, poner orden… Por eso entiendo que Capriles no quiera ser presidente aun. Entiendo que empiece por intentar hacer que el gobierno gobierne primero y después, si acaso, él podría asumir una presidencia. Pero ¿de un país de buhoneros? Ni loco que estuviera.

Por otra parte un sector de la población invocando un nuevo líder, otro caudillo a lomos del caballo blanco de la venganza que venga y saque a los Diosdados y otros vagabundos, y monte a los suyos. Y yo me pregunto ¿a quién?

¿A alguien de la clase media especializado en trampas con Cadivi, Recadi, o lo que le pongan? ¡Sí, Luís!

¿A algún militar?

¿A los adecos y copeyanos de franelas intercambiadas y discursos vacíos?

No señor, dejarse matar por la guardia o el ejército no ayuda a nadie. Ellos están formados para matar estudiantes, y eso no es nuevo. Desde Gómez por lo menos, eso es así institucionalmente hablando.

Echando mucho plomo ellos justifican nuevos chanchullos en la compra de balas, orugas para los tanques de guerra, bombas que no explotan, y mucho whisky escocés.

Mientras tanto el contrabando viene y va, los colectivos armados compran motos y perico, y Maduro dice que ese es el Tío Sam que se las vende para que se vuelvan locos y él tan bueno que es y bien intencionado amenaza con radicalizar, radicalizar qué ¿la vagabundería y la impunidad? “¡Seño, mire a Laya!”… No me jodas…

Y bueno, si a ver vamos ¿cuál es la queja? ¿Qué no hay papel tualé? Use una tusa… Que la libertad de expresión no es tal todos lo hemos sabido siempre. En eso, Nicolás no es original. En pocos países del mundo existe tal cosa. Los países escandinavos y algún otro por ahí son lo más cercano a eso que existe hoy en día, pero los que más se jactan de ser libres son los que están más controlados y de cerebro lavado.

Les voy a creer la queja cuando dejen de hacer trampas. Son unos tramposos y el que siembra vientos cosecha tempestades. Un amigo mío chavista hasta la médula se encierra en su bastión repitiendo como un mantra que los adecos le jodieron la vida y que ahora se jodan ellos así nos jodamos todos. Yo me rio con desgano cuando se pone así y me voy.

Desde los cincuenta hay un plan militar, un procedimiento, un protocolo de toma de Caracas que consiste entre otras cosas en seis barricadas una en cada entrada de la ciudad, la toma de Los Mecedores, el corte del suministro eléctrico, y el uso de las molotov sin candelita para neutralizar a los grupos de choque. Eso lo sabe todo el mundo, hasta yo, que no soy el más informado del mundo ni nunca iría a matarme por pendejo alguno.

¿Ha oído usted de eso? ¿No, o se le olvidó? ¿Se le olvidó o se está haciendo el pendejo?

¡Ah! Lo que pasa es que no se logran organizar. No se logran poner de acuerdo. Lo que están es viendo a ver cómo se reparten los pollos que no han nacido.

¿Se imaginan? Si Maduro fuera inteligente le dejaría el coroto a la oposición por un período constitucional y pasaría a molestar desde la nueva oposición… El nuevo gobierno no haría nada en su turno al bate, y regresaría él al mando en hombros renovado hasta que la rana eche pelos. Menos mal que no es inteligente.

Nojoda, qué desgracia. Cuando parecía que las cosas tomarían un rumbo más lógico, humanista, justo, vienen los corruptos y lo echan todo a perder.

Le echan la culpa a los cubanos, le echan la culpa a los chinos, o por el otro lado a los fascistas escuálidos o qué sé yo. El problema es que nadie recuerda.

¿Sabe usted de Polibio y su Anaciclosis? Monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia, oclocracia, y vuelta a empezar… Nada, Maduro caerá, y a menos que suceda un milagro, el que venga después será peor: un tirano, olvídense de reyes. No un bocón con la panza llena de whisky. No. Un Galtieri, un Pinochet, un bicho arrecho. No un loquibambio culposo. Un asesino de verdad verdad.

No me cabe duda: detrás de esta catarsis tipo fiesta taurina de San Fermín que embulla el país están unos bichos tremendos de ninguna manera mejores que los que están montados ahora. Unas alimañas ganando tiempo, dejando morir jóvenes entusiastas hasta que acumulen la energía necesaria para dar el coñazo y ser recibidos como héroes.

Tal vez, como en el fondo soy un esperanzado prefiero pensarlo así, lleguen y pongan orden y refunden la república ¿sabe usted qué es la república? Es simplemente el gobierno de las leyes, y no necesariamente eso signifique que sea compatible con la democracia, que es el gobierno de la gente (entelequia), y no la confundan con la tiranía de las muchedumbres.

La quinta república será lo que sea menos una república, a menos que sea usado en esa fea manera que designa a las putas, mujeres pública y la nación re-pública, porque habiendo un millón largo de leyes o más no hay mando de su parte.

Tuvimos un caudillo lleno de contrasentidos sumamente carismático que sacó del foso  del olvido a los descalzos pero llegó hasta ahí nada más. Mucha gente se vio beneficiada y siguen siendo más de los que salimos jodidos con la jugada. Es así. Culpa de la relatividad de las cosas.

Pero el gran carajo no los educó. Los enseñó a desobedecer, a ser peligrosos (más aun), acentuó lo que empezó Lusinchi buhonerizando la nación. Es decir, marginalizando la población. Poniéndola al margen. No seguir las leyes, incapacitarlos como trabajadores formales al borrarles cualquier sentido de disciplina, poner a todos los remeros del barco a ir cada uno por su lado, eliminar todo sentido del trabajo en equipo, del sentido de comunidad (y se dicen comunistas), de lo que verdaderamente es lo social.

No me jodan. Una sociedad sin sentido colectivo (que no sea armado) no avanza. Se pierde en una marisma altamente ineficiente en la que gana siempre la entropía ¿qué no? ¿En qué se ha dilapidado la fortuna ingresada en el país producto de la bonanza petrolera? Vaya, vaya a que le den por donde los pepinos amargan, vaya….

Aquel discurso trasnochado del hombre nuevo, la justicia social, y párate cagón que aquí cantó un argentino (lo que sea), sigue siendo bonito y hasta se me aguan los ojos cuando oigo una guitarra latinoamericana acompañando una voz potente, pero se diluyó en mierda.

Hoy tenemos un país sin cerebro. Una cabeza con sólo boca vociferante y dada a los festines. Un panfleto tras el cual se escuda la corrupción, y si Polibio tenía razón tendremos más tarde o más temprano un verdadero tirano ahí en Miraflores con tanques de guerra de verdad en cada esquina y al ejército disparando a la población dentro de sus casas. Santiago de Chile en época de Pinochet.

Con la venia de las doñas que ponen a mear los niños en los materos del salón de fiesta, usan sus cupos cadivi para hacer trampas. Listas negras en las cuales los negritos, los barbudos, y los miopes tendrán que ir a buscar trabajo en Colombia o en Panamá, y los tipos como yo mejor que ni siquiera pensemos en acercarnos por ahí.

Es el péndulo de la historia, que mientras más alto lo empujemos en un sentido, más duro pegará cuando venga de vuelta.

Venezuela es un país muy rico como proveedor de materia prima. Mucha gente le tiene el ojo puesto.

Es al mismo tiempo un país con un pésimo nivel cultural y peor memoria. No es el peor país del mundo pues aún existen cosas como Somalia o el Chad en los que no hay clase media ni motorizados armados. Sólo líderes de opereta que igual no pueden esconder ni la panza ni lo robado.

Si algo me enseñó Venezuela es que no vale una gota de sudor. La ingratitud, la superficialidad, la ignorancia, son cosas que no se van a curar en dos o tres generaciones y no puedo esperar tanto para empezar a vivir.

Mis amigos simpatizantes del gobierno perdieron su tiempo, les ganaron los malos. Y a mis amigos simpatizantes de la oposición van por el mismo camino vitoreando a Ledezma y a Diego Arria, quien aún no se ha podido desligar de la muerte de Renny Ottolina, entre otras bellezas.

¡Qué vaina!

No propongo nada. No tengo la sabiduría necesaria para aconsejar a nadie. No veo la solución. Creo que habrá que seguir pataleando, como el sapito que se cayó en el pozo, hasta que llueva.

Toda mi visión cambió después de que vi “Persépolis”, y no me quedó más remedio que respetar a los superficiales metrosexuales que bailan y gozan, más, mientras peor se ponen las cosas.

Opérense las tetas. Vayan a hacer un curso con dólares regalados. Cambien el carro con alguna trampa y vivan sus vidas escondidos detestando a los motorizados que les rompen los retrovisores.

Total, peor es abrir los ojos.

viernes, 17 de enero de 2014

Enero 2014.


“Is that a horse or whores?”.
Por poner un ejemplo nada más.


La buena noticia es que no soy cínico.

Y dale con el yo.

Bueno, qué hago, soy un hombre y los hombre solemos dar cátedra sobre nosotros mismos. Tal vez para comprendernos o para divagar sobre la intrascendencia y con ello hacerla más llevadera.

Lo dejo claro nada más comenzando para dar una oportunidad a abandonar la lectura, y no es que usted necesite de mi permiso –no faltaría más- lo digo por decirlo.

En unos días cumpliré cincuenta años y estoy de buen humor, y si esto no es razón para poner un ojo sobre mí mismo entonces no sé qué lo sería.

Pero basta de preliminares y hablemos en plata.

He sido siempre un ingenuo con ínfulas de no serlo. Un cándido caído del catre y un desavisado. Hay poco que hacerle al pasado ya, para qué esforzarse. Pero tengo muchas cosas que contar, aunque jamás diré algunas cosas que hice porque entre las que ya se me olvidaron y las vergonzosas… En fin…

Descomplicar la vida parece ser para mí lo más complicado de hacer. Cada vez que lo he intentado, el tiro no sólo me ha salido por la culata sino que el tiro era de sal y tocino como el que se usaba en tiempos de mis abuelos para marcar a los infames ladrones de gallinas.

Pero me he divertido. Palabra.

Ahora vivo en el planeta de la lengua más confusa y desordenada del universo y parte de Paraguaná.

Quién me manda.

Qué de confusiones más interesantes se dan en una lengua donde “cunt y can’t” se pronuncian casi igual, así como “slot y slut”, no más que por poner un par que se me vino pronto a la memoria.

Yo, qué decir, me la paso cometiendo todo tipo de errores como “to clean it down” en vez de “to clean it up” nada más que porque no me gusta agacharme. Mi espalda es rígida y las cuclillas no son lo mío.

“I use to walk all the way down the street untill the top of the hill” es una frase que resume una buena parte de mi confusion constante.

Hace no mucho me daba una mezcla de timidez con miedo escénico eso de ir a la venta de repuestos del carro a comprar el cilindro de freno trasero derecho de la Van Dodge 1999, pero correr el riesgo de irse a quedar sin frenos en la desolada Highway 71 (“not precisely aggressive but terribly uncaring”) no es opción válida. Debo agregar que como de costumbre ese año la Dodge equipó el dicho modelo con tres tipos de frenos distintos y tuve que regresar a desmontarlo para llevar la muestra. Todo explicado-entendido-replicado en infinitos tonos de verde, como el paisaje de Catamarca. Wax!

Va uno y hace lo que tiene que hacer de la manera menos complicada posible y gracias a las ganas de vender que tiene el dependiente y la necesidad de arreglar la Van que tiene uno, ahí está la bicha rodando otra vez (y frenando) aunque la mecánica se hizo mientras nevaba. Mejor así que en verano, porque allí el sudor no conoce paranza.

Y mi trabajo. Qué se puede decir de mi trabajo, de la experiencia laboral que he tenido aquí.

Llegué y un mes después ya tenía empleo. He contado ya mucho en qué consistía ese empleo como para repetirlo. Ya no trabajo ahí porque se acabó lo que había por hacerse, y el trabajo de restauración de la iglesia se detuvo a la espera de tiempos mejores para la chequera de mis exjefes.

Aquí te ampara la ley para muchas cosas (si le pagas a un buen abogado sobre todo) pero no conozco ley alguna que te proteja como trabajador. Queda a potestad del empleador “arrimarte la canoa con algo ahí”, recomendarte con algún otro posible empleador para que no quedes en la calle, o simple y llanamente darte una patada en el culo y ponerte de patitas en la calle.

Laura, mi exjefa, me recomendó con Celene, mi nueva jefa (Antes trabajaba para Justin pero empleado por Laura, y ahora trabajo para Jarred) así que no me quedé en la calle.

El proceso fue, además, por cuentagotas. Empecé trabajando tres días aquí y dos allá, luego dos aquí y tres allá, y así, hasta que me quedé allá con los Hawkins.

Qué hago ahora para poner dólares en la cuenta bancaria de donde saldrán raudos a convertirse en comida, gasolina, techo, ropa, y lo demás también.

Trabajo como un descosido en un taller de escultura. Vamos desde el diseño hasta el vaciado de la pieza, acabados, pátinas, y colocación en su santo lugar.

Un circo.

Se discute con el cliente hasta que finalmente se llega a un acuerdo que no es punto de partida hasta que el cheque con el anticipo no está en efectivo en la cuenta bancaria. Luego se empieza a hacer el modelo (plastilina, arcilla, alambre, madera, yeso, lo que sea) para tener qué mostrarle al cliente y que te cambie todo. Este proceso se repite hasta el hartazgo, textualmente hasta que el cliente y el artista se cogen un poco de arrechera. En ese punto se hace el modelo original sobre el cual se harán los moldes de silicón (interno) y yeso (externo) dentro del cual se vaciará la cera que dará origen al molde de cerámica (sílice coloidal) dentro del cual se vaciará el metal fundido que será la obra final una vez terminada, y cobrada.

Eso, grosso modo.

Desde que trabajo ahí hemos sacado un busto, un medallón, unas esculturas abstractas (la definición académica me da ladilla) para un escultor externo, un escritorio cuyas patas son unos árboles neozelandeses, unas especies de enredaderas de cabilla lisa, y estamos atascados ahora haciendo una mesa gigantesca de ratán (de aluminio) que se irá para las Bahamas. Digo atascados porque ya llevamos casi dos meses trabajando nada más que en la cera y ahora es que empieza a vérsele el fin… Todo en inglés de ese tan confuso.

A mi jefe, marino irlandés que por vainas de la vida saltó de un cuento de Melville al vientre de una independiente natural de West Virginia y de ahí al mundo, le gusta el fado y las bulerías. No es raro que en el taller esa sea la música de ambiente.

El nacido en Venezuela está familiarizado con el idioma portugués desde la primera vez que va a la panadería o al abasto, y si oyes fado y fado y fado y fado, terminas por entender lo que canta la dama de la voz potente (“eu ainda estou esperando na praia observando o horizonte”) mientras comparas sus cuitas con las referencias que tienes de la propia vida y en tu propia lengua, español, en mi caso. Se supone que estoy concentrado dándole forma con el instrumental de dentista que uso tallando cera, oyendo fado y meditando en español, y viene Jerry a preguntar que “how are you doing?”. Entro en conflicto y le respondo: “liscio come’l olio!”. Él se ríe y me pide que se lo anote (write it down, please). Yo me inclino a mirar para abajo preguntándome “down what?” mientras con desconcierto siento como la diminuta pieza en la que llevo trabajando todo el día resbala de mi regazo y se parte en siete pedazos al chocar contra el suelo… Lo miro con desconsuelo y exclamo: “diem perdidi”… Él exclama “oh, wax!” mientras yo recojo los pedazos “espalhados por toda a Praia” y me dispongo a reparar el entuerto nombrando los siete nombre de la mierda con un algo del dolor del trashumante.

Pienso en el enigma que resulto para mí mismo al no comprender. Nada. No entiendo nada nunca. Y mientras más cerca creo estar de entender más cuenta me doy de que en realidad lo que pasa es que nunca entiendo. Hablo con soltura el español. Sin embargo no lo entiendo. Entiendo así mismo el italiano, el portugués, y el inglés, y sin embargo no los hablo. O sí. O no. Qué complicado es descomplicarse.

Querer pertenecer, tener una tribu, una etnia, ser de algo y de alguien, hace verme reflejado en el anecdotario gitano, encontrarme en la lista de los nombres sefardíes, sentir al latín como una lengua dormida, y sin embargo encontrar más en común con Steinberg de lo que hubiera esperado. La necesidad de una línea, de un hilo conductor como dicen. Una explicación de por qué soy quien soy. La razón de por qué no entiendo en ningún idioma.

Uno es con el contexto. Cada vez que cambias el contexto cambias una parte de ti mismo. Supongo que hacerlo a menudo y seguir siendo conlleva un cierto fortalecimiento del yo tal como dicen que le pasa a los ciegos que agudizan el sentido del oído…

Seguiré cambiando de contexto. Empiezo a notar que me gusta hacerlo. Estoy de buen humor. En unos días más cumpliré cincuenta años y tengo tantos cuentos qué echar que me da risa. No pensemos ya en los que no echaré nunca. Seguiré cambiando de contexto y fortaleciendo un yo que no significa otra cosa que emparedarse, hacer fortaleza.

Planes. No los tengo. El mes que viene nos mudaremos a la que espero será nuestro cuartel mientras vivamos por estos lares. Sólo espero. No es un plan. Surgió y el asunto reviste cierta simplicidad y mucha complicación, pues la idea era descomplicarse… En fin… Ya echaré ese cuento también…

¡Ah! ¡Feliz 2014!


Y dejen de pedirle peras al olmo.   

sábado, 4 de enero de 2014

Y mientras todo eso ocurre, busco.


“Look, in an ideal world, there wouldn’t be
Any need for a Stuttering John”.
Private Parts. P 524.
Howard Stern. Pocket Star Books.


Buscar: verbo transitivo. 1 rastrear intentar encontrar a alguien o algo. 2. abandonar ir a un lugar para recoger a alguien. 3. hacer o decir algo para provocar una reacción.

Voy de aquí para allá, y vengo de allá para acá. Nada asombroso, claro, todo el mundo lo hace así incluyendo a los que no se mueven.

Es raro pretender no moverse. En este mundo de cuatro dimensiones perceptibles, suponiendo que de verdad no nos moviéramos (por estar encerrados dentro de un ataúd dos metros bajo tierra, por ejemplo), el tiempo seguiría transcurriendo, la tierra seguiría girando y, por un lado los liberales seguirían tratando de cambiar todo para que todo permanezca igual mientras por el otro los conservadores estarán tratando de cambiar todo para que todo vuelva a ser como era antes.

Nací conservador. Es triste, pero hay que decirlo. Quería que todo fuera como era antes (antes de nacer, supongo, la respuesta exacta aun no la consigo) y por eso era que todo me daba tanta rabia.

Así empecé a tener pesadillas e ideas fijas todas atroces que harían tanto palidecer a Paul Joseph Goebbels como deleitar a Carl Gustav Jung.

La solución momentánea para todas estas porquerías con las que me torturaba mi otro yo fue muy simple. Tomaba esa basura con mucho cuidado. Escogía las que me parecían realizables en el momento y las hacía. Perseguía las otras y las maximizaba conscientemente hasta que la mayoría explotaban por exceso de presión (barra forzada) el mismo efecto que tiene explicarle un chiste a los lentos de mente asesinando vilmente la gracia que aquel tenía… Las que quedaban, irrealizables y espantosas, quedaron archivadas en unos anaqueles rotativos que cada indeterminable número de ciclos regresan para atormentarme de nuevo.

La primera consecuencia de esta solución fue que adquirí fama de niño travieso. Fama al mismo tiempo merecida e inmerecida. Era escoger entre una paliza y la tortura. La paliza pasa rápido. La tortura persiste y se agranda. Rompo algo, me dan unas nalgadas y a la cama sin cenar, y mañana todo estará bien.

Fue una decisión fuerte y valiente, o blandengue y cobarde según se vea.

Fuerte y valiente. Echarse encima la mala voluntad de la gente que le rodea a uno, exprofeso, es duro. Blandengue y cobarde también al no ir a la raíz del asunto porque me daba miedo. Y como todas las cosas de las que uno huye por no atreverse a resolverlas, regresan recargadas.

La parte que reventó y salió de mí es la que uso para escribir. Es un material que duele sabrosito, como un golpe viejo que uno se jurunga nada más por saber si sigue ahí o fue que ya se curó. No hace daño y es viga de construir montañas rusas laberínticas y sin ningún sentido real, ni tampoco consecuencias. Muchas veces es bueno recordar. Tengo algunas memorias muy buenas.

La otra parte contra la cual no pude sigue ahí recargándose. Cada cierto tiempo regresa con su armada tenebrosa disfrazada de dormitorio forrado de espejos o de paz promisoria. O en forma de oasis.

Es verdad que cada vez que regresa me encuentra más lejos y con más experiencia. Ya no le tengo pavor. Sólo aprehensión a la expectativa de cara al nuevo encuentro. Pero siempre regresa y siempre hay otra batalla. Durante ella, resistencia y contraataque. Después de ella, recoger las bajas y mover el fuerte.

Cada vez que regresa consigue un oponente poderoso y crecido. Y la rechazo. Y se va golpeada. Y le cuesta una bola volverme a conseguir. Pero lo hace otra vez tarde o temprano. Qué será lo que quiere de mí.

Llega con anuncios. Ufanándose del terror que me produce. Haciéndome dormir mal. Atentando contra mis bases. Y ahí está su error: se anuncia.

A estas alturas sé que esa cosa no es indestructible. Sé que su debilidad radica en la necesidad de mantenerse viva, de causar más impacto sicológico que real (aunque una cosa es parte de la otra y viceversa). Que necesita atormentarme para seguir existiendo y para eso necesita conseguirme.

Ya no le tengo miedo. Aquí la estoy esperando en medio de una llanura sin escondrijos. Sentado en seiza. No necesito armas ni escudos. Que me eche encima sus huestes, que me las meo. Ya no soy un niño travieso por necesidad.

El hábito de buscar se me quedó de tanto huirle. Y de tanto hacerlo he terminado encontrando. Aquí y allá.

Atesoro algunos encuentros, hay los que traspapelo, y otros los desecho por esto o aquello. Muy pocos con mala intención, que también la hay, para qué negarlo. Sospecho que esto ayuda a mis pesadillas. Es la vida. También el enemigo está dentro de uno. Tener al otro como culpable es cobardía pura, y dictar cátedra de cómo es que deberías hacer tú es una canallada de la más inmunda ralea.

En fin, descubrir eso y exponerlo aquí no me hace mejor. Carece de sentido. Cada quien tiene que transitar su propio camino y hacer sus propios descubrimientos. Yo no pinto nada.

No es que encontré mi estado final. No es mi iluminación ni nada que se le parezca. Estoy concientizando un juego que me ha mantenido corriendo entre esoterismos y excusas haciéndome fuerte, sí, pero por razones sin razones que perderían su efecto totalmente si sólo hiciera otra cosa.

Hay algo en el sufrimiento que es agradable y peligrosamente adictivo. No en el martirio de las carnes ni en la tortura de las mentes. Es en el hecho de haber sobrevivido. Una especie de “anti ratón”, es decir, lo sabroso de la borrachera es ella en sí misma, pero la resaca es malísima. Bueno, en este caso es al revés. Es “no importa esta mierda porque mañana seguiré vivo, aprendiendo, y más fuerte”… Es verdad, acabo de escribir una soberana pendejada sumamente discutible. No importa, hagámonos los desentendidos.

Me encanta ser libre y la única libertad que encuentro es mi guerra con mis demonios (le digo así por la facilidad de explicación). No hay libertad en ninguna parte, ni en las ideas, ni en los pensamientos, ni en los movimientos, ni en la imaginación. Todo depende de un contexto, de algo preexistente, de la concepción, de la percepción, predisposición, inclusive de la digestión, coño. Detesto el gluten y las fotitos de gatos.

Esto es parte de este círculo: me encanta ser libre de mantenerme en constante guerra. Trataré de romperlo sintiéndome libre de ser prisionero y de dejar ya la guerrita tonta esta.

Me gusta esa imagen de Siddharta Gautama sentado al pie de un árbol esperando la iluminación, sin comer, sin beber, sin dormir. Sakyamuni decide no buscar más. Descubre que todo está dentro de él. Inclusive lo que está afuera de él. No puede aprender nada que él no haya sabido antes. Es de cajón que no necesita correr en pos de nada. Basta sentarse y esperar, y decide sentarse y esperar. Y lo hace.

O caminar y esperar. O buscar y esperar. O comer y esperar. O dormir y esperar (observen a los adolescentes), digo yo.

Alguna vez (en mi memoria ancestral histeria colectiva imaginaria) fui expulsado (o decidí irme) de alguna parte y en el camino me dejé algo botado por ahí y no recuerdo qué era. Es parte del problema con la memoria.

Busco un sabor, busco un olor. No sé qué es. Inexplicabilidad que me aísla.

Albóndigas de pescado en salsa de limón y berenjenas asadas. Bromas con enseñanzas. Una cierta desconfianza en el fondo de la afabilidad. Ver, oír, y aprender. Memoria.

A veces el mundo es muy grande y a veces es muy pequeño. No es un juicio.

A veces las preguntas incómodas, las confrontaciones valientes, el tartamudeo embarazosos, la grandilocuencia, el ingenio, la antipatía, la verdad, la puta verdad, el descubrimiento de que el rey está desnudo, la duda, las leyes, la teoría de la conspiración, el estilo, la incomunicabilidad, el bagaje, el lavado cerebral, el reflejo condicional, la hipocresía, el holocausto de los tomates y las cebollas, en fin, todo aquello que es columna vertebral de la estupidez nos deja con muy poco campo de acción y nos empuja a ir un poco más allá a ver si el gallo puso.

Pero no es excusa.

Es como el orgasmo, por ponernos positivos. Vas y llevas, y eres llevado por quien se lleva también. Una vez allá, brgblgrblogblogbrlgr plub ajjjj puf, vuelta a empezar ¿Más allá requiere de nuevas búsquedas, nuevos descubrimientos? ¿Tecnologías? O tal vez nuevas revisiones de lo que ya se conoce ¿Quién sabe? Por el momento, voy sabiendo. Sobreviví y soy más fuerte ahora. Saber, mañas.

¡Ah! Y la circunstancia. Allá afuera la temperatura está que pela.

Tal vez, en este momento debería más bien sentarme y esperar.


Pero después de que prepare el almuerzo.