martes 17 de noviembre de 2009

Ciudad Gótica


“Santo hombre araña, Batman”...
Robin.

Casi me acostumbro a ser robado. Es decir que ya la cosa es normal, corriente y cotidiana.

Supongo que no es que la isla Margarita sea especial antro de cacos y malvivientes, solo es coincidencia que desde que llegué aquí en abril de 2001 me hayan robado más veces que en todo el resto de mi vida.

Cierto, en Caracas me asaltaron a mano armada unas tres o cuatro veces con saldo más bien gracioso si me pongo a ver, como la vez que me atracaron dos tipos con dos pistolas cada uno (el que me increpó tenía una Glock 9mm y una PPK 380) y que se llevaron una navaja suiza que estaba como un cristo y ciento veinticinco bolívares que en aquel entonces daba como para medio tanque de gasolina o algo así.

Una vez me atracaron recién mudado al Paraíso. Regresábamos del cine de la casa sindical mi hermano y yo como a las siete y media de la noche, y justo frente al colegio de abogados nos entromparon dos novatos a los que convencimos de que robarse nuestros carnets de estudiantes podía ser buen negocio para ellos porque tenían medio pasaje de autobús y descuento en el cine.

El par de gamberretes se fue corriendo porque salió el vigilante del colegio de abogados y dándole voces y gritos, huyeron los malditos. Mi hermano y yo, pasado el susto, apretamos a correr desde ahí hasta nuestra casa sin parar. Pasó tiempo antes de que volviéramos a andar por ahí de noche.

Era la avenida Páez del Paraíso, un lunes en la noche del primer semestre del año setenta y siete.

En Barquisimeto nos rompieron el vidrio del volkswagen para robarse las patinetas que estaban detrás del asiento trasero más o menos por la misma época.

En Maracaibo tuve un impasse cómico con un wayuu…

… Pero ese cuento sí tengo que echarlo completo… Resulta que cuando me mudé para Maracaibo, en el liceo me querían caer a coñazos para que dejara de hablar caraqueño y hablara maracucho como todo el mundo. Yo me asusté un poco porque estaba acostumbrado al malandraje caraqueño que para la época era de lo más rudo en comparación, como bien pude comprobar después.

La cosa fue que en Barquisimeto me compré una navaja automática en la Casa del Cazador que quedaba por la avenida 20 y me la llevé para Maracaibo. Le puse una cabuyita que dejaba colgando por delante de la correa del pantalón sobresaliendo por debajo de la guayabera celeste del uniforme y practicaba constantemente el sacarla y abrirla de la manera más teatral, al mejor modo de los Jets y los Sharks. Solo cuando estuve muy contento con toda la puesta en escena del asunto fue que me pude ir tranquilo para el liceo.

La cosa fue que un buen día bajando por el pasillo lateral del liceo justo cuando pasaba por el frente de la entrada del baño vi venir el quinteto que me quería coñacear y decidí meterme al baño para zanjar la situación de una vez.

Entré en uno de los cubículos de las pocetas fingiendo que meaba, pero en vez de sacarme aquel, lo que tenía en la mano era la navaja cerrada.

Ellos entraron haciendo ruido y gritando amenazas. Yo los esperé hasta que el más grandote de ellos me vino a tocar el hombro... Ahí me di la vuelta como un rayo, abrí la navaja y le salté encima gritando como un apache…, tal y cómo había ensayado mil veces.

La cosa resultó: Los cinco chamos salieron como alma que lleva el diablo y regaron la voz de que yo era un matón llegado de quién sabe cuál mal barrio caraqueño y enconchado en ese fin de mundo sabrá dios por tales y cuales crímenes...

Terminamos siendo los mejores amigos del mundo. Inclusive tengo contacto esporádico todavía con uno de ellos. Sí, las cosas se aclararon, pero mientras tanto yo seguía llevando la navaja al liceo por si las moscas picaban… Era cómico, porque en los días sucesivos, cuando nos encontrábamos, ellos me miraban la correa a ver si se me veía la cabuyita de la navaja.

El asunto gracioso con el wayuu fue que regresando de casa de mi noviecita tipo diez de la noche, pasando por un recodo oscuro que quedaba junto a la sub estación eléctrica me salió un guajirito que me dijo “compedre, me dais todes eses cobres o te jodes”… Yo, sin pensarlo saqué la navaja y la abrí a lo Brodway… El guajirito soltó un “vergue compedre” y pegó tal carretón que a mí no me quedó otra que pensar en el señor Spock y en el puente del Entrerprise, y soltar la risa, claro. Eso sí, después de que paré mi propia carrera en mi casa.

Bueno, para seguir con este recuento referiré también la vez que me atracaron bajo el puente de Parque Central, pero el choro no sabía manejar y no se llevó la camioneta.

Ah, una vez también me atracaron en el Ávila y el ladrón casi me da dinero de la lástima que le di. Yo andaba deprimido más bien con algo de ganas de echarme por un barranco de esos y como que al choro le dio vaina conmigo.

Pero desde que llegué a esta isla me han robado muchas veces ya.

Claro, que al que no tiene nada le quitan muy poco. Pero por cosas de la relatividad, digamos que la vaina jode sobre todo porque ya está bueno de que me agarren de sopita a cada nada.

Recién llegada Anne-Marie, la isla la recibió con tres aperturas consecutivas de la Terios. El saldo de la pérdida fue: un reproductor de cd, un estuche con música celta, una pistola de agua, y tres cerraduras que valen una boloña.

La otra vez se metieron en la casa mientras dormíamos. Esto fue cuando vivíamos en el rinachimento aquel que se llamaba el encanto, que era más bien un desencanto.

Esa vez se llevaron mi navaja suiza (otra vez) mi piedra de Arkansas, el teléfono y el tostiarepas, las barbis de mi chama, se comieron la carne, se tomaron el vino y se robaron el whisky.

Viviendo en la Asunción, en casa de la corsaria, se metieron un domingo en la tarde y se robaron la cámara sin las pilas y mis cuchillos de cocina.

También me abrieron el carro, y cómo no había nada qué robar lo rompieron todo. Claro que esto no es la gran cosa cuando el carro ya está roto. El que conoce ese carro no se explica cómo es que aun rueda. Y yo digo que no solo rueda sino que carga y corre…, pero hay que tener las bolas cuadradas para pensar que tiene algo qué robarle…

El domingo siguiente el ladrón lo intentó de nuevo con la mala suerte para él de que yo estaba en casa y lo hice correr cerro arriba con una buena ristra de insultos en su autoestima… Hay que ver qué clase se ladroncito chimbo vale...

Mudados al guayabal se nos volvió a meter un ladrón por la ventana mientras dormíamos. Aquí cabe destacar que la ventana está a tres metros del suelo y que la pared no tiene ni entrantes ni salientes ni relieves de ningún tipo. Qué arrecho, spiderman vive en la Asunción.

No hombre, nada de eso, los carajitos (porque son una banda de menorcitos) andan la urbanización en bicicleta y dos de ellos cargan escaleras. Sí, la cargan en el hombro mientras pedalean.

Esta vez me robaron el bolso (un eastpack bien bueno que tenía) de los dos celulares se llevaron el que tenía radio y el otro no. Se llevaron una camarita con la que llevaba el registro de la obra, mis tres navajas (una de ellas era suiza) incluyendo la de velerismo que sí que me costó no arrecharme, y dos yesqueros desechables.

Cómo siempre digo y esta vez repetí, lo bueno es que recuperé el sueño. Es decir, que ya no sufro de insomnio.

Alegría de tísico. El siguiente fin de semana abrieron mi carro y le robaron la batería. Sí tenía algo qué robarle después de todo…

Hoy llegué al terreno y me encontré que se habían robado el fogón de cabillas que teníamos para hacer los sancochos... Se pasaron…

Espero que Batman se entere de que Ciudad Gótica está aquí y se venga a echarle bolas para ver si nos libra del hombre araña, que más bien es el hombre rasguña…

viernes 16 de octubre de 2009

Espejos.

“Maríbunoco”.

Wilmer Velásquez.


Dice mi bella esposa que uno es muy mal espejo de sí mismo.

Lo dice cada vez que yo digo que soy chueco o desgarbado, que soy medio pendejo, que pienso diez años después de muerto, o cosas por el estilo… Yo se lo digo a ella cada vez que dice…, eeeh…, bueno, a veces encuentro dónde encasquetarle la frase. No muchas veces, pero de que se lo he dicho se lo he dicho...

La vaina es que tiene toda la razón del mundo y parte de Paraguaná y todos los días encuentro más y más pruebas de ello.

Por ejemplo en aquel colegio dónde estudiaban dos de mis chamos juraban que eran la bala que mató a Kennedy, que sus exigencias académicas los colocaba en el top ten de los colegios a nivel mundial y todo un tipo de pendejadas que no tienen ni pies ni cabeza.

La verdad pura y dura es que son un antro repelente de lugares comunes y miedos que dan por flojera. Aparentar altos propósitos para mimetizar ahí como quién no quiere la cosa un miedo horrible a que los hagan pensar, que los pongan a usar el cerebro es uno de los modos más abyectos de la hipocresía. Pero ellos se dicen maravillosos. Qué cagada de espejo.

Y así me voy con observaciones de gente de todo tipo.

Los que hablan de una rectitud de comportamiento, los que hablan de la colaboración e intromisión del octópodo universal que parece ser otro nombre de la espuma cuántica, los que no tenemos nada en la cabeza pero sin embargo pensamos demasiado…

No, esta vez no critico a nadie, me aburrí de eso. Esta vez la agarré con la parte de la física que es la óptica de los espejos.

Ni apolíneo ni báquico en la medida de lo posible…

Tengo recuerdos recientes de un comentario que leí sobre una persona que conocí alguna vez que y que decía de sí mismo ser una persona densa y cerebral… En realidad es una persona todo lo sencilla que se puede ser teniendo un enorme gusto por el drama en el mejor estilo mediterráneo. Y no, no es crítica, ni siquiera un juicio. Solo es un ejemplo para ilustrar la diferencia entre lo que uno cree que uno es y lo que los demás ven de uno mismo. Una divertida diferencia que da pie para la comedia de equívocos que conforma el guión de la vida.

Así mismo me ocurrió en la fiesta de cumpleaños número setenta de mi papá. Nos pegamos el maratón justamente el fin de semana en el que se celebró la cumbre de presidentes aquí en Margarita. No nos dejaron sacar el carro y nos tuvimos que ir en autobús. Tardamos treinta horas en llegar allá.

Yo iba muy tenso todo el rato porque tuve que parar el trabajo de la construcción de la casa y porque pensaba que los niños estaban más incómodos de lo que realmente estaban, pero tras preguntarles unas tres docenas de veces y obtener siempre la misma respuesta me logré quedar tranquilo.

Allá encontramos una buena porción de la familia dispuesta a hacerle el rato feliz al viejo querido y la verdad pasamos un rato bien sabroso.

En la mañana no tan temprano nos levantamos y afuera tropezamos con algunos rezagados amanecidos en estados de percepción más bien alterados que entre Venus y un pulpo abogaban por la universalidad del cariño solidario mientras me preguntaban sobre el contenido de mi caja craneal.

Tranquilos que yo tampoco entendí un coño de todo el tema. Lo que sí saqué en claro es que el espejo me volvió a fallar. Sí, yo siempre me he visto como un tipo antipático y un poco violento tendiendo más de lo que yo mismo quisiera a los arranque inmaduros de malcriadez venenosa, o cómo dijera alguna vez el bueno de mi tío el cuarto: un tipo de armas tomar.

Resulta que no, que soy el bueno de la cuadra, el comprensivo y benevolente. O por lo menos eso es lo que en realidad ven los demás en mí. Por lo menos el espécimen detector de brillo en los ojos vidriosos de un pulpo asoleado pero amanecido muy ahumado de cannabis frente a las niñas, que si lo pesca la lopna, la patada se la da en el paladar editorial y gangoso ese que tiene.

Pues no soy violento ni inmaduro. No, ni me provocó darle una trompada, ni me provocó siquiera decir una intemperancia. No, bueno, a lo mejor tenía la neurona ocupada en descifrar el mensaje oculto pero por puro esperanzado que soy. Sí, creo que esperaba que el encriptado tuviera algún significado y me dio corte pensar que por tonto de repente no lo desentrañara.

Pues me pasó como con dios en quién no creo pero que me encantaría que existiera.

Y esa es otra, la estabilidad emocional… Si me preguntan al respecto les diré que es parte de una realidad que no me atañe, pero he escuchado decir, y hasta he leído que no solo soy estable de ese modo sino que lo proyecto, que enseño a los demás sobre eso… Creo que mi ex esposa me cambió el espejo y me veo a través del de ella… No sé… Pero me estoy perdiendo. No se trata de criticar a nadie. Ni siquiera a mí mismo.

Pero sí, a veces hay que hacer un esfuerzo para desentrañar no la razón o el motivo del paso de uno por el mundo. Cierto amiga, no hay que pensar tanto, a lo mejor es que hay que andar por ahí como un bichito del dios en el que no creo dejándole en sus manos lo tocantes a las provisiones y que mañana amanecerá y veremos. Así todos los días hasta que en uno de esos uno amanezca con presbicia y artritis sin saber cómo ni cuándo se abrió esa rendija por la que de pronto se colaron cuarenta y picote de años…

Y dígame, venirme a explicar a mí que la estabilidad de la mesa psicológica de un ser humano tiene una pata apoyada en unas navidades que antes no tuvieron y que gracias a una historia del siglo diecinueve que no terminó de levita, pumpá y organdí (Ja… Qué molleja ‘e malo ese espejo) ahora se puede ir a Tesalónica y a las Antípodas. Libertad de tránsito, libertad de cultos, libertad de sentimientos… Me quedo con el Dadá.

El caso es que la vida es larga cuando la miras de abajo hacia arriba, pero cuando la miras de arriba hacia abajo resulta un poco más corta de lo que uno quisiera y debo aclarar que en este caso, uno, soy yo.

Y no hace mucho que era un muchacho torpe que todo lo rompía nada más que porque le creció el cuerpo más rápido de lo que tardó en acostumbrarse a ello, pero lleno de buenas intenciones que pretendían encauzar aquella naturaleza ingenuamente manipuladora y calculadora que rendía dividendos y culpas por igual solo para ir a meterse en un lío nuevo que tampoco sabría manejar por zoquete, o por tarugo. Tal vez hasta por bloque gringo.

La cura para esto, amiga mía, fue aprender a pensar mucho. Aprender a encender el cerebro antes que la musculatura. A escribir la carta pero no ponerla en el correo hasta una semana después… Cierto, no pude aprender a bailar porque es muy difícil llevar la cuenta de tres pasos para allá, uno para acá, saltito, media vuelta, meneo, uno dos tres cuatro, tres pasos para acá, el tumbao, y así. No me divierte. Me enredo, me estreso. Me doy cuenta de que voy mal y me deprimo. Permanezco deprimido por cuarenta años. Luego se me rompe el espejo ese palurdo que tenía y resulta que soy otro. Soy uno que no veía. Soy uno que tiene paciencia (salvo con la lesión del hombro que me las hace ver canutas) soy uno que goza el viento y el tierrero.

Por eso creo en el pulpo a la gallega, en los calamares rellenos, en las criadillas a la milanesa, y no en héroes editoriales, ni en duendes de la floresta, ni en hadas, ni en el plan de crédito del karma, ni en el supermercado de dios.

No necesito tocar el fondo para saber dónde me queda arriba y dónde me queda abajo. Me saco el piripicho y meo. Así sé rápido para dónde queda abajo y quito los pies para no salpicármelos. Y me río mucho, y rezongo mucho, y no me brilla sino la calva, y no fumo mariguana delante de los niños, ni rompo la barrera de sonido corriendo tras imágenes y textos.

No voy a casa de mi tía a estar hablando sin saber, no le doy ni agua al enemigo pero como no tengo enemigos le doy agua a todo el mundo aunque ya aprendí a no darla toda, a guardar para mí y los míos, y esto lo aprendí pensando. No viéndome en ningún espejo.

Pensando.

Me interesa lo que me interesa, lo que no, pa’la mierda. Pero sí me pregunto ¿dónde está mi antipatía? Me hace falta a veces para poder jugar frente al espejo, porque aunque lo rompí, a veces me veo en alguno de sus pedacitos.

Claro que en esos pedacitos se distorsiona más el conjunto, pero como método de estudio estereotipadamente científico resulta maravilloso para sacar en claro hasta una lesión muscular relacionada, cómo no, hasta con el quinto chacra.

Conversando con Anne-Marie y con mi Papá logré, pensando, sacar en claro el quid del asunto. Del chacra y el músculo. No es el miedo. No es la culpa. No es el pasado al que no sé cómo coño es que se le abraza para hacerle el amor, ni cómo ni por dónde…, pero soy hombre y nosotros no vemos estas cosas… Es lo que mi Papá llamó la vieja fastidiosa y Anne-Marie, infinitamente menos incorrecta llamó un exquisito modo de preocuparse por lo que no ha pasado.

Pienso. Sí pienso: el brazo izquierdo, nunca el derecho que me resulta imprescindible. El hombro, no la mano. Lo que debería ser según quién. El quinto chacra. La garganta, la tiroides, los zapatos, mañana, el techo, el viaje, las niñas, el deber, la renta, la factura, los golpes de pisón, la comida de las perras, el agua para el gato. El bueno de mi tío el cuarto. Una que pelea hasta con la sombra porque no se soporta a sí misma. Corsaria.

Cómo dice mi querido Mateo: ¿sabes qué? No me interesa.

El espejo es pésimo alter de uno mismo.

Pues sí.

sábado 12 de septiembre de 2009

Giuseppe Bergman.

Debo dejar de mirar hacia arriba.
En este capítulo no he hecho otra cosa.
Ya he pescado la tortícolis.

Corto Maltese “Cote de Nuit
e Rose de Picardia”.
Hugo Pratt.


Sí, Teopompo Teometo Jean realmente conoce a todo el mundo. No sólo, sino que vivió todo, todo, todo. Como Rodolfo Orozco que tocó con todos, por poco no tocó con Colón…, Coloso…

Jesuita Joe hace canotaje muy lejos de Ontario y las Dakotas pero siempre entre tories. Tal vez solícito. Cruelmente solícito. Reprimidamente solícito…, en lagunas de aguas verdosas pero transparentes con las orillas llenas de juncos.

Era un laguito que estaba entre coníferas muy viejas. En kayac, en canoa, en chalupas y bateles…, hasta en botecitos de ruedas de paletas. Sí, unos con manillitas laterales que podían girar sobre si mismos como los Hovercrafts de la tesis de mi Papá.

Ojo, que no es cuento.

Black Water River pasa por detrás del College en Braintree. Parece que hubieran hecho una limpia zanja en la grama del patio y la llenaran de un agua color pavón de escopeta que no parece correr. En él entrena el equipo de remo en kayaks. Son de dos colores. Un equipo es naranja quemado, y el otro equipo es índigo desvaído. Un niño de seis años rema con ellos aburridísimo.

Y Claro, también están, el laboratorio de metalografía y Mr. (Pad) Lock con su mandíbula completamente cuadrada. Sung Chay que saludaba cantando “good morning Sung Chay, the earth say hello”..., Lane que no se hacía la belga a la hora de lavar los platos, las españolitas agarenas juguetonas que llevábamos a casa a veces, y el jordano de cuyo nombre no recuerdo la ortografía pero sonaba Sammy. Por eso el curry, el aloo goby, el sambal oelec, chapatis..., y el fish and chips.

Batallas en la nieve en las que acababan los enfrentamientos porque una infalible bola de nieve me atiza directo en la pupila. Mi divertida venganza consiste en esperar que mi Papá cayera al suelo porque en el montículo del camino se acumula menos y los esquíes hechos con los brazos del sillón que encontramos botados “near Little Hallingbury” se pegaban de la congelada hierba y entonces mi joven Papá iba a dar con sus huesos al nevado suelo. Allí lo emboscaba yo y le daba un repaso de bolas de nieve, de arriba abajo. Pues sí.

Fútbol en Bishop’s Stortford forest. Prácticas de arquería entre dos vetustos pinos. Mi Mamá descansa sobre la hierba con su vestido sicodélico en pose de la maja vestida. Detrás está el lago lleno de botecitos de remos y señores pescando en las orillas. Mi Papá se parece a Engelberg Humperdinck…, “please release me and let me go…” Mi hermano persigue mariposas con la red de sacar pescaditos del riíto pica-pica. Ruth me tuerce los ojos cuando la sorprendo mirándome. Steve trepa los árboles infinitamente mejor de lo que yo lo haré nunca… Mr. Leah espera que su Triumph (o era un Rover, o tal vez un Hillman, no me acuerdo pero era blanco y azul celeste) se enfríe para ponerle agua en el radiador… La camioneta Ford Anglia sigue con el carburador sucio y a veces corcovea tanto que hace que las botas del pantalón de mi Papá salten.

En las mañanas mi Papá me lleva al colegio en Braintree por una carreterita que ya no existe porque en gran parte la sustituyó la A120, pero en aquel entonces el paseo era muy lindo si te gustan los árboles viejos, las hojas secas y la neblina. La carreterita por la que parecía caber un solo carro pasaba por Takeley y por dentro de Dunmow que era apenas algo más que un caserío pero tenía su clásico Pub en el cual no me dejaban entrar, después pasaba por Spellbrook antes de entrar a la ciudad.

De regreso en la tarde la ruta era todavía más bonita porque no iba al colegio sino de vuelta a mi casa. Lo que me hacía gracia era que la misma carretera cambiaba de nombre cada milla más o menos. Sí, saliendo de Braintree se llamaba Rayne Road, luego Dunmow Road, después Stortford Road, más allá otra vez Donmow Rd, y al pasar Great Hallingbury se convierte en Church Rd…, un lío esa gente para poner nombres… Si uno va hacia el norte por River Mead, que es donde está la curva del Black Water, se consigue de frente con el puente de Convent Hill. Al pasarlo, la calle se llamará Church Lane… Geniales estos británicos ¿eh?

Bueno, el famoso cuento del conejo que fotografió mi Papá pero que nunca salió en la foto fue justo entre Dunmow y Braintree en una lomita de grama en la que siempre estaba estacionado un remolque rojo y negro enorme. Era la entrada de una granja o algo así.

Toda esa ruta la hacía la Ford Anglia todos los días roncando como un Lotus Seven, o corcoveando como un pony asustado por culpa del carburador. Con mi Papá agarrando curvas que ni Fangio con sus pantalones blancos y su camisa a cuadros tipo tweed con el pañuelo amarrado en el cuello y una sonrisa pícara de medio lado tipo Marlon Brando…, o con el ceño fruncido e imprecando más que un carretero gallego porque la maldita gasolina de este país del carrizo que no saben hacerla o qué porque le meten taquitos parece que de carbón que todo lo mueven con carbón estos ingleses del carrizo (corcoveo corcoveo peo peo corcoveo) maldita gasolina del carrizo de este país del carrizo… En fin…

En una entrada de París se volvió a accidentar la camioneta. Un tipo nos gritó ¡anglaise, cochons! Y eso que ya habíamos gastado el tanque de gasolina que pasó el Pas de Calais con nosotros... Pero el gendarme que se nos acercó hablaba español y fue muy gentil mientras la veleidosa Ford Anglia quiso arrancar otra vez… No sé, me parece que tanto a los ingleses como a los franceses les gusta complicarse la vida más de la cuenta… Hablar inglés o francés está muy bien, pero si finalmente van a acabar hablando en español, digo, para entender lo que dicen ¿para qué se complican? Hasta el mesonero en el parador aquel sobre la autopista en la Normandie terminó hablando en español con nosotros, tan francesito y todo…

Un “Tyne” desarmable: Ondina. Regreso a la Badalona antes de despertar. Voces conocidas. Nostalgia. Regreso.

El club de remo me lleva de cacería por Las Majaguas, de expediciones espeleológicas, de campamento en palafitos… De vuelos de aeromodelos, de saltos en cama elástica… Y al jovencito de ocho años no es que haya que esperarlo mucho aunque bostece más de la cuenta. Sería del estómago, diría Flaubert.

Mi primera herida con arma de fuego me la propinó el percutor de la Winchester calibre dieciséis con su culata recién aceitada. Me agarraron dos puntos de sutura debajo del hueco derecho de mi nariz y mi Mamá me cantaba “la culebra no tiene cueva, bigote blanco se la tapó, se la tapó se la tapó, se la tapó que lo digo yo”… Yo tenía ocho años. Era 1972.

¿Soy valiente? ¿soy loco? ¿será que lo que soy es roliverio de inconsciente?

Temple ignoto. No sé ¿desconocido? Más bien ignorado. Sí, como un estudiante o mejor dicho: un espectador. Un espectador de la vida. Algo así como echar un viaje larguísimo siempre mirando por la ventana.

Salgo y me aburro. Me quedo y me aburro. Dentro de mí vive el aburrimiento. Debo encontrar la aventura porque me estoy haciendo viejo. Me dejó el tren. No hago nada apurándome porque, total, ya llevo retraso… Tengo nueve años ya ¡qué horror!

Mi herramienta favorita es el soplete de oxicorte. Corta, funde, suelda, deforma y transforma. Sirve hasta para forjar. Mi Papá insiste que no pegue el dardo al material, que así no sirve. Soldar con y sin aporte. El electrodo es una ladilla, cuando está bueno para soldar viene y se acaba. Me gusta más el acetileno.

Mis cañoncitos para jugar con los soldaditos los hice fundidos. De aluminio. Yo mismo hice el modelo, el molde de arena, el vaciado, los limé, y mi Papá les hizo los huecos. Yo los cargo con cabezas de fósforos y les meto un perdigón. Disparan más o menos. Quiero hacer uno de bronce para cargarlo con pólvora negra.

Qué fastidio. Me aburro… Es que estoy tan viejo. Tengo diez años… Me jodí…

Día de Reyes. Año 1973. Eclipse parcial de sol en Caracas. Parece que el aire se viera a través de una taza de te no muy cargado. Está muy fresco. Hoy vimos motos: la Lobito Bultaco blanca con la raya roja, muy cara; la Benelli 90 rojo Burdeos con las letras amarillas, muy grande; la sesenta Yamaha blanca con la raya azul celeste, carísima; la Guzzi Cóndor rojo Ferrari con las letras doradas, muy lujosa; la Derbi C4 rojo prismacolor con la raya amarilla, se ve endeble; la mini Kawasaki verde botella con la raya marrón, no tiene croche; la Gilera 125 amarillo caterpillar con la raya negra, demasiado grandísima; la Minitrail Honda tanque blanco con el chasis rojo, tampoco tiene croche y sólo tres velocidades… Por fin: la Italjet 50cc motocross infantil. Croche, cuatro velocidades, cauchos de tacos, carburador Dell’Orto de 18mm, magneto Minarelli, caja de cambios Ducati, bujía caliente LG1 (en serio)… Esta es. Amarilla con la raya y letras rojas, identificada con la placa número 1…, mil doscientos bolívares. La pagamos y la buscamos mañana.

Luego el Piccolo. Tenía 14’ y ocho metros cuadrados de vela latina. Vamos en él, Manuelón, Belkis Aída, Adriana y yo un sábado en la mañana. Parece que se hunde porque la chalanita aquella nos bañó con su estela. Va por debajo del agua y su cubierta blanca y azul se transparenta en el agua sucia del lago. La ola nos llegó al cuello. Risas bonitas a los catorce años.

Qué cambio. Hace un mes jugábamos a remolcar un barquito de juguete al que llamábamos Papaleco. Mientras más viento hace más divertido es porque el barquito da saltos histéricos que matan de la risa. Risas infantiles de trece años.

Después la Kuipa, que era un Pampus de 22’ también blanca y azul con su lastre de seiscientos kilos y esa manera de crecerse con los cadenotes bajo el agua cuando al lago le daba por echar humito... Y también la Guacamaya, que era un Kestrell todo blanco pero con las velas azules. Este perol era lo máximo con el spinaker puesto.

Una vez volqué el Orión por virarlo sin descazar la escota de mayor con una tripulación dada más a discutir que a maniobrar. Un atardecer de domingo con un viento del norte que trataba de apagar el relámpago del Catatumbo. El Orión en perfecto estado con todo su aparejo de competencia. Casco azul y velas blancas. El penacho de humo de la fábrica de cemento está completamente horizontal. Es la misma vaina que un fórmula uno. Me lo puse de sombrero, pero cuando llegó el rescate ya estaba adrizado y largábamos agua como es debido.

Aburrido, aburrido, aburrido.

El primer ocho que se hizo a bordo de un Laser en la rada del Los Andes Yatch Club lo hice yo, y acto seguido empecé a hacer amigos allí.

Pero Teopompo Teometo Jean ya conoce a todo el mundo, y sigue conociendo más gente porque nacen cada día.

Jesuita Joe no rema. Tiene problemas con el manguito rotador. Se aburre. Se aburre. Se aburre porque es un viejo desde que nació. Muy lejos de Ontario y ahora afortunadamente también de los tories.

Giuseppe Bergman encontró la aventura cuando dejo el actorazgo. Cierto, es muy probable que esa palabra no exista, pero él vivió entre ingleses y entre franceses y no para de complicarse lingüísticamente.

El guión es ingenioso. No es aburrido. No está viejo el tipo: está vivísimo.

¿Soy valiente?

¿Soy un loco?

¿Soy roliverio de inconsciente?

lunes 17 de agosto de 2009

Ritos, pasos, matrimonio, peldaños de la escalera interna de la felicidad.


Le dije a la belleza,
Tómame en tus brazos de silencio.

Aragón.

Entia non sunt multiplicanda
Praeter necessitatem…

Navaja de Occam.


Cuando oigo hablar de compromisos me parece captar que las personas entienden que se habla de un concepto compartimentado. De un tema que tiene niveles, grados, escalafones, gradientes. Parece que se habla de la escolaridad. Parece que se habla de calidad. Parece que se habla de temperatura. No sé, del sistema métrico decimal.

He escuchado montones de veces hablar de un puente medio caído. De un castillo medio de pie. De un carro que medio funciona.

Puede que sea culpa de las excesivas licencias literarias o poéticas que estiran el lenguaje tal vez por esa tendencia natural que tenemos los seres humanos de extralimitarnos de la realidad quizás porque nos sabemos demasiado pequeños.

Por eso se habla de la sonrisa que eclipsa el sol, de la presencia de la dama que hace temblar la tierra, del amanecer de oro, del atardecer de fuego, de que después de ti no hay nada más, de tantas frases que intentan explicar lo que no logramos porque de decirlo claramente (tal como lo pensamos) parece menos. Daríamos la impresión de que no tenemos imaginación, de que tenemos un escaso léxico, que estamos atrapados dentro de la realidad inclusive en el pensamiento.

Si yo digo que cada vez que pienso en ella se me desdibuja el mundo. Si yo digo que cada vez que la veo no tengo más nada qué ver. Si yo digo que el mundo se me mueve. Si yo digo que el sol se apaga…, si yo digo todo eso y más, lo digo porque es más bonito (según creo) que decir que si pienso en ella en realidad lo que pasa es que ocupa y nubla cualquier otra cosa en la que quiera pensar. Si la veo, en realidad lo que pasa es que no quiero ver más nada. Que estar con ella construyendo una vida a imagen y semejanza de lo que creemos es lo único que realmente me importa. Ser su compañero y ella mi compañera, que jugamos en el mismo equipo, que no hay que fingir, pretender, esperar, ilusionarse… Y así.

Hay que tener cuidado no nos pase como a los ciudadanos de Ankh-Morpork cuyo Patricio prohibió so pena de muerte cualquier licencia poética por considerar que son equivalentes a las mentiras… Bueno, no creo realmente que suceda una vaina así, pero lo cierto es que esas licencias no ayudan a la claridad del mensaje. Pueden terminar siendo precisamente la cárcel del romance y del amor. Una fórmula banal.

No voy a hablar mal de Neruda, Dios no lo permita, pero objetivamente hablando no estoy de acuerdo con él. Claro que no lo pasaría a cuchillo ni tampoco quemaría sus libros. Pero francamente creo que le hace muy flaco favor a las convicciones.

Sé por otra parte que los términos absolutos son del todo imposibles, tal cómo imposible es la palabra imposible. Pero es, o será posible solo en el lenguaje mediante las licencias literarias y poéticas.

Yo no creo que el amanecer sea de oro. Lo que pasa es que la luz del sol, en cuanto vence el azul propio de la noche parece oro. Pero no el metal. Solo su color. Y tal vez, si la noche fue muy fría o muy mala vale oro para nosotros, aunque si tuviéramos ese oro con el que comparamos al sol tal vez no hubiéramos pasado ni frío ni mala noche…, bueno, tan solo tal vez…

Entonces vienen algunas personas y hablan de no estar tan comprometidos o estarlo en algún grado en particular.

Ojo, que el edificio se cayó o no. Si está muy dañado y no es habitable por cosas de que se puede terminar cayendo de verdad, eso es otra cosa. Si el puente tiene un lado roto y no se puede pasar no está medio caído. Se le cayó una parte, de pronto hasta más de la mitad.

Si se dice estar medio comprometido es que no se está comprometido. Solo estoy esperando una de dos cosas: que se abra una salida para huir, o que me termine de convencer de que estar ahí es lo que quiero realmente, pero lo dudo… No se está comprometido. ¿Síntomas?: Yo te quiero a mí manera…, tú no me controlaste y por eso te monté la pata…, te tengo en la mira y con el dedo en el gatillo…, ¿y si nos divorciamos y después quiero tener más hijos?..., firmemos un acuerdo prenupcial…, ahí viene otra vez esa mujer del coño con su acostumbrada cara de culo…, mira mijo, si te vas a controlar un culito tráetelo y mátalo aquí en la casa que yo no quiero quedarme sola (ésta la oí de los labios de una joven madre en una fiesta infantil a la que llevé a mi hija)…, ese marido mío es una ladilla, se pasa el domingo echado viendo deportes por la televisión…, ¡cállate mujer y tráeme otra cerveza!... Ya saben: esas cosas…

Claro que toma tiempo aclarar los conceptos porque, tomándome una licencia literaria llamada símil, cada cual carga sus saquito de fantasmas por ahí por dónde ande… Está bien, lo diré a mi modo: uno es un miedoso en el grado único del miedo. Porque tampoco se puede sentir más o menos miedo. El miedo es único. La diferencia está en la presencia de ánimo que uno tenga frente a este fenómeno.

Por eso, cuando uno se enfrenta a un Sensei de octavo Dan, siente miedo. Pero es un miedo al que nos sobreponemos porque sabemos que al que le van a dar la paliza es al ego nada más. Sí, te pondrán uno que otro moretón en el cuerpo, pero no morirás. Solo aprenderás que las cosas de la vida son así. Y duran mientras haya vida. No vences el miedo. Te sobrepones porque tu vida está segura y terminarás aprendiendo algo útil.

Según lo veo el amor es un nombre que le damos a esa reacción físico-química (y seguro que algo más a lo que no le daré nombre aquí para no aburrir) que hace que a un átomo que le falta un electrón en la última capa se le pegue otro al que le sobra y conformen una molécula que a su vez hará lo mismo muchas veces hasta que terminen siendo todo lo que puedan ser. No importa que se desdibuje el átomo original porque esto será en aras de un fin infinitamente mayor (interesante licencia). El compromiso en ese caso es tan fuerte que hará falta un montón de energía para disolverlo.

Pensemos en la electrólisis del agua para la obtención de hidrógeno y oxígeno: Uno mete agua en un recipiente de vidrio. Le introduce unos electrodos metálicos llamados ánodo y cátodo a través de los cuales hará circular corriente directa. Pasado un momento empezará a separar los átomos que conforman el agua, pero pueden pasar una de tres cosas: que se pierda la conexión y volvamos a tener agua; que se nos escapen y perdamos los átomos por cualquier rendija; que aquella vaina explote porque la mezcla del oxígeno y el hidrógeno en estado gaseoso es tremendamente volátil… A esto que cada cual le haga el símil literario y poético que más le guste…

Claro que poniendo mucho cuidado y recursos a montones se puede obtener también combustible limpio para tantas y tantas máquinas… Pero sobre esto no hablaré porque entraría en terrenos tristísimos.

Entonces ¿por qué tendemos a escudarnos en medias verdades que son imposibles y deberían estar prohibidas?

¿Miedo tal vez? Y es un miedo exportado e importado. Viene de allá de donde no diré porque cada vez que se nombra se trancan las entendederas, surge el fanatismo, se etiquetan tendencias, se alborota el miedo, y nada de esto me interesa. Diría un amigo mío que todo este lío se la trae floja… Nos la trae floja, macho…

Soy un romántico en el sentido coloquial del término. No pienso tomarme un vaso de agua contaminada con el cólera para tener una muerte romántica ni jamás leerán de mí un verso dedicado a belleza de la palidez de una moribunda que se desangra bajo la luz de la luna… Ni Bizet, ni Lord Byron me cuadran… Bueno, sí a los veintipiquito cuando era un joven anciano atormentado por la derrota… Pero a los cuarenta y cinco siendo un joven vital y optimista ni de vaina, si me perdonan la incongruencia de mis propias licencias…

Soy un romántico, decía, que muy incontrovertidamente sabe que las imprecisiones son la sal de las novelas, porque si Pepita Pérez dice rápido que el bebé es del párroco se acaba la vaina en un solo capítulo y la televisora no vende los espacios para el Ace y el jabón azul. Por otra parte, también sé que si uno es demasiado preciso no logra tener con quién practicar las actividades sexuales que son tan necesarias como comer, bañarse y todo eso.

Por eso uno no le dice a la chica que le gustó (y mucho menos en los ochenta) que mis hormonas se alborotaron porque te detecté e identifiqué como una mujer sana con quien todo mi ser quisiera mezclar sus fluidos a ver qué sale…

… No creo que en primera instancia saliera uno con algo más que un bofetón por más que en eso esté basado todo el asunto de la perpetuación de la especie, la evolución y qué sé yo qué más… Aunque quién sabe, porque si ella también es sincera y sabe que nadie pensará que es una bicha por eso… Bueno…, la cosa es que ese tema es pura elucubración.

El caso es que ahí no existe compromiso alguno y es de lo que realmente estoy hablando (escribiendo) y lo que quiero decir (escribir) es que el compromiso es un peldaño en la escalera interna que recorre la felicidad de arriba abajo, y permítanme esta otra licencia.

Ya he dicho que yo veo la felicidad como una potencialidad existente entre el ser y el parecer, que mientras menor sea la brecha más cerca se está de ser feliz. Digo que si uno parece un ángel y es un demonio, no es feliz. Si por el contrario parece un demonio y es un ángel está más jodido todavía pero no mezclemos conceptos porque me pierdo.

Si parezco un hombre y soy una piedra, si parezco liberal y soy conservador, si parezco valiente y soy un cobarde, si parezco veloz y soy lento, si parezco leal y no lo soy (todo esto con sus ejemplos en viceversa) no soy feliz.

Y estoy claro en que para ser hay que empezar por parecer y esto es primordial. Pero hay que moverse, hay que transitar ese camino, y hay que apurarse porque no sabemos cuándo se acaba la lochita que le echamos a la rocola. Y mientras más nos parezcamos a nosotros mismos cuando se acabe el baile, mejor nos iremos a descansar.

Soy un romántico en el sentido coloquial del término y amo completamente a mi esposa… Por eso nos casamos anualmente todo los primeros de enero justo después de la media noche del treinta y uno con los pies metidos en el mar, y bajo distintos ritos, con la intención de seguirlo haciendo hasta cubrir los que conozcamos, para afirmarnos que nuestro compromiso no es eterno ni inexorable ni insoslayable, no es una prisión, es una decisión voluntaria producto de nuestra convicción de que juntos formamos esa molécula vital.

Que juntos somos lo que parecemos, que estamos en el camino de la totalidad con las manos agarradas y los ojos llenos uno del otro.

lunes 3 de agosto de 2009

Anarquía y briquetas

[…] Noventa trastos con respecto a las otras tres…,
No, trastos no, grados, eso.
Solo que, solo que ahora no puede existir en este mundo,
Y el lugar tuvo que hacer pop hacia afuera…
¿comprendes? […]

Tomado de Pirómides.
Terry Pratchett.


A medida que pasa el tiempo una persona medianamente sagaz y muy poco reflexiva puede notar que el viejo decir sobre andar en círculo y no saber para dónde se va es más que cierto.

Bueno, que me perdone el querido profesor Ocanto porque es que los nombres de algunas cosas no me los sé. Cierto. La forma geométrica exacta no es el círculo porque a veces es más bien una elipse y cuando te descuidas resulta hasta una espiral.

Espirales, helicoides, elipses, círculos. No sé, no estoy seguro. Lo que sí sé es que el recorrido es curvo tal vez influenciado por algún tipo de masa ingente que modifica la trayectoria por culpa de la enorme fuerza de gravedad que genera, o más bien la gravedad de la fuerza, y la ejerce sobre la línea de la vida.

Y sobre la línea de la vida me dijo alguna vez una gitana más vieja que el tiempo, en el parque del Buen Retiro (una señora muy sagaz que lo primero que me dijo fue: “parecito faraó”, que te digo la buenaventura por unos pocos euros, y te adelanto que vienes de un viaje largo… Y lo último, después de pagarle, fue que no le contara a nadie lo demás), que la línea de la vida que pintaba mi mano tiene una curva sólida y clara. Que la cicatriz del corte con el clavo de la escalera de mi niñez no la engañaba aunque podía felicitar al médico que me la cosió.

Entonces reviso el borde de mi autopista, su isla, sus paisajes, y es cierto: es una curva. No pasa por el mismo sitio porque la dimensión que representa el tiempo, o más bien la interpretación que se hace de ese fenómeno que no existe (¿que sí? No me jodas ¿tú lo has visto?) hace que dos rayos no caigan en un mismo sitio solo porque para cuando cae el segundo ya el primero no está ahí sino en un paralelo espumante que no queremos entender porque no saldríamos de la casa nunca más.

A mí me gusta el paisaje. Tanto, que cuando veo y veo lo mismo simplemente veo lo que quiero ver. Nunca puedo ver lo que se supone que debo ver, ni lo que otra persona quiere que yo vea, ni lo que manda ley alguna. Veo lo que quiero ver. Solo eso. Veo círculos más o menos definidos. Tanto como me atrevo a definir porque es que la cobardía tiene sus aristas.

Por eso es que John Parker Dimitrinsky, mi perro, tampoco puede ver a nadie.

Ni a los Borbones, ni a los Tudor, ni a William Penn, ni a Lincoln, ni a De Gaulle, ni a Patton, ni a Idi Amin Dada, ni al PRI, ni a Buffalo Bill, ni a Mao Tse Tung, ni a Marx, ni a Hittler, ni a Lenin, ni a Gómez, ni a López Contreras, ni a Rómulo, ni a Rafael, ni a Ibáñez, ni a Pasternak, ni a Trotsky, ni a Adriano, ni a sí mismo. Por mencionar solo a algunos objetivos de su ceguera.

Porque no le da la gana. La ceguera es voluntaria porque es necesaria. Es como la distancia. Como el tiempo. Como dios. No existen pero son necesarios.

Si no logro explicar lo que trato de decir fijémonos en Buda, ese gran anarquista incomprendido. Él tuvo una larguísima vida dedicada a predicar que somos dueños de nosotros mismos, pero al morir dejó la cosa en manos de unas personas con muy buena intención pero con el alcance limitado a dictar una serie de normas para llegar a ser budas. Algo así como que si quieres llegar a iluminarte y ser uno con buda tienes que hacer no sé cuántas genuflexiones al día, meditar otras tantas, estar pilas con el tema del karma…, qué sé yo. Finalmente no tiene nada de malo, solo que de lo que se hablaba era precisamente aceptarse a uno mismo como dueño de sí mismo, de las consecuencias de sus actos y de toda esa vaina que no tenía nada que ver con un librito de normas. Pero está claro que para ser budistas hay que seguir unas leyecitas de nada ¿eh?

Ser adultos. Eso es todo. ¿Utopía? No, la utopía no es posible y yo estoy aquí sentado escribiendo ¿no?

Yo no creo en las leyes ni en las figuras paternales. No creo en nada que me obligue de forma definitivamente abstracta a aceptar disparates concretos. Dogmas, por ejemplo.

Una verdad que todos los anteriores asumieron y aceptaron es que la anarquía es sinónimo de la mezcla del vandalismo y la violencia. Entiendo que con la ceguera inherente, al ser humano se nos pierde la paciencia con facilidad y finalmente la letra con sangre entra. Es decir que si uno se pone un poco bruto, con dos garrotazos o tres, se termina entrando en razón.

Jajá. La razón de la pólvora. Del grito. Del manotazo. De la mala cara. De la desaprobación. Como me dijo el bueno de Simoncito una vez y cito textualmente: “los conquistadores les ganaron a los indios porque llegaron con la razón de su lado”… Dijo esto manoteando con vehemencia sobre una biblia… De locos está lleno el mundo... Me pregunto qué pensará ahora que hay una demanda internacional interpuesta por los indígenas del nuevo mundo ante los tribunales de no sé dónde contra España por la degollina que organizaron por acá metiendo en el mismo paquete junto con el cuchillo y la pólvora a la biblia y las enfermedades contagiosas varias que trajeron… Vaya razón ¿no? Claro, son loqueras que se dicen en la irreflexiva juventud, pero el caso es que esa idea no es exclusiva y eso es lo que me hace pensar.

Si a mí me desagrada tu manera de ver las cosas reviso y actualizo la mía. Es la única que me interesa porque es la única con la que vivo veinticuatro horas al día. Las demás las veo solo cuando me topan y perfectamente puedo escoger qué hacer cada vez.

Es lento, sí. Pero para eso tengo mi sentido del equilibrio.

El esquema en el que quepo es uno curvo. Mucho más grande de lo que puedo concebir. Mucho más grande de lo que estoy dispuesto a imaginar, y lo llamo esquema porque me falta léxico y realmente no sé cómo llamar ese accidente que produjo la vida y que va pasando por este momento bajo la lupa de los aminoácidos que generan estas ideas que sé bien no deben pasar al mundo de lo material. Son solo ideas y así deben quedarse.

Siempre repito la frase de mi abuelito que decía que él era ateo gracias a dios. Era su forma aguda de decir que ese tema no le preocupaba y estoy seguro que aunque se autoproclamaba comunista esto también lo traía un poco indiferente porque era anarquista. Todo lo ponía “sanamente” en duda. De esto se trata precisamente. Es que aceptar algo a pies juntillas, adoptar una bandera, llevar a cabo una misión, pertenecer a un club, para mí no es sino miedo.

Miedo a no encajar en ningún grupo. A no pertenecer a ningún club. A no ser popular. A pelar bola toda la vida.

Y porque pelo más bola que el inmortal es que hago briquetas.

Porque me acordé de mi otro abuelito que decía que el que no era adeco no tenía partido y que también decía que si la plata rindiera como rinde la ropa sucia, solo se le ensuciaría a Emilio Torcatt. No tengo que decir que ese señor era el del dinero en esa zona.

Séneca servía a su tiempo con unas ideas muy interesantes, pero Seneca no masca para pasarme unas facturas por la energía eléctrica que me dan un poco de amargura porque no se compaginan con el mal servicio que venden. No me sirve. No tengo que aceptarlo aunque me extorsionen con la amenaza de que si uso energía alternativa no me darán más el servicio. Ya veremos.

Esta semana tuve que pagar doscientos bolívares fuertes para que los del camión de la basura se llevaran el cerro de aserrín que tenía en la carpintería. Porque el aserrín sí que me rinde.

La lucha para que los del gas me traigan las bombonas hace que yo mismo tenga que cargarlas para ir a cambiarlas cada vez que se acaban. Vienen a los quince días que los llamo si tengo suerte.

Las leyes se hacen para proteger los intereses de los que las redactan y por eso es que no me gusta el cemento. Es el material por antonomasia. Antisísmico. Duradero. Estable. Suena a conversación con whisky y reloj de oro… Se fabrica a partir de piedras como las que extraen de los morros de San Juan. Las muelen y las calcinan, y las mezclan con algo de escoria y algunas otras cosas. Acaban con las montañas, recalientan y contaminan el planeta, redactan el código sísmico y te obligan a usarlo bajo la rigidez del ente llamado ingeniería municipal sin cuyo permiso y venia el banco no te presta la plata para que te hagas la casita que tanto necesitas.

Por eso hago briquetas.

Porque me sobra aserrín. Porque lo compacto bien y me sirven para cocinar, para calentar el agua del baño, para que Seneca y los camiones de gas y de la basura no me extorsionen, para no contaminar tanto, y finalmente porque prensarlas significó distraerme diseñando y fabricando el ingenio para compactarlas. Porque reuniendo el aserrín y metiéndolo en la prensa, porque apilándolas y luego usándolas me relajo sintiéndome profundamente anarquista.

lunes 20 de julio de 2009

Tripas y exoesqueleto





Uno de los logros más hermosos del juego del Go
Es que está comprobado que, para ganar,
Hay que vivir pero también dejar vivir al contrincante.
El jugador demasiado ávido pierde la partida…

Fragmento de La Elegancia Del Erizo.
Muriel Barbery


Vivo en una isla ya lo he dicho muchas veces.

Sí.

Vivo en una isla que parece un zoológico que no está rodeado de paredes y rejas sino de agua.

Tiene sus senderos, sus merenderos, sus letreritos indicando más o menos la especie que se muestra en ese sector. Tiene su iluminación, tiene su sistema de alimentación, sus vías para desalojar lo procesado. Tiene su portero, sus celadores, hasta un director que ama los animales, sobre todo los gallos de pelea. Tiene hasta su clima propio y particular.

Cierto, no se produce nada más allá de la distracción de los visitantes, pero esos sí: te trasladan presto y expedito, si es que no te atracan. El gran negocio lo hizo el señor que trajo los Nissan Sentra. En fin.

Es un zoológico sin vigilancia.

Hay, sí, una pick up bien bonita que va de aquí para allá cargada de uniformados de película y unas patrullitas Corolla que tienen que guardar temprano porque no les funcionan las luces, pero esos no están para vigilar nada. Solo ocupan el cargo como para que no se diga que esa partida hay que devolverla por no haberle dado uso.

Para distraer al visitante hay un sinfín de actividades desorganizadas por muchos tipos de entes públicos y privados, y combinaciones inextricables de lo anterior con gradientes dignos de Víctor Frankenstein que dan vida a unos bichos que después no hay quién los mate… En la próxima glaciación tal vez…

Y en esta isla donde vivo con esa sensación diseñada y creada, tan humanitaria, de no sentirme enjaulado tengo una pequeñísima carpintería en la que trabajo algo más que madera. No importa lo que trabaje en ella sino el sitio en el que funciona: en un galpón industrial (sí, alguna vez encerró un ensayo de este tipo) que ahora es el inmenso trastero de un bambino de oro caraqueño que está haciendo una jaula loquísima en Chacachacare, tres áreas subarrendadas en la que funcionan tres carpinterías en sus tres tamaños disponibles (grande, mediana, y pequeña), y un estacionamiento nocturno para gandolas, carritos por puesto (que no sé por qué se llaman así si lo que son es autobuses), y Nissan Sentra…

El tema del micro clima no sé cómo fue que lo lograron, pero aquí llueve cuando en el resto del continente está la sequía, y nos morimos de sed cuando los demás se están ahogando. Pero esto no es tan simple, no. A veces nos ahogamos junto con los demás, y nos asamos en cambote. La mayoría del tiempo no sabemos cuándo es que va a llover, ni cuándo es que toca la sequía.

Aquí vecino de dónde vivimos está un viejito más antiguo que la creación que se llama para colmo Bienaventurado (los amigos le dicen señor Biena) que es el que le cuida los jardines a todo el mundo y se arrecha si llega a la casa a hacer el jardín y detecta que alguien le metió mano a su trabajo. Se te pierde un mes y ay de ti si se te ocurre entrometerte porque es que ya las matas parecen de una jungla… Bueno, el señor Biena es además el encargado de predecir los cambios climáticos básicamente para lo tocante a la siembra, la cosecha, la siega, y fregarle la paciencia a los albañiles del sector. Sí, viene jodiendo con que se apuren con ese friso porque ya hay virazón y la lluvia les va a tumbar toda esa vaina… Es un deporte local el traer las malas noticias. Hay un brillito de satisfacción en los ojos de quienes las traen y un dejo de desánimo entre quienes las reciben más que todo porque se les adelantaron…

Es un dicho nacional que quién coma la cabeza de la zapoara se casa con guayanesa, y que en Margarita no llueve… No me convence ninguno de los dos dichos aunque no me atrevo a negarlos categóricamente tampoco. La sabiduría popular es una vaina seria y puede terminar uno en el brillo de los ojos del señor Biena ese… Qué va…

Pero sí que llueve en Margarita. Caray sí que llueve… Y el señor Biena me lo viene anunciando desde hace mes y medio, desde que detectó la virazón (esto es que el viento que baja del cerro Matasiete se muda y baja del cerro Libertad) que yo trato de no tomar como me tomé al oráculo de los helados allá en mi lejana escuela de música… Sí, el heladero siempre decía con aire delfiano que él no sabía qué iba a pasar, ni cuándo iba a pasar, pero que de qué pasaba, pasaba…, y pasó el caracazo nada más ni nada menos… La siguiente vez que vi al heladero de la escuela noté que no le quedaba un pelo negro. Se volvió canoso del todo. Yo no quise preguntar nada.

Y lo que es digno de Hitchcock: la plaga de escarabajos voladores…

Es tremendo. No hay dónde esconderse. No hay cómo tapar las cosas. Todo aparece lleno de bichos de esos que llegan volando a estrellarse, treparse, empecinarse, empujarse, y morirse… Parece un revival, una invasión de Volkswagen otra vez, el carro más vendido del mundo, pero esta vez vienen volando y son todos marroncitos ligeramente tornasolados. Hubiera sido un hit ese color…

Yo me enfurezco muy antropocéntricamente y le doy la razón al Swami Prabhupada porque dijo que si uno comía carne, Dios, en su inmensa misericordia te haría encarnar en tigre, en tu próxima vida… Qué carrizo comerían estos coquitos… Y Dios en qué estaba pensando… No pongo en duda su criterio ni de vaina, pero se me parece un poquito al señor Biena. Muy respetuosamente lo digo… Ojo…

Entonces termino mi actividad aserrinezca y me siento afuera, en el área común del galpón a respirar un poco de aire menos ruidoso. Empiezan a aparecer los Nissan Sentra. Unos llegan zumbando, otros llegan roncando, otros inclusive siseando. Se estacionan en dónde pueden. Si hay techo disponible se atropellan para quedar bajo ellos, y si no, pues como los cocos: empujan y trepan hasta que caen panza arriba. Patean un poco. Mueren hasta la próxima lluvia que seguro que es prontito porque hay virazón. El brillo en mis ojos es producto del aserrín del masarandú.

Un chofer flaco como mis arcas se sienta siempre en la misma área que yo ocupo y se ocupa de sacar las cuentas que debe entregar y rendir al dueño de su Nissan Sentra. Hoy hice quinientos, me dice un día. Estuvo más o menos… Hoy hice setecientos, me dice otro. Estuvo bueno, es por la lluvia… Qué cagada, hoy hice trescientos. Mucho sol… Lo vienen a buscar en otro Nissan Sentra pero amarillito. Entrega las cuentas por la ventana del piloto, conversa un poco con el chofer. Se saca el peine del bolsillo trasero del pantalón. Se lo pasa tres veces por una ralísima cabellera tan magra como mis finanzas, se lo guarda de nuevo. Asiente mirando por la ventanilla del conductor. Da la vuelta y se mete en el carro por la puerta del acompañante. Se van dejando al escarabajo japonés durmiendo. A veces sacude una pata y se sabe que no está muerto.

Y va uno a la playa y allí están. Va uno al Sambil y no puede entrar porque están ahí también. Vas al mercado y es la misma vaina. Al cine. Al colegio. A dónde mires. Donde te metas. Y sigue la virazón…

Entonces me enfurezco tan antropocéntricamente como puedo y me pregunto mirando hacia el cerro Libertad en qué estaba pensando el creador de estos bichos invasores que íbamos a hacer nosotros cuando ellos aparecieran a borbotones. Qué hicieron en sus vidas pasadas. Serían así de tontos cómo para encarnar en coquitos tozudos de entre trescientos y setecientos al día, bueno o malo…

Encarnar… Encarnar... No se encarna en tripas y exoesqueleto. No hay carne. No hay encarnación. Se trata de un proceso ajeno a mi comprensión. Una esfera en un mundo bidimensional. No tengo los parámetros. No tengo las cifras. No puedo hacer ese cálculo. Me faltan datos.

Finalmente comprendí que en realidad ellos hacen lo que se hace cuando estás hecho de tripas y exoesqueleto.

sábado 27 de junio de 2009

“Ruidos”

Yo, Ceferino Rodríguez Quiñones,
Afirmo categóricamente, después de
Haber presenciado la bacanal de lechuzas,
Que todo está hecho de ruido,
que ruido eres y en ruido te convertirás,
que no existen otras partículas
más ínfimas que los Ruipitos.

Fragmento del Mago de la cara de vidrio.
Eduardo Liendo.

Una característica sine qua non de gerente es la capacidad de montar los proyectos en ejecución en un programa cerebral en tercera dimensión, o en las que se puedan, mientras más, mejor.

En este programa, como en el de Sabina Paredes Rojas, entra todo: desde el replanteo, el movimiento de tierra, la procura de materiales, la construcción del tanque de agua, las fundaciones, y pare de contar…, también que tiene que poderse incluir que hay que llevar el hielo, la comida, los tabacos de la sobremesa, regar las matas, darle de comer a los perros, parapetear el carro para que llegue hasta fin de año aunque sea, hacer marcos para aceitar la economía…, y, echarle pisón.

Este programa es un mundo en sí mismo que convive estrechamente con la cotidianidad pero solo se toca en el momento puntual de la colisión con la realidad del presente, en el cual se ve sólido como el granito sódico una casa en ejecución.

Para ilustrar esto daré el clásico ejemplo de la esfera arrojada dentro de un mundo de dos dimensiones: se diría que resulta imposible su existencia fuera del momento exacto en el que la esfera choca con el plano. Aparece un disco durante el breve instante del contacto, pero con el rebote, desaparecerá ¿no?.

Entonces, como el sentido del equilibrio sin el cual sería dificilísimo caminar (habría que pensar constantemente en la posición de cada parte del cuerpo para no ir a parar al suelo antes y después de cada paso) uno deja correr el programa que te avisa con razonable anticipación que hay que rellenar por allá porque prontito hay que parar los andamios y con ese huecote, imposible. Claro, que con la práctica el programa te avisa con el tiempo de sobra porque el acarreo no siempre se da con el rendimiento óptimo y, bueno, así es la cosa…, rozando de pronto con la realidad presente en la cual sonó la sirena de la cantera de enfrente y súbitamente es la hora de almorzar y allí mismito se ponen a gruñir las tripas cosa que te hace recordar que los perros no comen desde anteayer.

Se completa una vuelta de la rueda con la sirena, los compresores, las gandolas, y las orugas del jumbo.

Periódicamente una más o menos profunda detonación (según el tamaño de roca que se quiera obtener) me señala inequívocamente que el tiempo es un concepto contundente pero muy difícil de apreciar sin estos eventos estremecedores. Así como también el constante pof pof de la empacadura quemada me recuerda que el Auto Melange todavía corre y me siento Solo. No de soledad. Me refiero a Han Solo, el de la Guerra de Las Galaxias.

También están las cornetas, los alaridos margariteños, esos fenómenos icónicos de la estupidez humana conocidos como Boom-Car que son para personas que viven molestas con el prójimo y se lo demuestra no hablando ni dejando hablar…, los carritos por puesto que deberían ser prohibidos por la ONU por causar daños de lesa humanidad…

Y ni hablemos de las fiestas con música en vivo que hacen cerca de la casa con unas burradas de cornetas que dejarían en pañales a las que trajo Queen en aquel lejano concierto en el Poliedro de Caracas justo antes de que se muriera Rómulo.

El programa me permite aislarme hasta cierto punto. No escondiéndome dentro de él, sino ocupándome la neurona. Sí, tengo una sola neurona que muy masculinamente hace que solo pueda ocuparme de una cosa a la vez. Así que si pienso no oigo, si escribo no huelo, si hablo no veo…, y así… Es por eso que si manejo no contesto el celular. No porque sea peligroso, es que estoy manejando y por lo tanto no lo oigo.

Esto es indicativo de la tranquilidad que me produce echar pisón como un furruquero navideño. La única neurona está ocupada en no darle con semejante macana ni al tapial que es de madera de pino, ni a los pasadores internos, ni a la tapia precedente. Todo eso mientras se aplica la fuerza en cantidad justa sin darle con las manos al borde ni caerse de ahí. Hay que concentrarse porque el ruido del pisón es como andar en mi carro: pof pof pof, hasta que suena paf y ahí ya está bien.

Pero llega la tarde y debo irme a casa con premura porque como resultado de mi vida en el muelle a mi carro se le pudrió la caja de fusibles y no quiero saber qué le pasaría si trato de encender las luces. A veces me arriesgo a tocar la corneta tímidamente pero siempre pago este arrebato con horas de minucioso buscar dónde carrizo es que tengo que hacerle el nuevo puente al sistema eléctrico.

Así que me voy a casa después de haber regado las matas y dado de comer a los perros. Sorteo decibeles sólidos como las paredes que estamos haciendo, verdaderas saetas sónicas cuyas luces se descomponen y tuercen por su velocidad cercana a la de la imaginación, mandarriazos atávicos sobre bronce mitológico, balazos cuadrafónicos pixelados, petardazos megatónicos y reguetónicos, para finalmente sumergirme en un magma de sonidos oleaginosos pero perfectamente conocidos por lo que sus ángulos filosos no encuentran cuerpo donde incarse.

Porque el gerente sabio que transita el ruido no escucha gruñidos, gorgoritos, ni píos.

martes 12 de mayo de 2009

Jardín del Edén

Mi padre se entendió con mi Madre
Bajo la cola del Dragón
y la Osa mayor Presidió mi nacimiento,
De donde resulta que soy
Duro y lascivo.

Fragmento del Rey Lear.
William Shakespeare.


Hace tiempo ya, unos buenos ocho o nueve años, me mudé para esta isla tan particular después de que tuve un lío mayúsculo que resultó de la quiebra estrepitosa de una gran empresa de construcción que hicimos crecer violentamente, y del mismo modo se vino abajo.

Creamos, mi otrora gran amigo y socio cuyo nombre me reservo por no venir al caso, de la nada, una especie de hongo invasivo que al amparo del hueco legal referente a la permisología para la construcción que sufre el sureste caraqueño, creció violentamente.

Para dar una idea puedo decir que éramos un grupito de cinco o seis personas que trabajábamos con nuestras manos generando trabajos por el orden de los treinta y seis millones anuales, lo que para la época permitía hacer el mercado y pagar el condominio si no había cuotas especiales.

Pero después de una exposición de esas de construcción organizada en el Poliedro de Caracas, contratamos algo así como millón y medio de dólares en menos de un mes lo cual nos obligó a crecer (casi cien personas) como Frankenstein, empujados por la locura y un corrientazo descomunal hasta el descontrol absoluto que solo es posible cuando se tiene más testosterona que sangre en las venas.

Me volví un bicho incontrolable, transgresor, atropellador, despectivo, ególatra, y profundamente ingenuo en el fondo por lo que se dejó ver más adelante. Confieso que hice cosas que pagué bien caro después, y bien hecho plátano jecho…

Por la razón que sea eso se vino abajo. La plata entraba a velocidades de vértigo aunque subrepticiamente se fugara más rápido, y respondiendo a la ley de gravedad la empresa subió y bajó. Plaf.

Recogiendo pedacitos de aquí y de allá con la realidad ante los ojos que inequívocamente me decía que en Caracas no contrataría nunca más ni una casita de muñecas, me vine a morir entonces a esta isla de los extremos.

La verdad sea dicha que poco me importaba ya si me quemaba el sol, si no tenía amigos, si la piel se me llenaba de ronchas, si pasaba hambre (porque de todo me pasó por cosas, digo yo, del plan de crédito del Karma) yo, personalmente, me entregué al vacío de esperanza, a la muerte del alma, al nihilismo, al no me importa un coño ¿qué me van a quitar la patineta también? ¿ah? No me jodan… Y me dediqué a sobrevivir un día y luego otro, básicamente porque tengo una hija chiquita (bueno, ya tiene once casi doce años) y hay que alimentarla ¿pero qué hice para alimentarla? Pues me dediqué a realizar trabajos de poco lucimiento y a soportar una malísima relación de pareja que no sobrevivió (lógica y naturalmente) a tanto avatar. Es decir, que decidí todo lo conscientemente que podía dadas las circunstancias, a poner veneno en la mesa de mi hija y es que estoy convencido de que aquel que pone en su mesa comida procedente de un trabajo que detesta envenena a su gente. Pienso también que esto no me importaba mucho porque total que yo ya estaba muerto.

Recuerdo que un domingo me rebelé ante mí mismo y salí en mi bicicleta de montaña a dar una vuelta larga por la Laguna de Las Marites y tras mucho echar pedal y remendar pinchazos terminé por salir cerquita del aeropuerto.

Pues bien, salí allá y me regresé por la autopista porque me había echado gran parte del día en eso y no quería un lío tan enorme en casa cuando regresara.

Llegué por fin como a las dos y media de la tarde bajo un sol que pocos pueden entender si no han vivido en esta isla. No basta haber pasado vacaciones, tienen que haberlo vivido. No tiene modo real de descripción. Quiero decir que por más palabras que gaste para explicarlo nada se parecerá a lo que realmente es (Por eso vivo con lentes oscuros de los que se usan para esquiar porque tienen gríngolas que me cierran la entrada lateral de la luz generándome un mundo propio y privado, amén de protegerme los ojos de esos rayos mortales que enceguecen a un tigre de bengala). Decía que llegué bajo ese solazo y como ya hacía rato que me había gastado el galón de agua del “Camelbak” además de la botellita de “Gatorade” que llevaba en la riñonera, no hice sino llegar, tirar la bicicleta llena de barro salobre de la laguna en el jardín y echarme un gran manguerazo ahí mismo.

El agua fresca me corrió por la cabeza y la nuca llenándome de una alegría básica cercana a la felicidad y por menos de un segundo pensé que después de todo mi muerte cómo que no era tan definitiva así que digamos…, pero pensando esto el agua tuvo tiempo de llegarme a la entrepierna y provocarme un ardor tan intenso que me cerró el ángulo de visión y me ensombreció el ambiente. Como pude corrí al baño y me saqué los pantalones de montar junto con los calzoncillos y gran parte de la piel (con todo y pelos) del territorio ecuatorial protuberante reproductivo, dejándome las humilladas bolsitas esas como una cabeza de pulpo pasada por agua hirviendo.

Esta horripilancia tardó casi medio año en sanar por completo porque el calor no lo dejaba curar. A diario sufría réplicas de tan telúrico suceso, que aunado al hecho del triste trabajo con el que me ganaba la vida y el trance terminal de aquel matrimonio, la verdad creí no merecer nada más de la vida la cual se convirtió en un molesto compás entre ese momento y el de la verdadera muerte.

Pero ese lapso me hizo darme cuenta de muchas cosas, de arrepentirme de algunas otras, de dejar de culpar a los demás por mis desatinos; me dio tiempo de dejar salir un Luis Guillermo más tranquilo, centrado, resignado, y tal vez espiritual. Me dio tiempo de darme cuenta de cuáles eran mis prioridades, de lo que quería de la vida. Y como tranquilizante de otra índole también porque mudó mi abstinencia, del desprecio conyugal, al motivo de enfermedad, lo cual sí se traduce aunque sea en una triste diferencia.

De lo que no me dio tiempo fue de darme cuenta de que debía dejar perder porque perdiendo también se gana. Pero no importa, después tendría tiempo de renunciar aun a un par de cosas más que más adelante, o no, vendrán al caso.

Recurrí de nuevo al infantil recurso del cinismo para defenderme de tanto disgusto colocándome del lado de a los que nada es capaz de sorprender porque al final la vida no es sino una mierda a la que hay más bien que sobrevivir sin sorprenderse de que en efecto la mierda parece ser infinita y mutable como “piumma ‘l vento”…, entiéndase lo que sea.

Pero he ahí que la vaina no se jode hasta que no se jode.

Conocí un excelente pintor con el que hice buena amistad y me dediqué a montarle sus cuadros… (Los antecedentes de este oficio no los relataré en este instante porque se me va a ir el cuento por sobre las cuarenta páginas) Esta relación de amistad comercial desembocó en que el pana me prestó un local que no usaba, que está en un centro comercial a la orilla del mar, junto a una marina en Porlamar.

Ya el hecho de que alguien volviera a confiar en mí y que yo pudiera volver a ganarme la vida sin tener que envenenarle la mesa a nadie me hizo demostrarme que en realidad yo lo que tengo es una tendencia real y profunda a querer vivir.

Hice mi casa ahí, en el sentido de que le entregué lo mejor porque sí, porque tal vez volvería a tener las riendas de mi vida, porque tal vez mi esposa ya no me odiaría tanto ni yo a ella, porque tal vez merecería esas sonrisitas bellas de mi hija querida. En fin, largué el resto y a consecuencia de eso aquí me dicen Luis, Luis el Marquetero.

Volví, mal que bien, a mantener mi casa, a poder ir al cine, a comer un helado…, pero eso no remendó lo “irremendable” (porque tampoco nadie quería remendarlo) y sobrevino la separación tan largamente anunciada, y en ese día y momento me fui a vivir al velero que había comprado mi Papá.

Aun en mi tarjeta de Sigo la proveeduría figura mi dirección de entonces “marina del Concorde, muelle de Carmelo, tercer barco a la izquierda”, lo cual indica el primer amarradero porque después lo moví al lado derecho para poder dormir bien. Es que yo no puedo dormir con la cabeza apuntando al sur.

Allí viví el tiempo suficiente para darme cuenta de que sí hay que renunciar a más si se pretende la claridad, la libertad (no me refiero a la de hacer lo que me de la gana, sino la de ser dueño de pensar lo que me da la gana) y una cierta aproximación a la espiritualidad.

Pensé muchos disparates también, como aquella noche de insomnio habitual en la que me dediqué (con Orión más arriba de la cruceta del Kamourashka”) a desentrañar la procedencia de cada ruido y llegué a la conclusión de que el castigo kármico al martirio tenía que ser la reencarnación en mástil. Sí, es que se pasa su existencia llevando fuetazos que le dan las drizas movidas por el viento. Pensé que una vida tan azotada para alguien tan recto era, lo menos, una iniquidad.

Pensé también en que la lluvia me estaba purgando el castigo por tanto sueño húmedo haciéndome mis insomnios más y más mojados cada vez por culpa de una exuberante temporada de lluvias y una cubierta como un colador.

No fui capaz de afrontar ninguna solución de índole práctica porque supongo que mi neurona estaba ocupada con la supervivencia del cuerpo. De hecho, no descuidé nunca mi alimentación, que magra sí era, pero sana como ella sola. Recuerdo que la vez que cometí un descontrolado exceso en una fiesta que hizo un gran amigo en la cual comí y bebí como Thor rescatando su martillo y estuve tres días fuera de combate enfermo como un tonto.

Salí del barco cumplida mi condena y purgada mi culpa hacia un apartamento que alquilé en Juan Griego, que aun quedando en un cuarto piso hacía agua también. Supuse que el lío acuático ya estaba solucionado, pero no. Salí del barco porque habiéndome hecho novio de mi actual esposa ella quería venir a pasar semana santa con sus hijos para hacer un bonito acercamiento entre ellos (sus hijos y mi hija, y todos a la vez) y yo no quería ni podía recibirlos en ese barco goteroso. Por eso me mudé. Bien se dice que el hombre solo se enrancha ¿no? Y qué puedo decir, que esa semana santa no hubo agua en el apartamento ni una sola vez… Qué joder…

De eso harán ya sus buenos cuatro años y pico con los que se desdibujaron todos los recuerdos no ya por la distancia temporal, sino porque ese lapso ha permitido que emergiera el Luis Guillermo que estaba abajo, pisado por la testosterona, la culpa, el qué dirán, las convenciones, la pensión alimentaria, el sol y los contrasentidos de esta isla.

No estoy seguro pero me parece que salí a la cordura atravesando la locura como dice Terry Pratchett... Sí, creo que o me terminé de tostar o los locos son los demás aunque eso realmente no me interese demasiado. Porque ahora veo las cosas con una serenidad sabrosa aunque esté angustiado por algún pendiente, que siempre los hay. He logrado darme cuenta de lo colectivamente aislados y al mismo tiempo lo solitariamente acompañados que estamos, todos a la vez.

El cinismo pasó a ser un recurso humorístico más que una línea Maginot de defensa inútil. La vida me parece ahora un fenómeno inaudito pero maravilloso al que hay que rendirle ciertos tributos de respeto haciendo el tránsito por ella con el cerebro encendido aunque eso signifique que se dificulte un poco actividades como el baile y la exploración del hemisferio derecho… Cierto, el cinismo fue innecesario, perdón, se me chispoteó…

Lo cierto es que me las he visto canutas y de cuadritos pero he tenido una vida revisada…, ¡uy! Eso sonó a despedida… No, lo que quise decir es que he venido manejando mi carro dormido y ha sido una enorme suerte que no me estrellara irremisiblemente. Pero si sigo al volante, ahora con los ojos abiertos y el cerebro encendido, es porque soy bueno en esto o porque tengo un santo grande que viene a ser más o menos la misma vaina.

Me da mucha risa, porque transitar el infierno con la promesa de alcanzar el Edén como combustible es una vaina que se inventó hace mucho y de la cual he dudado siempre. Me parece un mal sistema de comercialización de la idea que ahora me ocupa, pero lo cierto a mi modo de ver es que es más o menos así también. Basta con abrir un poco los ojitos estos con los que mi Madre me parió, mantener la conexión de las líneas auditivas con el centro de control, y básicamente no arrecharme mucho por las barbaridades de contradicciones que se suceden constantemente.

Sí, existen personas que promulgan la moralidad y la ondean como gallardetes, enseñas y grímpolas, pero a los cuales se les descubren dobles vidas, hijos secretos, infidelidades, inconsistencias… Gentes salvadoras que paran en matones… Prójimos que lavan las caras pero llevan los culos podridos… Tetas de goma, labios de no quiero saber qué, inyecciones de toxinas, para parecer aquello que no son y terminar pareciendo irremisiblemente lo que sí son… Carros exagerados para seres insignificantes… Negocios coronadores para los innobles… Religiones para los malignos… Sí, existen las contradicciones más aberrantes sobre todo muy expuestas en un microcosmos tan pequeño como esta isla y por eso más notorias, pero eso no es lo que me estrujaba la existencia.

Lo que me hacía dura de tragar esta, digamos, realidad, era mi inseguridad frente a este tema. Mi falta de convicción con respecto a la posibilidad de vivir fuera de ese pantanero. Mi fatalista intuición que barruntaba mi propia hipocresía. Yo también me contradigo, yo también quebré una empresa y le causé daño con mi profunda idiotez mucho más que culposa a gente que no me había hecho nada. Yo también metí máquina en un cerro para echarlo abajo sin permiso solo porque podía hacerlo. Está bien, yo no tengo hijos escondidos, pero sí puse uno que otro cacho y esa es la verdad. Yo he teñido virola para meterla como caoba. He comido más rápido que los demás para poder comer más. Yo le he mandado a lavar ese culo a más de uno que me quería mal, o bien, no es importante. Yo le he dado la espalda a más de uno simplemente porque me molestan. Yo he sido soberbio y arrogante y a veces sigo recurriendo a eso porque sí o por lo que sea.

El caso es que saber que las contradicciones nos hacen humanos, porque es que a un mono o a un perro tal vez se le haga difícil contradecirse, y que no existe gente eximida de esto hace más llevadera y hasta divertida la vaina, pero si y solo si meditamos al respecto. Que sea una decisión y no un impulso.

Ahora sé que si así lo decido, puedo ser un monstruo del averno o vivir en el Jardín del Edén. Y hacerlo alternativamente incluso. No significa más que lo que significa la condición humana misma.

Sigo usando mis anteojos de esquiador pero no ya como escudo ni como arma. Los uso porque, de verdad, hace sol que jode en esta isla del carrizo.

jueves 7 de mayo de 2009

¿Engaño? ¿Desengaño?

Si Marx y Engels revivieran y se dispusieran a escribir
un manifiesto comunista nuevo,
quienes somos auténticamente de izquierda
deberíamos alzarnos y pedirles que no lo hagan,
que los proletarios del mundo, unidos,
no queremos que nos echen esa vaina otra vez,
que no nos salven, que dejen que nos jodamos;
te aseguro que nos irá mejor.

Francisco Suniaga


Sí señor, ser de izquierda era una identidad. Y diría que serlo (realmente) ahora es una proeza.

Cuando yo era niño, hace una pila de años, eso está claro, la crianza de un carajito como yo pasaba por una especie de preparación para vivir a plenitud el cambio en ejecución, en ejercicio, que experimentaba la humanidad toda.

El cambio romántico signado por el amor y la paz, algunas sustancias subversivas, una que otra idea alegre (¿o era al revés?), un reconocimiento de que la autoridad ejercida como se había hecho hasta entonces no conducía sino a atrocidades como las muertes en Vietnam, la del Che, la de Víctor Jara, el enriquecimiento descomunal de unos cuantos a expensas de unos muchos, y así…

Se suponía que la propuesta de Marx y Engels, el éxito de Fidel, las letras de Lennon, el movimiento estudiantil, el mayo francés, qué sé yo, la vaina que le echaron a Nixon, nos llevaba directo a un mundo mejor…, o por lo menos yo lo entendía así y Mercedes Sosa, Violeta Parra, Joan Báez, y algunos otros también, me pareció.

Claro que no tenía aun en mi haber ni un solo choque con la autoridad más que aquella célebre vez que el Padre Francisco S. J. director del colegio citó a nuestro representante porque mi hermano y yo teníamos sendas melenas. Se presentó mi Papá muy obediente, y al verle el Padre la tamaña tumuza con el aderezo que significaba su hirsuta y bolchevique chiva dijo: nada señor, nada, que a la legua se ve que la cosa es de familia…, vaya tranquilo y disculpe la molestia… O sea, que no fue un choque demasiado fuerte ya que, supuse, el mundo estaba cambiando para mejor.

Más tarde empecé a sospechar que el cuento no estaba del todo claro. Sí, conversando con un amigo de la misma calle para explicarle todo, hijo del dueño de la bodega que quedaba en la esquina contraria a mi casa (en aquel Barquisimeto de los setenta) quién a todas luces pertenecía a ese proletariado al que se tenía que salvar para que pudiera disfrutar plenamente de ese mundo mejor que se estaba gestando ya con parto inminente...

Pues el muchacho me miraba como si le estuviera arengando en mandarín o como se le oye hablar a un pana querido que está hasta el culo de alguna sustancia prohibida y uno no quiere herirle los sentimientos.

Claro, yo le explicaba en aquel lejanísimo año setenta y tres que el problema era (esto se lo escuché a un camarada de mi Papá y me pareció que la cara de asombro de los contertulios apoyaba de sobra dicho argumento, y lo adopté) que la autoridad se había convertido en una finalidad en sí misma, que no estaba realmente puesta para hacer cumplir unas normas concebidas para el bien colectivo sino para mandar y punto, y era de eso, entre otras cosas, de lo que había que salvar al pueblo.

Se suponía que esta autoridad ejercida por sí misma y para sí misma era la principal herramienta del opresor en la consecución de su perpetuidad. Para un ejemplo se nombraban a los gamonales peruanos en descenso gracias a la reforma agraria, y a los adecos en ascenso (no por mucho tiempo según el camarada) gracias al petróleo… Hay qué ver lo bien que me aprendí la plana, y lo poco que la medité ¿no?

Y regresando esta mañana del aeropuerto, treinta y siete años más tarde, le agrego a la autoridad la complicación de la dualidad transferible/intransferible de su carácter. Me refiero a que a mi regreso del aeropuerto me encontré con una tranca del demonio: tres horas y media estacionado en la Juan Bautista Arismendi porque los trabajadores del transporte público habían tomado las entradas de Porlamar en una operación que ríase usted del Caracazo y demás mangas de chaleco.

Durante la “temperada” obligada que me eché en esa explanada calcinada conocida como “Macho Muerto” por supuesto que formé parte satelital de más de una tertulia entre vecinos vehiculares. Así fue como me enteré de lo que estaba pasando: que los trashumantes de la rueda estaban hartos de que se les matara y asaltara un día sí, y el otro también. Que reclamaban la presencia de Morel (el gobernador) para que les resolviera el asunto, y he aquí lo que recogí: que una manifestación arbitraria como esa había que disolverla con la presencia de la guardia y a planazo limpio, que por culpa del gobernador era que estábamos así.

Esa fue una señora zamarra natural de Willendorf de panza a tres tetas que manejaba una pickup.

La señora manierista del Yaris dorado y bluyín de marca decía que era mejor usar la guardia para agarrar a los asesinos de taxistas, que la vaina era culpa de la falta de autoridad (presidencial).

El ingeniero de la Autana hablaba por el celular dando órdenes para que no sé quién se apurara en hacer lo que no sé quién no les dejaba hacer y que seguramente estaría ocupado con los sucesos de hoy.

No me voy a extender dando versiones del mismo tema para no cansarlos. El hecho es que la opinión más o menos promedio, y de la tendencia que fuera opinaba que las autoridades tenían la culpa de eso que estaba pasando. Tanto de la muerte de otro taxista más a manos de una fuerza hamponil cada vez mayor, que coloca la profesión de taxista más arriba, en la escala de peligros laborales, que a los míticos pilotos de helicóptero.

Cuando se refieren a las autoridades la vaina le cae, desde el policía de a pie, hasta al mismísimo presidente de la república. En escalera, pero también individualmente.

No, pero si es que esa gente está ahí nada más que para mandar y para meterse una bola de billetes al bolsillo, no importa de dónde salgan, pero cuando tienen que presentarse para defender al pueblo que lo escogió, si te he visto no me acuerdo…, eso lo decía la señora de las tres tetas que era la que mejor bregaba contra el viento y el ruido automotor en medio de aquella desolación a la que solo le faltaba un Simplicio y un italiano mala paga pero dirigidos por Olegario Barrera.

Y yo pensaba metido en mi carro para que no me secara el poco seso que me queda esa dupla terrorífica que hacen el sol y el viento en cantidades industriales, que la razón no es una cuestión de método ni de lógica, que la razón la tiene el que logra reunir más adeptos en un momento dado. Después ya no importa porque ya tuvo su rato de celebridad. La razón depende de la publicidad que se haga…, del marketing, pues.

Y que sí íbamos más allá, en el mismo pote se puede meter las ideologías. Es la misma vaina que ir a una tienda de pantalones: buscas modelo, talla, color, material, te lo pruebas, y si te ajusta y lo puedes pagar cómpralo. Luego puedes usarlo como símbolo de status y trabajar para poder mantenerte a ese nivel de marca de pantalones. Llamémosle la ideología-pantalón de Moebius.

Ahí mismo me saltó encima la verdad de mi desengaño ideológico de cuarto grado (de primaria) que siempre le achaqué e mis padres y su divorcio (ojalá sepan perdonarme) teniendo poco que ver eso en el asunto. Lo que pasó fue que me di cuenta de que nadie quería ser salvado. Menos por unos chibúos en carros viejos y ropas raídas, haciéndome rebotar en mi caída desde las alturas del Manifest der Kommunistischen Partei hasta una muy diferente de Mein Kampf.

Y en esa rebotadera entre tienda de pantalón y tienda de pantalón fui desde los Borbones hasta Idi Amin Dada; del Sha de Irán (con todo y Farah Diba) a Medina Angarita (incluyamos a Doña Irma Felizola para no hacer menos); me fui desde Tomás Ibáñez hasta Aldous Huxley, y tal vez por eso fui a parar muy cerca de preferir el sistema de castas… Un viaje agotador como él solo que me hizo poner en duda todo lo que conocía e iba conociendo, para convencerme de nuevo, y caer nuevamente en el desconocimiento y en esta pregunta: ¿puede el ser humano inventar algo útil más allá del martillo?

Hoy, en medio de la descomunal tranca de tránsito, bajo ese sol que aplana todo lo que se le escapa al viento entendí lo que quería decir la frase de Pasternak que reza “el hombre nació para vivir, no para prepararse a vivir”, y me dio un poco de vergüenza pasarme cuarenta y cinco años preparándome para vivir. Buscando una respuesta que no existe para ver de qué modo podía acojinarme mejor en el albur de la vida.

No existe un sentido de la vida. No hay que engañar a los menores con un embuste críptico tan jodido. En vez de eso hay que vivir lo más cómodo, lo menos complicado: simple, pues. Para que después, a la vista del tren que nos ha de llevar de aquí, no nos entre la caga mayor junto con el enorme cargo de conciencia de haberle embromado la vida a nuestra prole con las mismas monsergas con las que nos jodieron a nosotros.

Perdónenme entonces, viejos queridos, por echarles el ganso a ustedes que no tienen nada (o poco) qué ver con este engaño-desengaño, porque hoy sé que a ustedes también les echaron mal el cuento.

Todo es marketing nada más.

jueves 9 de abril de 2009

Foreman vs. Clay

Tanto si piensas que puedes
Como si piensas que no puedes,
En ambos casos tienes razón.

Henry Ford.


Caray, a ver quién pega más duro…

Recuerdo cuando estaba en quinto grado de primaria, en el Fray Luis Amigó, colegio de frailes terciarios capuchinos al que hasta ahora pensé que no tenía yo por qué haber ido a parar, que se suscitó toda una polarización de la sociedad caraqueña por el gran enfrentamiento, gran pugilato en toda regla, entre George Foreman y Cassius Clay quien por esos días más o menos se hizo musulmán cambiándose el nombre a Mohammed Alí, emulando a Cat Stevens, pero no tan afinadamente.

El caso es que desde la eterna pugna Caracas-Magallanes, hasta la guanábana adeco-copeyana, perdieron una abrumadora importancia y una montaña de centímetros en los periódicos frente al fenómeno así promocionado: choque de trenes.

El tigrito en blanco y negro interrumpía su programación habitual para intercalar información de último segundo sobre los preparativos de la lucha. Henry Altuve convertía la feria de la alegría en informativo a velocidades de Pedro Montes y su feria del arte con los de tres mil a trescientos, y los de mil a cien. Todo porque iba a pelear Foreman vs. Clay.

Machado iba por Foreman. Blanch también, claro. Sostenían (y parafraseo textualmente) que él tenía más “punch”. Joder.

El padre Severiano iba por Clay. López y Pinto también iban por Clay. La razón era que Clay era más rápido y asimilaba mejor la pegada del contrincante llevándolo al cansancio a través de la desesperación. Buéh, no voy a comentar nada.

En cambio Ross iba también por Foreman… Eso me parecía raro. Yo me entiendo.

En el caso de las niñas Carmencita, Bolinaga, Teresita, y no me acuerdo quiénes más, iban por Clay porque según ellas era menos feo y menos negro que Foreman.

Recuerdo que Lorena y no me acuerdo cómo se llamaba su inseparable iban por Foreman porque ese grupito de Carmencita me cae malísimo.

Yo no sé bien por quién iba porque la verdad es que yo me acababa de bajar de mi nave sideral y no había escuchado hablar de esos dos fenómenos, pero ni en pelea de perros. Claro que ante la insistencia de López y de Pinto para que tomara partido me decidí por Cassius Clay pero mi razonamiento fue que ese nombre sonaba muy parecido a ketchup heinz, y la salsa de tomate nos gustó mucho siempre en casa. Por descontado que eso no se lo dije a esos dos furibundos clase media, porque no me iban a entender. Me bastaba con entender que si a mí me gusta la salsa de tomate, y a ellos Mohammed Alí, todo iría bien encaminado hacia una mayor profundización de nuestras amistades, allá, en aquel triste edificio sin patio para jugar.

Recuerdo que teníamos en el apartamento uno del edificio Beatriz de la calle Suapure un televisorcito Phillips hecho de bakelita (igualito a los agarraderos del sartén pesado con el que mi mamá alguna vez me dio mi tatequieto, por inquieto precisamente) en el que vimos finalmente la pelea.

Mi abuelo Elías acentuaba cada martillazo que se metían aquellos dos mastodontes con su característico ¡caráj! Así que yo sabía sin lugar a dudas lo que estaba pasando porque rápido aprendí a interpretar por la entonación del carajazo: sí, cuando pegaba Foreman, el ¡caráj! Tenía un no sé qué de reproche parecido al que decía cuando iba a pagar algo que había subido de precio. Si pegaba Clay, el ¡caráj! Era más agudo y lo acompañaba con un amago de incorporación. Pensé en que podía parecer un buen ejercicio para los abdominales, pero no.

Finalmente se comprobó la tesis del padre Severiano y su combo: Clay ganó, pero la cara le quedó como el buche de un pescado pisado puesto al sol en la arena. Pobre hombre. Y por ahí dicen que el daño cerebral que tiene no está relacionado con su capacidad de asimilación de trancazos. Y hasta razón tendrán. No sé.

Recuerdo que en la misma época se estrelló un avión en la planta baja de un edificio en la avenida Río de Janeiro. Un avión que estaba haciendo acrobacias sobre la base aérea de La Carlota porque era la conmemoración de la batalla quién sabe cuál. Inició el rizo a muy baja altura y se clavó en el edificio. Después pusieron en ese mismo sitio una tienda especializada en artículos para arquitectos. Hasta mis conclusiones saqué, pero no vienen al caso.

En casa estábamos viendo la vaina por televisión porque estaba en cadena y el clima no estaba muy sabroso como para salir a inventar travesuras, y se vio gran parte del asunto.

Claro que salimos corriendo, mi hermano y yo, desde colinas de bello monte para ver la cosa aunque no llegamos porque comenzó una llovizna muy desagradable. Resolvimos entonces hacerle caso a mi mamá y no fuimos a buscar problemas.

El cuento viene porque ese notición duró en la televisión, radio, y/o periódicos, un instante en comparación con lo que ocupó la pelea de diplodocus vs. megaterio. Ya empezaba a comprender muy erradamente que al cuerpo hay que darle castigo para, con algo de tiempo y mucho de suerte, valer algo en la vida.

Y claro, a uno, la gente que uno respeta le dice que es imprescindible aprender a pensar. Pero por otra parte ves una piara de báquiros en el mundo que solo son capaces de pensar en un sin sentido tan descomunal como una pelea miura vs. gorilón, de la que ni siquiera están sacando provecho económico…, y pienso que tengo razón. Pues no.

Es que uno se baja de la nave interestelar con pensamiento y cuerpo pésimamente mal conectado, a ojos del adulto que luego tratará de ser. Comienza una peregrinación entre espejismos y cantos de sirenas con jornadas de manos tendenciosas, temerosas, controladoras, culpógenas, religiosas, materialistas, contradictorias, y resulta inevitable que se caiga uno dentro de la marisma de la razón irracional. De la mentira. Del engaño. De lo que no funciona.

Es simple.

El cuerpo es el de un mono con pocos pelos pero mono al fin, al que se le suma el grandioso inconveniente del raciocinio. Tienes que alimentarlo, limpiarlo, desparasitarlo, dejarlo dormir, darle placer (solitario o con compañía), curarlo, repararlo, ejercitarlo…, en suma: hacerle mantenimiento preventivo y correctivo como el que se le daría a cualquier animalito al que uno aprecie. Solo que al animalito lo trataremos con cariño porque damos por descontado que es un animalito sin más.

A uno mismo, esos cuidados nos preocupan, nos llenan de culpas, nos molestan porque son bajos. Son necesidades del cuerpo y el cuerpo es bajo, es la tierra, es el sudor hediondo, es el recordatorio de lo efímero y básico que somos…

Entonces nos volvemos hacia el pensamiento, hacia la expresión y testigo del alma y viene el genio de Descartes a decir que pensamos, luego existimos…, y es inherente al pensamiento la idea de la existencia de un ser perfecto, que por ser perfecto tiene que existir porque un ser perfecto solo puede ser perfecto si existe… ¡Caráj! ¿cómo voy a leer un documento generado en Word 5.5 en mi 386 que aun tiene wordstar? La pregunta es ¿cómo va a concebir un ser perfecto, un ser imperfecto? Bueno, pero no es sobre lo que yo pienso de Descartes, sino que de qué supremacía del pensamiento sobre el cuerpo vamos a hablar sabiendo que sin el cuerpo, el pensamiento se las vería de cuadritos para llegar a expresarse.

¿Mente sana en cuerpo sano? ¿no será cuerpo sano resultante de una mente sana?

Mi muy personal opinión es que el pensamiento es un traidor mucho más material que potencial.

¿Por qué no quiero hacer otra cosa que no sea trabajar? Fácil, porque si no toma el mando mi pensamiento, que es extraviado y flojo. Me hace asumir una torpeza matemática solo para no tener que ocuparse. Me hace renegar por tener que pensar en pagar la luz, o hacer el mercado. Me hace sentir mal porque mi primate corporeidad huele a embutidos rancios apenas dejo de lavarlo y lavarlo como un poseso. Me hace desligarme del cuerpo enarbolando la bandera de la superioridad y la supremacía del pensamiento. Todo esto no me hace ser mejor. Tristemente solo me amarga la existencia porque no hay manera de que mi vecino piense.

El pensamiento me pone zancadillas, me entrampa, me manipula, me desestima, me desprecia y deprecia por lo menos en un incierto cincuenta por cierto. La parte que le toca al simio, claro.

Pero vengo yo, y en una noche de desvelo del cuerpo por culpa del traidor e irresponsable del pensamiento que no se le ocurre pensar que si mi cuerpo está sano él estará mejor (ambos estaremos mejor), y le doy golpe de estado. Golpe de facto. Agarro por el pescuezo al condenado traidor pensamiento irracional e infantil con una mano que sabe trabajar madera, piedra, metal, vidrio, fuego, agua, que lo mismo blande una mandarria que digita en un teclado, que sabe acariciar y romper huesos, que sabe lo que el pensamiento no ha tomado en cuenta y le explico muy corporalmente que o me deja dormir tranquilo o le demuestro que es un bolsa.

El pensamiento me dice mono cavernícola y yo le respondo que si no me cuida será él quien se vuelva más y más torvo y en ese instante lo comprende: si frente a ti tienes un muro de tres metros de alto tu cuerpo ni pensará en saltarlo. Antes buscará y encontrará una solución segura. El pensamiento le sale con la traición de susurrarle arteramente que piensa en una limitación y ciertamente la tendrás… Pensamiento traidor ¿cómo vas a meterle esa culpa al cuerpo solamente por ser prudente? ¿qué necesidad hay de que el cuerpo se rompa una pata para darle el gusto al pensamiento? ¿qué necesidad hay de erigir una catedral absurdamente inmensa a una idea tan incierta? No sé, esa plata se hubiera podido usar para educar a la gente y así no ser una raza tan miserable… Bueno, no sé… Pero guindarle un collar de culpas en el cuello al cuerpo y tratarlo con displicente desprecio por ser el vehículo y recipiente del pensamiento me parece la más abyecta traición que concebirse pueda.

Dígame entrampar el cuerpo en la peligrosa búsqueda quirúrgica de la volumetría improbable, solo porque el pensamiento está comandando incompleto, solo, soberbio, irracional. El pensamiento es una vaina.

Está bien, mal y bien son parte de la misma cosa. Alto y bajo. Bonito y feo. Engaño y certeza. Todo es según el punto de vista. Está bien, estoy de acuerdo yo también. Pero. Pero, todo depende del efecto sobre mi sueño y descanso, de mi digestión y nutrición, del estado de mi cuerpo, de mi recipiente, de mi vehículo, del que lleva el pensamiento al hecho, del que hace que el pensamiento no sea solamente el resultado de la interacción de unos aminoácidos y unas descarguitas eléctricas que producen la ilusión de que algo se está produciendo.

Así hay que tratar a los traidores. El pensamiento nos traiciona hasta el día en que lo descubres y le metes la gran paliza pa’que coja mínimo.

Mi trabajo es rudo. Me gusta. Me permite llevar al plano material lo que planteo en el plano de las ideas. Esto es un privilegio. No le permito más a mi pensamiento que me haga sentir miserable porque estoy sucio y sudado. Porque levanto piedras que pesan más que yo. Porque manejo una mandarria que pelea más que un toro bravo. Porque la maquina de soldar quema. Porque el esmeril me acaba la ropa a chispazos. Porque la sierra me cubre de aserrín. Porque por qué no le hice caso a mi mamá y me metía a torero. No. No me la calo más. Yo soy un recipiente útil. Soy un vehículo confiable. Soy un consentido del cosmos.

Yo me libré de dios y de buda, de la religión y de la racionalidad, me libré de mi pensamiento que quiere ser más que mi cuerpo. Esto porque cuando yo me muera mi pensamiento se va conmigo al mismo hueco y allí pasaré la eternidad riéndome de él.

viernes 13 de marzo de 2009

Equipaje

El hombre soltero tiene dos piernas.
Al contraer matrimonio, tiene cuatro.
Y luego otro par de piernas por cada hijo
que sume a su familia.

Maharaji.


Y si hablamos de una familia de Mamá, Papá, una chica de quince años, una de once, un niño de once años, más dos perros, un gato, y un morrocoy macho al que bautizamos burocracia y/o Morla…, nunca nombre de macho aunque esta inquietud es la que hizo que lo termináramos llamando por el nombre de Dionisio ¡buéh! Así es la vida… Una camioneta, un carro de treinta años, un velero que no sirve, una biblioteca de mil volúmenes, utensilios de cocina y demás peroles que ya envidiaría Melquíades. Un taller con más maquinas que operarios, un mar de maderas, óleos, acrílicos, papeles, fotografías, litografías, radiografías, ortofotogrametrías… En fin…

El caso es que cada par, o par de pares de patas o piernas, tiene su propia carga, lío, historia, problema, particularidad, y por supuesto da un tipo de guerra particular que requiere cuando menos mucho ingenio para llevarlo a buen remedio.

El último y más fastidioso ha sido el tiempo y la energía que ha habido que invertirle a los perros, porque es que es horrible eso de dejarse robar la energía. Que también tienen sus respectivos nombres pero que yo llamo Barcina y Butrona… Ellas son: una ridgeback casi cacri que resulta sifrina, nerviosa y tremebunda como una doña clase media que en un golpe de suerte logró su quintica en la Boyera en tiempos de Rafael Caldera y ahora se retrata con cartelitos que dicen no y punto… La otra es la monja que todo lo reprueba, a donde vaya. Sí: ladra y ladra sin paranza de noche, de día, de madrugada, ladra y ladra con su voz de foca que no canta el mambo porque tiene la voz pero no la cara, aunque resulta chaparrita eso sí.

Han sido semanas de alta ingeniería para lograr que se tranquilicen y estén más o menos cómodas y paren de joder, porque aquí llueve solo como en esta isla del coño puede llover, y se mojan aunque se les hizo una casa mejor que en la que vivimos nosotros.

Por cierto que en la Isla de Margarita, cuando cae un aguacero todo el que tiene dinero, a su peón solicita…, y es por eso que no se encuentra quién trabaje… Ya decía yo: culpa del calentamiento global o de Juan Carlos de Borbón, claro.

La grande se escapa, bien por arriba, bien por debajo, tanto que la bauticé para mis adentros Drew Mc Queen y es la que llamo Butrona pero sin decírselo a nadie para no tener que explicar mucho. Ahora está amarrada y ladrando, y cada vez más flaca porque por culpa del referéndum y de tanto sí como parece, pues ella no y no, sea cual sea la pregunta con su cartelito desclasado negro sobre fondo amarillo que no sabe que los demás sí sabemos alguna cosa.

La chiquita novicia monjita foca del carrizo ojona como una catalufa pisada de camión hace como Pérez Prado, pero mucho menos divertido. Solo ladra y ladra, la muy barcina sin necesidad de explicación…

Claro está que esto no sería nada si no fuera porque en la carpintería viven tres perros más: una amarilla que debe habérsele quemado un fusible o tiene un borne flojo porque ladra a todo, todo el tiempo. Claro que con el ruido de la sierra y del cepillo no se nota tanto, hasta que a la canteadora le meten una tabla de roble o zapatero y el perro negro y melismático se pone a aullar en el mismo tono y cadencia que la maquina… Les digo que Camarón de la Ciénaga no tiene nada que buscar con el Negro de la Canteadora, que canta lo mismo fandango que peteneras afinadas en viruta mayor sostenida, con sus bemoles, claro.

Pero no es el único que se tostó, porque el perrito chiquito (negrito también, sospecho que hijo de la ladradora amarilla y el gitano del cepillo por lo reloco que está) tiene una muy seria rata dependencia y le gustan más que la perrarina. Sí, corretea, caza, y come ratas. Claro que tiene el rostro desollado y casi no le queda nariz ya, que enfrentarse con esos seres inmundos no debe ser cosa fácil… Y bueno, también la rata ¡qué clase de periodismo el mío! Porque en mi opinión, con canuto o si él, no debe ser poco trabajo el inflar un perro ¿eh?

En asaz lo más jodido es el par de loros que están en la entrada del galpón, ahí, en su jaulita cómo si nada… Estos maricos loros se saben comunicar perfectamente cuando quieren pedir lo que sea que les venga en gana. El peo es que lo hacen a ladrido pelao, y no hay nada más difícil de obviar que un ladrido de loro a dos voces… Ladran y ladran para pedir la comida, la bebida, y el abrigo por la tarde o cuando llueve. O sea, que ladran más de lo que a mí me gustaría. Pero, la verdad, qué vela tengo yo en ese entierro. Digo.

Y por si se preguntan sobre el trabajo que da inflar un perro yo les puedo decir que lo que no se va en lágrimas se va en suspiros: en estos días llegué con Mateo al terreno y me encontré que algún gracioso le había quitado la tapita de madera que le había puesto al tanque, pero en lo que me acerqué me di cuenta que había un perro ahogado e hinchado ya, flotando dentro del tanque.

Bien, este no lo inflé yo ni le di palmaditas en el vientre, pero igual tuve que pescarlo con un lazo corredizo, izarlo del reblandecido pescuezo, y luego remolcarlo hasta la explanada de los carroñeros para que ejercieran su oficio en su provecho y mi descargo. El trabajo no resultó ser tanto físico cómo mental, porque hay que ver la sensación que da el arrastrar un odre que suena como bombita de cumpleaños (las que uno infla con la boca, no hay que olvidar esto) entre a pandereta y a chirrido gomoso con un no sé qué de samba, que pesa en ondas con las olitas de sus tripas pues se engancha de los mogotitos dónde deja un mechón de pelo corto culpa de la avitaminosis propia del rigor mortis, y que huele textualmente a perro ahogado, mientras se piensa en la horrible muerte que tuvo el condenado animal cayendo por sorpresa en ese averno líquido, luego luchando por salir, pronto (espero) agotado ya abandonándose a su suerte mientras lentamente se le llenan los pulmones de agua y va perdiendo la conciencia perra…, perra muerte, coño…
Pienso todo esto mientras, como Django, arrastro el ataúd bajo la lluvia por sobre el barro, pero de adentro no saldrá una ametralladora sino un cargamento de gusanos… Bueno, basta ya…

Entonces le puse una tapa de lámina metálica que duró un rato nada más, pues se la robaron ¡coño, que no me pelan! En vista de esto me puse a pensar que yo tapo el tanque para que no se le metan los sapos, porque me da como cosa, pero por esto murió un perro y me atacaron los ladrones. Entonces ¿qué es peor? Dejad que los sapitos vengan a mí, y el que esté libre de pescados, que tire el primer perro. Ya.

Por ahora el tanque está abierto a los sapitos que terminan siendo buenos para comer larvas y gusarapitos.

Y si se llegara a pensar que bueno, quién algo quiere algo le cuesta, les refiero el extraño caso del karma gatuno..., pues sí: resulta que teníamos un hermoso gato que venía siendo más que una gota de tigre un chorrito de fiera. Un gato de los que llaman siamés margariteño con un extraño don (dicen) de saber dónde queda la tierra y por eso acostumbraban llevarlo a bordo los pescadores antes de que inventaran el GPS de bolsillo.

Llegado el gato a la edad de tomar estado hubo deliberación en conciliábulo familiar para decidir la suerte de las bolas de tan salvaje animal. Por supuesto que no debo aclarar el por qué de que me decantara aceradamente por salvarle las bolas al gato que se llamaba Pericles, pero que yo quería llamar Hidráulico o Caimán por mis inclinaciones más bien mecánicas. Pero ya va, déjenme volver al cuento, que me pierdo: no le cortamos tan preciada pertenencia y el gato, al poco tiempo se fue y no volvió. Eso sí, dejó la urbanización plagada de infinitas bestias del mismo pelaje… En fin.

Al poco tiempo, ya acostumbrados a tener gato en casa que bien aleja otras alimañas, nos llegó a casa un gatito feo, bizco y cagón al que llamamos Cholulo porque tenía un chorro en el culo. Este gato, por cagón dio con sus huesos en casa de unos amigos que tienen un caserón enorme al que tardas varios días en visitar completo, en donde Cholulo pudo cagar a sus anchas y largas y sobre todo aguadas, pero nosotros seguíamos sin mata bichos.

Mi muy sabia esposa que se sabe una más que el diablo, se fue con Zoé a adoptar un gato en una casa de animalitos que queda por aquí cerca. Escogieron un lindo gatito anaranjado, ya sin bolas para que no hubiera disputa al respecto.

El gato, que se llama Batik porque tiene el pelaje hecho con esta técnica, y por un lado dice Toy y por el otro Leo (palabra) es un bichito juguetón, de buen humor, agradecido, y no tan cagón como bien se verá más adelante.

Con la mudanza el pobre Batik se ve en la necesidad de alternar y rozarse con una gata antipática que ya vivía en la nueva casa. Esto tardó un poco pero ya está más o menos superado y hasta juegan su poquito. El lío esté en que hasta acá llega una gata enorme y margariteñísima (entiéndase: zafia) que apalea y aterroriza al pobre Batik que no tiene las bolas para enfrentarla haciendo que el pobre cague y mee más que el mismísimo Cholulo (el cual parece que se puso un tapón en el culo) pues caga las paredes hasta una altura superior al metro (no me pregunten cómo hace) provocando un acérrimo deseo de darle muerte a la condenada gata.

Para tal fin se esbozó un plan “A” en el cual yo le disparaba con la pistola de señales del barco y para que no sufriera demasiado con una muerte ardiente de bengala incendiaria, rápido yo debía correr con el machete para decapitarla piadosamente. Plan “A” rechazado. No me iban a bastar siete reencarnaciones para sacarme ese karma gatuno de encima.

Entonces surgió el plan “B” y yo, como cosa mía, debía dispararle con la escopeta a las tres de la madrugada hora en la que la gata azota… Plan “B” rechazado ¿se imaginan a la petejota y al grupo B.A.E. (porque el G.A.T.O. se jodió desde que Molina Gásperi cayó preso) en la puerta de la casa porque se oyeron tiros en la alta madrugada ¡qué va!

El plan “C” parece ser el de los Borgia…, ya veremos…

Por eso no puedo evitar pensar en Maharaji y su acotación sobre los anexos en pares de patas (bueno, él se refiere a piernas, pero yo prefiero hablar lo de las patas) Es decir que si uno se casa va muy requetebien con las divertidísimas piernitas adosadas. Con lo de los hijos, vasectomía mediante, también se lidia a veces más a veces menos pero el promedio se pinta en azul.

Yo diría que aun los loros que ladran resultan llevaderos. Pero ¿gatos? ¿perros? Naranjas de la china.

jueves 26 de febrero de 2009

Proyecto La Guachafita.


De piedra ha de ser la cama
De piedra la cabecera,
La mujer que a mí me quiera
Me ha de querer de a de veras…

José del Refugio Sánchez Saldana.


La primera vez que pensé en tener mi propia casa fue cuando, a los trece años, me fui a vivir a Maracaibo con mi Papá, y una vez allá, vi que tal vez no sería mala idea el tener mi propia casa.

Claro, a los trece años me topé con obvio obstáculo de la carencia de sentaderas que ostenta la cucaracha. O sea, la pregunta ¿con qué culo se sienta dicho ortóptero?

Pensé en una opción romántica que fue consecuencia natural de la extraña compra que hicieron mi Papá y su compadre Guillermo López, de un terreno en El Curarire. Esto queda en la costa occidental del Lago de Maracaibo, una hora y media al sur, en donde la barriga del lago se pone tan ancha que no se ve la costa oriental.

En ese terreno ya había una casita más o menos rural con su mitad de techo de asbesto y su otra mitad de paja (porque de esto en todas partes se encuentra) en la que vivían unas personas que siempre que llegábamos allá nos brindaban ron y sancocho de armadillo. Así es como le dicen allá al pez corroncho pariente salvaje del coridora de acuario.

Sí, es el hervido más feo del mundo sin querer disminuir ningún otro. También es el más sabroso y sustancioso que he probado en mi vida tal vez compitiendo de cerca con el cruzao que hacía mi difunta abuelita Cruz Antonia Longart que en paz descanse y mi palabra no la ofenda.

El caso es que antes de que se me clarificara en la cabeza el extraño caso de la compra del Curarire, ya me había atrapado Freud y hasta ahí llegó ese primer capítulo mitad techado con asbesto, mitad con paja, también por la edad.

Después nos mudamos a Barquisimeto y al poco tiempo mi Papá hizo otra compra extraña (pero menos) en las cercanías de un caserío llamado Baragüita que cae vecino a Bobare. Esto es por la salida norte de Barquisimeto que une el estado Lara con el estado Falcón, atravesando las sierras de Baragua y la de San Luis. Un sitio muy bonito, la verdad sea dicha, al que solo se le echa de menos el mar.

El caso es que el terreno que compró mi Papá allá es grande y le sobra suficiente. Ahí se me reavivó la llamita de tener mi propia casa. Le pregunté a mi Papá y todo si él donaría un pequeñísimo pedazo de ese sitio para tan noble causa y me dijo que sí.

Yo trabajaba en ese entonces con mi Tío Francisco Guzmán quien tenía una importadora de maquinarias de taller, qué sé yo, que si tornos, fresadoras…, esas cosas.

El caso es que algunas de esas maquinas venían en unos cajononones tan grandísimos, que yo pensé que uniendo varios se haría una casa muy interesante que se podría abrir y cerrar como los robots esos de las comiquitas que se llaman transformers, o algo así.

Esas cajas eran de pino tratado, de contrachapado para exteriores, con una sólida estructura interna y muy bien armados para poder soportar la de trancazos que llevaban en el viaje más el burrángano peso de lo que llevaban dentro. Eso me puso a pensar en que no tendrían lío ni siquiera con el sismo. Claro, inocente de mí ¿dónde se ha visto una caja rota por un terremoto? También yo, que carajito ¿ah?

El caso fue que en medio de esa negociación entre cajas, transportes, terrenos, todo esto sin un mediecito en el bolsillo vine yo a quebrarme tibia y peroné tercio medio, lo cual dio con mis huesos en la casa de mi Mamá, en Caracas… Otra casa que se la llevaba el viento. Esta vez, de madera.

Luego, para no llevarme diez páginas aquí atentando contra el tiempo de cada quién, una cosa me llevó a la otra y tras haber pasado por múltiples avatares y oficios que van desde dependiente de ferretería hasta camionero de una fábrica de bragas (overoles de trabajo, no pantaletas), desde oficinista hasta dueño de mi propia constructora, desde dibujante de sala técnica hasta marquetero y restaurador de obras de arte ¡qué de vueltas da el mundo! ¿no? Vine a pensar, que cómo a los tres cerditos del cuento, mi casa se la llevaba el viento porque no pensé sino en paja y madera, y que mi próxima casa la pensaría y construiría en piedra.

Entonces comenzó el idear la casa que queríamos. Nos reunimos mil y una vez mi esposa, nuestros hijos y yo, a hablar y a dibujar casas. Les encargamos a los niños el proyecto de los cuartos que querían bajo ciertos parámetros de dimensiones básicamente. Aprendieron a usar el escalímetro y a intuir la perspectiva mucho más rápido de lo que yo, padre sumamente objetivo, me hubiera imaginado.

Pronto tuvimos definidos los espacios de cada quién, y nuestro trabajo fue meter todo eso dentro de un mismo proyecto que funcionara lo más parecido a nosotros mismos para no andar padeciendo luego de esquizofrenia habitacional.

Hicimos como quince pre-proyectos en algunos casos hasta con maqueta a escala, y cada uno fue rebatido por cosas como ¿y cuanto cuesta eso? ¿de dónde sacamos la gente para que trabaje eso? ¿esos materiales se consiguen en esta isla del carrizo? Entonces terminó entrando en la ecuación y razonamiento la coherencia.

Una casa, a decir de mi amigo el insigne monseñor y arquitecto Roberto Herreros i Gabasa, es un traje que uno se pone al entrar en ella y se lo quita al salir de ella. Pero cambiarla o modificarla no es un asunto tan fácil que se diga y por esto es que hay que pensarla muy bien.

Llegamos pues por esta vía a una casa que cuando le enseñas los planos a alguien lo primero que dice es ¡coño, que ambiciosa! Y sí, tal vez lo sea, porque la ambición a la que se apunta es nada menos que a la de la coherencia. No me voy a extender en este tema que me gusta tanto porque tal vez ya lo habré tratado una o dos veces y no hay que joder tanto la pajarita.

Total que nos pusimos de acuerdo todos los interesados, hicimos los planos con nuestro gran dibujante que es conde, y empezamos a buscar cómo es que se hace una casa sin un mediecito en el bolsillo.

Una, la casa tenía que ser concebida de manera tal que el mayor gasto fuera músculo porque de eso hay un poquito mal que bien y aunque me de fiebre cuando se me va la mano. Dos, los materiales debían ser de lo que se consiguiera a no más de quinientos metros a la redonda, o menos de ser posible.

Aquí tengo que decir que algo que nos ayuda mucho fue un acuerdo que logró Anne-Marie (mi linda y brillante esposa) con CVG Proforca a los que le hicimos un pesebre tamaño uno a uno y ellos nos pagaron con madera. Veinticinco metro cúbicos de pino de primera secado al horno, para ser exactos. Así que por madera no hay problema y no se la va a llevar el viento porque como yo ya me sé el cuento, la voy a anclar con piedras que ya conseguí en la cantera del frente.

Bueno, en lo concerniente a financiamiento…, los bancos nos demostraron una vez más que solo le prestan dinero a quién demuestra no necesitarlo. Banca privada, o pública. Son la misma mierda. Nos prestan por política de no sé qué vaina, noventa mil para comprar casa hecha… ¿Qué vamos a comprar con eso? No me digan. Para auto construcción no prestan realmente a menos que tengas la mamá de las palancas y/o te bajes bien bajado con algún gerente como uno que yo me sé, pero del que no diré nada porque no me quiero amargar la vida.

Total que la Mamá de mi esposa (no me gusta llamarla suegra porque es un apelativo que no le cuadra a una mujer tan del carajo como es) no prestó una platita más o menos y ya estamos en la brega.

Con esa plata ya hemos abierto las calicatas y zanjas para fundaciones directas y cimentaciones ciclópeas, porque es que el asunto terminó más que mixto: mezcladito como los macedonios. Es decir que las técnicas se entremezclan de un modo casi divertido.

El sistema de fundaciones va desde el bien probado cimiento de granzón con sobrecimiento de piedra mampuesta para soportar la nave central que es de tapia y adobe crudo, hasta unos paraboloides de ferrocemento que soportará (o más bien anclará) la parte liviana de la estructura.

Ya estamos rellenando los cimientos para la primera compactación pero se me fue la mano ayer con el esfuerzo físico y llegué a casa hecho un cristo. Hoy descanso, y mañana sigo con entusiasmo, pero sin exagerar, como bien dice mi hija Natalia.

Vamos a abrir un blog exclusivo para la experiencia de la autoconstrucción del proyecto La Guachafita en el que explicaremos paso a paso todo el trabajo, pondremos las fotos, plano, soluciones, tecnologías, cuentos, y todo lo relativo a este sueño que se va volviendo realidad a punta del concurso del ingenio y del músculo.

domingo 15 de febrero de 2009

“Mudanza”

¿Quién mejorará mi suerte?

La muerte.

Y el bien de amor ¿quién le alcanza?

Mudanza.

Y sus males, ¿quién los cura?

Locura.

De este modo no es cordura

Querer curar la pasión,

Cuando los remedios son

Muerte, mudanza y locura.

Miguel De Cervantes.

Bueno, sí: nos mudamos…

Nos echamos una semana y pico en ese lío porque en la nueva casa no cabían los corotos nuestros completos y tuvimos que mudarlos a la carpintería en la que además guardo veintipico de metros cúbicos de madera y un sinfín de maquinitas, herramientas, perolitos y chatarras, amén de un par de camiones volteo de aserrín y virutas porque no hallo cómo botarlos.

Y claro, también está el hecho de que me dejé atropellar por más de tres años de nulo mantenimiento y ¡hay que ver cuanto desastre acumula una casa que parece funcionar muy bien!...: bombillos, interruptores, bombas de agua, pintura, pelos de perro, trocitos de hilos y cabuyitas varias, cartoncitos y recortes de celofán, un fieltro de pelusas y telarañas, trocitos de jabones, hormigas muertas… Pero como dice Virulo: tranquilo, que todo llega en la vida.

Es una historia plural porque no nos pasa a nosotros nada más. Hasta el japonés americano de los libros de auto ayuda financiera (que llevan de la mano a todos los limpios como yo guiándonos cual Virgilio a través del purgatorio económico) dice que la mayoría estamos (y se refiere a gente que ni siquiera vive en este país) presos en una trampa que él llama carrera de ratas ¿o era presos en una carrera que él llama trampa de ratas? No importa. A lo que me refiero es a que si trabajo para vivir no tengo vida. Por lo tanto, si quiero vivir, tengo que poner a trabajar a otro.

El caso es que tres paniaguados de escasa monta y prestancia, en tres horas los ganapanes nos costaron en maravedíes vitualla y matalotaje, otrosí que reales de a ocho y no poca congoja, lo que en tres semanas de tártago laboral habíamos acumulado…, y esto quiere decir que eso de poner a trabajar a otro se refiere a otro, que no es ninguno de los que he logrado contratar en el último lustro y medio.

Pues sí, contratar a alguien no es algo que a mí me quede muy claro en sentido alguno porque termino casi trabajando el doble para enderezar lo que el ceporro del malísimamente mal llamado ayudante hizo mal, recuperar algo de la madera que echó a perder, reparar la maquina que dañó, volver a comprar el epoxi que botó y que vale una millonada, el litro de aceite de linaza hervido que me cuesta tantísimo (y que según él es una mierda que tendría que sustituir por sellador y tapaporo), pensar por mí y por él muy eficientemente antes de que se le ocurra romperme alguna otra cosa. Todo eso muy rápido porque ya mañana es viernes y encima de que debo pagarle, además, tengo que calarme calladito la mala cara que pone porque no le estoy pagando el sueldo que gana el dueño de Makro… ¡Ah! Y tengo que prestarle mi carro porque la camioneta de él tiene una fallita que lo estresa mucho. En verdad que me cago en Kant y en DuBois.

Y ahora lo otro: el salto al vacío… Pero de eso no voy a hablar porque necesito tiempo para masticarlo. Y es que viéndolo bien un salto al vacío puede tener mil (o tal vez no tantas) maneras de entenderlo, y más de un propósito también, sin hablar de los múltiples modos y estilos de aterrizaje si no logro caer por el borde del mundo.

Así que el meollo está (qué va, a mí eso de meollo siempre me resultará un tanto malsonante) en lograr un equilibrio a fil de roda con tajamar toledano. Y para seguir con la terminología marina, la tempestad se capea o se corre; con tormentín, extremaunción, o a palo seco y ancla de mar. Pero ¿y cuando hace bueno? Ese es el asunto, ahí está el detalle. Porque lo que soy yo me luzco en la tormenta (bueno, si no he comido perico con salchichas en el desayuno y luego viene el mástil y le da por caerse con la rompiente a sotavento, porque vive Dios que en ese caso, la cosa, se me pone muy de través) pero no sé qué hacer en el tiempo calmado… ¡Ah! He ahí una clave: por eso es que tengo tanto tiempo sin períodos importantes de calma. Siempre me dirijo a la tormenta. Económica, preferentemente ¡voto a Belcebú!

El caso que me ocupa, para no seguirme disgregando y disolviendo porque después ni yo me entiendo, es de una tal mudanza: de municipio, de casa y de casero que malhaya dónde los medio hayan, y que el diablo se los lleve y confunda, pero lo más lejos posible…, no, si es que tengo ganas de serlo nomás que por saber qué se siente exigir a diestras y siniestras sin compasión ni sosiego, teniendo, como la ola marina, un motor que camina para adelante y un motor que camina para atrás… Apuesto un día de buen sol (que últimamente escasean contrariando hasta al recalentamiento del globo ese que dicen tanto, mas que a mis huesos no les entre el cuento) a que con el natural torvo que me vino con el alumbramiento, diera yo con más de un modo ¡voto a Dios! De darle ora por las costillas ora por el colodrillo, calcañares y giba, ijares y corvas, lo que en terrorismo psicológico me he echado al coleto no por gusto…, y plugiese el hado, que no otro de más cuantía, que con sus vacuas humanidades dieran al traste con su sosiego ¡hideputas!

Porque está bien que la casa tiene mármol será del santo sepulcro extraído en el Pentecostés y labrado en la Pascua de nuestro Señor por lo que me ha costado y me costaría si la mudanza no hacía, y digo que baja estofa de villanía no conocía de ese cariz, hasta que pedí posada y me la dieron en la venta y casa de la estulticia destilada con vitriolo del bueno, en cazalla del novecientos treinta, a decir lo menos.

Pura chafalonía. Dama chanflona, digo. Porque lo que son etiquetas de palacio medran por sus fueros cargados de forma pero ajenas al fondo que por su causa la dieron. Y en casa de mal barro en la abundancia que el buen dios le diera por darle así mismo el castigo de las piedras y un buen par de vetustas y excelentemente buenas paridoras matas de mango, que paganas a lo menos han de ser por lo vengativo de sus modos, fuimos a dar con nuestros huesos que no hay sol para blanquearlos y si lo hay no lo he visto por el tiempo ha que lo echo en falta.

Porque ¿qué sentido tiene hacer decorar por la mismísima Marie Claire un frágil esquife que a la legua cansina se nota que hace agua a crujía, pantoques, roda y codaste? Si tan siquiera la cubierta fuera lo que quisiese ¿quién se come el cuento? Poco ingenio ha de tener quien de esa guisa obrare, y peor opinión la ha de tener de quienes asistan a tal venta. No, señora, que el vulgo no es tan simple ni tan vulgo dónde lo haya, de tan escaso ingenio y comedimiento, de tanta ausencia de prudencia, de tan acendrado alocamiento y falta de seso. No, no lo hay, a mi buen juicio ¡voto a Micomicón! Que la sabiduría no se obtiene por tener gruesa biblioteca, ni la choza trueca en palacio por virtud de tres o cuatro revistas importadas colocadas estratégicamente donde la vista repose.

Y nos mudamos porque pagar lo que se tasaba por el palacio de Lisuarte en Bretaña, no solo resultaba imposible, sino incorrecto. Pero bien se dice que lo que no se va en lágrimas, se va en suspiros. Y esto es vana queja porque ars longa, vita brevis.

Hagamos por redondear esto y por no perderme en las marismas del chiste: concluyo que avanzar habría de ser, a mi buen juicio cuyos huesos blanquearán en otro sitio tal vez (porque lo que es en este…), hacia delante. En cualquier otra dirección resulta de la guisa del desplazamiento, y bien que se desplaza un bajel vapuleado por la veleidosa tormenta.

Por todo lo antes expuesto me inclino a estar de acuerdo con la vertiente hippie del budismo, a mi entender (por la vía y obra de mi sagaz, discreta, e iluminada esposa) representada por Osho, y el que quiera abandonar la inteligencia que se abrace a cualquier religión.

Claro, se puede decir con cierta certeza de dar con la verdad que toda experiencia deja un conocimiento más o menos positivo, si este término se me permite pues más o menos no es medida, y sé que de que me está quedando, me está quedando…, y que al final de mis días, mis experiencias no cabrán en los diez tomos de la enciclopedia británica.

Y por cierto, si se preguntan el por qué del tono más bien castizo de esas letras les puedo decir que detesto el malhadado idioma de las colonias de la reina, que le detesto con enconado odio si es que odio alguna cosa, que me suena a catarro de nariz, a cataplasma de papa caliente bajo la lengua, a pito de factoría, a provincianismo ampuloso, a mierda inexpresiva…, y…, joder ¡que alguien me diga la frase más genuinamente representante de nuestra lengua que se le ocurra! Alá sea loado… Porque ¿qué será de mis retruécanos y gazapos intencionados?

No. Mudanza hasta ese punto no, por favor…

miércoles 28 de enero de 2009

EXPOSICIÓN DE FOTOGRAFÍA


sábado 3 de enero de 2009

Recuento y resolución 2009

Luís Guillermo Laya Guzmán. Caracas 28 de enero de 1964.
Alquimista de profesión, todero por convicción, marquetero por necesidad, y restaurador de obras en madera, metal y textil por puro gusto…, y también por haber hecho uno que otro taller de restauración organizado por el IPC que antes no se llamaba así.
Ahora en Margarita lucha denodadamente por centrarse en un solo tipo de trabajo aun en contra de la importación fraudulenta de artesanía indochina, pero qué se va a hacer ¿no? Y por eso es que está haciendo objetos de diseño, qué sé yo: lámparas, sillas, taburetes, percheros, todos rarísimos pero que sirven para lo que fueron hechos ¡ah! todos estos coroticos están hechos con maderas de cultivo, o materiales de desecho, porque no se trata de seguir dañando el planeta que le vamos a dejar a nuestros hijos…
El cuento de la fotografía intervenida, en este caso, es muy largo y no se los vamos a echar para no aburrirlos, pero sí se puede decir que ha participado en muestras como la de Artebosque, Eureka, Diseño al límite, todas con alguna mención especial y muy buena crítica, siempre saliendo de ellas por su propio pie sin demasiado tambaleo.

Yo mismo.



Sí, qué carrizo, medio me descuidé y amaneció siendo enero del año 2009 sin terminar de ver aparecer el ambiente de ciencia ficción que siempre imaginaba que sería la vida a estas alturas.

Yo veía a Bugs Bunny montado en una nave espacial (¿o era el Pato Lucas?) volando por el espacio y echando rayos qué sé yo qué con unas pistolitas de lo más futurísticas, en unas comiquitas ambientadas en el año dos mil y poquitos. Pero esas fechas ya llegaron y lo único que pasó fue que me puse corpulento (para decirlo de un modo benigno) y tanto el conejo Bugs como el pato neurasténico se extinguieron.

Ya pasó la navidad, que es época de altísimo estrés para mí y por lo tanto no me gusta, pero debo aclarar que no me molesta que a los demás les guste. En realidad lo que me molesta es que traten de hacer que a mí me guste. Lo bueno es que ya cada vez menos la gente intenta convencerme de nada. Gracias.

Decía que ya pasaron las navidades y en la gincana del año el siguiente trago amargo es mi cumpleaños, que tampoco me gusta demasiado.

Pero lo que no me gusta nada tiene que ver con el hecho de que me recuerde otro año más que me acerca a la vejez porque yo extrañamente me siento viejo desde que tenía ocho años. Así que estoy claro con que mi sensación de ancianidad no está relacionada con la cronología. Yo diría más bien que está estrechamente ligada al ego. Sí, en el sentido malo del tema.

Digo malo porque lo que me hace sentir viejo es el tener que alternar con tantos y tantos idiotas. Cómo diría el tío militar de Facundo Cabral: les temo (a los idiotas) porque son muchos. No hay modo de cubrir semejante frente… Pero quién dice que los idiotas son los demás. Ahí está el detalle. Esa perspectiva alterna es la que me da la sensación de decrepitud.

Claro, a veces surge el budista subversivo que habita en mí y me aclara que no tiene que gustarme nada ni disgustarme nada. Las cosas son según se vean e inclusive según no se vean, que termina siendo mejor. Eso me rejuvenece y es cuando acometo nuevos proyectos, me lleno de entusiasmo, el calentamiento global pasa a ser un paso más en la vida, los adecos desaparecen o se ponen borrosos por lo menos, el peo político se me desdibuja, y de corpulento paso a contundente que me gusta más.

Entonces ¿por qué me preocupo tanto?

Yo diría de eso que lo que pasó fue que por alguna razón, más bien sin razón, me metí en la cabeza que vivir preocupado me daba una importancia o una trascendencia que me permitía abordar temas graves y esenciales con toda la autoridad que confieren pipa y ceño fruncido.

Lo que pasa es que yo carezco de control corporal y, salvo saber subir una sola ceja en gesto desaprobatorio, no sé mover un músculo de mi cuerpo independientemente de otro…, ah, bueno, también sé pintar palomas con ambas manos. Eso sí.

Así que cuando trato de abrir la punta de los pies y cerrar los talones inevitablemente copio el gesto con las manos, y si intento hacer un guiño cierro los dos ojos… ¿Que por qué salgo con esta?…, fácil: cuando frunzo el ceño, aprieto esfínteres y eso saca hemorroides… Así que si sumamos con la pipa que tuerce el gesto por culpa de su peso propio (no hablemos de los problemas en las encías porque esto hace la alta temperatura constante dentro de la boca) termino consiguiendo una expresión y una sensación grave que acompaña un malestar causado por una vida de preocupación que solo me condujo al mal humor.

Como dije, el buda subversivo que habita en mí, cada cierto tiempo me demuestra sin argumentar que la vida es bella, pero que tengo que abrir los ojos, relajar el ceño (y los esfínteres, por supuesto) y guardar la pipa, porque no son tantos los idiotas, lo que pasan es que hacen muchísima bulla... La gravedad se me está tornando “tremebundez” y esto me da como erisipela con várices. Es decir: algo muy desagradable.

Y no hay razón para ello porque ¿viste? No tuve sino que resistir un poco y la navidad ya se fue. Se acabó. Tengo otro año de tranquilidad por delante.
Lo mismo pasará con el día de mi cumpleaños: también pasará. Espero mantener la moral en alto, así como la tengo en este momento, porque en realidad me gusta más así.

Y vale el esfuercito, porque este año tengo una montaña de trabajo creativo y constructivo por delante. Me entusiasma mucho. Siento que en vez de hacerme más viejo, cómo que me rejuvenezco, y de contundente paso a efectivo… Es sabroso.

Ya se acabó el pesar y la confusión de lo de la quiebra de mi constructora. Ya pasó el descalabro que me produjo mi divorcio… Ya pasó la tensión, el susto, y hasta la depresión. Creo que hasta el reto que significaba vivir cerrándole el paso constantemente a la amargura ya se venció, caducó…, en suma: que peló bolas.

Ahora estoy en esta isla (geográfica y anímicamente) no ya como un náufrago, sino como un colono. Tengo deberes, todos, para conmigo mismo. No tengo que demostrarme nada, ni a mí, ni a nadie.

Ya soy como Popeye. Es decir, que según recuerdo su lema era: yo soy lo que soy… Y por fin lo comprendí… Así es que estoy bien.

Por lo tanto, mis planes y proyectos para el presente continuo que nos lleva adelante en el tiempo, que a veces llamamos futuro pero que no lo es porque cuando llega ya es presente y pasa rápido convirtiéndose en pasado que para colmo solo es el archivo de una interpretación de lo que percibimos como hechos…, bueno, sí: basta de eso…, decía que mis proyectos no los veo como reto sino como modo de vida: mi manera de vivir.

Mi plan maestro es el de acercar mi vida más y más al modo en el que yo creo que debo vivir. Me refiero a ir poco a poco eliminando las contradicciones que aun me quedan simplificado y descomplicando mi manera de hacer las cosas. Sí, y de pensarlas también. Claro.

El resto de los proyectos deben girar en torno a este eje si quieren pasar al plano material. Para esto hay que tener claro que existen ideas que deben quedarse en el estado de ideas y que no tienen por qué pasar al tangible. Y no tienen que ser utopías tampoco, solo ideas que surgen y que se quedan ahí sin generar esa especie de cargo de conciencia en lo que tienden a convertirse los inconclusos.

Digo pues, como Miguelito el de Mafalda, que mi plan para este año 2009 es vivir.

lunes 22 de diciembre de 2008

Atrapado.

Que muera hoy o mañana carece de importancia para mí,
nunca la ha tenido, pero que ni siquiera hoy,
tras años de esfuerzo, pueda decir lo que pienso y siento…,
eso sí me preocupa, me irrita.

Henry Miller

Todo está en la mente, así que cuál es la diferencia entre este momento y cualquier otro de mi vida. Yo diría que un pequeño descuido, algo de impaciencia, mucho cansancio, un buen poco de arrogancia de un ego oscuro, las navidades, y la inminencia del cumpleaños número cuarenta y cinco.

Veamos: llamo descuido al engaño auto infligido porque qué importa, ya me pasaron todas las vainas que me iban a pasar en la vida y por lo tanto de aquí para adelante es como quien dice en bajadita, y bueno, qué importa que me hunda un poco en ensoñaciones si total, después de tanta mierda hasta merezco un poco de no andar con tanta precaución, porque también, mira tú, la cuestión no es tan así, porque lo que se llama precavido precavido no lo he sido jamás y aquí sigo vivito y coleando porque lo que soy yo, si me he muerto, no me acuerdo… Y después de todo, considerando la cosa desde otro punto de vista más moderno y cuántico: la realidad es una interpretación que hacemos de una percepción sumamente imprecisa y poco confiable que hacen nuestros sentidos y que después filtramos con el tamiz cultural (es decir: de los prejuicios) así que yo que soy un gurú elevado e iluminado como un poste de viaducto no derribado decido que me puedo descuidar un poquito porque ni tan calvo ni con dos pelucas ¿eh? Y yo decido, porque la realidad es también una decisión, que tengo que cumplir con ciertas misiones para completar el paso en el que estaré dónde ya me pueda descuidar tranquilamente, pero que mientras no llegue ahí, pues agacho el lomo por voluntad propia y me regocijo con el trabajo bien hecho.

Pero bueno, por descuidado voy y me dejo salpicar por el cacharro del adeco aquel tan mal intencionado que es ¿es que no me fijé que había tremendo charco de no quiero saber qué? ¿por qué no me quité? Bien hecho, plátano jecho, cruza la calle y sigue derecho…, cómo quién dice ¿no? Y a mi edad…, ahora tengo que emprender otra carrera ruda y cuesta arriba porque por hippie y soñador no me di cuenta que aquel que salía allá, era mi tren. Bueno, también ¿qué importa? Ya vendrá otro. Sí, sí viene otro, siempre viene… Lo que pasa es que tengo que esperar otro poquito. Y mientras tanto me siguen atropellando o mínimo salpicando estos adecos malintencionados (sí, ya sé que es un pleonasmo, pero yo me cago en Quintiliano sobre todo porque ya se murió) y es que mira que hay adeco malandro en esta vaina. Malandro y bruto. Sí, bruto, no tarado. Un tarado es alguien que lamentablemente nació así vaya usted a saber si por la endogamia o qué, mientras que un bruto es uno que le vale mierda no serlo…, pero bueno, que tampoco es para tanto porque un charco de mierda no rompe huesos y la roncha me la curan en la clínica bolivariana si tengo paciencia.

Y claro, como la espera me impacienta me pongo a pujar, porque los hombre pujan pero no lloran, y puja que te puja (y empuja también, para qué negarlo) uno llega a cansarse. Palabra. Entonces se acuesta más mamao que chupón de bobo, pero no descansa porque por tanto pujar se le llenaron de gases las tripas y no hay nada peor que dormirse con la barriga tensa porque se pone uno a apretar el rabo para no pasar pena dormido. Después empiezan las pesadillas, los sueños en los que alguien (un niño por ejemplo) me persigue por todos lados y no me deja ni bañar tranquilo, hasta que me despierto y tardo en darte cuenta de que todo el malestar viene de las tripas tensas. Entonces miro el reloj y veo que son la cuatro de la madrugada, que tengo frío y un inmenso peo atravesado, pero también un sueño que me aplasta porque no he podido descansar. Tardo aun un rato, pero me decido y me levanto para ir al baño. Suelto lo que tengo que soltar y me devuelvo a la cama. Me duermo como a la media hora, pero al ratito nomás ya hay que empezar el día de nuevo.

Entonces me pregunto: ¿de dónde son estos clavos que conseguí? No indican la procedencia en la etiqueta. Son malísimos. Parece que estuviera martillando lombrices ¿Y esta pega? Parece aceite ¿y el servicio eléctrico? Se vive cayendo una fase… En lo que aparezca por ahí el cobrador de la televisión por cable le pego el decodificador por la cabeza: esta mierda no sirve nunca. El canal que se medio ve, no se oye, el que se medio oye no se ve, y la mayoría ni se ve ni se oye. Todo porque un idiota puso una caja de paso con la tapa sin empacadura porque en Margarita nunca llueve…, y se jodió el cable con la humedad. Reparar el problema sale caro y no se puede ahora porque el cable no lo hay… Cuando hay azúcar no hay café, cuando hay café no hay papel higiénico, cuando hay pasta no hay arroz…, eso sí, cuando hay whisky hay soda, hielo, y agua Perrier… Adecos de mierda… Sí, sí, sí, yo sé: ¿quién mierda me creo yo para merecer una vida en la que las cosas funcionen? Yo no soy suizo (aunque de un tiempo para acá me estoy haciendo el medio sueco por frotamiento) definitivamente tengo un ego muy loco, una especie de Dart Vader me debo creer yo… Tengo que ser más humilde. Digo. Yo no quiero mierda china ni de ninguna otra parte. Para hacer basura nos bastamos aquí con el parque industrial y el sistema de control de calidad heredados de los adecos…, está bien, lo admito, la basura china es más barata que la nuestra…, y contra eso no tengo respuesta. Lo lamento…

Las navidades. Yo no tengo nada bueno qué decir de esta época del año. No, no, y no…, no la tengo y no voy a pedir disculpas por ello. Para mí esta fecha no representa sino indigestiones y gorduras para los que tienen con qué. Para los que no tienen solo significa un recordatorio de lo mal que les ha ido otro año más. En esta fecha se acentúan las diferencias y medra la delincuencia: la del comercio, y la de los bajos fondos que no son budistas y tal vez por eso anhelan y roban, porque así funciona el diferencial de potencial con malos hilos conductores… Para mí la navidad es la época del año en la que me gasto lo poquito que me sobró al recolectar los frutos que dejó mi trabajo, y me doy cuenta que la volví a cagar. Es la época en la que me duelen los músculos y me dan fiebres y diarreas sin mediar la acción de ningún virus. Basta la frustración… En las navidades me suben el alquiler, el supermercado se pone insoportable, llueve más de lo que parece sano que llueva, se llenan los hospitales de heridos, hay más borrachos que nunca en la calle, nadie quiere trabajar, se llenan las licorerías y los prostíbulos, se envalentonan los adecos… Para mí la navidad es esa época del año en la que me tengo que calar la gente que no me gusta calarme y no me queda más remedio porque es navidad tiempo de alegría… Para mí la navidad es la fecha perfecta para ensayar el estado de animación suspendida… Y además ¿qué coño se celebra en navidad? ¿Que hace un coñazo de tiempo nació alguien al que después se le asesinó de la peor manera posible? Me niego a celebrar semejante salvajada, pero sí, lo admito, ésta religión celebra de un modo que resulta por lo menos desconcertante para aquel que lo piense. Dígame la comunión. Sí, aquella en la que se comen el cuerpo de un dios (de un dios que permitió que se echaran en caldo ‘e ñame a su único hijo)… Canibalismo deícida. Razón tenía Voltaire…

¿Y las fiestas? ¿y el ambiente? ¿las reuniones de amigos y/o familiares? Normalmente son una lloradera, o un campeonato verbal de esgrima antipática, o un desfile de baratijas costosas que a mí no me interesan…, además, ni siquiera me gustan las gaitas: suenan igualito a los telares industriales, y cantan unos gorilas con relojes de oro (adecos) que se creen Pavarotti… ¡No me jodan! Aquí se distingue esta fecha de otras porque la gente bebe más caña, hay un desborde del hampa, robos y atracos, accidentes viales, prisión isleña domiciliaria porque ni por avión ni por barco se puede ni entrar ni salir… La verdad es que si eso fuera como ingeve en la que siempre es navidad, ya me hubiera ido de aquí, digamos al oriente medio que resulta mucho más apacible…

Y lo otro: en enero cumplo cuarenta y cinco años. Más o menos la edad de la reforma agraria… No agrego más.

Ah, por cierto: feliz navidad y próspero año 2009…

lunes 1 de diciembre de 2008

Yo tengo ya mi tanquecito.

Esta risa no es de loco,
se están riendo de mí,
Pero si dicen que yo estoy loco,
se están cayendo de un coco,
Porque de mí no pueden reír,
Porque yo bailo, canto un poco,
Y me sé sacudir…

Héctor Lavoe

¡Jajajajajajááá!!! No, coño, no, no es un tanque de guerra…, aunque me dio la guerra trapeá, como dicen los vegueros… ¡Jajajajajaááá!!!

¡Jajajajajajajaááá!! Me toca negociar con los albañiles para ver cuánto es que me van a cobrar…, que sí, que está bien, que los precios son…¡Jajajajajajajaááá!! que vaya a comprar los materiales: tres metros de piedra, cuatro de arena porque hay que frisar, diez de cemento para ir empezandito y cuarenta y dos cabillas de media ¿y alambre? Ah sí, alambre, unos cinco para ir viendo… No se te olviden los clavos y las hojas de segueta… Okay …¡Jajajajajajajaááá!!

Necesito que me envíe tres de piedra, cuatro de arena y diez de cemento…, cemento no tengo ¿y cabillas? Nada de eso… …¡Jajajajajajajaááá!! Bueno, envíeme el camión con la arena y la piedra entonces por favor… Sí, cómo no: el lunes a primera hora… Coño, rodé……¡Jajajajajajajaááá!!

¿Cemento? No, mi jefe, de ningún color. Vaya a la Chacalera… ¿Cemento? Nuuuu, ni de vaina, eso no hay… Vaya al Piache a ver… ¿Cemento? No, por allá fumea… Váyase hasta el Centro a ver… ¿Cemento? ¡qué va! Acérquese hasta donde Nino para ver… ¿Cemento? ¡Jajajajá! Si tuviera cemento sería rico… Bueno, pero no llore, pase por el Espinal a ver… ¿Cemento? Sí ¿cuántos quiere? Quiero diez para empezar, y por favor me los lleva a…, no, mi amigo, nosotros no tenemos transporte… Coño, bueno, zúmbelos ahí dentro de ese cacharrón: cinco atrás y cinco adelante… ¿Cabillas? Cabilla no hay… ¿Dónde? Pase por dónde Marbella a ver, que le queda en la vía… ¡Jája!

Hola Marbella ¿tienes cabilla?... ¿Cabilla? No mijo, de eso no me ha llegado nada. Pásate por guatamare a ver… ¿Cabilla? Sí, sí tengo, pero solo de doce metros…, está bien, déme veintiuna de media, y por favor me la lleva…, no, mi don, no tenemos transporte hoy porque al chofer le salió un uñero… Bueno, si el tipo es diabético se puede complicar, es mejor que no maneje…, no, no, no, no le salió a él, fue a su mamá… A su mamá, claro, no podía ser de otra manera… También necesito alambre…, la paca de cincuenta kilos… ¡Carajo! Ni que fuera a cercar con esa vaina…, no, no me de alambre entonces… La mamá del chofer… ¡Jája!

Señor ¿me lleva estas cabillas para más allaíta? Son dos kilómetros… Claro mi amigo: son cien del águila ¿cien milonguitas sentimentales por dos kilómetros? Bueno, dame ochenta luquitas, pues… Tabien…¡Jája!

¿y el alambre? No, el que vende cabilla no tiene alambre, voy para la otra banda a ver qué tal ¿y los clavos? Coño, se me olvidaron…, pero aquí está la cabilla… ¡Já!

¿Cómo está señora?¿tiene alambre? No mijo querido, no tengo ni para amarrar un gallo…, bueno, déme por favor uno de clavos de cuatro y dos hojas de segueta de la buena…, mire aquí le conseguí un poquito, pero sáquelo encaletado para que nadie se de cuenta de que le estoy vendiendo alambre… Caramba, gracias por la segundita… Vaya tranquilo mijo querido… ¿Ja?

Mire, mi amigo, la cabilla no me va a alcanzar, me faltan siete… Pero yo te compré lo que me dijiste… No, usted me compró veintiuna y yo le pedí cuarenta y dos… Sí, pero de seis metros y estas miden el doble y por eso te compré la mitad… Verdad, verdad, debe ser que saqué mal la cuenta… Ja.

¿Cómo va la vaina? La vaina va bien, pero necesito cinco más de cemento, más alambre, y salimos de hoy…

¿Cemento? No, vaya para la otra banda que allá hay… ¿Cemento? Sí ¿Cuánto? Cinco nada más… Bueno, abra ahí… Coño, pobre carrito, pero para eso es que sirve… ¿Alambre? No, mi hermano, eso es contrabando hoy en día…, váyase para el Poblado a ver…

¿Alambre? Sí, pero a once… ¡coño! Pero vale siete… No, aquí vale once, y si no le gusta cómprelo en otra parte…, qué vaina, ya salí regañado…, bueno, déme cuatro… No, máximo dos por cliente… Tabien…

Mira, amarra esa vaina con saliva de loro, porque lo que es alambre no hay… No importa, yo rindo la cuestión acá…, pero tráigame cinco más de cemento porque lo que me queda no me alcanza ni hasta mediodía… ¡Carajo, mijo! ¡mira que esa verga no es fororo! …Sí ¡jajajá! Y vaya trayendo los cuatrocientos bloques de cemento, para ir adelantando…

¿Cemento? No, mi hermano querido, se acabó, traen para mañana si acaso, pero acérquese hasta el Poblado…, no, ese coño ‘e su madre me acaba de joder con el alambre… No mijo, noooo, no vaya para casese coño ‘ e su madre, vaya paque su hermano, que como que son de distinta madre… ¿No será hermano del chofer de guatamare? Sí, la señora del uñero… ¡Esa misma! ¡Jáa!

¿Cemento? ¿y bloque de 15? Cemento no hay, pero bloque sí ¿cuántos quiere? Cuatrocientos, y por favor me los lleva…, no, nosotros no tenemos transporte… Bueno, no me de nada, gracias… No mijo no, no se vaya, vamos a hablar con el señor de al lado que él hace fletes… ¿Guatamare? Sí, a dos kilómetros y medio de aquí derechito por ahí pa’lante… Bueno, cien… ¿Cien lucas por menos de tres kilómetros? Bueno, déme ochenta… Tarifa mínima de cuánto vale el show ¿y la malandra? No, esa tiene un uñero… Dentro de dos horas estoy allá, antes de medio día porque tengo que llevarle el yodo a…, bueno, me voy a buscar el cemento que me falta… No, ya va señor, yo lo salvo con esos cinco saquitos que necesita… Pero ¿no era que no tenía? No, no nos queda, pero siempre hay con qué ayudar a los clientes… Bueno, gracias…

Mire patrón, se me acabó el cemento otra vez, tráigame cinco más pero de los de la otra banda porque esos tienen más médula… ¿Médula? ¿qué es esa vaina adeco loco?... ¡Vayavayavayavaya, vaya pa’la otra banda a buscar el mocho ‘e cemento ese!!!... ¡Carajo! Si me vas a pegar no me regañes…

¿Cemento? ¡sí hay! ¿cuántas paletas quiere?... No, cinco saquitos nada más… ¿Cinco? ¡nóoojada! Mira hijo ‘er diablo, ponle cinco saquitos aquí al viejito este… Ñoelamadre, encima de limpio, viejito…

¿Y los clavos? ¿qué clavos? Los que te pedí junto con siete cabillas más, porque me quedé mocho aquí… Mocho de albañil es lo que eres tú, adeco cagurrio… ¡Jajajaáá!! Sigue votando rojo rojito… ¡Dita sea!

¿Cuánto? ¿ochentada por llevar siete cabillas?... Señor, no son las siete cabillas, es el viaje… Sí, la vuelta al mundo en ochenta lucas… ¿Y cuánto me cobras por pasar la noche en Macanao?... No se pase señor, no se pase… Disculpe pues, no me lleve un carrizo…

Segueta, segueta, segueta, segueta, segueta…, salen cuatro piezas de cada cabilla y son siete…, veintiocho coño’e la madre… ¿y el cemento? ¿serán cinco otra vez? Seguro que quiere de los que tienen médula ¿qué será esa vaina? Eso me pasa por trabajar con adecos…, mi abuelito me diría que bien hecho plátano jecho cruza la calle y sigue derecho…

Mira ¿y la tapa? No, esa la pone usted… Coño, la torta fue lo que yo puse… Dale pues ¿cuándo vaciamos la tapa y cuanto cemento necesitas… Diez saquitos y terminamos, pero traiga alambre y más clavos…

En nombre de dios y que sea varón… ¿Cemento? Sí ¿alambre? No ¿clavos? De cuatro nada más… Pero yo necesito de dos y media… Vaya a Porlamar, al centro, que allá el portugués tiene de todo…

Hola portugués ¿tienes clavos de dos y media? Hoy sei… bueno, dame un kilo, y uno de alambre… Nao, yi alambrito nao teño nadiña… ¡Coño portugués! No me eches esa vaina, mira que tengo el carro más pesado que el chaleco del presidente con diez sacos de cemento… ¿ei porquéu nao comprou el cementiño aquei?... Carajo portu, porque tú no tenías ayer y pensé que hoy tampoco… Bueno hoy nao teño claviños tampoco… Pero si me acabas de decir… Nao quiya nadiña…

Portugués del carajo este… Mejor me voy a llevar regaños para donde el hijo de la del uñero… Buenas tardes ¿me da por favor un kilo de clavos de dos y media y uno de alambre?... Alambre tengo a dieciséis. Clavos al lado… Déme acá, pues…

¿Clavos de dos y media? Sí ¿un kilo? A quince… no te pregunté el precio, si tienes clavos de dos y media dame acá, si no tienes, no me hagas perder el tiempo… ¡Uy! Señor, no se ponga bravo… Disculpe, disculpe…, aquí tiene… Gracias…

Bueno amigo mío, con esto sí que terminamos ya. Puede decir que ya usted tiene su tanquecito…

Já.

miércoles 26 de noviembre de 2008

Exposición de juguetes artesanales


viernes 21 de noviembre de 2008

¿Por deporte?

“En el mundo solo existen nueve historias
Originales que sean divertidas, ocho de las
Cuales no pueden explicársele a una dama.”

Rudyard Kipling.

Citarse muy de mañana para ir caminando hasta la playa lejana a la que se va pasando el cementerio no les debe haber sido fácil, porque tuvieron que aprovisionarse el día anterior y levantarse temprano en días de vacaciones en los cuales, se sabe, es un fastidio estar organizando cosas.

De los que hablaron el día anterior sobre hacer ese paseo, solamente seis personas llegaron a tiempo al sitio de reunión que era el puente que está junto a la casa de la hacienda viejísima esa que está saliendo del pueblo, o entrando, según se vea.

Siete de la mañana. Ahí estaban María Eugenia y Manuel, Alelí y Raquel su hijita de siete años, Isabel y José. Todos trasnochados (salvo la niña que se dormía a las ocho de la noche tal vez por cosas del cansancio que da la playa) sonriendo más por fruncir el ceño por culpa del solazo brillante que ya había a esa hora, que porque estuvieran demasiado contentos de verse.

Claro, la noche anterior se estuvieron cayendo a guarapitas en la plaza junto al muelle y como que se les pasó un poco la mano, porque María Eugenia a cada chiste de José hacía un gesto de irse para atrás de la risa y aguantarse de la pierna de él, cada vez más cerca del sitio en el cual se encuentra aquello que no se le había perdido ni a él ni a ella.

Manuel echaba y echaba chistes dedicados a hacer reír para bajarle la guardia a Alelí sin percatarse de lo que María Eugenia trataba de alcanzar sin demasiado disimulo atrincherada en la botella, que siempre será una buena excusa para hacer aquello que no se debe.

Isabel siempre estaba en la luna en cuanto a lo que a ella misma le afectaba, solo estaba muy pendiente de aquello que no tenía por qué interesarle. Y no, no era particularmente chismosa. Más bien era un asunto tal vez de ingenuidad porque esas cosas le pasan es a los demás. Y no era ninguna santa, ya José le había perdonado un par de deslices, con el hermano de una amiga, y con un cadete de la naval, porque bueno, digamos que él consideraba que el amor tiene esas cosas… Y además, vamos a estar claros: ¿de dónde iba él a sacar otra mujer como aquella? La respuesta a esa pregunta la encontró en lo que dejó de preocuparse por eso, pero estará muy en el futuro de este momento que se relata aquí y no vale la pena reseñarlo.

María Eugenia era una muchacha morena y bajita de cabello negro corto. Un poco antipática a primera vista porque su expresión contenía un cierto rictus como de asco que se disipaba lentamente a medida que se le iba conociendo, o se respiraba lo suficientemente hondo.

Manuel era un muchacho extrovertido tal vez un poco amargado que pensaba que la vida le debía algo y se negaba a dárselo. Sin embargo era un tipo generoso y alegre porque todavía era joven y atraía muchachas como Maria Eugenia, que bien vista no estaba nada mal. Pero era Alelí la que le quitaba el sueño esas vacaciones por varias razones: una era que ella jugaba un poco con él provocándolo como al descuido y luego desentendiéndose desenfadadamente, otra razón era que esa tipa estaba como para portada de revista, y la otra era que parecía estar antojada de un José que no le hacía demasiado caso. Dios no le da cacho a burro, dicen con mucha razón.

Isabel era una tipa llena de complejos, hija de un matrimonio de locos que le tenían algo de miedo porque ella parecía ser medio bruja, cosa que a José le daba una risa desenfrenada (pero José no era la persona más aguda del mundo, está claro) porque más bien le parecía que a Isabel lo que le pasaba era que tenía interrumpido el cableado y una teja corrida, de paso. La cuestión era que Isabel vivía tapando el sol con un dedo, dándose cuenta de la gotera cuando el agua le llegaba a la barbilla, viendo lo que otro hacía u opinaba tratando de aparentar y quejándose de su totalmente inventada gordura. Pero jamás se daba cuenta de lo que sucedía frente a sus propios ojos.

José le agarró el paso a los chistes de Manuel aquella noche anterior al paseo y lograba, con una técnica de rebote y ahondamiento absurdo en el contenido de los chistes, hacer reír más fuertemente a María Eugenia que a cada ataque se agarraba más y más arriba. Este descaro hacía que Alelí se inclinara sobre José permitiéndole la vista dentro de su generoso escote playero, como para no quedarse atrás. Isabel se reía un poco de los chistes, pero más de la risa de los demás, estimulada por la guarapita que se dejaba colar fácilmente porque en la noche, y con el viento frío, no regañaba nada.

Manuel y Alelí estaban de pie frente a Isabel, José, y María Eugenia que estaban sentados en un banco sin respaldo en el borde del muelle.

Isabel, que estaba a la izquierda de José, estaba más pendiente de lo que estaba pasando en otro grupo en el que estaban unos conocidos situados a unos treinta metros más a la izquierda de ellos (que también habían dicho que irían a lo misma playa al día siguiente) y por eso no se daba cuenta de los agarrones que metía María Eugenia que estaba a la derecha de José.

Manuel estaba de pie justamente en frente de José pero pendiente de mirar las reacciones y efectos de sus chistes en Alelí, que andaba escasísimamente vestida, aun para la playa. Por eso no veía tampoco lo que María Eugenia estaba haciendo.

En un punto de las cosas bien entrada la noche, José forzó demasiado la barra con un chiste situado en la frontera al otro lado de lo absurdo y todos fijaron la vista en él capturando el momento en el que María Eugenia situaba su mano izquierda más allá de donde dice: no pase, perro bravo, propiciando el instante embarazoso en el que se decidió disolver la reunión hasta el día siguiente a las siete de la mañana para ir a la playa lejana a la que no va nadie.

Se despidieron un poco incómodos pero no definitivamente molestos, porque con tanta caña entre pecho y espalda, y gracias a la extremadamente fina habilidad para el disimulo del que hicieron gala María Eugenia y José, a Isabel y a Manuel no les quedó claro si en verdad había sucedido algo impropio. Alelí captó toda la jugada, pero se hizo la loca con una sonrisa de picardía que se le caía de la cara.

Al acostarse María Eugenia tenía tanto fuego en las venas que a Manuel se le olvidó que casi la veía haciendo algo que a él no le hubiera gustado ver.

A José no le gustaba mucho María Eugenia pero la travesura le divertía también porque no era algo que le hubiera pasado antes. El descaro de ella, en sí mismo, era lo que realmente le había excitado. Sin embargo no pensó mucho más en esto, no le dio importancia porque el aguardiente tiene esas cosas y muchas más, según ha sabido y oído, pero al acostarse requirió la completa atención de Isabel para si, porque la verdad es que ella le gustaba mucho más que la otra. Además estaba el amor, la fidelidad, la ética y esas cosas. Estaba bien dejar correr un poco una travesura, pero ya quedarse pegado ahí eran ganas de joder, según consideró. Está también el detalle de la autoridad moral y esa no se debe perder porque deja de existir el poder para la manipulación.

Al día siguiente, con el ratón y la duda se encontraron los seis en el sitio convenido y tras saludarse con un poquito de desconfianza emprendieron la larga caminata pasando junto al cementerio, subiendo la montaña por un lado y bajando por el otro, pasando por una especie de mirador que era como un balcón sobre la inmensidad del mar mientras ya no recordaban las dudas sobre lo que no ocurrió la noche anterior, porque es verdad: una caminata ardua bajo el sol magnifica hasta tal punto un ratón, que quién se va a estar poniendo a acordarse de nada como no sea de un Alka-Seltzer.

Ya bajo la sombra de las matas de la playa, a la que se llegaba por un camino en bajada bastante escarpado como para ser transitado en cholas playeras, el buen humor había regresado en pleno. Manuel echaba chistes cada vez más vulgares y explícitos, y José se los exageraba hasta más allá del límite del dolor de barriga causado por la risa. Isabel no se reía mucho mientras caminaba. Tal vez estaría pensando en lo que dirían sus amigos por los que no quisieron esperar. Quién sabe. Luego, en la playa se puso a preparar panes con diablitos, con mantequilla, con picanesa, con jamón y mayonesa, con tomate y queso, con atún y cebolla, con todo lo que consiguió y con todas las combinaciones posibles de lo que consiguió. Mientras hacía eso tampoco se reía mucho. Estaba muy ocupada.

María Eugenia se sentó en la arena con las piernas cruzadas bajo una mata de uva de playa que daba una sombra sabrosa y pasaba la vista de Manuel a José, y de José a Manuel con la risa constante en la cara. En un momento en el que por casualidad José le pasó por un lado le pidió por favor que viera qué le estaba caminando por la espalda, pero Manuel llegó antes a revisarla: una arañita patapelo.

Un poco más lejos, en la misma costa pero pasando por un piedrero, había otra playita a la que ninguno de los que estaban ahí había ido. Estuvieron por turnos mencionando ir hasta allá, pero solo fue José el que se animó, una vez que se hubieron terminado los chistes, a cruzar el pedregal. Dijo: voy para la otra playa ¿alguien quiere venir? Raquel que estaba bajo un inmenso sombrero haciendo castillos de arena lo miró como si hubiera soltado una blasfemia. Isabel, que estaba leyendo, ni siquiera levantó la cabeza. Manuel dijo: nojoda, compadre ¿usted como que se volvió loco? Y se quedó poniéndole bronceador en la espalda a una María Eugenia que estaba echada boca abajo y que se había quitado el sostén del bikini.

José empezó a caminar por el piedrero un poco precariamente dado el calzado, y no había recorrido la mitad del trayecto cuando oyó que Alelí le venía pisando los talones: ¡espérame! ¡no vayas tan rápido! José se detuvo y Alelí lo alcanzó en cosa de segundos ¿Por qué no me preguntaste a mí? Pregunté a todos, fue una pregunta general, y ciertamente que no pensé que sería tomada en serio por nadie…

El trayecto se hizo más corto de lo que parecía que iba a ser porque Alelí no paraba de amenazar con caerse y llenaba el aire de agárrame, me caigo, dame la mano, déjame apoyarme…, y no se puede ocultar que ese constante intercambio como que cambia la relación de la percepción del tiempo.

Más rápido de lo que José hubiera pensado que quería que ocurriera, porque es que no tomó en cuenta que lo que está pasando no necesariamente indica lo que va a ocurrir a continuación y si te centras demasiado en el momento, éste, se te escapa velozmente y antes de que te des cuenta ya te está pasando otra cosa que no pudiste prever.

Llegaron a la playita, que resultó más grande de lo que parecía desde la otra playa porque una gran porción de ella quedaba oculta tras unas grandes piedras caídas desde la montaña. Ahí había una sombra sobre la arena, al pie de un peñón de dimensiones más que masivas, que estaba limpiamente pulido por el efecto del viento y la arena constante. Ahí se sentó José para esconderse del sol tras la caminata que pareció tan corta.

Alelí se echó en la arena a los pies de José, dentro de la sombra, y tras respirar hondo como ahogando la risa se dio media vuelta poniéndose primero de espaldas a José y luego de frente a él. Sonrió con picardía y le dijo tranquilamente que iría a echarse un chapuzón porque tenía demasiado calor. Se puso de pié, se quitó el traje de baño de una pieza que usaba, lo dejó en la piedra y sin voltear a verlo se echó al agua de dos rápidas zancadas que dejaron ver claramente la solidez de las redondísimas nalgas de Alelí.

José se quedó pensativo. Trataba de razonar el por qué del comportamiento de Maria Eugenia la noche anterior y el de Alelí en ese momento. Le parecía completamente ajeno a él todo eso que ocurría: alguna deficiencia afectiva en el seno materno tendrían esas dos…, o tal vez estarían haciendo algún tipo de apuesta entre ellas…, quién sabe. Finalmente, y antes de que Alelí inventara alguna pendejada como decidir volver a ponerse el traje de baños, él decidió quitarse el suyo y reunirse en el agua con la bella bañista, no sin antes asomarse disimuladamente por sobre la gran roca, no fuera cosa de que a alguien se le ocurriera la brillante idea de venir a ver qué tal resultaba esta playita de acá, después de todo… No habiendo moros en la costa se zambulló despreocupadamente junto a la rubia de los pezones rosados.

Era un espectáculo verle sus rulos amarillitos totalmente lacios por efecto del agua. Cambiaban sus facciones por la variación proporcional entre la pérdida del volumen del cabello en relación con el diámetro de su cabeza. Y la verdad es que la imaginación puede ser un poco molesta, porque a fuerza de pensar en cómo sería ella desnuda, al verla realmente, no se había sorprendido en nada. Pero tampoco es que José estuviera decepcionado ni nada por el estilo, es que bueno, se leen y se oyen tantas historias que, buéh…, el sexo es imaginación, básicamente…

Alelí pensaba, por su parte, que ya lo que le faltaba era mandarle una tarjeta de invitación formal a este muchacho tan indeciso. Se había inclinado sobre él estando sentado para que le pudiera ver las tetas. Le daba el beso de despedida en la comisura de los labios. Lo abrazaba siempre un minuto más de lo necesario y apretándose a él inequívocamente. Le reía chistes que no le entendía. Lo miraba con languidez por más agrio y cínico que se pusiera. Lo había seguido por ese piedrero tan incómodo, y ahora estaba nadando desnuda frente a él ¿qué estaría esperando? Una cana al aire cualquiera echa en la vida ¿por qué no conmigo? ¿no le gustaré? ¿será que huelo mal?..., ah, no, aquí está ¡y como dios lo trajo al mundo! ¡se decidió por fin!

José vino nadando con una brazada de pecho exagerada, estilo que él usaba para nadar intelectualmente no desde el fondo, sino desde la cubierta de su corazón, pero nadie le entendía el chiste. Llegó hasta el lado de ella y le pidió el favor de que lo ayudara a constatar una información que él tenía: ¿puedes flotar boca arriba y luego cuando te avise lo haces boca abajo? Ella extrañada dijo que sí mientras él le explicaba que si era verdad que las mujeres son menos densas que los hombres la corroboración de esto sería importantísimo para lo que vendría en el segundo paso, o más bien para la aplicación práctica de dicho experimento.

Ella flotó boca arriba mientras él pasaba un dedo por todo el perímetro de su cuerpo. Al dar toda la vuelta le avisó y ella flotó boca abajo, repitiendo lo del dedo perimetral.

Ella le preguntó que para qué hacía eso tan rico pero tan raro, pero él le pidió que se fijara mientras él flotaba para marcar su línea de flotación: que va, a él, boca arriba le sobresalía un pequeño islote de la barriga y un periscopio muy gracioso, por lo menos para Alelí que no hizo sino reír todo el rato. Boca abajo ella rió más aun, así que el resultado fue que en efecto el hombre es más denso que la mujer.

¿Y que haremos con esa información? Bien, te diré: desde que te ví entrar en el agua me imaginé la delicia que sería chupártela mientras estabas a flote…, el problema surgió cuando me di cuenta de que yo estaba dando dos cosas por ciertas: que tú querías que yo te chupara esa cosita linda rosadita y de pelos claros, y que tú flotabas mejor que yo… No tengo que contarte la indecisión que me entró porque te imaginas que te hundieras mientras yo abusiva y flotantemente te metía la lengua entre las piernas…, y tú yéndote a pique, cómo íbamos a respirar…, pero ya ves. Ahora solo me queda aclarar una sola de las suposiciones…

…¡Coño! Qué complicado eres ¿y no se te ocurrió que en la orillita puede ser más cómodo? Pero no hables más, besémonos un poco para ver si me gusta cómo lo haces, porque el que besa mal arriba besa mal abajo… Oye, no lo había pensado, pero tiene lógica: besémonos… Además, el que huele bien por arriba huele bien por debajo, y el que sabe bien… ¡cállate ya, muchacho loco!!!

El oleaje era muy suave porque era el momento de las calmas de mediodía y el mar tenía una apariencia aceitosa sin una sola ola rompiente. Con todo y eso los besos tuvieron esos sabrosos tropiezos labidentales productos de la prisa, la precariedad y la zozobra. Rápidamente, y para no dejarse ni sorprender por los de la otra laya, ni para dejarse quitar la delantera entre ellos, los labios de cada uno emprendieron una atropellada competencia para ver cuales eran los más osados, o por lo menos confianzudos.

José pudo comprobar que una mamada echada en condiciones de flotación tiene la ventaja de la ingravidez (bueno, en dos sentidos simultáneos, porque siempre tiene aunque sea uno ¿verdad?) pero complica mucho la respiración. También está lo de la ausencia de dientes, cosa muy cómoda. Y si ella se relaja y él pisa el fondo, la cosa fluye bastante bien.

Pero se concluye fácilmente que con tantas cosas en qué pensar el asunto no llega al término esperado y no pasa de una travesura de cierta osadía, dadas las vecinas circunstancias. Así que sin decirse nada tomaron la decisión de salirse del agua porque la piedrota esa que hace la gran sombra tiene una superficie tan lisa y con unos pliegues a tan buenas alturas, que el confort estaba garantizado, y libre de arena.

Alelí tenía los ojos empequeñecidos y la boca roja y carnosa. Salió del agua en silencio y trastabillando. Pasó de la orilla a la sombra de la piedra en lo que pareció una agonía eterna. Cuando llegó, José ya tenía lo que parecía un año sentado en un cómodo pliegue de la gran roca, esperándola.

Ella llegó por fin y sin decir nada se sentó acaballada sobre las rodillas de José. Pasó sus brazos por detrás del cuello de él y se fue arrimando hacia delante lentamente hasta que quedó enchufada completamente. Se movió despacio hacia delante y hacia atrás. Muy despacio pero con muchísima fuerza. La presión que ejercía le estaba destrozando el cóccix contra la piedra a José quién no aguantó y le dijo que se bajara, que lo iba a convertir en pisillo de punta trasera.

Se rieron, se separaron, intentaron un sesenta y nueve, y un setenta y cuatro, un manual y un sesenta y ocho, siguieron con las chupadas: una vez uno y luego la otra…, qué va, no había manera, no se podían concentrar…, y sin llegar a dónde hubieran querido decidieron regresar junto a los demás e intentarlo en alguna otra ocasión más cómoda.

¿Qué tal resulta la otra playita? Preguntó María Eugenia al verlos llegar…

Bueno, se puede decir que a primera vista parece un buen lugar para practicar algunos deportes, pero termina siendo un sitio más bien incómodo…

lunes 3 de noviembre de 2008

Playón.

“Diga lo que quiera de mí el común de los mortales,
pues no ignoro cuán mal hablan de la Estulticia incluso los más estultos,
soy, empero, aquélla, y precisamente
la única que tiene poder para divertir a los dioses y a los hombres.”

Erasmo De Rotterdan.

Me fui a la playa como de costumbre: acompañando más que acompañado. Esto me sucedía, no me canso de repetirlo, porque era un buen muchacho que había decidido dejar de estudiar una carrera universitaria por sinrazones muy privadas, y hacerle de comerciante y aventurero siendo como soy, muy mal dotado para lo primero y en exceso para lo segundo aunque entonces yo no lo sabía.

Y me fui dando cuenta paulatinamente de que era más compañía que acompañado porque la verdad es que ser reflexivo es una calamidad que me ha venido aconteciendo en la medida que mis células pierden su habilidad de asimilar ciertos nutrientes. En ese caso he tenido que aprender a pensar antes y durante, porque mi habilidad para enfrentar y enderezar entuertos viene mermando a ojos vistas con presbicia y todo.

Por lo tanto, eso de simplemente pisar delante del pie anterior ya se me olvidó por qué fue que el otro pisó ahí primero pero doy el paso porque por qué no ¿ah? Si de todas maneras estar detenido es peor que caminar en círculos hacia ninguna parte, porque cómo coño sabe uno para dónde carajo es que tiene que ir, si es que hay que ir, obligado, hacia qué sitio, y no te enredes más: camina y punto.

No, de ninguna manera escogería la opción de recordar mis vidas anteriores. Ni ahora ni mis futuras reencarnaciones que tal vez me lleven, como A’Tuin, hacia el borde del multiverso cuántico, y a la comprensión de las realidades electivas de adentro para afuera.

Ya tengo suficiente con avergonzarme un poco recordando como el invencible Jóvito terminó cuadrándose, ora con adecos, ora con copeyanos según cambiaba el horizonte político… Tener que acordarme de mis tíos de izquierda contando el chiste de que Carlos Andrés había ganado el Nobel de Química por haber convertido el petróleo en mierda luego de la su nacionalización aquel enero en el que Cañonero II ganaba el Derby… Tener que recordar las gaitas de Joselo, a José Luís meneando pelvis y cantando que allá en la cima de la montaña un hombre grita cosas extrañas, a Sandro balando como un ovejo frente a una Rosa Rosa tan maravillosa, a Trino Mora mandándole recado a la que ya no piensa en su amor porque se cansó de llevar coñazos…, usted me perdona, don: yo no sé filosofar…

Y si es una elección la realidad, la verdad es que no concibo una peor que avergonzarme cuando la pena es ajena. No tiene razón de ser. Lo que trato es de comprender el por qué elegí leer a Funes el Memorioso. Menos memoria me permitiría deslastrarme de chatarras inútiles ni siquiera cómo tópico de conversación, ya que por lo general nadie sabe (porque no se acuerda, nada más) de qué estoy hablando y tengo que ponerme a traducir mis propios chistes, previa clase de historia desautorizada. Y no existe peor chiste que aquel que hay que explicar, destapando el baúl de los recuerdos para más colmo.

Me acuerdo por ejemplo de la vez que se murió el guardián de un templo y había que elegir el sustituto: el abate puso una linda mesa en medio del patio con un bello jarrón encima que contenía una rara flor, frente a los postulados para el cargo. Dijo: este es el problema. Dio un paso atrás… Todos los candidatos se quedaron desconcertados menos uno que dio un paso al frente, desenvainó la espada y de un solo tajo pulverizó flor, jarrón, y mesa… Envainó tranquilo y regresó a su puesto…: Le fue concedido el cargo… Es decir, que si arrastras basura deshazte de ella por preciosa que haya sido alguna vez, o monta un museo y cobra la entrada porque también se vale.

Fui a la playa, como dije, después de dejar el carro estacionado frente a la casa a la que solíamos llegar, en la que también dejé el equipaje y los zapatos. Solo cargué la toalla, el protector solar, el bolso con el equipo fotográfico, y la billetera. Por ahí hacia la punta conseguí un cocotero con una sombra chévere como para hacer campamento y me senté. No, que esta sombra no, que vámonos más allá, que me gusta más aquella, que por qué te sentaste, que ayúdame con esto, que qué te pasa… Ningún problema, consigue la que te gusta, déjame los peroles aquí, que en lo que te ubiques yo lo pongo todo allá… Que tú no me ayudas, que me dejas sola, que qué apático eres… Y será, sí, qué voy a hacer, si es que yo vine para acá a cargar mis peroles nada más… Baja la voz que allá vienen mis amigas: ¡Mame! ¡Clara! ¡Silvia! ¡Aura Delia! ¡Teuta! ¡Miren que sombra más linda consiguió un tal Lucas! Pues sí, y la encontró él solito… Yo, por supuesto que me hice el musiú ante la aprobación doble por la vía de Mame y de Juana Augusta fingiendo que le ponía un filtro de color al lente de mi cámara porque llevaba película rápida blanco y negro de ASA 400 que me permitía jugar con los contrastes.

Saqué un filtro verde claro especial para la piel en días de playa, y del fondo del mismo bolso, una botella de guarapita que había escondido ahí para estos casos. Me di dos profundos langanazos y me disfracé de fotógrafo, actividad por la cual era graciosamente aceptado en este grupo selecto de cabezas coronadas, ya que me salían muy lindas fotos de sus diademas y tiaras.

Yo nunca he sido un mal muchacho, ni, para qué negarlo, demasiado bueno tampoco: además de sus lindas tiaras dejé plasmado en mis negativos múltiples imágenes para la posteridad, y de la posteridad misma en muchos casos. No voy a decir que no. Y la verdad es que esto lo hacía sin ningún fin último, lo que pasa es que, qué tanta foto se le puede hacer a un rostro. Das un paso y luego el otro aunque no sepas muy bien para qué o por qué. Solo lo haces.

Otro langanazo en pareja de mi reserva privada y ya empieza a molestar menos la traducción de mis chistes. Traducción con interpretación freudiana y jungniana, porque para qué voy a decir que no, si esto era así. Además llegó el señor de las ostras que ya me conocía bien y me dejaba el balde completo por un módico precio que le cancelaba al día siguiente antes de regresar a Caracas. Muchas veces él mismo me traía otro baldecito con hielo y una botella de vodka especial para el empacho. Sabio y buen tipo este.

Yo abría las ostras para que nadie se fuera a pinchar un dedo y me echaran a perder el playazo como la vez que Clara se comió un manzanillo y hubo que salir corriendo con ella a que le hicieran un lavado estomacal. Abría unas cuantas ostras, me comía unas pocas, hacía tres fotos, me daba dos tragos largos, y abría más ostras. Así se me iba el día.

Luego recogía para irnos a sacar la sal al río, previa parada para comprar guarapita que yo utilizaba para bautizar en al más novato del grupo. Era divertido: con el frío no se daban cuenta de que se estaban emborrachando hasta que salían a tierra firme y se desplomaban muy graciosamente. Pero como nunca he sido un buen muchacho, ni tan malo tampoco, para qué negarlo, los recogía yo mismo y los montaba en el asiento delantero del carro para que pudieran vomitar por la ventana sin manchar nada.

Luego acompañaba al grupo a casa, para cambiarse y cenar. Generalmente esto consistía en comerse lo más barato y cumplidor que se pudiera, luego ir a sentarse en la orilla del mar para hablar mal de alguien que formara parte del grupo, pero que estuviera ausente.

Yo me echaba panza arriba a contemplar la estrellas y a perderme dentro del ruido de mis pensamientos para no tener que escuchar como despellejaban al que hizo la última fiesta al que asistieron “sin-cuenta” personas, que por supuesto, se había quedado en Caracas por la vergüenza que nos hizo pasar en lo que se rascó y correteó a su papá, pobre gallego pusilánime, que no haya por dónde agarrar a su hija cuando se pone así, pero ¿por qué ella solo se disculpa con Aura Delia? Sí, imagínate que terminó diciendo entrecortadamente y entre sollozos que lo que más la avergonzaba era que Aura Delia hubiera tenido que presenciar esa escena…, será que le gusta…, ¡ejem! Cómo se te ocurre, lo que él quiere decir es que el afecto que ella siente es muy especial para con Aura…, Que cómo iba a verle la cara ahora… Sí, pero no van a negar que fue cómico ver al viejo correteando por media casa moviendo los pies como si lo quisiera morder un perro pequinés, y la otra corriéndole atrás como si en verdad lo quisiera morder…, salí yo a intervenir en el sacrosanto conciliábulo y por supuesto que saltó Juana a traducirme el chiste mientras se levantaba un rumor de murmullos que acallaba el de las olas y el viento, seguido de unas risitas de compromiso para desagraviar al desatinado del fotógrafo que maneja el carro.

Una vez más me di par de langanazos de lo que fuera que hubiera en la botella más cercana y decidí cerrar el pico para otra cosa. Ahora tenía en la cámara película ASA 1600 y estaba experimentando con las luces de las estrellas y las del yesquero cada vez que prendían un cigarrillo que fumaban con gestos desde el de una vampiresa de cine mudo hasta una lavandera arriba de una muralla. No hice gran cosa con este experimento porque había mucho viento y me preocupaba el efecto de tanto salitre en mi cámara, así que la guardé en su bolso bien protegida y me dediqué a contar estrellitas como el Chamamé a Cuba.

Me concentré en el sonido que hacían el coro mar y viento junto con las hojas de los cocoteros, y poco a poco se me fueron desdibujando las imágenes que me hacía con las discusiones que estaba escuchando sin oírlas ya, y sin ningún ánimo de intervenir, porque para qué, si igual no me iban a entender y resulta muy cansado para mi traductor simultáneo.

Se me fue ocurriendo tomar ciertas decisiones: no me importa que me rajen el cuero cuando no estoy si es que lo hacen. Manejo el carro siempre que quiera hacerlo. No me dejo traducir un chiste más. Solo fumaré en pipa. No agarro más de una arrechera al mes. Observaré más y hablaré menos… Y el cielo no está sobre mi cabeza sino bajo mi panza…

…Y tuve que agarrarme del suelo porque me estaba cayendo dentro del cielo…

lunes 13 de octubre de 2008

“El que ginebra no enhebra”

"Érase una vez un lobito bueno,
Al que maltrataban todo los corderos.
Y había también un príncipe malo,
Una bruja hermosa, y un pirata honrado.
Todas esas cosas había un vez,
Cuando yo soñaba un mundo al revés".

José Agustín Goitisolo.

Aura Delia Perdomo Poe era una chica menudita pero bien hecha, buena, muy buena y de familia casi bien. Ella estaba de novia con Asdrúbal -a quién llamaban Druby porque en Fort Lauderdale es imposible que le pronuncien correctamente un nombre tan cartaginés, que ni latino termina siendo, igual que si se llamara Aníbal- pero lo dejó después de un cúmulo de desatinos que cometió el pobre Druby, cerveza en mano, tras el volante de su Samuray negra vía Cuyagua y vuelta.

Fue un fin de semana raro, sí, más bien raro. El grupo era casi en su totalidad de gente buena de familias bien. Tan, pero tan bien, que el que menos acumulaba tenía medio metro de apellidos guindando de sus tres nombres. No voy a hacer la lista, y claro que todos los nombres son inventados con la sana intención de proteger a los inocentes que ya tienen suficiente con serlo.

Aura Delia Perdomo Poe, cuyo padre trabajaba duramente en algún sindicato de la industria petrolera en Anaco mientras leía a Lovecraft con el nudo de la corbata bajo la oreja izquierda, creo, entró en este grupo tan selecto por vía de su empadronamiento en una carrera filosófica de una universidad dogmática y casi invisible. Ella era del tipo de gente que te ofrecía un cognac francés en vaso corto con tres hielos, preparaba un riquísimo fondue de chocolate y lo servía con carlotinas, y veía las películas porque no le ha dado tiempo de leerse el libro (pero lo tiene en la biblioteca y en cualquier momento lo lee) y todo lo hacía tan graciosamente parada sobre sus dos piernitas tan torneaditas que dios le dio.

Rápido comprendió que un Iturriza le venía mejor que el fofito de Druby (con su culo más ancho que su espalda, y su piel de mantequilla sin sal) y le dio golpe de estado nada mas llegando de Cuyagua. La excusa que ella le dio para mandarlo al carajo él nunca la entendió, por lo menos dentro de los tres años siguientes a su expulsión del grupo. Soy testigo presencial de esto. Es que yo estaba siempre por ahí porque aun sin ser de familia bien sí terminaba siendo bueno, y por el agradecimiento (en más de un modo, cómo no) de Juana Augusta Montefuerte Del castillo Nuevo mientras no tuviera que traducirme un chiste. Qué aburrido. Entonces Druby a la basura y quedaría incorporado Juan Pedro De Iturriza y medio metro más de apellidos (y de estatura) que ni de vainita mencionaré. Pero eso no es todavía.

Era el cumpleaños de la infanta doña Maria Mercedes (Mame) Guzmán-Santaella y Ortuño De Confroid, de los ojitos infinitamente negros (y su inteligencia tan brillante para todo aquello que no fuera emocionante o sirviera para matar el aburrimiento), y nos invitó a celebrarlo con una salvaje termidor de mero preparada textualmente sobre tres topias, tal y cómo lo dijera con salivita saliéndole de las comisuras, Juana Augusta Montefuerte Del Castillo Nuevo desde lo alto de sus medievales murallas con terraplén de barro apisonado.

Para ese efecto y con el fin de que comprara un atadito de meros no mayores que mi antebrazo por instrucciones expresas de Silvia Hortensia Calatrava y Fuentes Mayor, que era la que dirigía el ágape salvaje, brasileña mitad riojana mitad castellana, de La Castellana misma, se me comisionó entonces para llegarme hasta la piscina o pileta de Cuyagua que es la parte más oriental de la bahía pasando la desembocadura del río dónde llegan los pescadores.

Yo, que era un buen muchacho de nombre escuetísimo cumplidor de mis horarios, de familia pobre pero honrada, de nobles en decadencia y descenso según contaba mi padre entre rapto socialista y rapto socialista, porque sí es verdad que no tenemos dinero ni posesiones pero es que no hay nada más noble y descendido que un socialista venido a menos, entiéndelo bien hijo mío, sobre todo si la decadencia ha venido por el lado de la conciencia ¿no?..., yo, que era un buen muchacho de familia socialmente honrada, o sea: decaída, ya lo dije, veía estos paseos como una parte de mis deberes, de mi aprendizaje de la vida que alguna vez decidí enfrentar como mi tío Bartolo quien hizo un pacto con el plan de crédito del karma para ir pagando de inmediato todo aquello que no lo llevara directo hacia Siddarta Gautama aunque lo devolvieran de la alcabala de Caucagua porque por ahí no se va para Woodstock. Entonces yo estudiaba el comportamiento de cada eminencia que me prestaban cada fin de semana y las acompañara a sus desfogues aristocráticos, pero claro que con la misión de traerlas de vuelta lo más sanas y salvas posible, obviamente porque yo tengo licencia de quinta y si manejo una gandola manejo lo que sea.

Y cumplía mi comisión, y me llegaba hasta la pileta para comprar los meros chiquitos que me encargaron, acompañado por la inefable Teuta Meyer Killigrew (una picto-eslava de intercambio estudiantil que estuvo todo un año hablándonos en un castellano mejor que el nuestro y por eso le entendíamos poquito) y de vuelta nos traíamos unos palitos que no hubieran tocado el agua salada porque si no, no encendían. Volviendo de nuevo al campamento en donde Adalid Martini (con su peinado con la raya a un lado, su camisa de lino, sus bermuda de piyama, y sus mocasines con medias de seda) trataba de armar una carpa que parecía de muselina y organdí de puro fina que era, y el negro Blanco que nació sin camisa y nunca compró una porque para qué si ya tienen esos abdominales de cují pulido, coleado igual que yo en este grupo no siendo ni siquiera buen muchacho porque ni muchacho era ya, se reía con saña de Adalid, mientras con una sonrisa de picardía vitalicia les daba ron directamente de la botella a las bocas (que tenían que empinar como quien recibe la ostia, pero dejando chorrear algo del ron por los cuellos y pechos para quitárselos luego a lametones acompañados de risotadas de látigo) de las eminencias presentes que pasaban frente a él haciendo una especie de baile de la conga a ritmo de Las Chicas del Can (que tronaba en el reproductor de la Samuray negra de Druby, y eso que para ese fin de semana me había pedido mis cintas de Traffic y Gong que nunca me devolvió) que ponía celosísima a Clara Amanda Orticoechea Machado y Santamaría (la conga, no las cintas) con su cabello tan liso y sus caderas tan redundantes y pindáricas (para una niña de su edad), que era la eminencia que siempre lo invitaba.

Teuta Meyer Killigrew hacía la fila también bailando como un paraguas suelto en un ventarrón pero no alzaba el piquito para que le dieran de beber porque era abstemia. A ella en su mundo le importaba lo mismo: bailaba y gozaba a la austrohúngara siempre muy bien peinada, con su bikini dos tallas mayor…, inefable.

Llegamos de regreso y me puse a arreglar el fogón que intentaba armar el fofito Druby con la cerveza en la mano, bajo la etílica mirada ligeramente estrábica de Aura, que en lo que se echaba tres ginebrazos ya ni se sabía bien a quién estaba mirando. Él se fue a buscar más cervezas a la cava mientras ella me decía que quién ginebra no enhebra. Se reía, hipaba, y lo repetía: el que ginebra, no enhebra…, yo no era tan buen muchacho, creo, y eso me ponía medio mal. Me ponía medio mal porque por un lado me prestaban ese cúmulo de finezas para que las cuidara en su aburrimiento tan elegante, y yo por el otro lo que hacía era traérmelas para una termidor salvaje preparada en las tres topias de la muralla con arcén que era Juana Augusta Montefuerte con, o sin salivita, pero Del Castillo Nuevo. No intenté explicarle a Aura Delia que a la que mucho ginebra pronto se la enhebran porque definitivamente el fofito de Druby, a juzgar por la cagada de fogón que estaba preparando antes de que yo llegara, ya estaría tan borracho a fuerza de cervezas en la mano que de pronto al que se iban a enhebrar esa noche era a él. Pero sería el negro Blanco el que se lo echaría seguramente, y lo digo porque el siempre repite que güevo parao no cree en culo cagao.

Hice entonces un buen fuego con Teuta germánica parada sobre mi hombro izquierdo sopla que te sopla tan franco prusiana, mientras hacían la conga del ron y Adalid me llamaba para que lo ayudara a instalar su muselina con techo de organdí Valentino Lawrence de Cuyagua. Claro que lo mandé bien largo y ancho al carajo: A mí me prestaron también a María Mercedes (Mame) Guzmán-Santaella y Ortuño De Confroid, con todo y ojitos negrísimos para que la cuidara este salvaje fondue, no, termidor fin de semana salvaje, y ahora resulta que se nos pegó este mano topocha que jamás ha visto un chinchorro (y menos un mecate como no sea el que está acostumbradísimo a que le jalen a él) y no me jodas, güevón, que yo voy a guindar el mío aquí lejito, para que no me ladillen cuando no sepan resolver alguna cosa… Yo estoy contratado solo como chofer y guarda espalda nada más ¿no has visto el tabulador laboral del contrato colectivo de la CANTV? Lo de fogonero y pinche de cocina lo hago porque me sale, pero no abuses.

Aun había que esperar a que se hicieran las brasas. No se puede montar la termidor así a llama viva porque se le quema el queso y de eso sí que sé yo, dijo conocedora (y empezando a bizquear también porque parece que el que ginebra no enhebra pero por bizco aunque lo que tome sea ron) Silvia Hortensia Calatrava y Fuentes Mayor con su carita de Sonia Braga recibiendo, no por gusto, el beso de la mujer araña constantemente.

Yo, qué carrizo, ya sabía que Gonzalo sin apellidos por sureño, su novio, muy catirito cara de tomate y acelerado y arrechón no pasaba de la puerta del closet, porque según lo que soltaba ahí junto al fogón de la verdad Silvia Sonia era que con todo y su carita Gonzalo no le quitaba las bragas (claro que si se apellidara Zabaleta le hubiera quitado lo mismo pero con otro nombre) sino para darle por detrás. Que no, que lo otro no, que lo de allá delante no me gusta. Me gusta ese de atrás y punto… Y esto lo decía con cara de no recibir muy bien ese beso de la mujer sin braga, pero la verdad es que tampoco parecía queja. No sé. Yo estaba en lo de la candela que era otra.

Entonces sí que ya no entendía nada. Estas eminencias sí que son raras. Y yo que me siento tan mal por no ser tan buen muchacho que vivo pensando todo lo que no se me ha perdido. Lógicamente que entre Vadiño y el farmaceuta, pues ni muerto tengo dudas.

Y así, una vez que Druby cayó vencido por el peso de la cava de cervezas que llevaba dentro por los lados de su ecuador ya, probando que el que cerveza tampoco enhebra, volteó el pote en el que traían preparado lo que civilizadamente le iban a poner a la ensalada que acompañaría a la salvaje termidor. Volcó el pote y cayó redondo bajo el diferencial de su Samuray Negra cuando Gustavo tomate soltó un atiplado reclamo: ¡Drubyyy, botaste el aderezo! El negro Blanco soltó un totalmente negroide: ¡aayy, papá! Teuta Meyer Killigrew puso cara de circunstancia montenegrina porque la suya era de vegetariana de Los Vosgos…, y Aura Delia se puso a contarme que se había estado viendo a escondidas con Juan Pedro De Iturriza y medio metro no solo de apellidos y estatura, según ella, a quien en una noche de emperrado ordeño le había sacado a él ocho, óyeme bien, ocho orgasmos…, yo le dije tratando de evadir su confesión: ¡chica, si enhebras o no enhebras no lo sé, pero de que exageras, exageras! No, por este sol que nos alumbra y que relumbra como una fogata: ocho orgasmos le saqué…, me replicó mirándome como si le hubiera hablado en chino: me fajé y me fajé porque yo quería ver hasta dónde llegábamos…, ¿y cómo hiciste? Porque eso no es botón de la luz que le das y el bombillo prende…, no, me montó primero al derecho, luego al revés, luego me monté yo al derecho, luego al revés, se lo mamé dos veces, y le hice dos pajas: una rusa porque tengo con qué y la otra normal, porque la vaina cansa, y paré porque él ya parecía que se iba a morir de tanto llorar…, Y me imagino que después…, sí, bueno, eso fue en un motel bien lindo en La Victoria…, pero después…, sí, pero después tuve que manejar yo de vuelta a Caracas y fue un desastre: tú sabes que yo no veo nada… ¡Román, Román! ¡el que ginebra no enhebra!... Pegó un grito como Rodrigo De Triana y cayó dormida (como si le hubieran cortado los hilos) al lado del fogón sin haberse hecho la brasa todavía.

Silvia Hortensia Calatrava y Fuentes Mayor me puso cara de Jorge que no ha amado y yo entendí que antes de que Gonzalo tomate sin apellidos por sureño le quite las bragas a la mujer que araña (porque tiene con qué) que no enhebró por culpa del ron, yo tenía que cumplir con mi encomienda y empréstito honrando mis compromisos y poniendo a salvo a la niña Aura Delia Perdomo Poe ex de Druby y futura de De Iturriza de sus varios medios metros y ocho orgasmos, la llevé a la Samuray que tenía asientos reclinables, la tranqué con las ventanas abiertas lo justo como para que no se asfixiara, y me traje las llaves conmigo… El ke jjinebrra no enhhebrra…, decía moldávicamente Teuta Meyer Killigrew mientras daba vueltas sobre su eje con los brazos abiertos mirando el cielo con su inseparable bikini anaranjado que le hacía bolsitas bajo las nalguitas herzegovinas esas.

Cuando regresé me encontré una gallera encendida y era que Mame y Clara se estaban peleando porque Mame se había traído a Adalid Martini ese fin de semana (nunca lo llamaba solo por su nombre, siempre daba nombre y apellido de una sola vez) para experimentar el sexo fuera de su ambiente habitual, y así salir de dudas sobre si era que lo que estaban era aburridos, o era que la frigidez los llevaba por el camino del desespero. Ella se lo había traído con todo y carpa de muselina y organdí para ver si en tan exótico escenario y tan sugestivo nombre él se inspiraba…, y ella, ella, ¡ella! ¡Su mejor amiga! le había vuelto a fallar…

Obviamente yo no entendía nada porque llevaba mis tragos de guarapita ya, y cuando fui a preguntar me atajó Juana Augusta Montefuerte Del castillo Nuevo abriendo el puente levadizo para susurrarme a gritos alcohólicos que Mame había capturado a Adalid agarrado de las ampulosas nalgas caderas de Clara Amanda mientras ella se agarraba a la pantallera entrepierna del negro Blanco haciendo una conga trencito con chucu-chucu incluido a ritmos de Fernandino Villalona... Todo esto me lo contaba ella con las cejas levantadísimas, como solía estar su puente, y tres surcos en la frente como las topias del fogón que fue su idea con o sin saliva y terraplén.

Gonzalo se puso como un tomate apurado y azoradísimo, sacó a Silvia de las inmediaciones culinarias claramente mirándole la entrepierna al negro blanco con toda la intención de pagar la calentura con las, en este caso dos, topias posteriores de Silvia Hortensia Calatrava y Fuentes Mayor. Se perdieron en la noche, más allá de la negrura de la Samuray negra de Druby mientras Silvia decía: cuidado que tienes arena, cuidado que tienes arena...

Ahora Clara, en el borde de la penumbra rojiza de lo que quedaba del fuego y mientras yo le echaba paleta a la salvaje termidor para que no se pegara en el fondo de la olla (no fuera cosa de que al regresar Silvia de la incursión en las alternativas culinarias de sus dos topias con el tomate atiplado me fuera, encima, a armar un peo) le metía las manos debajo de los pantalones cortos de banlón al negro Blanco -quien como Frank Harris sabía que si ese camino también conduce a Roma todo está bien- del cual a esta distancia solo se le veían los dientes porque tendría los ojos cerrado, digo, y a Adalid Martini que comenzaba a bizquear y ahogaba un bostezo rascándose la nariz con el dorso de la mano pero sin soltarse ni un segundo de las ancas de Clara por más chucu-chucu que hiciera el trencito de ellos.

Supongo que fue ese el detonante para que Mame soltara suavemente esta perla: Clara Amanda Orticoechea Machado y Santamaría es virgen… Claro que es virgen, aunque tome pastillas anticonceptivas… Las toma porque según ella nunca se sabe…, claro, se guarda virgen para cuando se case…, mientras… ¿no le ves la boquita que tiene?... ¡Adalid Martini, ven acá de inmediato! te vienes conmigo a la carpa a ver si entre muselina y organdí se te ocurre algo bueno… Adalid se desprendió y vino con paso más bien cansino, pero vino. Y se fueron a su carpa que parecía un globo aerostático mal inflado porque había quedado pésimamente mal amarrado.

Yo pensé ya fastidiado de hacerme el bueno: que vaya Mame y mame a ver…, y saqué la olla de las brasas, acerqué el recipiente de la ensalada sin el aderezo que Druby había botado, puse todo sobre una toalla en la trompa de la ranchera Mercedes Benz Diesel que me habían prestado junto con las eminencias, e invité a una muy achispada Juana Augusta Montefuerte del castillo Nuevo a que despejando su ceño se bajara del arcén y se sentara a comer conmigo la termidor salvaje del cumpleaños de Mame, que a estas alturas ya debía estar siendo mamada o viceversa.

El ke jjinebrrra, no enhebrrra, decía inefablemente caucásica acuclillada sobre el techo de la camioneta Teuta Meyer Killigrew, tranquila, entre bocado y bocado de ensalada sin aderezo.

jueves 9 de octubre de 2008

El Bastón De Gun-Marie

Bastón laminado.

Maderas varias: Pino Caribe, Amargoso, Pardillo negro, y Teca.
Resina epoxi.
Contera de acero inoxidable 316, y caucho de camión.

Longitud total: 86cm

La procedencia de las maderas es de cultivo, o de desecho de carpinterías.
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lunes 22 de septiembre de 2008

Demagogo. Pedagogo.

”Si quieres docto ser en todas las ciencias,
En púlpitos en cátedras y audiencias,
Pondrás mucho cuidado,
En andar bien vestido y aliñado
De aquella facultad que representas,
Que de esta suerte ostentas
Lo que ignoras y nunca has aprendido,
Que es ciencia para el vulgo el buen vestido”
Caviedes.

Era que había elecciones en el IUP y la contienda estaba cerradísima entre la plancha uno y la dos. Ni hablar de la tres, que era por la que íbamos en casa. Ahí no estaba inscrito Merentes.

Atrás (pero no hacía mucho) quedaban las luchas disueltas en slogans y letreros estampadas en franelas chupasangre, que si bien me asistieron en eso de fijar mis cánones estéticos, bueno, por estéticos precisamente gracias también a Joan Báez, también dejaron ese regusto dental que solo se quita con astringosol, porque el listerine no puede por aguado.

Yo entendía muy bien que el socialismo usaba botas unión si era muy sentido y montañero, y frazzani si lo querías más cómodo. También estaba el de sandalias, pero ese era idealista y sin bolas como para agarrar el fusil y subir a la montaña con Manuela (aunque descubría que era lo que provocaba de verdad)... Pero el de la plancha tres no usaba (pero ahora sí) mocasines.

… Qué va, la plancha uno arrasa. Hay que hacer alianzas estratégicas para no quedar como la guayabera: pactemos con la plancha dos y nos repartimos los cambures tras la victoria aplastante de la plancha dos más tres, que no suma cinco sino que resta uno, porque es que ese uno es un solo cogollo y así no se puede.

Ese señor de la tres es un señor, además, es un pedagogo, un insigne epítome paradigmático por antonomasia que hasta pelético y pelempempético no para. Un ejemplo, un bastión, atalaya y arcén de las letras y la cultura, hasta participó en la composición de los chimichimitos y fíjate que renunció a sus derechos de autor y todo.

Cuando se habla de la generación del veintiocho, en vez de extenderse en justísimo improperio, se sume en un profundo e inescrutable silencio que lo sitúa, junto con su pipa, en el pedestal que ocupa todo hombre inteligente.

¿El sesenta y ocho? ¿mayo? ¿Paris? Eso está muy lejos ¿qué vas a saber tú de Francia? Imagínate que allá cocinan todo a base de maicena, no se bañan, se tapan el violín con perfumes, los hombres son narizones, las mujeres de cascos ligeros, y tienen un sacacorchos por presidente que ya cumplió porque metió un gol, o algo por el estilo…

… Lo ideal es una estructura de cooperativas como la que utilizaron después de la guerra para sacar adelante la economía británica...

… Pero ¿cuál guerra?...

… Mira qué bien agarra este la garrafa de castel gandolfo, a ver si compras un vinito menos peleón que este, coño, que mañana hay que trabajar después de las elecciones.

No me vengas con mocasines a estas alturas que ya me quité las frazzani por culpa del curry que estaba picante y se me sudaron los pies.
Es que tú fumas en pipa también. Debes disgustarte solo una vez al mes nada más, y te aceptamos en el marco de las alianzas estratégicas porque tú sabes bien que sin remilgos nos echamos a la uno en caldo e’ ñame.

Qué vino más malo, carajo, pero tienes razón ¿vas a tomar güisquis? Ni de varilla, comandante, con sandalias o con unión, porque en la unión está la fuerza y no estoy hablando de pecueca, caballero.

Un pedagogo, como le estoy diciendo, como les digo y alcemos esta copa de vino que con cada garrafazo sabe mejor ¿y el curry? Como para subir a la montaña con Manuela en sandalias y fusil cargado. Ojo mi comandante: los niños.

Además, con Manuela se va o se viene es de la fabrica, no me traicione a Zitarrosa, a Violeta Parra, y a Joan Báez de un solo desatino garrafal. De la montaña el que bajó fue Manuel ya sin unión, y sin mocasines si te pones a ver y oyes la canción completa. Ni siquiera se trajo las sandalias aunque fueran las de Mercedes.

Dame la garrafa que ya está más liviana y hay que aprovechar mientras afinamos las alianzas dándole gracias a la vida porque en Paris cocinan con maicena hasta el curry este que estaba bien bueno.

Un insigne educador, un ejemplo, una luz moral de moral y luces, un catedrático: un pedagogo pedagogo de verdad.

¿La plancha uno? ¿plancha? Platanazo es lo que es. Un platanazo es lo que se van a dar contra la tensa superficie de nuestras alianzas estratégicas. Mocasines. Mocasines y hasta guayaberas. Nunca, jamás safari.

Además ¿dónde queda lo auténtico? ¿ah? Lo autóctono, lo folklórico, lo de aquí. Sí, eso mismo es lo que digo ¿por qué irse tan lejos a comer curry? La maicena es de Alfonso Rivas, que es tan de aquí como el gurrufío y el pan de piquito ¿no? Lo mismo que Eliodoro Gonzáles P., que le compró la fórmula a mi abuelito Masó, quién pasó el resto de sus días en el Miramar sin trabajar más nunca…

… Y ya me vas a decir que eso el lo bueno, lo ideal…, no se puede confiar en socialistas de sandalias…, capitalistas oportunistas ¡dígame! ¡Ponche crema! ¡fin de mundo! Pásame la garrafa, que esto no lo puedo oír bueno y sano. Menos mal que este vino está malísimo…

Ah, no, dejen la molestadera porque así no hay alianza que valga. Recuerden que somos pedagogos…

… No, si aquí para ser un pedagogo epítome paradigmático hay que fumar en pipa y tragarse a Rómulo Betancourt sin masticarlo. A Rómulo y a Merentes. Coño, eso ya es mucho…, con el perdón de los niños míos y de los de mi comandante…

Yo no veo claro como es que dos más tres…, no, comandante, en este caso es tres más dos…, sí hombre, está bien, poeta: como es que tres más dos restan uno…, es que usted, y me perdona, comandante (y gracias por lo de poeta, porque poeta somos todos lo que amamos la vida y nos vamos a la montaña con Manuela y el fusil cargado, y defendemos nuestras alianzas sumando tres y dos con una flor y un balazo que me ha de esperar en una batalla sin nombre tan anónima como la muerte de los ideales diáfanos y cristalinos que…) coño poeta: ya…, sí, si, pásame la garrafa, que este vinito no está tan malo. Le decía, comandante que ya aprendimos a quererte y hasta te me pareces al Che, caramba, es igualito nuestro comandante al mismísimo Ernesto en ideales, prestancia, tabaco (pero en pipa y sin disgusto, no más de uno al mes) pero sin asma porque a quién le va a dar asma con este curry de maicena que le compraron en el Miramar al abuelito epítome…

No, bueno, así no es que fue la cosa, el que es un epítome no es mi abuelito sino el maestro pedagogo bastión y muralla de la plancha tres que gana y arrasa con la alianza esa que suma un dos estratégico y resta un menos uno con guayabera…, y hay que ser un pedagogo para entenderlo porque lo que soy yo, ingenioso y todo con mi regla de cálculo, no me sale la cuenta.

Pero bueno, poeta, usted no entiende…, perdón, mi comandante…, lo que pasa es que la guerra de ahora se libra en salas de redacción y en mesas de conferencias, en brain storms, en cogollos que son todos uno y por eso es que hay que restarlos ¿no ve la franelita chupasangre que tiene puesta Manuela? que me tiene con el fusil cargado y listo para subir a la montaña o bajar si me entienden lo que digo porque los niños ya entendieron y están evaluándole la estética de cerca a Manuela, y yo con el fusil que bueno pues…

Claro que le entiendo, poeta, claro que le entiendo: sumemos tres más dos, obtengamos menos uno en detrimento de Merentes y de su guayabera planchada…, sobre todo entiendo la razón leyendo entre líneas.

Querido comandante garrafal, que eres igualito al Che pero fumando el davidoff en pipa para evitar sabiamente una piorrea, cosa pavorosa en la montaña con Manuela y el fusil cargado ¡carajo! ¿qué le puso usted a la garrafa esa con maicena fórmula de su insigne abuelito epítome que mira al mar? Si usted se pone a ver bien, todo el asunto está en que de que perdemos, perdemos, con estrategia y alianzas, con matemáticas o sin ellas…, es que usted no ha entendido y me perdona que por culpa del picante me haya quitado las unión para ponerme los mocasines porque hasta ganando perdemos… Perdemos porque somos pedagogos contra demagogos…

… Papá ¿un demagogo es un profesor maleta que usa guayabera y mocasines?












sábado 13 de septiembre de 2008

Construir en Margarita.

Para dominar la naturaleza es preciso obedecerla [...]
La sutilidad de la naturaleza es mucho mayor
que la sutilidad de los sentidos y la comprensión.
Francis Bacon.

¡Carajo! Apriétese las alpargatas, compadre, que lo que viene es joropo…, ya nos salió fusil con el asunto asuntino del 1º Festival Gastronómico y de las Artes plásticas Puertas Azules, que estamos celebrando en el Centro Comercial Artesanal El Güire, en pleno corazón se La Asunción, una de las pocas ciudades con título real por la gracia de su majestad de la época de Cristóforo Colombo.

Fusil y escopeta, pero no carabina 30-30 porque no es gente de Puebla, ni pueblo de ninguna trova. Lo que si son es trabas y pestillos, pero que ponen flores el propio día como para que no se hablen pendejadas.

Y diré al respecto que no me deprime. Ya sabía que esto pasaría, lo que no esperaba es que la cochina saltara tan rápido. O sea, que ni siquiera saben jugar al dominó…, y dije que no me deprimo porque tengo un padrino mucho más mágico que el que ven mis chamos por el canal de comiquitas, que se llama Sócrates y decía una frase que me gusta mucho. Aquí se las pongo: Mi deseo sería, Crito, que las masas fuesen capaces de hacer el peor de los males, pues entonces también lo serían de hacer el mejor de los bienes; ¡y esto sí que sería bueno!

También, bueno, qué puedo decir, que no me parece tan malo lo del fusil, porque la verdad es que un culatazo se le da a cualquiera, por la vía del documento, o por la vía del mérito, que así sí que lo tiene también, además, para qué negarlo.

Es vox populi y por lo tanto vox dei, que mucho del que se vino a vivir encima de este pedrusco que ni entiendo cómo es que no se derrite bajo el sol o se diluye bajo la lluvia porque es que uno se muere de hambre y de indigestión a cada rato, lo hizo porque huía y buscaba y no le alcanzó, digamos, para Miami Flo…, yo personalmente, doy fe de ello. Claro, sin exagerar tampoco porque too far east is west, que dicen por allá en la pérfida Albión como bien se sabrá, tanto por el lado populi como por el lado dei.

Recuerdo a un insigne escritor venezolano que casi se pone de moda en la terrible y ridiculísima década de los ochenta, que llamó generación boba a los que nos hicimos adultos incorporándonos al así llamado aparato productivo nacional agarrados entre los fuegos de aquel viernes negro, la crisis de la construcción, el bajonazo del barril petrolero, la exportación masiva de telenovelas, pediatras de botiquín con la botija vacía y gastos cubridos…, boba no ¿qué tipo de sagacidad hacía falta? Si hasta yo me puse pantalones bolsilludos, chemises pastel, mocasines sebago (pero sin el centavito gringo porque ni en ese entonces exageraba tanto) y con la guinda que significaba el cortecito de pelo que aun hoy utiliza Sergio Pérez… No hay que olvidar las corbatas delgaditas tejidas o de cuero, y los blazer con descomunales hombreras tipo Rodak. Ah, y los mocasines sin medias.

Bueno, una importante representación de aquel desesperanzado y aparentemente descocado pelotón vino a parar a Margarita. Unos porque huían, otros porque buscaban, otros porque no les alcanzó para llegar más lejos. Eso ya lo dije.

Aquí se formó entonces una subnacionalidad hija bastarda de la mayamera en la que las discotecas alimentadas por el puerto libre se convirtieron en la bandera, escudo, e himno nacional, de ésta micro nación, a la que me gustaba llamar el principado disco. No como el Mundodisco de Terry Pratchett.

Luego apareció la especulación inmobiliaria, la industria del tráfico de turistas, el turismo sexual, y una táctica a la que yo llamaría “la siquitrillización de todo lo que tú hagas”. Esto último porque la verdad es que el mercado es pequeño y la mayoría de la plata queda en manos de los turcos, de sigo, del sambil, de los bodegones, de los chulos, de los jíbaros, y de las cuaimas que venden apartamentos.

En una tierra en la que todo se basa en cerveza, silicón y bronceador, otras iniciativas (que ni siquiera compiten, solo, digamos, abren nuevos horizontes) quedan en manos de piratas, incompetentes, encamburados, o de algún grupito de soñadores a los que siempre se les mirará con una mezcla de desconfianza y condescendencia. Bien, mientras no nos echen la burra pal’ monte.

Si trabajas en lo que está delante de ti, siguiendo con seriedad, energía y calma la razón correcta sin permitir que nada te distraiga, salvo mantener en estado puro tu parte divina, como si debieras devolverla de inmediato; si haces esto, sin esperar nada más que la satisfacción de vivir de acuerdo con la naturaleza, pronunciando verdades heroicas en cada palabra, vivirás feliz. Y no habrá hombre capaz de evitarlo.
Marco Aurelio.


Una vez escuché un comentario que hacía Facundo Cabral sobre la vez que le presentaron, su madre, al entonces presidente de la República Argentina. Dicho presidente le preguntó a Sara, la madre de Facundo, en qué la podía ayudar. Ella le respondió: con que no me joda es suficiente… No agrego más.

Está bien, de acuerdo, yo no soy la madre de Facundo y tal vez por eso no deba esperar que por lo menos no me jodan. Quién soy yo después de todo. Además, tampoco es que me joden tanto. De repente y tal he debido mudarme, digamos, a Suiza, porque es que en verdad no lo somos. Cuanta sabiduría y conocimiento de la venezolanidad hay en esa frase.

Pero ven acá, yo no estoy hablando mal del venezolano. No tengo derecho a hacerlo ni tampoco quiero hacerlo. No solo porque el que escupe para arriba se moja, sino porque en verdad somos una gente arrechísima, una verdaderamente buena gente. Y si no me creen, pídanle plata o comida a un extraño para que vean.

Siempre me acuerdo del cuento que me echaba mi abuelito sobre la vez que dios creó a Adán. Él decía (mi abuelito, claro) que antes de a Adán, dios creo a Pérez como ensayo. Como éste le salió más o menos bien, entonces fue que se atrevió a seguir adelante. A partir de eso le echó bola al universo, a los planetas, a los animales, los países, y así, a todo lo que hoy existe empleando a Pérez como asistente.

Así un día en el que dios se levantó de buen humor le dio por crear a Venezuela. Empezó a meterle vainas bonitas: que si la sierra nevada, que si los médanos, que si ríos enormes, que si petróleo, que si oro, diamantes, hierro, aluminio, níquel, bosques, animales de todo tipo, el salto de agua más alto del mundo…, tanta vaina que Pérez perdió la paciencia y empezó a reclamar que era mucho…, dios, en su ira divina tronó: ¡coño, no me jodas más, necio, ahora lleno ese país de adecos para que acaben con todo eso!... Y por eso es que hoy estamos como estamos.

Recuerdo que también me decía que en este país lo que más hay es adecos: adecos blancos, adecos verdes, y adecos rojos.

¿Qué es un adeco, abuelito? Un adeco es un ser básicamente bochinchero, mezquino y sin imaginación. Un tipo como San Pedro que le vedó la iglesia a las mujeres. O como Bolívar que envainó a Francisco de Miranda. O como Páez, que impidió el regreso a Bolívar. O como Pérez, que hizo arrechar a papá dios… Todo por conservar un cargo sin tener que ser el mejor para conservarlo, sino jodiendo al que amenace con ser mejor. En dos platos: un ser históricamente miope.

Para ser adeco no hay que militar en el partido político, basta con temerle (y combatir) a los mejores, pintar unas cabillas de blanco, usar reloj de oro, andar con edecanes, beber solo whisky, y básicamente entorpecer cualquier idea buena, con tecnología, o con visión de futuro. Torpedear iniciativas, ganar plata hoy sin importar mañana, todo eso es lo que define a un adeco.

No nos pongamos apocalípticos tampoco porque total, el mundo se acaba cada tanto, con adecos o sin ellos. Pero echemos una miradita panorámica sobre Margarita por ejemplo: aquí no hay suficiente agua potable. Pero las casas se hacen sin sistemas de tratamiento para usar las aguas de lluvia, o las aguas servidas para el riego de sus matas. Entiendo que no existan embalses por falta de espacio, pero un tanque de agua adicional y unas simplísimas tanquillitas de filtrado en cada casa… ¿Que el asunto es que resulta un poco más caro? ¿y desperdiciar agua qué coño resulta?

Aquí la producción de electricidad es igual al consumo, pero se siguen haciendo cajones habitacionales (llamados “town house”, nombre que me mata de risa por vainas de las literalidades) en los que solo se puede vivir si le metes una refrigeración de unos mil btu por metro cuadrado por la medida bajita. No hablemos de lo que pasa en las temporadas altas, cuando no queda más remedio que racionar el servicio eléctrico.

¿Sería muy difícil y costoso aprovechar el solazo del coño este que nos cocina día a día? ¿y el ventarrón perenne qué? No somos suizos vale, es verdad… Sale más barato colapsar los servicios constantemente.

No hablemos del guiso chimbo mediante el cual se derribaron ochenta árboles de roble y guayacán, en la popular zona de Los Robles… Encima irónico el asunto… Lo peor es que la comisión a repartirse era de sesenta millones de bolívares de los débiles, o sea, sesenta mil de los de ahora, que había que repartir entre tres adecos. Tumbaron esa arbolamentazón para repartirse una miseria que no sirve ni para comprar un carro nuevo. Sí, qué importa.

Todo esto porque el mercado es pequeño y hay que repartirse lo que haya a la velocidad del rayo, antes de que lo agarre otro.

Sí he pensado en irme. Claro que lo he pensado. Pero a dónde me puedo ir que no consiga adecos. O a dónde me puedo ir que no termine sembrando en terreno ajeno y por lo tanto perdiendo hasta la semilla.

Lógicamente por esto es que me he venido quedando y trabajando en lo que creo sin pretender salvar, ni siquiera, mi mundo. Este pequeñísimo peñón que habito. Porque es que ya huí. Me fui de Caracas con el rabo entre las piernas y la verdad es que fue una mudanza muy poco heroica, pero en verdad afortunada.


Me fui de Caracas porque después de la quiebra de mi constructora no conseguía trabajo ni para hacer una casita de perros. Una raya demasiado grande con consecuencias abrumadoras… Yo me lo busqué (bien hecho, plátano jecho, cruza la calle y sigue derecho) y después de sacar la cabeza del chiquero me di cuenta de que había sido afortunado: perdí un modo de vida que no era el mío, o que mínimo iba malísimamente mal encaminado.

Ahora me doy cuenta de que cada árbol que talé, cada terreno que maquiné, cada hueco que abrí, cada viga que soldé, me pasó una factura junto con una enseñanza.

La vida examinada es la única que merece ser vivida.
Sócrates.

Ahora me doy cuenta de que el plan de crédito del karma funciona, es real, es lo mejor que puede haber en materia de herramienta de vida si se llega a entender cómo es que funciona. Y es simple: haz lo mejor que puedas con lo que tienes a mano, no te preocupes por aquello que no puedes cambiar mientras disfrutas de un trago, que si lo está pagando otro, habrás de pedirlo doble.

Compensar. Compensar. Si tienes que rajarle el cuero a alguien haz el bien por otra parte de un modo caballeresco: anónimo.

Si la cabeza no te da sino para prender un aparato de aire acondicionado, bueno, está bien, no te sientas culpable. Pero siembra árboles, o contribuye con cualquier cosa buena que se te ocurra, porque es que te vas a morir prontito y de ti solo quedará lo que dejes: tus hijos en un mierdero. Te van a odiar.

Nada contribuye más a tranquilizar la mente como un firme propósito, un punto en el que el alma pueda fijar su ojo intelectual.
Mary Wollstonecraft.

Mi trabajo es fuente de felicidad y de infelicidad al mismo tiempo. Lo primero porque trabajo enamorado de lo que hago y sintiendo que embellezco el entorno mío y de algunas personas que requieren de mi trabajo. Lo segundo porque no me da para vivir tranquilo, como yo quisiera, que de ningún modo incluye un camionetón de las que queman mil veces más combustible del que hace falta, ni un “town house” refrigerado como para conservar pescado.

Es mejor cumplir con nuestro deber, por defectuoso que pueda ser, que cumplir con el deber de otro, por bien que uno lo pueda hacer.
Bhagavad Gita.

Quiero hacer mi casa que es una maquina de convección natural, al mismo tiempo que almacena lluvia y recicla las aguas servidas para las matas, que tiene un consumo energético mínimo, y un impacto estético ambiental de bajo perfil.

Quiero mi pequeño Land Rover del sesenta y dos que con dos litros de gasolina rueda una semana, pero carga lo que le monte encima sin ni siquiera crujir.

Quiero que mis hijos y mis nietos vivan en el mundo que quieran vivir teniendo la posibilidad de elegir. Es decir, que si quieren contaminarlo y volverlo una mierda ya sea problema de ellos, pero si quieren meter los pies en el mar de vez en cuando, lo puedan hacer sin que se les ponga fosforescente la piel ni les salgan ojos de lenguado.

Por eso mi trabajo no debe ser victima de la reacción pendular que me convertiría en un adeco. Debo hacer aquello en lo que creo y lograr que eso me permita vivir tranquilo. Por eso mi trabajo debe tender a conservar con vida aquello que se está muriendo: patrimonio cultural, histórico, arquitectónico, hasta anecdótico…, árboles nuevos…, libertad de elección.

Al volver del trabajo debes sentir la satisfacción que ese trabajo te da y sentir también que el mundo necesita ese trabajo. Con esto, la vida es el cielo, o lo más cercano al cielo. Sin esto –con un trabajo que desprecias, que te aburre y que el mundo no necesita—la vida es un infierno.
W. E. B. Du Bois.

Sí, qué carrizo, soy lo que soy (cómo Popeye), soy un hombre son columna vertebral, con mis convicciones, y con un solo fin: ser feliz.

viernes 5 de septiembre de 2008

El despecho artesanal III.

“El cuarto de Lula, agarró candela,
se quedó dormida y no,
Apagó la vela…”

Buena Vista Social Club.

La verdad es que no pensaba ni quería escribir más sobre este tema, lo que pasó fue que llegaron personas con tales comentarios que no me quedó otra opción, y con el perdón de ustedes aquí me largo con otra más.

Es verdad, ya lo he dicho yo y mil personas más que nos empecinamos a vivir de lo que fabrican nuestras manos: no hay quién no nos eche la burra pa’l monte.

Fíjense que comentando la situación…, hasta en tono de jodedera porque no hay que vivir tampoco inmerso en una quejadera constante porque se pone uno fastidioso y repetitivo y tantas otras de esas cosas que suelo ser y que me repiten tanto que soy…, me salta una amiga con una sonrisa en los labios, la solución en la lengua, y hasta la buena intención de realmente aliviarnos la situación con tremendísima idea.

Salió con la zapoara y soltó como si nada: pero váyase uno de ustedes a San Francisco (no, no el de Yare mi querida Laura Pérez la sin par de Caurimare) con la tarjeta de crédito del otro y se trae del mercado chino todos los perolitos que se parezcan a los que ustedes hacen para tener qué vender en la feria navideña (de cuyo nombre no me acuerdo) a precios competitivos. Imagínate que yo compro pareos a dólar, me los traigo caleta en el fondo de mi equipaje, y aquí los vendo a más de sesenta y cinco bolívares que ahora se llaman fuertes.

Todos somos buhoneros.

Yo, porque le tengo cariño y porque conozco de su buena intención tan pero tan clase media, no la agarré a patadas, pero claro, además, a una dama ni con el pétalo de una rosa... En cambio le dije que sí, que esa sería una buena solución económica en tanto el gobierno siga permitiendo el contrabando vía maletas aeroportuarias, pero que la verdad, si a todos los artesanos venezolanos les diera por comerciar artesanía de importación fraudulenta (además) de la China o de Indonesia, perderíamos todos finalmente… Claro que es una pérdida subjetiva, como platónica digamos. Sería como extinguir alguna raza de animales o de plantas. Digo que todo el mundo diría ¡áhaaaaaa! ¡qué lástima! ¡qué injusticia! Pero sinceramente ¿en qué modo nos afecta la extinción del pájaro dodo? ¿quién se ha visto afectado con lo del cóndor? ¿el oso frontino sirve para algo?

Sí, bueno, pasaríamos de ser artesanos (y patrimonio de dudosísima importancia nacional. Digo, en la práctica) a meros comerciantes, que además ni siquiera colaboran con el país con el debido aporte arancelario. Y aclaro que no tengo nada en contra del comercio ni del comerciante. La verdad es que hasta los respeto por su tesón y su presencia de ánimo frente a todo lo que deben organizar y soportar constantemente. Pero una economía netamente comercial es frágil e inflacionaria, quiéranlo o no.

Pero esto no es nada, resulta que ayercito nomás (por decirlo de un modo divertido) nos cayó una comisión gubernamental de la cual no daré detalles para no meter en líos a nadie, pero sin duda de alta jerarquía, ofreciéndonos participación en una kermesse (¿se escribe así?) organizada por las damas de dicha institución.

El asunto era así: ustedes se van para Caracas con sus peroles pagándose ustedes el pasaje y el envío. Pernoctan y come en Caracas a sus expensas, vienen y venden sus cosas y nos dejan el ¡treinta! Por ciento de la facturación como colaboración a beneficio de la sociedad no sé cuántos…

Tampoco las sacamos de aquí a patadas (porque eran dos damas y no teníamos claveles) sino que nos dedicamos muy pacientemente a explicarles números y situación.

Más tarde que temprano les cayó la locha y se dieron perfecta cuenta del desatino, y tras despotricar horriblemente del gobierno que representan (y del cual sacan la arepa que ponen en su mesa) encontraron una solución para proponer allá, en su comisión pro beneficio de no sé qué.

Los números indicaban que con una venta hipotética y exagerada de tres mil bolívares, regresaríamos a casa con tal vez trescientos. Sí, tremenda ganancia ¿eh?

También hemos recibido la propuesta de solamente hacer los diseños y contratar un taller colombiano para que nos produzca las piezas. O sea, artesanía venezolana made in la hermana república ¿Cómo se come eso? ¿no han leído nunca sobre lo que le pasó a Breznev?

Ahora digo yo, si los artesanos somos prescindibles como una especie de dodo muy molesto al que nadie echará de menos cuando se extinga, creo que es mucha pendejada mía el estarme quejando tanto. Total que a nadie le importa. O sí le importa, no debo ser injusto. Lo que pasa es que esa preocupación es teórica ya que nadie está dispuesto a invertir en ella. Prefieren comprar barato a precios de explotación y de esclavos del sureste asiático. ¿Yo? Yo lo que soy es un bohemio soñador que lo que quiero es cambiar el mundo ¡qué bolas tengo!

Supongo que la baja autoestima nacional tiene algo que ver en el asunto. Sí, por eso es que si uno va a meterse en el negocio de las Posadas se construye una que parezca ibicenca pero con el nombre en tailandés, en Margarita.

Si se mete por el negocio de la comida pone un restaurante de comida “fusión”, con decorado hindú en un edificio gallego, o un supermercado en el cual no consigues ni limón ni ají dulce pero en el que sí que hay tofu y trufas… No, no estoy en contra de la modernidad, ni de las influencias extranjeras, ni nada que signifique progreso, pero ¡coño! Hay que encontrar el modo de proteger nuestras cosas también. Seguimos cambiando espejitos por oro.

Los norteamericanos, a los que tanto nos gusta imitar, compran principalmente su propia artesanía siendo ésta la más cara que tienen allá y la pagan porque están orgullosos de ella. Por eso la apoyan, la financian, la protegen. Ellos tienen claro eso.

No estoy triste ya, ni de mal humor siquiera, la verdad es que la vida es una sola y también ¿quién me manda a mí a escoger este camino? Solamente estoy intrigado.

Me produce curiosidad (y un poco de temor, lo confieso) en qué clase de país van a tener que vivir nuestros hijos.

Pero supongo que así como nosotros conseguimos abrirnos paso hasta los souvenires chinos, ellos también encontrarán su camino sea el que sea que les toque transitar.

martes 2 de septiembre de 2008

El despecho artesanal II.

”Vengo a decirle adiós,
A los muchachos…”
Daniel Santos.


También esta lo otro: la asincronía…

Digamos que no es un problema serio una vez que se reconoce y se aprende a manejar. Como pasaba con aquella bellísima chatarra que yo adoraba, que era mi camioneta Fargo Power Wagon del año 50, amarillo caterpillar y negra.

Está bien, no la describiré mucho para no alargar el texto y haya luego que quitarle cinco capítulos para que no se haga tan ancho ni tan ajeno. Pero sí detallaré aquí el procedimiento para prenderla en la mañana, y manejarla un rato.

Resulta que la bomba de gasolina de esa bicha tenía un émbolo que accionaba dentro de un cilindro anchote que sería ciego si no fuera por dos válvulas check en cada lado. Una miraba para adentro, y la otra para afuera. Eran válvulas de esfera que funcionaban por gravedad. Dicho esto, paso a lo siguiente: estaban más gastadas que mis muelas por culpa del bruxismo. En consecuencia durante la noche se vaciaba el carburador porque estaba por lo menos un metro más alto que el tanque de gasolina, y el efecto sifón es una vaina.

Tenía que cebarla directamente por la boca del carburador para poderla prender, o, como terminé haciendo: le puse una pera de las que se usan para los tanques de los motores fuera de borda. Esto terminó con ese rollo.

Entonces, tenía que abrirle el capó tipo alas de gaviota, darle bomba a la pera hasta que se pusiera dura, cerrar el capó, montarme en la bicha esa que era altísima y darle tres bombazos al pedal del freno para poder asegurarme de que se quedaba quieta mientras la ponía en neutro para darle los bombazos a continuación, al pedal del acelerador. Tres bombazos más. Luego pasaba el suiche de la llave, y pisaba un botón popularmente conocido como “el clavo”, que quedaba encima del acelerador, del que no he dicho que estaba puesto sobre la caparazón que cubre el embrague y la caja de cambios.

Esto hacía que muy silenciosamente para lo que se esperaría, se pusiera en marcha el seis cilindros cámara plana que tenía esa perolota.

Tardaba sus buenos cinco minutos en llegar a temperatura de régimen. Siempre con el freno pisado para no perder la presión.

Luego pisaba el embrague a fondo y muy lentamente trataba de engranar la primera… Rrrrrrr, rrrcccrooooccc…, y quedaba emprimerada.

Acto seguido, y contando con la inercia de sus toneladas, pasar el pie del freno al acelerador (que quedaban a más de treinta centímetros de distancia) antes de que a la corota esa le diera por machacar el carro de atrás (que era mío también) y sacar un poco el croche mientras llegaba con el otro pie a acelerar un poco nada más como para que no se apagara y tuviera que empezar de nuevo.

Pero eso no es nada: para poder poner la segunda, la tercera, o la cuarta, había que meter el croche, sacar la primera y poner neutro, volver a pisar el croche, y meter la segunda…, rrrrrcccrrcr. Eso con todas las velocidades en sentido ascendente.
Para el procedimiento descendente también conocido como recorte, había que meter el croche, poner la palanca en neutro, sacar el croche, acelerar en vacío, meter el croche, cambiar la velocidad y soltar el croche otra vez…

Asincronía pura, que conocida, comprendida, y bien practicada, se maneja bien.

Entonces, a lo que voy: tuve que pensarlo mucho, pero mi despecho artesanal viene de ahí, de la asincronía.

Es que ¡coño! Uno trabaja con el cerebro conectado directamente a las manos y esa interfase no permite espacio para más.

Yo tengo un pilón de madera ahí, del que saco y saco y saco, y en el momento en el que se me acaba mi desconcierto es comparable con el que me produce el sentido del ridículo que ostenta (y del que hasta hacen gala) la gente que hace show en la televisión.

Cada vez que es fin de mes y tengo que pagar los tres alquileres que pago. Cada vez que me cortan el teléfono. Cada vez que tengo que ponerle gasolina al carro (ya aprendí a llevar un bidoncito de cinco litros en la maletera para no pasar trabajos) cada vez que me da hambre, cada vez que hay que pagarle a los ayudantes, cada vez que me jalan las orejas los del municipio o el mismísimo Seniat: el desconcierto.

Es que claro, yo, metido en mi mundo fantástico del perolito bonito e ingenioso no me pongo a pensar en todo lo demás, porque cuando me pongo a pensar en todo lo demás dejo de tener cabeza para los perolitos bonitos.

Pero resulta que yo estoy fastidiado de la peladera de bola y entonces tengo que producir más. Necesito dos o tres ayudantes para que carguen, corten, lijen, y enceren. Me hace falta un local más espacioso porque ahora no son dos tablitas y una sierra de disco. El producto debo venderlo al detal porque si no mi ganancia se la quedan las tiendas de los demás. El carro viejo ya no me sirve porque tengo que cargar un perolero porque siempre ando como el hombre del bacalao…

Mis ayudantes cobraron y se compraron pingos de celulares que alquilan en la esquina y ya no quieren venir a trabajar. El alquiler me lo subieron igual que subieron el botellón de agua de cinco galones: el cincuenta por ciento. El vidrio ya no me lo quieren cortar en la distribuidora por lo que necesitaré hacerme un soporte para transportar las láminas y un nuevo sitio para almacenar. La madera es un tiro ascendente que da vértigo. Eso, cuando hay.

Croche, saca la segunda para poner neutro, croche, mete la tercera…

Casi estoy despechado: tengo un poco de maquinas inactivas y no puedo con los que deberían operarlas, porque el que me quedaba está por comprarse un taxi. O sea, me volví a joder.

El municipio quiere que nosotros, sendos hippies, saquemos la patente de industria y comercio (y hay que ver lo que me costó aprenderme el nombrecito del papelote ese) que vale una bola y parte de la otra, constantemente, además.

El Seniat nos hizo hacer una asamblea y un acta, con el nuevo registro, pago de contador y abogado, porque nos fuimos de Porlamar a La Asunción, y si no lo hacemos en el tiempo prescrito nos agarra Macalambruno.

Croche, saca la tercera para poner neutro, croche, acelera en vacío, mete la segunda…

Me da risa porque vino una gente de estas que apoyan a los artesanos y nos ofreció comprar un verguero de vainas como para hacer el año y parte del siguiente, pero nosotros teníamos que hacer el corotero y ellos nos pagarían cuando terminara…, se perdió ese boche…

Así pasan miles de cosas, que cualquiera de ellas significaría la gran coronación: regalos corporativos, dotaciones para cadenas de tiendas, peretos para el Sultán de quiénsabedónde…, pero eso sí: dale vos primero, que a mí me da mucha risa.

Asincronía.

Por eso es que yo dejé de preocuparme, porque tampoco creo que quejarme me sirva se nada: si me pica la machaca, me lavo con agua de la que recomiendan los curiosos. Ya sé que si quiero vivir como yo quiero no puedo ser ni artista, ni artesano, ni diseñador (¡toma por el ojo, Quintiliano!) tengo que ser turco, con todo el debido respeto por esa nacionalidad tan interesante pues solo uso el apelativo por comerciante.

Es que ¡caray! si yo quiero trabajar en lo que me gusta tengo que romperme el lomo y vivir en la zozobra manteniendo a los míos en ascuas. Mi esposa, que es una artista hecha y derecha, admirable y de renombre, mil veces debe dejar de atender lo suyo por venir a apagar incendios conmigo. No hay derecho. Entonces, cuando llegan momentos como el de hoy en el que hubo que montar la exposición para la inauguración del restaurante, solo había cinco obras disponibles. No hay derecho ¿y por estar de apaga fuegos? ¡me cago en la ignición espontánea!

Mi terapeuta china (que es venezolana) me dio el espaldarazo: ¡energía yang, compañero! Engaveta la inventadera de perolitos y guarda la perplejidad…: turquea, turquea, para que quede espacio para lo demás.

Compra en indonesia y vende aquí, que esa gente produce por un plato de arroz, y aquí compran lo barato sin pensar en más nada. Así sí hay para pagar los tres alquileres, la patente de industria y comercio, y las asambleas del Seniat.

Asincronía, ergo, despecho.

lunes 18 de agosto de 2008


jueves 31 de julio de 2008

El despecho artesanal I.


“Que pena me da, tener que lastimarte el corazòn,
Que pena me da, negarme a tus súplicas de amor”

Beny Morè.

Tengo muchos años ganándome la vida con el sudor de mis manos, es decir, que vivo de lo que fabrico, convierto, transformo, invento, o como prefiera llamarlo según el caso porque copión también he sido ya que el decoupage puede ser rastreado hasta la china misma.

A veces agarro un tablón, lo corto, lo lijo, lo tiño, lo pulo y hago marcos para cuadros, actividad nada original pero sí muy satisfactoria sin despecho que valga.

Otras veces le toca a un pedazo de lámina de aluminio a la que le caigo a martillazos sobre una sufridera que me hice con un tronco durísimo horadado por obra y gracia del calor y la mandarria, le aplico una solución saturada de jabón azul y caliento la lámina hasta que se pone ambarina para poderle seguir dando porrazos sin que se joda el material hasta que consiga la forma que busco. Luego la limo, lijo, pulo, rectifico los bordes y hago una lámpara. También termino haciendo alguna cosa con la sufridera misma porque a fuerza de carajazos y jabón termina con una textura muy interesante. Claro que tengo el hombro derecho como Hermes el de la jabalina pero eso no me importa.

Consigo lo que quedó de la tala loca de algún desafortunado árbol y tras cortarlo en tiritas y laminarlo termino obteniendo un taburete o un perchero, qué sé yo, así que ando con las manos sucias de epoxi y el carro lleno de restos de cortezas varias. Tal vez un día el carro mismo termine arraigándose y de sus ramas se pueda hacer algo. No sé.

No hace mucho que de un amasijo de hierrajos fabricaba una casa con la ayuda, claro, de un pequeño ejercito de hormigas humanas. Porque pa’bachaco chivo, y pa’chivo capote. Hacer una casa es, para mí, la tapa del frasco, es el clímax del proceso artesanal. En mi manera de ver, el ser humano y sus historias es lo que hace la diferencia. No hay animal más ídem en toda la creación y eso me gusta y me disgusta, pero solo es mi opinión y mi problema, por supuesto.

Antes de eso transformaba un puño de cables, interruptores, válvulas y tubitos, en aparatejos que comandaban complicados sistemas que se utilizaban en el control del gasoducto nacional. Fue un trabajo bien bonito. Arduo, pero bonito. Peligroso también, qué carrizo, pero esos cuentos no los voy a echar para no involucrar gente buena de la que hace mucho que ni sé qué hace.

Y así, retrocediendo en mi historia laboral, siempre he tenido que ver de algún modo con la transformación de materia prima muy simple o ya a medio trabajar en otra cosa. Ya sea por hobby o por trabajo, o por lo que sea. Me gusta y creo en eso: en la oposición del pulgar, en el mono lúdico, en la materialización de una idea o de un concepto. En dos platos: en hacer algo que sirva para algo sin pararle mucho a Buñuel.

Recuerdo que cuando era chamo, muy chamo, mis pininos artesanales iban de la mano con los juegos de mecano, de lego, de dobladura corte y pega de papel, y todo esto mientras la muchacha de servicio escuchaba en la radio a Germaín, a Los Ángeles Negros, a Pedro Infante, a Marco Antonio Muñiz, a Vicente Fernández, a Joselito, a Palito Ortega, a Los Terrícolas, a César Costa, a Enrique Guzmán, y a tantos otros que me llevaría media vida nombrar. Pero la muestra vale.

A fuerza de estar en el epicentro de la vorágine hacendosa de dicha alma tan esopesca, si se me permite, me terminé dando cuenta de que la muchacha tenía un guayabo de campeonato. Claro que pensé que esto era así y punto…, Yolanda, bendita paciencia radionovelera, no dejaba pasar un día sin pasear sus anhelos por cuanto testimonio de corazón roto se hubiera escrito hasta ese entonces, entre suspiro y suspiro. Bueno, más bien entre suspiro, restriega, suspiro, enjuaga, suspiro, barre, suspiro coletea, suspiro y así...

Más grandecito noté que todo lo relacionado con las interminables remodelaciones de la casa de mi Abuelita Marilú era amenizado con boleros y rancheras. Yo sentía que el olor de la arena y el cemento sonaba como a “… En el juego de la vida, nada te vale la suerte, porque al fin de la partida, gana el albur de la muerte…” Pensé que una piedra en mi camino… Babalú, Babalú… Etcétera.

Los señores que echaban pico y pala, que empujaban carretillas, que alzaban baldes llenos de concreto, que usaban gorros de bolsa de cemento y botas de goma con medias del mismo material, todos, tenían una mala puntería con las mujeres digna de ser estudiada. Cantaban a voz en cuello entre pujío y pujío propio de la actividad realizada, que dicho sea de paso, no les daba suerte con las damas.

Así, con los años y con mi ingreso más bien azaroso en el mundo laboral y productivo pude corroborar mi tesis, pues en los andamios se oye esas peorra salsa que llaman erótica. En las excavaciones se siente la bachata. En los talleres todo es vallenato…

… Y aquí tengo que hacer un aparte con lo del vallenato porque sin tomar en cuenta que no me gusta, que lo detesto, escucharlo y escucharlo como si fuera un queso azul sónico no me ha ayudado a entender ese fenómeno. Es que unas voces plañideras y lloronas, medio afeminadas por no decirlo con todas sus letras y ponerme descortés, se quejan constantemente de que sus pérfidas mujeres los abandonaron ignominiosamente…, ¡la pucha! Diría Mafalda…, ¿y cómo no te van a abandonar, maricón? Pero bueno, nada de descortesías porque nunca se sabe quién se ofende por ahí.

El caso es que tampoco me puedo poner tieso con este asunto de la vallenato-fobia porque resulta que la dinámica artesanal venezolana, la inspiración, el hecho artesanal en si mismo está totalmente arrullado por esta música. Así que todo lo que vemos en talleres y tiendas tan auténticamente autóctonas no es otra cosa que el resultado manual de la digestión de voces arrastradamente nasales, acordeones y tumbadoras con charrasca. Mira tú las vueltas que da la vida y mejor no nos preguntemos qué resultaría si en Venezuela, los artesanos, oyéramos música venezolana. Tal vez nos tildarían de elitescos.

Cuando hablo de la artesanía y del artesano me refiero al fenómeno ampliamente concebido. No me estoy restringiendo a la acepción que le da la RAE. Me refiero a la modificación de materia prima mediante un trabajo mayormente manual mínimamente mecanizado. Es decir, el trabajo manual, obrero, etcétera. Todo esto, claro, con el perdón y la venia de los puristas que sé que los hay.

Pero para no perderme: decía que en las carpinterías Beny Moré le canta al amor imposible, Chucho Avellanet le canta al abandono, Don Pedro Flores pone en boca de Daniel Santos una flamante despedida, Agustín Lara se la pone bombita a la Momia Azteca que ronronea a María Bonita, Bola de Nieve apuñalea algún otro desamor, y Juan Gabriel alardea con enorme éxito su flamante comercio de lo inconmensurablemente irreparable de la despedida de los que hasta hace un ratito nomás se amaban con locura…, y así, pues.

Pude notar que los albañiles viejos y los soldadores prefieren a Maelo por incomprendido, y que los nuevos que se atreven a retarlos a reguetonazos solo lo hacen cuando la que perreaba aquí se fue a sanduguear allá lejos y ya no la puedo gozar más…, Ave María purísima, diría mi Abuelita Cruz Antonia que ya cumplió sus cien años.

Termino haciendo una extraña operación aquí y no puedo dejar de notar que el quehacer manual, por lo menos el que yo he conocido, viene acompañado y hasta tal vez causado por un profundo despecho.

¿Será casual? No sé, pregunto, si uno se dedica a fabricar cosas por despecho o más bien se despecha por el camino. Porque desde el pana que se faja con unas maquinitas a hacer utensilios del hogar en maderas nobles, hasta el que agacha el lomo de sol a sol cargando sacos de cemento no escuchan Salserín ni joropos. Si oyen la así conocida música llanera, es solo en la versión venezolana de los tangos y las rancheras que, como no, es aceptable en el campo del despecho pues solo habla de eso: mujer maluca que te me fuiste con otro…

Cónchale, yo no tengo ni el más mínimo despecho. Palabra. A mí me gusta lo que hago y cuando soy yo el que pongo la música tiendo a querer escuchar algo que me alegre el rato. No sé, pongo guarachas, a Emilita Dago, a Celia Cruz, a Billo, a Josefina Rodríguez La Gitana De Color… Bueno, esto no es del todo cierto porque también pongo de lo otro ¡qué carrizo!

Entonces trato de entender el despecho, el guayabo, la nostalgia, esas cosas que mezcladas construyen un poeta (ah, ya va, se me olvidaba la frustración. Perdóname Abuelito) y si no entenderlo por lo menos tener una idea del por qué y el para qué.

Un suponiendo, como Kika: si yo me enamoro de ella y ella se va y me deja por mi mejor amigo, la verdad que es como para arrecharse, pero si me pasa a cada rato la única explicación que se me ocurre es que me gusta la vaina. Bueno, puede ser también que me estás forrando componiéndole canciones a Mirtha Pérez, pero mi pana, esa señora como que ya no canta…

Lo que quiero decir es que si no es así entonces se trata de una transferencia de esas que mientan los psiquiatras y que, si lo entiendo bien, funciona más o menos como el chiste del carajo que está buscando un fuerte que se le cayó en el sótano, afuera, en la luz, porque allá a bajo no se ve un coño por culpa de la oscuridad… Sí hombre, como el pendejo que se lleva un regaño del jefe y luego viene a pegarle a la mujer y a los hijos en casa porque no puede pegarle al jefe… Me parece que no logro explicármelo bien. Me refiero a lo de la transferencia.

A ver si lo agarro por otro lado: si yo no estoy contento con lo que tengo, me pongo a hacer cosas que me gusten y así tengo lo que quiero. Esto puede ser.

Y si no me gusta lo que tengo y hago y hago y sigo sin que me guste lo que tengo entonces me despecho y oigo a Agustín Lara hasta que, o me da una vaina, o me acostumbro a hacer y hacer pero sin llegar nunca a estar contento porque nunca es suficiente y no me contento y si me contento dejo de hacer entonces oigo a Daniel Santos y si me gustara leer me agarraría a trancazos con Hans Cristian Andersen. Coño.

La verdad es que yo modifico una rama rota por mil razones todas falsas. Porque con eso le devuelvo un poco de dignidad a un árbol. Porque con eso le saco el cuerpo al plan de crédito del Karma. Porque con eso me compro la arepita mía y la de los míos. Porque con eso embellezco mi entorno. Porque con eso me gano el reconocimiento de los demás. Porque con eso consigo que mi mujer me siga queriendo y no se me vaya con mi mejor amigo… Qué va, aquí lo que me cuadra es la moña de Héctor Lavoe: mentira tararara-ra-ra-ra…

Yo hago esto porque es lo que sé hacer, porque me gusta hacer, porque los que hago son hijos que no generan mayor problema, porque es fácil, porque puedo darle rienda suelta a mi manía de inventar el mejor procedimiento para lo que sea, porque mi ego me obliga a modificar cuanto perol me cae en las manos. No sé. Sigo sin convicción.

Yo creo que el despecho y la artesanía van juntos aunque no pueda explicarlo. Van juntos porque van juntos. No hay miseria socio política ni consideraciones filosóficas: simplemente van juntas. Como la poesía y lo imposible. Como la pintura y la bidimensionalidad. Como el mensaje y el mensajero.

Ahora mismo le digo a los carpinteros que le suban el volumen a la radio, que no oigo bien al amigo Maristany y eso no me permite solucionar esta curva que le quiero dar al laminado.

Y claro, la verdad prefiero el despecho hertziano a cualquier otro.






miércoles 9 de julio de 2008

08/07/1997.

Natalia, mi hijita querida del corazón está cumpliendo once años y yo decido escribirle algunas cosas que por razones que no quiero contar, no pude decirle en persona hoy. Sé que la palabra escrita queda, y uno habla tanto y tanto, que escribir es un descanso además de todo.

Le digo a Natalia que los once años son muy importantes porque son en cierto modo, la frontera al final de la niñez. Empiezan esos cambios que nos llevan a través de la adolescencia para desembocar en la primera edad adulta sin darnos cuenta, porque esa vaina es un remolino con centro en nuestro propio ombligo.

Y se lo digo para que los exprima y disfrute, que descabece muñecas y escriba en las paredes, que se eche una eternidad comiendo, que no se bañe ni se peine, que juegue, que juegue como loca y se ría mucho, todo lo que pueda aunque no haya entendido el chiste. Es más, si no entendió en chiste, que se ría más entonces.

Le digo que todo lo que viva este año lo guarde en una cajita como la de las fotos viejas, una cajita que pueda abrir cuando necesite de esa risa que tanto disfrutó en este año que comienza hoy. Como la camisa de la nostalgia que uno se pone cuando no entiende el mundo.

Amaneció lloviendo en Oripoto y aun no teníamos teléfono en casa pues estábamos recién mudados, así que salí al teléfono público que está frente a la carnicería, justo al lado del restaurante que sirve conejo hasta con chocolate. Salí de oscurito aun, a llamar a la doctora Cecilia Lozada para avisarle que la madre ya había roto fuente. Sí, anoche como a las once y dilata cada tanto. Bueno, llévala a mi consulta para revisar y ahí te digo. Pues sí, la muchacha pare hoy, así que váyanse a la clínica y espérenme allá.

Nos fuimos tranquilos con el kit preparado según las instrucciones recibidas en el excelente curso prenatal que dicta o dictaba Gabriela Bobadilla: unos circulitos calibrados recortados en cartulina y pintados en diferentes colores representando la dilatación del canal de parto, las batas, las pantuflas, la ropa interior, los pañales RN junto con las primeras pintas que estrenaría Natalia. Metimos también una hoja de control en la que yo iba anotando hora de la contracción y duración de esta, y un mazo de naipes.

Llegamos a la clínica Amay en la calle Berrizbeitia del Paraíso, porque además de ser nuevecita y linda, también tenía el mejor precio (un 90% menos de lo que cobraba la Metropolitana, por dar un ejemplo) hicimos lo de la admisión y todo eso, y nos fuimos a la habitación en la cual nos encontró la doctora jugando una partidita de “Carga La Burra” mientras yo anotaba y anotaba.

Chequearon a la madre otra vez y comenzaron los preparativos. Yo traté de darle la hoja a la doctora, pero ella la miró, me miró a mí con risa en los ojos y me sugirió que la guardara de recuerdo. Yo no entendí en aquel momento, pero hoy sí la entiendo y se lo agradezco.

La cosa fue que antes de mediodía prepararon todo, inclusive una bata con su gorro para mí, que quería presenciar el evento, y metieron a la muchacha para la nevera esa donde llega la gente al mundo de la modernidad.

Natalia sintió frío y se negó salir. Hay que cortar. Coño, no me van a dejar ver. Ya va, vamos a esperar un poquito. No, hay que cortar porque tiene el cordón sobre el hombro y si se gira podemos pasar un susto. Sí, vamos a abrir, pero ya va, que el anestesiólogo no llega, no llega, no llega…, okey, ya llegó. Sobre los anestesiólogos pesa la misma especie de maldición que llevan los carpinteros sobre el lomo. Otro día les cuento.

Escuché desde mi silla del pasillo el micro llanto de la recién nacida, y anoté en mi agenda de bolsillo: Natalia nació el 08/07/1997 a las 3:17pm hora de Caracas. Como si se me fuera a olvidar alguna vez.

Entonces me paré y fui hasta la ventana por donde supuse que me presentarían a Natalia, pero una gruesa cortina se chantú plastificado que decía sudantex en el orillo de la tela, me lo impidió. Visto esto, es decir, que no había llegado el momento, aproveché para llamar a mi Mamá y a mis hermanos para darles la noticia, y de paso llamé también a Horacio y su combo. Frente a la recepción hay una batería de tres teléfonos públicos de tarjeta. Tuve que salir al kiosco que está frente al Crema Paraíso a comprar una pues la mía la maté esta mañana frente a la carnicería, y bajo la lluvia.

Una enfermera versión morena de Bewitched abrió las cortinas y me señaló dentro de una pecera, un pescadito envuelto en cobijas como un tequeñito verde, pero con un gorro de gasa en la cabeza y una inquietud en los ojos y en el cuerpo. Se agitaba y se removía, parecía una pupa a punto de eclosión, solo que en vez de una mariposa, del gusanito ese salió una mano larguísima y casi azul, que comenzó a frotarse y frotarse más arriba de la sien hasta que se quitó el gorro. Yo comencé a darle gritos mudos a la enfermera esposa de Darrin para avisarle que a la chiquita se le iba a enfriar la mollera.

En eso estaba cuando salió Cecilia Lozada como atropellada de camión, y yo la abracé tan duro que levantó sus dos pies a más de metro y medio del suelo mientras le salía de la garganta un grjjjjjj, que significaba que le faltaba el aire.

Luego salió la madre en camilla, la felicité mucho, le di las gracias sin apurruñarla porque se le notaba que no se podía, y le pregunté si quería algo en especial. Me pidió un mondonguito. Yo miré a la doctora quien negó con la cabeza y me dijo sin sonido: sopita de pollo sin grasa. Se la pedí a mi Mamá por teléfono con mi tarjetica nueva y ella la trajo.

Se llenó el cuarto de agua. Estaban abuelo y abuelas, tíos, tía, la madre estropeadísima, y yo. A Natalia no la habían subido. Yo bajé a decirle a Samanta que no me le fuera a dar leche de vaca a mi hija porque yo era sijh y mi religión me lo impedía, que me subieran a mi muchachita en lo que pudieran para pegársela en la teta a la madre como me había enseñado Gabriela Bobadilla y la gente de Amamanta porque ese curso también lo hicimos. Samanta y Tábata me miraron con risa condescendiente y me dijeron que me fuera tranquilo.

La subieron y se la pegué en la teta a la mamá. Digo textualmente se la pegué porque aquello parecía una lamprea. Medio se la acerqué, la hice rozar los labios y la naricita del pezón, y la muchacha abrió la boca como un gupi cazando moscas. En ese momento la empujé a fondo y se tragó media teta… La vida trae fuerza de fabrica ¡carajo si no!

Esa noche fue lo usual: corre entre la cama de la mamá porque tiene dolor o necesita ir al baño, y a la cuna de la niña porque tiene alguna P…: pupú, pipí, peo, o papa… El primer pañal cagado de Natalia se lo cambié yo. Un pegoste tipo petróleo que pude quitar gracias a unos pañitos modernísimos que traen como un solvente que huele a Jean Marie Farina pero para carajitos: la salvación.

La cosa es que desde ese día hasta este otro he tratado de ser el mejor papá posible y no sé muy bien si lo voy logrando…, recuerdo que hablando de eso con mi querido primo Roberto Cedeño, le dije que me consideraría un buen padre si cuando Natalia cumpliera sus dieciocho años conservara siquiera la mitad de la risa que trajo consigo al nacer. Es que esa niña desde que nació es ojos y risa…

A Roberto le gustó la frase. La asumió como paradigma y todo…, es que yo tengo mis ratos afortunados, sobretodo, después de que me convertí en papá… Jajá, me da un poco de vergüenza y todo.

Natalia fue mi ayudante de mecánica para lo cual le compré un overol de cuadritos con un Mickey Mouse en el pecho. Ella sacaba todas las herramientas de la caja y las ordenaba por tamaños. Yo le pedía un destornillador phillip, sí, ese de mango negro ¿ete? Y me señalaba un extractor de tres patas para el magneto de la moto. No, hijita, el negro, el negro ¿ete? Y me señalaba y calibrador de bujías. No mi niña, el negro, el negro ¿ete? Sí, sí, ese, y me daba el plano de mango amarillo cagada de la risa.

Me la llevaba a la obra los viernes día de nómina y los obreros se peleaban por jugar y conversar con ella que siempre llevaba un librito con figuritas: ¿y esto que es? Un xilófono…, ¡vergación! Aprieta ese culo compai, que esta carajita va a ser la patrona mañana mismo… Y yo me reía orgulloso…

Nos íbamos en bicicleta para La Lagunita, porque le habíamos comprado una silla que no le servía a mi bicicleta y le tuve que hacer una pieza para adaptarla. Pero bueno, quedó bien. Nos íbamos a bicicletear pero apenas la montaba ahí se quedaba dormida. Parece que esa vaina la aburría mucho…

Luego nos mudamos a Margarita y en donde vivíamos se iba mucho la luz. Entonces, mientras los vecinos se trancaban a cal y canto, nosotros nos salíamos al jardín y nos acostábamos en la grama panza arriba, cabeza con cabeza, a ver las constelaciones: aquella de allá es Orión ¿ves las tres estrellitas seguidas? es su cinturón. Aquella de allá es La Cruz del Sur, sí, la que parece un papagayo, y el rabito que le cuelga por un lado son Alfa y Beta del Centauro ¿te acuerdas de los Robinson que andaban perdidos por el espacio? Sí, sí…, nomejodas, qué te vas a acordar si eso es de cuando yo estaba chiquito ¿y había televisión cuando tú estabas chiquito? Sí, pero era en blanco y negro hasta el gobierno de Luís Herrera ¿y eso fue antes o después de Simón Bolívar? Mira mija, esa de allá es la Osa Mayor y esa estrellita que casi ni se ve es la estrella Polar… ¿Cómo la cerveza? Mira niñita, mejor entramos porque está empezando a hacer frío…

Pero un día me tuve que ir. Ya no se podía. Tuve que irme y despedirme de Natalia. Le dije que yo, aunque me fuera a vivir al fondo del mar, seguiría siendo su papá. Que nos veríamos cada vez que se pudiera, que no pasaba nada, que máximo, con el tiempo, terminaría ella por tener dos casas y eso podía resultar hasta divertido…, y me fui. Me fui pensando cómo coño se puede ser un buen papá a control remoto. Cómo mierda se era buen papá por correspondencia. Cómo recontracoñísimo se podía ser un buen papá desde el horizonte.

Y sí, como era de esperarse hubo de los ratos malos, a mogollón. Ratos muy requete malos. Anduve el infierno sin Virgilio. Anduve descreído. Anduve de la patada.

Pero aunque no tengo la respuesta, cada vez que podemos vernos trato de hacer que el rato sea bonito. Que valga la pena. Que quede algo chévere qué meter en la cajita. Que haya risa. Que haya montañas de risa. Que algo le quede para sus dieciocho y yo resulte un padre aceptable.

No por mí, que sé que voy bien con mi plan de crédito del karma. Por ella que está empezando, limpiecita, y ya está iniciando el cierre de su niñez.

La quiero tanto. Es la mejor hija del mundo…

jueves 3 de julio de 2008

El mundo al revés III

“Lo ví caminando, lo noté muy raro, fue que en un zapato, se le enterró un clavo, oh porque son de cartón, son de cartón de cartón…”
El Combo de Puerto Rico.


Caray, sí es verdad que nunca sabemos qué carrizo es lo que le pasa por la mente de la gente que vemos por ahí. Ojos vemos, y todo lo demás que dicen.

Y no es un simple punto de vista así nada más, sin ningún basamento. No. El mundo está al revés y tal vez sea verdad que lo ha estado siempre, lo que pasa es que por un lado tengo muy poco tiempo en el mundo, relativamente hablando, y por el otro ya tengo que jode.

No es que el al revés soy yo y los demás inequívocamente comen pasto porque tantas vacas no se equivocan. Mira que tengo en casa una perra loca que se llama Dru y su apellido es Mea. Mea, mea, y mea. Mea en la alfombrita de la sala, mea bajo la mesa del comedor, e inclusive sobre la mesa del centro de la sala, pero con todo y todo no la he visto mear ni siquiera cerca del plato donde come.

El mundo entero, salvo muy honrosas excepciones, mea dentro del vaso en el que bebe agua, con meados… Así que están al revés, o es un modo de recuperar electrolito sin gastar en Gatorade… Eso o la pichirrez, llevan a la humanidad por el camino del desespero, y no las bombas de esas que tiran los musiúes.

Este mes recibí la noticia de tres inminentes divorcios de gentes más y menos allegadas. Los tres divorcios en las bandas sucesivas de la tercera, cuarta y quinta década de la vida.

En el primero nadie sabe qué pasó y la que se armó fue más o menos buena. Nadie parece recordar que las causas de que una persona se harte de tratar de mantener escondida la diferencia entre la vida que lleva y la que pensaba diez años antes que llevaría a esa edad, son finalmente tan simples como que se canse alguien de empujar un enorme peñón redondo cuesta arriba, que cada vez que te paras a descansar se te va cuesta abajo y tienes que volver a empezar después de haber tenido que reparar todos los destrozos. Y lo serio del asunto es que nadie te ayuda principalmente porque no pides la ayuda a nadie porque pretendes que el otro sea más perceptivo y adulto que nadie y te la de sin que se la pidas porque si se la pides y te la da la ayuda será como de morondanga… Jadeo…

En el segundo nadie sabe qué pasó porque a esa gente lo único que le falta es sarna pa’rascarse: lo tienen todo, son jóvenes y bonitos aun y parecen quererse pero ella programa y él se deja programar y si yo no hago las cosa nadie las hace y ella no me deja hacer nada porque cada vez que trato ella la ha hecho ya y yo ya no hago las cosas porque ella las hace antes y estoy aburrido y me quiero ir a vivir a Pénjamo o a Pernambuco mejor porque allá se baila forró y ella le dice que él no sirve ni servirá nunca para nada y él le dice que ella es de largo la peor persona que ha conocido y si me sigues molestando te agarro por el pescuezo y te bataqueo contra el piso a ver si agarras mínimo y ella le dice basura basura basura y él le dice aburrida estresada de mierda adicta a los ansiolíticos te falta un tornillo…, y es que yo, para esta edad, me imaginaba en Fidji Fidji Buldú Buldú aya aya ayayaa…, y que expliquen los capitanes Chester y Haddock.

En todas las culturas la culpa siempre la tiene otro y hay que echársela sin dudas, porque eso explicará todo, y lo arreglará también. Porque hasta el mea culpa nuestro (y de Dru) de cada día viene a ser siempre de otro. Y que lo diga la abadesa que quería moderar el lenguaje yéndose al extremo de cambiar el domine meo que es término feo por domine orino que es término fino. Ni yo me entendí esta vez.

En la tercera nadie sabe qué pasó: ella siempre alegre y chispeante. Él siempre confiado y bien alimentado. Ella activa y hacendosa. Él trabajador y proveedor. Ella pendiente del fuerte. Él pendiente del frente. A ella se le van los hijos del nido. Él pendiente del frente… Ella se da cuenta de que al frente vive la dama del frente desde hace años ahí justo al frente…

La lealtad es un término abstracto que se aplica o no se aplica según se va o se viene… Con la dama del frente…

A veces veo la fachada de una casa de elegancia neo lusitana infestada de balaustra de graveuca, y cubierta de toda la muestra de cerámicas que quedó en el último expo construya, y pienso que en ella vive un exitoso dueño de una flotilla de camiones que distribuyen cerveza por los caminos de esta isla. La señora tiene la voz escarranchada, y los hijos llevan camiseta y gold filled, usan gelatina sobre los tercos rulos, le ponen mala cara a la hermana que sale con uno que ellos no conocen y estudia en la universidad.

Pero resulta que no. Nos invitaron a una parrilla unos amigos y fuimos a esa casa porque ahí vivían ellos casualmente alquilados, y la casa es de un doctor.

Los prejuicios son acervo y bagaje de todos nosotros, y por más que controlemos las expectativas tratando de no preconcebir ideas, siempre nos equivocamos.

Lo bueno es que no estamos rindiendo una prueba y nadie puede venir a quitarnos puntos y bajarnos en el ranking.

Ya se lo decía yo a quién no quiero nombrar, que no nos conocemos, que no nos conocimos, que no nos conoceremos nunca porque lo pretendíamos con demasiada seguridad y soberbia.

Queremos que las cosas y las personas sean lo que alguna vez nos pareció entender que debían ser las cosas y las personas, y luego como salen con que no son así nos divorciamos de ellas, súper peo mediante, eso sí.

Yo veo a mi gato que me espera agazapado detrás de alguna silla y cuando le paso delante me brinca y se me agarra de una pierna con tal vehemencia que me hace pensar que se le metió un espíritu de película, o una garrapata periquera, y no, el carrizo ese lo que me está diciendo es que tiene hambre y que le de comida. Y claro, no usa zapatos… Por eso siempre le damos comida y come cuando le da hambre.

Cuando en un momento crucial alguien no dice lo que debió decir, se forma la telenovela. Algún incorrecto mete un embuste u obvia algo y ahí está: se armó el enredo, y la única justificación de la persistencia en el conflicto sería la de vender detergente y sandalias de utilería forradas de pedrería chimba. Lo que se salga de ahí es puras ganas de darse mala vida. Y si la culpa es de los demás, peor todavía.

Pero claro, el que me ve se da cuenta rápido de que yo soy un bohemio irresponsable al que todo ese peo de Capuleto y Montesco se la trae floja, es decir, que me importa un repepino.

Me fastidia creerme mejor que alguien. Cada vez que me creo mejor que alguien soy peor que todos. Soy ingenuo y ridículo, además de muy poco inteligente.

Proclamo mi completa falta de habilidad para entenderme de ese modo. No tengo las herramientas, y no quiero tenerlas. Hay que concentrarse mucho y pensar con la lógica oblicua del sacerdote o del director de colegio privado. O peor aun: con la mirada del resentido social. Zape gato.

Renuncio a eso.

Déjenme tranquilo.

jueves 12 de junio de 2008

El mundo al revés II

“No peito dos desafinados tamben bâte um coraçao”
Caetano Veloso.


A este país lo jodió el whisky, y no es que a mí no me guste el whisky. Lo que pasa es que esa vaina te relaja hasta un punto en el que cambia la escala de importancia de las cosas. Te hace hipócrita y brejetero.

Por eso sale de una reunión de políticos la decisión de trajinarse los reales que son para hacer un puente o una escuela porque total la gente está acostumbrada a pasar el río en chalana y para qué quieren leer, qué importa si aun no se ha acabado la botella… Tranquilo, que ahí queda whisky todavía…

Una vez leí en un ejemplar traducido de la “Estrella Roja” (Krashnaya Sveda), un análisis de la época de Breznev en la que se ventilaban ciertas contradicciones de orden filosófico del régimen soviético de aquel entonces, cuya solución terminó repercutiendo de un modo fatalmente predecible para ellos.

Se decía que para la época solo se cultivaba y mantenía produciendo algo así como el 35% de las tierras agrícolas disponibles con muy malos resultados pues la burocracia se comía (hasta el déficit) la totalidad del producto obtenido.

También leí en el mismo periódico, que apenas el 2% de este 35%, conocidas como “Ishbas” o algo así, (no me pregunten cuanto es eso en base al 100%) estaba en manos de una especie de concesión privada que sobrevivía por razones que no entendí. Hay que tomar en cuenta que solo tenía unos veintidós años cuando leí eso y era más ingenuo de lo que soy ahora… Pues bien, decía que el 2% de este 35% estaba en manos privadas que lograban hacer producir esta tierra de modo tal que lograban cubrir alrededor del 40% del consumo de los rubros huevos, leche, hortalizas, y hasta algún porcentaje de cereal, no recuerdo cuánto.

Se ve, sin esforzarse mucho, que hubiera bastado con ceder digamos un 10% de las tierras mal explotadas, o más bien mal administradas, para cubrir con largueza lo que comía ese país.

Pues no, no es así. Resulta que si lo vemos desde el punto de vista político, no puede ser que un estado comunista promueva la creación de una elite capitalista terrateniente que crezca y engorde a expensas de ellos. Está bien. Y eso que era nada menos que Lenin el que decía que los capitalistas son tan pendejos como para vender la cuerda con la que luego serán ahorcados. Bueno.

Entonces lo que se hizo fue usar el dinero producido por la venta del petróleo siberiano que es de los de mayor dificultad de extracción en el mundo, para comprarle cereales a Canadá y a los mismísimos EEUU, que ya se sabe, eran sus enemigos.

Que qué pasó. Pues nada, que quebraron y se fueron a la mierda con Comunismo y todo, haciendo mejorar al mismo tiempo las economías del contrario pendejo capitalista. Ahí está.

Yo no sé si esto es cierto. No lo sé. Yo lo leí en casa de un amigo que había ido tras la cortina de hierro a estudiar medicina, creo que becado o algo así por el Partido Comunista de Venezuela, y en realidad no me interesa mucho si el cuento de esa gente es verdad o no porque lo que quiero es usar el ejemplo funcional.

Porque entiéndanme bien, sé que ante este tipo de disyuntiva solo se puede tomar una de dos decisiones, y que una vez tomada, pues hasta que se le vea el culo a Napoleón, como se dice en ciertos medios.

Yo sé para dónde voy. Ya va.

Decía que a este país lo jodió el whisky. El whisky y Hollywood.

Confieso que yo confiaba en que lo judíos serían los salvadores del planeta no por su calidad de pueblo elegido de dios, sino porque más temprano que tarde se darían cuenta de que joder tanto a madre natura hace tiempo que dejó de ser buen negocio y empezarían a repartirse la reconstrucción en grandes contratos con partidas y valuaciones astronómicas ¿se imaginan? La reforestación completa del Mato Grosso, la sierra de Imataca, Roraima, porque no hay que ir tan lejos para encontrar los peladeros de garimpeiro ¡perdón! De chivo…, pero qué va, el whisky y Hollywood se los echaron en caldo ‘e ñame.

Entonces me pregunto que cuál será la contradicción filosófica más o menos brezneviana que le impide a este gobierno (y al anterior, y al de antes, y así…) controlar al hampa.

Yo entiendo eso de la lucha de clases. No es difícil entender que si unos tienen mucho (por la razón que sea) y otros no tienen nada (por la misma razón o no) ese diferencial de potencial hace saltar un chispazo de espanto y brinco. Estoy entendido y de acuerdo.

Pero entonces qué hacemos. Porque en una lucha de clases debe estar claro el objetivo de parte y parte. Si no, no es una lucha, es una marranera, un salpafuera carcelario que ni siquiera llega a anarquía que sí tiene hasta sus visos poéticos.

No, no me volví loco, lo que pasa es que el mundo está al revés y todas las razas, sectas, grupos, cofradías, hermandades y logias, llevan demasiado tiempo meando fuera del perol y ya el charco nos llega al cuello. Yo aplico la de Mortadelo y Filemón y respiro fuerte para dejar de notar la hedentina, la vaina es que mucha gente se esconde detrás de inventos termodinámicos, vasos de whisky, malísimas películas, y cosas por el estilo, para no tener que darse cuenta de la única manera que existe para no seguir nadando en orines.

Siempre me acuerdo de un artículo que leí acerca de lo que gastan los bancos (por ejemplo) en publicidad ¡horror! ¡más de un tercio de su presupuesto! Me pregunto qué pasaría si en vez de invertir esa millonada en propaganda lo hicieran en mejorar el servicio que prestan. Y así tanto la telefónica de celulares como cada una de las empresas que cobran barbaridades por prestar un pésimo servicio, pero eso sí: métale al propagandazo ¿eh?.

Razón tenía el Doctor Carlos Brandt en su opinión de que “meterle piedras al queso además de ser una conspiración contra el consumidor que debía ser pagada con cárcel, es también un atentado contra la teoría del valor. Se diría que si el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo invertida en su producción, aquí tendríamos que clasificar también, como elemento de valor, la pillería, la astucia y la falta de vergüenza que representa el trabajo de buscar piedras, partirlas, ocultarlas dentro del queso… Eso solo puede ocurrir en el mundo capitalista”.

Este mes de mayo ha sido muy movido para nosotros. Nos ha tocado ir a Caracas para lo de la exposición de artesanía que hace CANTV, para la que organiza Eureka que premia la innovación en la artesanía, y este fin de semana pasado nos tocó en el Museo Dimitrios Demu en Puerto La Cruz una colectiva de artistas orientales bajo el tema de la conservación del medio ambiente. Lindo todo.

No contaré nada de las experiencias.

Lo que sí voy a contar es sobre el punto focal de todas las conversaciones. La preocupación nacional se desplazó del gobierno al hampa. Mala cosa.

El taxista me contó de un robo horrible que le hicieron en su casa un grupo hamponil organizado que casi le matan al hijito de cinco años… Al taxista que anda en un Malibú del mismo año que mi Halcón Milenario…

La amiga, el amigo, el vecino, el perro, el gato, el monito…, y el carrito del heladero. Todo el mundo ha sido víctima de los ladrones en una u otra forma.

Y yo me pregunto si habrá una razón filosófica en todo esto, o es que de verdad el whisky nos jodió la vida.

Hemos ido generando tolerancia frente a dosis más y más locas de incivilidad e injusticia, y no quiero saber cómo va a parar todo esto.

Yo, personalmente, no salgo en lo que medio baja el sol. Procuro no andar por ahí con cara de venado. Estoy evaluando seriamente la posibilidad de emigrar. Vivo bajo toneladas de hierro en rejas…

Es que ser un limpio no me salva ya de esta extraña lucha de clases. No sé qué clase seré. Me imagino clase D21, porque no se me ocurre otra y esa me recuerda la febril imaginación de la pubertad, tiempo en el cual nada más me preocupaba.

No quiero pensar que algunos afiebrados y exuberantes ideólogos del gobierno puedan creer que ésta es una lucha de clases de hampones versus hampones, y que una parte de los hampones son los hampones buenos que apoyan al gobierno… Nojoda, el whisky político nos insensibiliza, nos hace mezquinos y tramposos. Hoy en día somos oportunistas y depredadores: unas hienas. Unas despreciables hienas. Pero pendejos no somos, y nadie me va a venir a tratar de convencer.

En fin, la alegría siempre vuelve y la esperanza pervive porque sé y siempre me digo, que hasta el más prosaico e insensible, secretamente, mira películas románticas y se le aguan los ojos cuando atropellan al perrito.

miércoles 11 de junio de 2008

Orochi de madera y aluminio

Una pieza de luz como la legendaria Orochi, con el debido respeto...
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martes 27 de mayo de 2008

Próxima exposición


Anne-Marie y yo estaremos participando en esta colectiva en el Museo Dimitrio Demu en Puerto la Cruz. La inauguración es el sábado 31 de mayo a las 7 pm.
nos vemos

El mundo al revés

“Le juge n’échappe pas à sa victime”
Jamel Ed Din Bencheikh.

Todas las mañanas del mundo descubro el agua tibia, y si no lo pongo en orden y lo saco por el puerto serial me parece que me vuelve loco la retahíla de palabras que me hacen un avispero del pensamiento.

Así que:

…Ahora sí que se tostó este mundo, más o menos como dicen que dijo el viejo en Maestra Vida, en el bautizo del hijo de Ramiro y Manuela.

La seriedad parece un chiste y a uno (uno en este caso soy yo, como decía mi bisabuelo) no le queda más remedio que apelar al chiste para decir las cosas más serias del mundo sin terminarse agarrando a trancazos con la gente a cada rato.

Las cosas del alma y lo místico son, definitivamente, productos mercadeables propiedad de empresas trasnacionales que las manejan, por ejemplo, a través del trapacero situado constitucional o del más directo diezmo. Encima tiran piedras sobre tejados del prójimo teniéndolos todos de vidrio. Y claro, si se los van a pagar con ganancias, así cualquiera, pero la verdad es que cada vez que veo una expresión enmarcada en una gran papada y solemnemente embatolada, me acuerdo rápido de mi maestro de cuarto grado y hasta ahí llegó la cosa: con la cruz rezando y con el mazo dando ¿eh?... ¡Muerte a la infame! Diría Voltaire.

La naturaleza tenía previsto que no necesitáramos muchos pertrechos para vivir felices; cada uno de nosotros es capaz de crear su propia felicidad. Las cosas externas apenas tienen importancia. [...] Todo lo que un hombre precisa está más allá del poder de otro hombre… Séneca debe hacer aeróbicos en su tumba…

El amor y la paz son slogans para vender alguna otra cosa más importante, como carros, ropa, perfumes, armas de guerra, y chatarras varias que a la vuelta de la próxima temporada no serán sino objeto de burla para volver a empezar con una más cara (máscara) y proporcionalmente menos necesaria… Bueno, la verdad es que no hay nada más necesario en la vida que parecer lo que no somos, porque correríamos el riesgo de no ser nada con facilidad… La vida no es en blanco y negro, siempre me digo, pero no hay manera de que me lo entienda.

Aquellas pobres mujeres (de ayer y de hoy) guerreras perdieron sus esfuerzos, me da vaina decirlo, pero todo ese peo que armaron para lo de la igualdad de derechos, obtención de votos, oportunidades, etc., se volvió sal y agua o por lo menos fue a dar a un sitio bien raro. Hoy todo se reduce a unos cuantos cc de silicón, unos pinchazos de botox, unos añadidos de colágeno, y una que otra puntadita por aquí y por allá.

Y para muestra un botón: ayer alguien dejó subido el volumen de la radio del carro y cuando me montè y lo prendí (el carro) comenzó a sonar. Estaban pasando un programa de variedades conducido por dos chicas jóvenes (que supuse de vanguardia tontamente por este simple hecho) que me pareció que decían cosas divertidas y por eso lo dejé. Bueno, al poquísimo rato empezaron a pelar el pedal con una polémica entre ambas por la palabra albedrío porque una de ellas sostenía que era albeldrío (coño, y por la radio). Acto seguido pasaron a comentar la concentración de motocicletas de alta cilindrada. Según ellas no vinieron los jóvenes buenmozos ni las chicas espectaculares del año pasado sino un poco de viejos canosos con unas viejas feas, gordas y mal vestidas que parecían ser sus esposas… La guinda del pastel la pusieron con un comentario sobre una entrevista que le iban a hacer en el periódico pero que no se las podían dejar hacer porque tenían que pasar primero por el peluquero para que las pusiera bellas… Bella fue que la pusieron. Son unas traidoras a su género, me dije, y apagué esa vaina…

Si hay algo que no soporto es una mujer boba. Y no la soporto porque considero muy personalmente y por razones totalmente privadas, que las mujeres son una especie de albacea de la sabiduría humana. Son creadoras y alimentadoras, son guardianas que no cancerberas porque mucho al este ya es el oeste.

Claro que la gafedad es gratis y cualquiera hace uso de toda la que quiera, y aun de llamarla como quiera. Sé que existen más temas de los que es mejor no hablar.

Hace tiempo se decía que la religión era un tópico prohibido por razones de urbanidad. Uno, al hablar del asunto nunca sabía a quién puede terminar ofendiendo.

Más recientemente se incorporó la diatriba racial. Es políticamente incorrecto. Y ni hablemos de política, que es Némesis del momento.

Ahora tampoco se puede hablar de arte, diseño, o artesanía, porque se cae inevitablemente en el plagio y la deontología de este. Aparentemente hay que limitarse a elogiar a los grimorios, catedráticos, y consagrados, pero sin usarlos ni siquiera de referencia porque eso es plagio.

No, el arte, diseño, y artesanías, debe ser autoengendrado, un fenómeno de generación espontánea en cada caso aisladamente.

Por lo tanto hay que aceptar como libro de norma lo que haya hecho el artista, diseñador, o artesano, más altamente consagrado (¿según quién?) y rasar por ahí, lo que se salga de ese patrón debe ser amputado.

Dalí no fue acusado de plagiar nada menos que ocho pintores en una de sus más famosas obras. Jodé…

Así que de arte, diseño, o artesanía, tampoco se puede hablar para no terminar peleando con las guardias pretorianas de algún bastión sagrado.

Es por eso que resulta más fácil no hablar de nada o no pararle ni un quinto de bola a los pataleos de los bobos. Parece ser que tengo una habilidad especial para desenmascararlos, y no es que me interese hacerlo. Lo hago con solo parármele al lado.






Debe ser la razón por la cual el gallardo gladio, el pesado y justo mandoble, los así llamados libros sagrados, y muchas otras herramientas superiores, siguen manteniendo a la mitad de la humanidad convencida de sinrazón. Todo para poder seguir viendo el fútbol en la tasca sin que haya pataleo.

No hay peor miedo que el admitir que todos caemos en contradicciones, que todos copiamos a todos, que todos nos sentamos en la poceta y pujamos si es el caso, que todos reímos y lloramos, que nos da hambre y sueño, como a toda la humanidad.

Y esto lo digo por mí, porque lidio muy mal con las contradicciones de la gente y con la discusión inútil, pero me vivo contradiciendo y hablando de temas que provocan e inducen a la discusión.

Así que no hablaré tampoco sobre arte, diseño, ni artesanía. Es un tema que hiere susceptibilidades, que provoca la caída de máscaras, la verdulería verbal, la dentellada subjetiva, y no necesito eso ni me interesa. De modo que seguiré metiéndome con quienes prefieren parecer que ser, pero de otro modo…

Sin embargo estoy claro en que no puedo ser tan tremebundo en la vida, porque dónde queda la facilidad ¿ah? Eso pregunto yo, dónde... Es decir que para qué hacer las cosas por el camino difícil si hay uno más fácil. Conozco un tipo más flojo que la cagada de una gallina que tiene unos abdominales de propaganda de perfume, y se los implantó después de una liposucción. Lo más depinga es que cada vez que la cerveza hace su trabajo de abultarle el ecuador, se pega una carrerita al esteticista (coño ‘e la madre) y queda como para hacer una telenovela.

Negar lo artificial es tan absurdo como negar la violencia, es decir, que existen aunque no me gusten. Pero que haya que convencer a la gente de que lo único que tienen para ofrecer sea artificial, comprado, y en calidad de implante…, me cago en el Steve Austin y en su mitad biónica, incluyendo su ojo, aunque se sabe que conservó su corazón de oro porque siempre usó el gringo sombrero blanco.

Negar que de las cuevas de Altamira para acá el arte haya sido copia sobre copia que con el tiempo y la pretensión de cada quién ha ido evolucionando hasta superarse a sí mismo con el bidet del tal Marcel…, no sé, no debería dar miedo admitirlo. Uno imita y aprende a hablar sin que se vea obligado a inventar su propio idioma…, claro, claro, está la personalidad y estilo de cada uno, claro, eso es así, pero…, prueba a usar un modismo no local. Hay que explicarlo, y habrá desde el que arrugue la nariz y diga que tú si que inventas pendejadas, hasta el que se sienta iluminado por un rayo sapiente… Caramba, hay de todo…

Dije que no hablaba más de arte, diseño, o artesanía, así que vuelvo al otro tema: Se ve que no es que los hombres no se hagan esas cosas (sigo con lo de ser o parecer, pero del modo más fácil posible. Que manía la mía, esa de explicar los chistes). Claro que se lo hacen y me da un susto de muerte, pues si ya no nos alcanza con joderle la pajarita a las mujeres y la estamos agarrando con nosotros mismo: ahora sí que estamos fritos… Pero no es de esto de lo que quiero hablar, ya me desvié otra vez. Luego me pongo ¿cómo fue que me dijeron? Ah sí, repetitivo y redundante, como si quién me lo dijo hubiera estudiado oratoria con Quintiliano, redacción con el que inventó la sacarina, y ortografía con Don Pedro Pablo Barnola. No me joda...

Lo que digo es que para qué monta uno esta revolución ¿para dar una vuelta? si al cabo de algún tiempo vas tener que regresar a donde estabas, con más años, más cansado, y teniéndote que hacer el loco cada vez que te oyes a ti mismo repitiendo como un personaje de Huxley la misma lección hipnopédicamente aprendida: ser alfa es bueno porque ser alfa es bueno. Eso si es que eres alfa, aunque al final sea lo de menos porque el razonamiento de todos modos no existe.

Me recuerda el decreto de Ventoso del año dos ¿o sería Fructuoso? (No recuerdo ni me hace falta la rigurosidad histórica de Carpentier) Qué fastidio.

Yo prefiero malgastar mi tiempo de otro modo, totalmente sin rumbo tal vez, acontecido muchas veces, aunque tranquila y azarosamente mía, sin miedo al plagio… Pero lo sé: no es más que una postura llena de soberbia y de ingenuidad de lo más infantil. Además me arrecho y pierdo el sentido del humor.

Pero es que tener que escuchar (y calarme) en pleno siglo veintiuno que la maestra del carajito de uno ordena lapidariamente que el niño tiene que cortarse el pelo como un hombrecito, y que las niñas son las que usan el pelo largo, y encima tener que explicarle al chamo que la justicia no es un concepto universal sino que cada quien tiene y aplica la que más cómoda le parezca, que en este mundo hay gente que aun vive en la edad de piedra y otros en pleno medioevo, con santa inquisición y todo eso le hace poner a uno en tela de juicio el completo de lo que ha vivido y aprendido.

Con decir que en estos días tuve que ir al colegio a buscar la patineta de Mateo porque se la habían retenido el fin de semana completo. Sí, ya sé que el chamo no tenía por qué llevársela al colegio máxime cuando se le ha dicho hasta el cansancio que no lo haga, pero el concha ‘e tomate del director se la retuvo de viernes a lunes impidiéndole disfrutarla durante el fin de semana: justo castigo, diría algún insensato.

Bueno, yo me enteré tarde y tuve que ir el lunes a buscarla. Le pregunté al señor coq ‘au vin que por qué se creía él con derecho a retener propiedad privada fuera del ámbito de su autoridad ya que esta se limita al horario e instalaciones del colegio. Me dijo desde el fondo de su caldero de pared gruesa que pusiera una denuncia en la lopna…, yo, claro, le dije con todas la letras que eso era una gafedad y que no iba a hacer una tormenta en un vaso de agua, total, ya le dije abusador y tengo la patineta debajo del brazo, así que tenga usted muy buen día, y me largué con viento fresco.

Sospecho que no me entendió. Será por culpa de tantas horas de cocción. No sé.

Por otra parte, y hablando de arte, artesanía, y diseño: tener que escuchar (y calarme como ya dije) que los barquitos que tú haces se parecen demasiado a los que yo hago siendo que ambos estamos tratando de representar (cada quién a su modo) unos barquitos que hace otro que a su vez copió a otro más lejanos todavía, porque los peñeritos de los pescadores son copiados de los que se hacían antes y que eran a vela, que a su vez fueron copiados de los que trajeron los españoles con la conquista, que a su vez copiaron de los árabes que a su vez copiaron de los fenicios, y así… Vaya al carajo ¿sabe?

Cómo carrizo le explico al chamo que este mundo sigue siendo sexista, injusto, y retardatario. Que conceptos como el de la segregación racial, la intolerancia religiosa, la homofobia, el plagio, y cualquier otro que implique diferencias son el negocio y siguen siendo los que rigen la vida. No así el de la corrupción y la hipocresía, naturalmente. Que al fin y al cabo todo este peo no tiene más finalidad que la defensa de la sacrosanta arepa de cada día. Tanto el peor de los fachos, como el sesudo intelectual solo argumenta por temor al hambre, de comida o de alguna otra. Y es así de simple, lo demás es retórica estéril. Joder. Me arreché otra vez.

Obviamente no todas las mujeres perdieron el tiempo malamente. Eso está claro. Me salió de esa manera (y no lo corregí) porque en los colegios que he tenido la desdicha de conocer, la normativa la hace cumplir férreamente una, o varias mujeres, de una categoría muy específica en la que muy bien encajan algunos hombres de hombros estrechos, brazos cortos, y culo ancho que suelen arengar en fa sobreagudo, y este no es de ninguna manera un comentario homofóbico. Sé bien que llevar las cosas a un nivel tan simplista no es necesariamente bueno, pero es que las cosas las veo y explico mejor en blanco y negro. Soy un tipo particular, tengo visión de perro. Ese es mi problema, como me dijo una vez un gran amigo, de esos que no son hipócritas pero que no se escudan en ello para ser maleducados e insensibles.

Lo de la desdicha no es exageración: el único colegio que conocí que era exactamente lo que yo imagino que debe ser un colegio resultó ser un fraude. El condenado corsario dueño de esa vaina nos timó a todos. El colegio era ilegal y lo cerró la zona educativa, que como hacen los extorsionadores, esperaron que el año fuera por la mitad para venir a poner la piedra de tranca y crear un señor caos.

Los demás, a la usanza de la RAE y otras víctimas de la burocracia, aun están usando los pantalones y corte de pelo de Yuri Gagarín, y no se te ocurra venirles con que invitaste a cenar a Sydney Poitier porque las hordas de frígidas damas no sé qué cosa con pantalones de tachón y blusas de tela de esa que cogen tremendo violín mínimo te torturan al niño hasta que lo tengas que sacar del colegio porque cómo es eso que vas a andar por ahí agarrado de la mano de tu esposa con esa pinta que cargan los dos de gozar el sexo sin que lo tengan que pagar en este mismo mundo sin esperar por el juicio final ni nada porque para eso es que ellas están ahí vigilando que nadie cometa pecado alguno… Birsia, me arreché otra vez. Tengo que hacerlo más a menudo porque digo las vainas de un modo que luego me da mucha risa.

Para muestra un botón: en estos días se suscitó un atajaperros con el ídem propiedad de Natalia. Su mamá (de la que nunca escribo porque tendría que pulirme los eufemismos y me da flojera pero Platón lo dijo por mí:[...] Digo de los injustos que en su mayoría, aunque escapen en la juventud, terminan siendo atrapados y parecen estúpidos al final de su camino, y cuando llegan abatidos a la vejez, tanto los ciudadanos como los extranjeros se mofan de ellos; acaban derrotados y convertidos en lo que el oído educado no quiere escuchar. [...].) regaló el perro a una vecina de nosotros (coincidencia sospechosa) con la que luego entablamos negociación para ver si le recuperábamos el perrito (más bien perrita) a la carricita que lloraba y lloraba sorbiendo hectolitros de mocos porque hasta le habían cambiado el nombre a Milú y le habían puesto Madona…

La cosa fue como hacer una diligencia en el ministerio de educación, y hasta tuve que graduarme por archivo (menos mal que soy pana de Fredy) entre timbres fiscales y vuelva más tarde que falta una firma y con cuánto fue que pasaste dibujo técnico, logré que la señora le regalara el perro a Natalia porque quedó claro que no se trataba de una devolución. En realidad le habían regalado el perro y ella no tenía por qué devolverlo, pero al ver a la carajita llora y llora, y porque en realidad el cachorro le molestaba, pues otorgó su venia.

Eso sí, primero me regañó porque tengo que limpiar mi patio, exterminar a fondo las garrapatas de la comarca, asearme las uñas y afeitarme debidamente. Además, ese perrito es muy fino y no es para tenerlo como ustedes tienen al otro (que también es otra) que anda por ahí jugando con los niños y montada en una patineta porque dónde se ha visto perro en patineta… Decía todo esto manoteando airada con la mano derecha haciendo como una cola de pez fuera del agua… Yo tragué grueso. Le expliqué algo sobre los Masai y la cacería del león, comenté que la luna cuando está baja se ve amarilla porque la atmósfera qué sé yo, me metí el perro (la perra) bajo el brazo, di las gracias en sueco y apreté a correr haciendo notar claramente que no iba en patineta desde hace más o menos treinta años…

Yo no sé. Yo no sé.

Existen los días en los que no tengo ganas de hacer chistes porque las cosas no me parecen lo suficientemente serias. Aunque tengo que admitir que es muy serio que muy poca gente quiera usar lo que tiene dentro de la caja craneal para dejarle algo bonito a sus hijos, porque el mundo está al revés y algo es bonito solo si se apega al manual de lo conservador (conservador de la sacrosanta arepa, ya lo dije. Sí, sí, y sí, sí soy redundante y repetidor y me sabe a casabe) y casi huyo por la izquierda.

Me gustaría proponer una vida sin culpas, porque no es necesario romperle la crisma a nadie. Una vida sin hipocresías, porque la verdad es más expedita y esto no lo aprendí hace mucho. Una vida con cabida para todo, porque el mundo es ancho y ajeno, como dice Ciro Alegría. Una vida en la que lo que no queremos tampoco nos angustie, porque aquello que no nos gusta no hace falta que lo compremos y ya.

El hombre no es más que lo que hace de sí mismo. Úpa Juan Pablo…

Yo jamás compro guanábanas ni chayotas. Al que le gusten, que le eche bola, pero que no cuente conmigo. Ya.

Es cierto que cuando me golpean, según quien haya sido, le devuelvo unos carajazos de antología. No me enorgullezco, y palabra que estoy trabajando en eso. Cuando me robaron el realero aquel de la constructora estuve a punto de darle un plomazo de Marlin calibre .35 al sátrapa que me trajinó, pero escogí no hacerlo y aquí estoy: limpio, pero feliz. No tuve que partirle el alma a nadie para seguir adelante.

Total que nunca salimos de la edad media. Seguimos respondiendo a patrones que se imponen por la fuerza del mandoble, la del negocio, la de los prejuicios fundados en la certeza de que todo lo extraño es un potencial oponente que los pondrá en duda y que terminará minándolos. No se les ocurre pensar en que muchos puntos de vista hacen al sabio perfecto. No eso no, porque así es muy difícil y hay que pensar mucho. No se les ocurre pensar que el decoupage viene del arte chino del siglo XII, que se puso de moda en la Venecia del siglo XVII, en Inglaterra en el siglo XVIII dónde extrañamente se bautizó con el nombre de The Art of Japanning, y que el nombre que tiene actualmente se estableció en Francia en esa misma época. No se le ocurre pensar que el sicodélico batiscafo de los escarabajos del ritmo tiene un copyright a favor de Apple Corp desde 1968, o sea, que lo inventaron hace un saco de años. Décadas ya… No, lo que importa es que todo sobre el triángulo se le debe a Pitágoras, y a mí tampoco me gustan las habas aunque el disgusto no me daría como para querer proscribirlas porque no hay que exagerar.

Yo me pasé una semana en Caracas y me vine saturado de ciudad. Comprendo (y me felicito) por qué la abandoné. Tengo allá mucha gente querida. Pero no conozco otro lugar tan deprimente como ese. No, no niego que lo habrá, pero yo no lo conozco. Allá las contradicciones y la injusticia le saltan encima a uno y se pegan como una rana platanera viscosa y fría. La gente decente debería irse de ahí antes de contagiarse.

Es territorio de la temible raza wanna be anorgásmica. Pero: Y sin embargo, si todos los deseos se vieran satisfechos en cuanto despiertan, ¿en qué ocuparían los hombres su vida, cómo pasarían el tiempo? Imaginemos a esa raza transportada a una Utopía donde todo creciera espontáneamente y los pavos volaran asados, donde los amantes se encontraran sin más demora y supieran permanecer juntos sin mayor dificultad: en semejante lugar algunos hombres se morirían de aburrimiento o se ahorcarían, otros lucharían y se matarían entre ellos, y así crearían por si mismos más sufrimiento del que la naturaleza les causa tal como es ahora. Y lo dijo Schopenhauer hace la tira de años…

Bueno, habrá que producir y ahorrar a montones para poder construir los castillos propios de los días que vivimos, en más de un sentido además.

sábado 3 de mayo de 2008

Premio


Este taburete: Dodexápodo, ganó una mención honorífica en Eureka, innovación en artesanía 2008.
"Toy muy contento y le mando un salúo a lo pana y a mi mamá que me etá oyendo".

lunes 17 de marzo de 2008

“Standard”

Bueno, sí, lo admito: a veces me enredo la vida yo solo casi por puro gusto… Pero déjenme empezar por el principio para hacerme entender, porque después no digo las cosas bien y no falta quien no me entienda y hasta se moleste conmigo. No para de sucederme.

Así que tengo que tratar de aprender a explicarme mejor.

Cuando aprendí a hablar, de pequeño, lo primero que atiné a decir fue Mamá, Papá, y carrrrrito, como todo niño normal. Digamos que el siguiente paso en la evolución de mi lenguaje y la ampliación de mi léxico fue aprenderme el nombre de mi Mamá, de mi Papá, y las marcas, año, y modelo, de los carrrrritos.

Empecé, claro, por el carrrrito de mi Papá que era un Renault 8 Major cremita con los asientos rojo oscuro, del 65. Seguí por el de mi Abuelita Marilú, que era un Renault 10 verde botella con los asientos cremita, del 65 también. Estaba el de mi abuelo José Clemente, que era un Mercedes no sé cuántos, a dos tonos de azul y los guardafangos más largos que he visto. No recuerdo mayores detalles de este carro porque solo lo vi una vez, que yo sepa.

Los demás eran los de mi tío Carlos, un Mercedes Benz 230 morado cardenal con los asientos de cuero, del 69. Mi tío Pepe, un DKW Autounión con motor dos tiempos de tres cilindros (que corría durísimo) azul puro prismacolor con los asientos negros, del 63 (creo). El de mi tío Manolo era un Sumbeam Alpine descapotable rojo con asientos negros, no recuerdo el año de este (pero sí me acuerdo de que era un asunto de palabras mayores en materia de velocidad porque era el propio roadster inglés)... Luego estaban, mi tío Jesús Salvador que tenía un Chevrolet Belair a dos tonos de marrón, del 57 (parecía un zapato de Kiko Mendive) Y mi tío Pigo que tenía una camioneta Chevrolet Pick Up azul claro con los asientos blancos, del 67.

Luego, como cabrá pensar, seguí ampliando mi vocabulario con los carros de los vecinos y amigos. De manera que Amancio tenía un Chevroler Impala gris, del 69. Cheo Pichardo tenía un Plymouth Barracuda del 68 que llamaban el charrascuda. Obando una camioneta Hillman Humber verde grama más vieja que el chivito del almanaque y luego un Mercedes 220 negro con los asientos rojos. El maracucho Suárez tenía un Opel Record amarillo quemado, del 69. Luis Vivas tenía un Ford Cortina ocre ranchera, Franco tenía un Alfa Romeo Spider blanco con los asientos negros, Claudio tenía un Mercedes Benz 180 de los que tenían el sistema eléctrico de seis voltios color de ojos de perro corriendo más o menos azul.

Simón el hermano mayor de Anita y Cirilo tenía una Fargo Power Wagon verde oscuro, del año 50. Su papá una Vespa de tres ruedas convertida en cocina ambulante en la que preparaban perros calientes y tostones con ensalada en playa Los Ángeles, de lunes a lunes… El señor Palermo tenía un Pontiac, o tal vez era un Oldsmobile que no sonaba, creo que era gris plomo y rojo. Sí sé que los asientos estaban forrados con un plástico verde traslúcido que olía a bolígrafo. Los señores Briceño tenían un Dodge Valiant verde metalizado con el techo de vinil negro. El señor Cárdenas tenía una pick up roja con cabina atrás siempre llena de hijas bonitas. Anita Cárdenas era mi preferida… Okey, esto no viene al caso, pero es que uno se pone a recordar y no se puede controlar lo que aparece.

Pero bueno, a lo que iba al principio. Porque esto no se trata de un alarde memorioso, sino de un asunto del vocabulario y de dónde sale. De las angustias y los procesos para desangustiarse, y: coño lo admito, me pongo a mirar los carros que me pasan en la autopista (porque manejo muy despacio) y en lo que caigo en cuenta he contado treinta Toyota Yaris, tres mil doscientos Nissan Sentra, veinte camionetones todos iguales pero de distintas marcas, y tres o cuatro Hummer…, no me hacen gracia los carros que veo. Parecen iguales. No sé, no los distingo porque además son todos de colores que no conozco, o será que con los años y la presbicia también aparece un cierto daltonismo. Por ahí estoy seguro de que alguien muy perspicaz me dirá que no, que es que con la edad a uno le dejan de interesar ciertas cosas y por eso decae la capacidad de atención. Y yo le respondo de una vez que no me eche a perder el cuento, por favor…

Me imagino carajito en estas circunstancias y que todos mis carrrritos sean Nissan Sentra Nissan Sentra Nissan Sentra allá va un Yaris Nissan Sentra Nissan Sentra Nissan Sentra allá va una camioneta silicón Nissan Sentra Nissan Sentra Nissan Sentra otro Yaris Nissan Sentra Nissan Sentra Nissan Sentra…, y me da una tristeza… Qué fácil hubiera sido aprender a hablar en esas condiciones porque para hacerme entender, con un lenguaje Standard bastaría largamente.

Pienso en que si esto se hubiera dado en los setenta la culpa se la hubiesen echado a la cia, es decir, que seguro que era una conspiración con miras a obtener el embrutecimiento global para obtener el petróleo regalado o si acaso pagarnos con espejitos… Esta sería una teoría amenizada con ron. En la del whisky la culpa la tendrían los chinos o los rusos porque qué va a saber cochino de chicle y dónde se ha visto que esa gente sepa hacer otra cosa que ropa de caqui y carros malísimos todos iguales. Además, son puro plástico y hojalata que si le recuesta uno de estos carros fuertes y estables se engarruñan como lata de cervezas… Du gomo gue ere barigo yigo, nojoa…

Mira tú las vueltas que da la vida ¿no dicen los ingleses algo así como “too far east is west”? y me perdonan lo mal que manejo el idioma de la pérfida albión.

Claro que a mí, los chinos, la cia, los rusos, los runrunes, las teorías de dos minutos, y esas güevonadas me importan tan poquito que solo las recuerdo para amenizar una velada de vino y amigos, eso sí, haciendo la imitación barrigona de la voz gangosa y esas cosas. Por cierto que no es una declaración racista ni xenófoba, ni políticamente incorrecta. Me refiero al uso de esa gente como excusa. Por eso tampoco me importa un coño el calentamiento global, ni la desaparición de los glaciares. No me importan como excusa. El hecho ya viene siendo otra cosa y allí sí me pongo serio… Hago todas estas aclaratorias porque no quiero caer en lo Standard, claro.

Pero sí, la estandarización me intriga. En realidad me intriga (no, no es lo mismo que mi problema con el raggaetón, ni me niego al hecho de la tierra gira sobre su propio eje, ni mucho menos a que el tiempo venga a ser otra dimensión) me intriga. Y me intriga porque a veces llego a pensar que ahí radica la culpa de todo lo malo que sucede en el mundo, y cómo es que nadie (notable) se ha dado cuenta de tamaño mojón (hito)…

Sí, sí, ya sé, tal vez y hasta se han escrito enciclopedias con ese tema, pero si yo no lo sé no existe, y si existe y no lo sé, me vale lo mismo. No tengo excusa. Es así. Total que al principio fue el verbo y a mí ni de vaina se me ocurre ponerme a jugar con el adverbio, y esto no es una aseveración homo fóbica aunque definitivamente lo parezca.

Desde Sócrates (y tal vez desde antes) hasta nuestros días la gente se ha preocupado por definir (y dejarlo por escrito, por lo del verbo y el sustantivo, por supuesto) cosas como el bien y el mal, la belleza y la fealdad, y todas esas cosas que nadan entre la teleología y la deontología, que tampoco hay quién termine de aclarar esa pugna y no sé ni para qué habría que hacerlo. Ganas de discutir. Supongo.

Yo, personalmente, remacho de malo todo aquello que me ladilla en la proporción que sea, y lo feo se incluye en ese mismo pegoste…, y debo agregar que lo que me aburre es lo peor (claro que a nivel, digamos platónico, lógicamente) de lo malo. Por lo menos lo considero el padre hermafrodita de todo lo malo.

Y si no me creen párense un momento en cualquier pasillo de centro comercial u orilla de playa a ver pasar chicas Standard para que vean que mucho antes de que pase la trigésima pelo planchado siliconada se pone usted a ver vidrieras o se sorprende tratando de adivinar el caballaje del fueraborda que carga aquel peñerito que va saltando arriba del horizonte… Y mira que irse uno a fastidiar mirando muchachas ¡fin de mundo! No puede ser el origen de nada bueno aburrirse de esto.

Bueno, está claro que poner tercermundistas a producir millones de carrrrritos todos igualitos es más fácil y rentable porque son eso: igualitos. Por no haberlo advertido un comunista fue que se tiraron tres, estoy seguro que de haber sido de otro modo tal vez no se hubiera escoñetado la unión soviética y tendríamos menos aburrimiento (esta es una apreciación equilibrista exenta de funcionalidad e intención política)… Si los carrrritos fueran todos distintos y de distintas empresitas no existirían las grandes corporaciones de pingües dividendos que ponen el aburrimiento al alcance de todos y mi vecino no tendría tres Nissan Sentra. Palabra, tiene tres. Y aquí aclaro que ese no es mi problema. Lo es el hecho de que me intriga que no se aburra, porque a mí, me aburre cantidad.

Ni hablar del cine: antes uno veía a un Corvette Stingray escapando con éxito de un Ferrari 358, o a una Mini Morris escapando con éxito de un Camaro RS según de dónde fuera el director de la película, pero ahora vienen unos rusos a hacer una película aquí pero ambientada en las Canarias, y el carro que rotularon con la pinta de la policía española fue, un Nissan Sentra ¡joder!

Good Morning Sun Shine se cantó a bordo de un Oldsmobile (o un Pontiac, o un Cadillac) descapotable en aquella secuencia bellísima de Milos Forman. Betty Blue le echaba un pote de pintura rosada sobre el capó a un Citroen negro. Ni hablar del Aston Martin del Santo, ni del Shelby de Bullit… Podrá no gustar alguna de las cintas citadas, pero aburridas no serían ni siquiera en el Centro San Ignacio. Ahora imagínense a Treat Williams manejando un Nissan Sentra mientras John Savage, Beverly D’Angelo, Anie Golden, y Dorsey Wright saludan el sol de la mañana será por la ventana porque ese perol no lo venden descapotable. No, no me divierte, parece un capítulo de los Simpson.

No hablemos del daño que se le hace a la literatura con esa actitud frente a los carros.

Recuerdo el primer cuento que le escuché a mi hermano Luís Gerardo (que sí es escritor de verdad hoy en día y que felicito profundamente porque ni idea de cómo hace para sortear estos obstáculos angustiantes) por allá, sería el año 69 porque recuerdo que veíamos el alunizaje del Apolo no sé cuánto y esas cosas en el televisor General Electric de Raiza, la vecina de la esquina que vivía en una casa con un atrio como medio marroquí con la entrada con forma de cerradura y baldosas hidráulicas en el piso, que lo sacaba para que los vecinos pudiéramos ver un acontecimiento tan pero tan importante mientras mi tío Carlos Longart decía que esa vaina era mentira, puros inventos y utilerías de la cia (claro) con un ron en la mano (creo). Bueno, el cuento de mi hermano fue que un Mustang azul salió de su casa y cuando regresó no tenía puerta… Coño, tengan en cuenta que era el 69 y él nació en el 66. Sí, tenía tres años, así que no jodan con que de quién era la puerta que faltaba ni nada de eso porque precisamente de eso (según Cortazar) trata el cuento: de lo que no se dice.

Ahora quiten el Mustang azul (eléctrico con cauchos anchos) y pongan un Nissan Sentra o un Yaris… No es lo mismo, ni siquiera gana con la modernidad y las vueltas del mundo. Ni siquiera resulta divertido.

Probemos por ejemplo con La Autopista del Sur, de Cortázar (otra vez). No, mejor no porque me voy a deprimir pensando en lo difícil que sería hoy en día escribir un cuento como ese con los carros que hay. Eso sí, me puedo imaginar a la chica del Dauphine con un Yaris, y al ingeniero del Peugeot 404 con un Nissan Sentra... Sí, está bien, si ella hubiera tenido un Yaris poco ganaría pasándose a un Sentra…

Pero como empecé diciendo, yo siempre me complico la vida pensando gafedades tristes para poder ejercer luego mi maña para desangustiarme. Creo.

Sí, porque me aburrí tanto con la autopista del sur copada de carrritos Standard que lo que hice fue pelar por una especie de recurso garciamarquezco y empecé a nombrar Nissan Sentras José Arcadio y Toyota Yaris Aureliano, y, palabra, tan poquito vocabulario con tanta imaginación sobre recursos mnemotécnicos me dio un alegrón que no sé describir.

viernes 29 de febrero de 2008

El Granadero perdió una baqueta (IV)

Lo que dije, los límites…, bueno:

Resulta que mi amigo Vladimir Vivas pasó por nuestra galería-marquetería cuando aun quedaba en Bayside de Margarita, no el otro, a buscar los papeles de Cintec de la que no hablaré porque se me van aquí cien páginas a medio espacio y dos caras, y resulta que vio dos de las sillas que llevamos a la exposición de Artebosque en agosto de 2007 y que regresaron a Margarita. Dos de tres no está mal, según Meatloaf.

Una de ellas, la que se llama “Siyasutra” porque no es cama, la desechó de inmediato por la no viabilidad en terrenos andino-conservadores según el estereotipo acostumbrado pero que a veces viene y te da sorpresas. Pero la otra, la que se llama “Taburetóptero” que es la pieza cúbica con patas de insecto le pareció un “tubazo” como él mismo la llamó. Rápido me pidió fotos y se las envió a la parte organizadora del evento en Caracas (Fundación De Museos o qué sé yo, con el debido respeto por tamaña institución, claro, pero es que yo ya no retengo en la memoria ningún recuerdo que tenga menos de veinte años) con la promesa jurada de que de allá me llamarían para coordinar todo.

A los pocos días me pidió un estimado en bolívares para que la gente del museo me depositara la plata para el flete ida y vuelta de la silla. Pensé un número y se lo dije, además de que estaba haciendo otra que a mí me parecía muy interesante también. Me pidió fotos y que la metiera en el cambote. Qué impreciso soy: un cambote de dos sillas.

Casi de inmediato me llamó de allá (no sé si de Mérida o de Caracas, pero en todo caso de allá) una muchacha muy formal y prudente que se llama Monna Gutiérrez para pedirme datos, para coordinar envío, para que le firmara una planilla, para que habláramos un poco… Eso fue un sábado en la mañana estando yo preparando desayuno que me salió muy sonreído y sorprendente porque qué les voy a decir: que estaba muy orgulloso de mí mismo y de lo sortario que resulto cuando estoy descuidado que es como estoy cuando me pasan las mejores cosas de la vida.

Y yo pensaba en que me sonaba demasiado conocido el nombre de ella pero que debía haberla conocido hace muy poco porque si no (con toda seguridad) me acordaría, cuando Anne-Marie me dice ¡mira! Porque estábamos viendo Telesur justo cuando ponían la entrevista en Arte Somos de la diseñadora del “Tetra”: Monna Gutiérrez… Caray, pensé yo (creo que en voz alta) la cosa es seria.

Ya había conocido el “Tetra” en, digamos, persona, porque en Ochava, la tienda de objetos de diseño que está en El Hatillo en Caracas al lado de la galería Azularte lo tuve en mis manos y a punto de comprarlo.

Cuando dije más arriba que el asunto me parecía serio no es por zoquetada mía. Lo que pasa es que estuve jugando un poco con este artefactito y me dio como vértigo. Sí, me parece que Monna tiene una puerta abierta a otra dimensión o algo así porque con unos palitos unidos con liguitas logra una especie de maqueta múltiple de mil caras cambiantes para un montón de formas geométricas que lo mismo sirven para estructuras que como modelo en perspectiva, me imaginé las maravilla que hubiera hecho Antoni Gaudí I Cornet con el Tetra, unos saquitos de perdigones, y una cámara fotográfica…, y un cerro de cosas más de las que no hablaré para no ponerme fastidioso.

Lo fu es que no lo compré porque me acoquinó un poco. Tuve que dar un paso a un lado para agarrar aire. Sé también que llegará la oportunidad de tenerlo.

Está bien, pero no quiero perder el hilo de la narración, así que: a todas estas yo no tenía clara la fecha de uno y otro evento (me refiero, claro, al encuentro de hacedores de juguetes en Tovar, y el así llamado “Diseño al límite” en Mérida) porque tenía un cerro de trabajo, la bomba del hidroneumático quemada, roliverio de lumbago, y el carro prestado (a cambio, por cosas de la vida, de una inmensa y todopoderosa Yamaha Súper Tenere de 750cc que me prestó mi gran amigo y sensei, Ángel Sánchez)... Esto, y que en realidad no sé qué me pasa pero cada vez estoy más lejos, allá, por la estratosfera.

Como era de esperarse las fechas coincidieron. Es decir, que lo de los Hacedores de Juguetes, y lo de Diseño al Límite pasó todo junto, así que Anne-Marie y yo hicimos el corte al bies de la geografía nacional como dije cuando empecé a escribir esto, solo que en el carro, además de juguetes, venían las dos sillas. A una de ellas le terminé un remiendo en el cuarto del hotel Camoruco en Barinas el día antes de entregarla, como cabía imaginar, ya que a esa altura no tenía lumbago.

Por cierto que mi médico de cabecera (a la piecera) me informó y comunicó (y convenció) que mi lumbago no tiene nada que ver con mis vértebras lumbares, que sí, que me duele ahí, pero que en realidad se debe a una contracción de un músculo abdominal que agarra la cadera y las costillas muy internamente, por compensación indebida sobre mi pierna izquierda por estarle tratando de quitar el peso a la derecha que tengo torcida. Así que es por eso que no responde a los tratamientos convencionales para el lumbago, porque no es lumbago, es como una tortícolis pero en la barriga que se refleja un poco antes de que dejen de verse los generadores eólicos antes de la provincia de Valencia pero por el lado de atrás, y me enseñó a quitármela con un acto de voluntad, mucha fe, y el poder de la palabra. Sí, así, sin más ni más... Eso sí, me estuvo poniendo los tendones y cablecitos en orden varios días seguidos antes de que yo pudiera más o menos tomar mis riendas. Y lo más arrecho de la vaina es que no me ha dolido más desde entonces. Parece que lo dominamos.

Desde que salimos de Barinitas iba yo manda que te manda mensajitos a Vladimir y a Lula en Mérida para cuadrar lo de la entrega de las sillas porque aunque no lo dije nunca, ni lo he dicho, ni lo diría, estaba como carajito chiquito con esa vaina, pero no lo voy a volver a decir… Lo que me parecía gracioso es que ambos me dijeron lo mismo, que agarrara la carretera con tranquilidad que el cielo estaba azul. Y resultó verdad. Por eso y por otras cosas pensé que era un código habitual para designar el buen tiempo, pero no, la cosa parece ser una manera más localizada que eso. En fin, lo bueno fue que el viaje por ese páramo fue bajo un lindísimo cielo azul mañana primaveral de postal en los jardines de Buckingham Palace.

Pero volviendo al asiento para no salirme de los límites: se suponía que debíamos dejar las sillas en casa de Lourdes Contreras (Lula) por ahí, en la entradita de Mérida en una urbanización que ya no recuerdo cómo se llamaba pero que queda apenas bajando de la vuelta de Lola entrando por APULA y esto se presta para muchos juegos de palabras y confusiones que tal vez explicaría que no haya ni forma ni manera de que me acuerde del nombre de la urbanización. Porque claro, del apulo no quela sino el cansancio…, dilía el chino.

Dejamos el encargo el domingo temprano y nos fuimos a comer algo antes de seguir el carreterazo hasta Tovar. Fue ahí que decidimos parar frente a la plaza de Milla, en el restaurant de la posada Loca Luz Caraballo (sí, lo digo de esa manera nada más que por joder) y comernos la sopa que nos llevó hasta el día siguiente por culpa de un candado en mi camino.

Yo iba un poco preocupado por mi falta de profesionalismo y rigor formal, porque dejé las sillas allá, así, sin una nota siquiera. Y eso que me habían pedido currículo y fichas técnicas por si acaso, y una breve memoria y semblanza (y no sé qué más) pero yo como si no fuera conmigo ocupado nada más en pensar en mi tortícolis de la cara externa del intestino delgado. De modo que no más pude me fui a un cyber y le escribí a Lula una extraña carta donde estaba tal vez la información que creí que necesitarían. Cometí la tontería de no enviársela también a Monna perdiendo la oportunidad de hacer reír más gente con mi completa falta de seriedad.

Por supuesto que no recuerdo bien qué le puse, pero sí sé que le dije que esas sillitas las hago yo con epoxi y con madera que me encuentro en la carpintería (bueno, la madera, porque el epoxi lo compro yo) la que desechan los demás, sobre todo la que resulta de un intenso destrozo que le hacen a unos troncos rollizos que maquinan ahí burdamente con motosierra. No sé, me da vergüenza con los arbolitos y en un infantil intento por sacarle el cuerpo al plan de crédito del karma, vengo yo y trato de devolverles un poco de dignidad haciendo unas piezas bonitas. O que por lo menos a mí me gusten, porque todo este lío es mío.

También sé que además de explicarle la técnica le dije cómo se llaman las sillas, porque tienen nombre y todo, y lo de las medidas. Bueno, lo que realmente le dije con respecto a las medidas fue que las midieran allá porque a mí se me había perdido el papelito donde anoté eso.

No le mandé mi currículo porque no me lo iba a creer y detesto que me crea mentiroso aquel que en realidad aun no sabe que lo soy. Prefiero que me conozca primero y aunque sé bien que no siempre se puede escoger en la vida, no me iba a echar la burra pal monte yo mismo ni de vaina. Además, si cada vez que me echan el tarot me sale el loco en el pasado, ya no me tengo que preocupar.

Como todo lo que viene a continuación ya lo dije antes, pasaré directamente a lo que le pasó a Maimey…, no, no, no, eso es un cuento de mi hermano Luis Gerardo el que es escritor con libros publicados y todos y de quién estoy más orgulloso que el carrizo, como si yo tuviera algo que ver en eso…, ya va, que me pierdo, lo que decía es que pasaré directamente a lo que pasó el día que nos escapamos de Tovar para ir a la inauguración de la exposición en un edificio grandote que se llama Tulio Febres Cordero y que no sé bien qué es. Lo que sí sé es que de entrada había un grupo grande de gente haciendo capoeira patadas brinco y tambores incluidos, más adelante había una banda yo diría que ensayando algo que sería rock, me parece, porque no era jazz, y en el sitio donde nos sentamos a beber un te porque no había cerveza, estaban dando clases de tango…, caramba, no veía tanto muchacho junto desde que yo era uno.

Estaban Mario Calderón montando una muestra de sus juguetes, estaba Humberto Rivas ayudando y acompañando, estaba el ayudante de Mario, Anne-Marie y yo, medio ladillados de que no hubiera más que te y toddy…, y la verdad es que salvo dos chicas que arreglaban unas mesas tipo Casa Mar, con cenefa y todo, no había movimiento de inauguración ni nada. Le preguntamos a las muchachas y ellas nos dijeron muy serias y convincentes que ahí no habría nada ese día, que la cosas estaba muy cruda… Una mirada en redondo corroboró largamente esta aseveración cuadrada.

Tras ese desengaño geométrico optamos por irnos a casa de Mario a cenar, bebernos unos vinitos, y a cantar un poco, pero ese cuento ya lo eché. ¡Ah! No, ya va, Mario y Esneira prepararon una pasta con champiñones y un mezclum de rúgula y lechugas varias que le roncaba la malanga. Yo, gracias a mi grande fama de hipoglicémico, me comí tres veces mi ración.

En la mañana nos llamaron con un pujo porque había un gentío haciendo cola para comprar las piezas que teníamos en Tovar y por eso fue que salimos corriendo para allá. Bueno, en realidad corrimos de La Mucuy hasta la vuelta de Lola, porque de ahí para abajo nos echamos dos horas largas para atravesar Mérida. Tanto así, que nos dio tiempo para que al pasar junto al edificio llamado Tulio Febres Cordero, le diera tiempo a Anne-Marie de bajarse del carro cámara en mano, tomar las fotos que ven aquí junto, y hasta conversar con Monna que estaba extrañadísima de que nosotros no hubiéramos asistido a la inauguración que había sido la noche anterior… Anne-Marie le explicó lo que ya dije, y Monna le informó que la cosa había sido en otra parte…, es la vida, diría mi amigo Carlos… Pero decía que le dio tiempo de todo esto y volverse a montar en el carro mientras yo avanzaba más o menos setenta metros si es que fue tanto.

Dos horas para atravesar Mérida. Desde la estación Terminal del trolebús hasta Tovar echamos una hora y veinte minutos. Y no digo más para no hablar de la carramentazón y los economistas estos que yo no entiendo.

Tovar, Tovar, Tovar…, se acabó la semana, pero por ahí, a mitad de ella apareció Julieta Cantos con su hija Vanesa y una amiga que había tenido unos problemas con unos camarones y estaban culpando injustamente a unas chistorras… Qué riñones, culpar a unas pobre chistorras. Nunca he sabido que le hagan daño a nadie. Unos camarones no digo, pero unas chistorritas a las brasas ¡nunca!

El caso es que aparecieron por allá y nos corroboraron una invitación a San Cristóbal, a su librería y a su casa también… Ese almuerzo con ellas en el mejor restaurant de Tovar del que no hablaré porque me trajeron el mejor churrasco que me he comido en años, preparado exactamente como yo lo quería (bien sellado, crudo por dentro, y con sal añadida después de cocinado) fue muy agradable y gracioso. Para muestra un botón: estas damas piden el postre antes de pedir la comida, porque dicen que puede pasar que se llenen con el almuerzo y no les quepa después el dulce…, muy sabio pero inusual…

Por supuesto que en terminando esta carta pagaron caros sus gritos, quiero decir que en lo que se acabó la exposición en Tovar arrancamos para San Cristóbal vía Zea porque por ahí se empalma con la carretera Panamericana que es la que baja por el sur del Lago de Maracaibo y llega uno por el lado de Michelena. Yo me quería ir por el páramo de Bailadores, pero había cierta prisa.

Llegamos directamente a “Sin Límites” y debo decir que el premio de la mejor librería a nivel nacional se lo tiene bien merecido, y diría aun más, como Hernández y Fernández. Tienen el espacio de exhibición y venta, un espacio para talleres infantiles, un pasillo anchote que sirve entre otras cosas para ferias tipo navideñas (ese era el caso) que da a un patio interno que antecede una galería con todas las de la ley. Subiendo las escaleras está el depósito y oficina de Julieta. Más arriba está la oficina de administración, y arriba de todo (con una linda vista sobre la ciudad) está un apartamento arrechísimo que en realidad es el despacho de Jorge Peñuela quién es el esposo de Julieta. Él trabaja en cosas del agro y tiene una finca en la que tiene hasta una siembra de teca y gmelina para el aprovechamiento de la madera. Ahí nos anotamos para el primer entresaque que llaman…

Las instalaciones, la planta física del edificio es una cosa de un impecable solo comparable con la casa de ellos a la cual llegamos temprano, después de almorzar en un restaurant árabe en el cual también hice gala de mi taimada hipoglucemia.

Yo, que tenía un millón de años sin dormir bien, subí el equipaje a la habitación más pulcra que he visto en mi vida: las sábanas olían rico, las almohadas olían mejor, el piso y las paredes despedían un olor delicioso a cosa limpia y bien cuidada. Yo me quedé ahí echado mientras las damas conversaban en la sala de cosas que a mí no me incumbían, o así lo decidí, observando como desentonaba la vibración (más bien trepidación) de mi cuerpo horizontal en medio de tantas cosas bien hechas.

En la tarde salimos a ver una tienda de esas de decoración masiva que está muy de moda porque Julieta quiere convertir la galería en una tienda de objetos de diseño no muy caro enfocado hacia la decoración, nada más que para que exista una alternativa a la artesanía barata indochina que es así de regalada porque esa gente paga sueldos de miseria a viejitos y niñitos explotados como si se llamaran Simplicio, si es que les llegan a pagar, verbigracia.

Claro, el diseño y la artesanía Venezolana no llega a ser tan barata porque es que no somos tan pobres así. No somos tan desafortunados como en el sureste asiático, y mal que bien, el que menos puja echa un Steinway de cola… Pero con muchas cosas sí se puede competir sobre todo si se apoya uno en cierta tecnología y deja los ascos producidos por el purismo.

En la noche fuimos a una pizzería en la que preferí pedir carne otra vez porque no había pizza capresa, y hablamos de eso (de la tienda y las piezas de diseño) y de la madera. Resulta que Jorge Peñuela tiene una siembra de teca y de gmelina. La cocina y algunas otras cosas de la casa de ellos está hecha con gmelina, que resulta ser tremenda madera pues ya la habíamos visto y trabajado en Mérida, en casa de Humberto. Bueno, sí, tiene la madera y está más que dispuesto a hacer negocio, pero la madera está jojotica y recién el año que viene (o algo así) será que hagan el primer entresaque. Esto es que ellos la siembran metro a metro para que echen varas largas. Luego quitan una para que queden cada dos metros y engrosen un poco. Claro que venden la vara del metro que dije antes. Luego quitan la de los dos metros y quedan cada cuatro dándole chance para que engrosen más, y así. Estos entresaques los hacen cada cierto tiempo y nosotros ya nos anotamos. Así que tendremos teca y gmelina en cualquiera de estas…

Ellos tienen un modo de hacer la vida que me dejó pensando. Porque es que son gente organizada y tesonera, pero no por esto son aburridos, pichirres, o con apariencia de estíticos. No, la verdad es que son bien alegres y felices, y además logran lo que quieren. Están organizados y creen en lo que hacen… Me quedé pensando.

Total fue que al día siguiente nos regresamos a Mérida, a casa de Mario y Esneira, nos quedamos en su casa, fuimos a visitar a Humberto, y raspamos para Barquisimeto. Bueno, para la vía de Duaca, a la posada La Salamandra que es la casa de Judith Guanipa y Leo Garcés, en la que siempre somos tan bien recibidos que a veces me da un pelín de pena, pero apelo a mi aparente sinvergüenzura para que no se me note y venga yo a herir sentimientos tan buenos. Pasamos una noche deliciosa, como todas las noches que se pasan ahí y al día siguiente continuamos el paseo vía Caracas con parada en San Antonio de los Altos.

Porque fue que le dije a Monna que íbamos hacia allá y ella insistió en que nos encontráramos, así que nos citamos en el centro comercial ese que está al lado del elevado en San Antonio y allí nos vimos. Fue una experiencia que todavía no he terminado de asimilar… Me explico, yo soy lo que soy (como dice Popeye) y no me sorprendo con nada que salga de mí. Quiero decir que no me parece nada del otro mundo que yo pegue dos o tres tablas y que quede una silla o una lámpara…, bueno, a veces me sorprende el coroto en sí mismo, pero yo no me creo que sea ninguna tapa de ningún frasco…, en fin… Lo que pasa es que ella me trató con tanto respeto que me parecía (como cuando me dicen señor Laya) que hablara de otra persona… Ella y Anne-Marie hicieron buenas migas de inmediato y eso sí que no me extrañó. Pero bueno… Lo que pasó fue que fuimos a su taller a ver el trabajo de ella más allá del “Tetra” ¡coño! Eso merece diez páginas, pero para no volver loco a nadie, mejor visitan www…….com y lo ven con sus propios ojos.

Pasamos un buen rato ahí y estoy seguro de que dejamos una amistad bien hecha allá, en San Antonio. Tal vez salga un convenio de cooperación comercial y de las ideas. No sé, tal vez se me subieron los humos equiparándome con semejante genio…, el caso es que aun no termino de asimilar todo lo que vi y escuché.

De ahí seguimos hasta Caracas, a casa de Ingrid y Eric, que siempre nos reciben como se reciben a los amigos queridos y esto se aprecia mucho. Ingrid, como suele hacer, se lució con una cena más que gourmet y unos vinos como para las penas porque a las penas porronazos… La conversación de la sobremesa giró como siempre de la rodilla a los fenicios, y de la explosión demográfica a la economía, pero como de costumbre, García Lorca ya lo escribió entre primos de Benamejí.
Al día siguiente desayunamos pantagruélicamente y arrancamos para Puerto La Cruz. El viaje fue lentísimo pues salimos como a las diez de la mañana y llegamos al ferry a las seis y media de la tarde justo cuando se iba nuestro barco de las seis de la tarde… Pues no, fue mi reloj que está como un cencerro y cogió a adelantarse (yo nunca había visto eso) y en realidad llegamos a las tres y media de la tarde con tiempo de sobra para almorzar en la taguarita del Terminal (en la que pedí carne, claro) y esperar tranquilamente el ferry de las seis que en realidad salió para la isla tipo nueve de la noche.

Llegamos a casa cerca de media noche, con el cuerpo agitado, y una cosita en el bolsillo que no sabía qué era. Parecía un palito de fósforos, o un mondadientes para algún troll de esos que salen en las películas que ven mis chamos. Pero no.

Era la baqueta que con tanto peo había perdido el granadero, y que no sé cómo, apareció en mi bolsillo.

sábado 26 de enero de 2008

El Granadero perdió una baqueta (II)


Estadía en Tovar, exposición y festival del violín, breve escapada a Mérida. En fin, Tovar:

Se entiende perfectamente que llegamos a Tovar un poco estropeados por tanto curso de economía y carretera nacional, y que por eso, en lo que dejamos los corotos en el Conac nos fuéramos gustosamente a descansar en el hotel antes de salir a comer alguna cosa, pues desde las hallacas en Barinitas no habíamos probado nada…, ¡coño! Se me va a poner la lengua negra por embustero. Sí comimos, lo que pasa es que como fue una sopita en la posada Loca Luz Caraballo frente a la Plaza de Milla en Mérida, se me había olvidado no porque fuera poca sino porque se tardó mucho y me parece que la digerimos, inclusive en la memoria, antes de haberla comido.


Pues eso precisamente hicimos. Es decir, que descansamos un rato en la pocilga 51 en la que decidí no hacer pupú, pues como dije en la anterior entrega, el baño estaba dentro de la habitación solamente separado por una puerta corrediza de acrílico traslúcido que no llegaba al techo y está bien que se tenga confianza con la pareja, pero de ahí a que uno rompa en andanadas de accidentes gástricos como para amenizarle un programita de televisión, de una televisión que me recordó la propaganda electoral de Claudio Fermín después de que abandonó a los adecos…. (por cierto que la gigantesca caravana de adolescentes en motos chinas parrandeando el triunfo del no con botellas de ron, pancartas y pendones de acción democrática y fotos de Morales Bello y Ramos Allup me produjeron la misma reacción que sufro frente a un autobusete con el raggaetón a todo volumen, pero así es la vida ¿no?) no sé, no me convence. Es que después de estar tanto rato casi inmóvil dentro del carro y luego moverse repentinamente para bajar las cajas y todo eso, como que hace que las tripas toquen a rebato y se organice el gran movimiento de masas gaseosas, me parece.

Decidí entonces bajar a ver si lograba que nos cambiaran de habitación para poder dar rienda suelta al hacer del cuerpo, y por consecuencia directa preguntar cual sería un buen sitio para ir a comer algo después de que nos hubieran cambiado de habitación, claro que muy amablemente porque al fin y al cabo todo el mundo sabe que a donde fueres haz lo que vieres y los andinos son personas muy educadas, pero no había nadie en el hotel y nos habían encerrado con candado. Yo, como Emilita Dago, toqué y llamé, y nadie me respondió, pero de adentro se oyó una voz que me decía: cuchucu ay, cuchucu chucu ay, cuchucu chucu ay, cuchucu, cha… No había nadie en la recepción y tampoco acudieron al toque del timbre de liceo que allí había. Es más: la puerta tenía puesta una rolitranco ‘e barra con sendos candados.

De manera que revestido de irrealidad por fuera y de lo inconfesable por dentro, subí a la temible 51 a confesarle inquietísimo y nada cobero a mi querida Anne-Marie, que estábamos presos y cumpliendo la condena, la condena que nos da la sociedad, me entristezco me acongojo y me da pena, pero lo que soy yo me lo tengo que aguantar…

No hubo problema pues al no comer no se agudizaron las urgencias por descomer, por lo cual deduje una vez más que los caminos del señor son inescrutables y derechos sobre renglones torcidos, y vaya usted a saber cuántas cosas más relativas a las acciones y las reacciones, por supuesto. Lo que sí me echó una vaina fue el espejo de un lado, el lavamanos de frente, y el bombillo del otro lado: solo me pude afeitar el lado izquierdo de la cara y pensaba que gustoso pondría la otra mejilla pero las rotaciones eclesiásticas no se me dan con soltura así que basta con los jueguitos de palabras.

Tempranísimo saltamos de la cama pues el hotel está frente al Terminal de pasajeros (que es como decir un viejo circo) y llegó el autobús de San Cristóbal que es diesel (y tiene el arranque malo, o no tiene batería) y lo dejaron prendido de cuatro a seis de la madrugada llenándonos el cuarto de humo que al principio me retrotrajo a mis días de muelle a sotavento de La Daniela y sus hectolitros de mata ratas, pero que por larga duración pude llegar (en mi retrospección) de San Ruperto a Puerta de Caracas por la subida de Torreros desde el CCCT…

A las seis de la mañana, puntualmente, se fue el autobús de San Cristóbal (un Magiruz Deutz de los que trajo Diego Arria) y casi agarro un sueñito, pero tempranero para que dios lo ayudara (a cambiar un caucho de Icarus de acordeón equipado con aros de artillería forro y tripa de las que se sacan a mandarriazos) abrió la cauchera de al lado, y si en algo resulto yo draculesco es en el hecho de que no soporto una llave de cruz. Sobre todo cuando son de las de camión Leyland de carreras y un economista la deja caer con repitiente displicencia madrugadora, sobre el argentino tañidor alcantarillado Tovareño.

Recogimos nuestro aun hecho equipaje y lo metimos en el carro de nuevo porque de ningún modo volveríamos a dormir ahí donde uno tiene que escupir en el plato en el que come, por decirlo de algún modo, y nos fuimos a trabajar. Debo confesar que la subidita desde el hotel hasta el Conac me fue especialmente ardua por la falta de sueño, de café, y el superávit gaseoso completamente contenido porque no hay nada potencialmente más contraproducente que echarse un peo caminando.

Creo que por ahí pude haber terminado con tortícolis si no fuera porque al echar buenamente el cuento en el Conac (sin los detalles escabrosos, claro) Alexander dejó de lado el trabajo que tenía por delante y logró que nos cambiaran a la 47 representando esto una baja de tres puntos en el Dow Jones de la incomodidad, pero con clara tendencia al alza, eso sí. Hubiera sido un buen momento para comprar, pero está clarísimo que yo no sé nada de economía.

Llegamos a la sala y miramos a través de la inmensidad en la que debíamos montar la exposición junto con los demás invitados…, y nos escapamos cruzando la calle a una heladería que servía pastelitos andinos, jugos de frutas, buen café, y vitaminas (tizana). Después de un más o menos yantar, porque aunque nos habían cambiado de habitación aun no hacíamos efectivo el cambio y, bueno, aun no podía comer porque las consecuencias de las acciones no natas eran así precisamente… Regresamos e hicimos el montaje, que era algo sencillo pues se trataba de colocar las cosas de manera que se vieran bien sobre unas mesas bien bonitas que tienen allí, junto con Mario Calderón y Esneira Quiñones quienes además terminaban una muestra bellísima de la Fundación Casa Del Juguete en la sala principal del complejo. Quedamos situados entre Mario Colombo y Mario Calderón ¡una pelusa!

La gente de ahí (que en cambote) colaboró en el mejor de los grados con nosotros comentaba con sorpresa y agrado que los que venían de tan lejos, de Margarita, hubieran llegado primero. Además con tanta variedad de piezas…, y tan coloraditos, debe ser por el sol de allá… Y yo sin poder explicarme…

…Ahora debo hablar un poco del Festival Internacional del Violín y de la gente que trabaja en esto. También de la exposición de juguetes que se llamó: Encuentro Nacional de Hacedores de Juguetes Artesanales.

Hace un saco de años, un cura (creo que el párroco del lugar) organizó junto con Radio Occidente (que está en la acera de enfrente, al lado de la heladería) un festival local de violín rural en el que tocaban viejitos, niños, y todo aquel que quisiera echarle pierna a un instrumento que se toca con las manos cuello brazos y mucho corazón alzado por culpa de los modismos y del lema imperante. Bueno, el caso es que el festival fue creciendo e involucrando más y más gente hasta que llegó a lo que es ahora: un verdaderamente inmenso evento que se realiza cada dos años y en el que participa de un modo u otro todo el pueblo de Tovar y al que asisten personas de todo el país e inclusive de otras partes de este mundo tan ancho y tan ajeno. En esta ocasión había gente de España, Alemania, Bolivia, y los estados pegados.

La organización parece ser una combinación de: Fundación Festival del Violín de Tovar, Alcaldía de Tovar, Fundación para el desarrollo cultural del municipio Tovar “Fudecut”, Gobernación De Mérida, Universidad de los Andes “Digecex”, Pdvsa, Centro de Arte La Estancia, Gobierno Bolivariano de Venezuela, y Ministerio de Energía y Petróleo, además de todos y cada uno de los tovareños. También estaba pintado en todas partes ese rectángulo con los colores de la bandera y tres monigotitos que dicen que Venezuela ahora es de todos. Bueno, está muy bien, pero sigamos: Sí, se reúnen fondos que imagino mollejuísimos porque aun no sabiendo de economía sé que para pagarle el alojamiento a varios cientos de participantes, las tres papas a unas setecientas personas, amén de la nómina de planta, durante una semana completa de domingo a domingo, hace falta una boloñonga (palabra favorita de un ex amigo) inconmensurable. Con decir que el equipo de trabajo se echa dos años en reunir los cobritos esos… Y todo esto bajo el lema de “¡Arriba corazones!”…

Lo de las comidas merece un aparte: en el comedor del liceo cuyo nombre no recuerdo pero que era algo así como Patrocinio Peñuela o Rudecindo Rebolledo (y si me pelo no es por mucho), servían diariamente unos setecientos desayunos, almuerzos, y cenas, para los participantes los cuales estábamos plenamente identificados con unas escarapelas y unos tiquecitos que si los veía Carpentier nos situaba en el Pluvioso del años dos o más bien finalizando el ocho aunque pierda la cronología, porque siempre se desordena el asunto por un lado o por el otro… Hacíamos la cola en grupo, rocheleando en infinitos tono de verde pues el paisaje tovareño es como dicen que es Catamarca, pero en vez de sonar en seis cuerdas solo llevan cuatro (cuerdas) y un arco.

La comida la preparaba un ejército variopinto que estaba envidiablemente coordinado pues por ejemplo el que buscaba el pollo siempre llegaba a tiempo para que montaran la siguiente olla antes de que se acabaran la tanda de las primeras doscientas porciones. Esto no es pendejada, eran más o menos doscientos pollos diarios durante siete días. Treblinka, se ha de haber llamado la pollera de jabatos con toda seguridad. Además eran pollos gitanos, marrones, y guineas, además de guineos pisados y/o hervidos con sal y ajo. Muy sabrosos, debo decir, pero totalmente inusuales en mi dieta y con esto no me estoy quejando sino agradeciendo, porque uno no aclara las cosas y luego viene alguien y las toma a mal.

Había una parejita, que bien podía hacer de tripulación para cualquier arca que se precie, parados en la puerta del comedor: el muchacho regulaba el ingreso a la sala-comedor, y la muchacha te pedía el tiquete con garbo en lo que tocaba uno en turno. El siguiente paso era recibir la ración que a veces te la daban ahí mismo y uno localizaba (menaje en mano) y ocupaba el puesto que encontrara disponible, o te mandaban a sentar y una señora muy amable te traía la pitanza.

El segundo plato llegaba, o no llegaba, según los designios inescrutables no del señor, sino de las señoras porque me dejé de juegos de palabras. O tal vez del encargado del pollo que tal vez alguna vez que no recuerdo, olvidó llegar… En fin que uno se sentaba y comía, y mientras saboreaba echaba un ojo en redondo, que es un buen modo de entretenerse, y notaba los afiches liceístas que hablan temas como el del embarazo precoz con imágenes de Jessica Rabbit y Jhonny Bravo…, ¡buéh! Tovar no tiene por qué ser el sitio más incoherente del mundo. Una experiencia asombrosa en más de un sentido, eso sí... Digo, que nunca vi nada así y me gustaría mucho volver siempre.

Trabajan en este evento, desde el director más toro sentado o pluma blanca si lo prefieren, hasta el niñito más chiquito de la zona. Hubo uno en especial, Ernilson Contreras: un chamo de esos que le devuelven la fe en el género humano a uno. Si estuviera en mi mano le conseguiría una beca o algo así para que se metiera a hacer juguetes o música, porque con seguridad que tal limpidez de alma debe dar solo cosas sublimes…

Total que en ese evento unos coordinan y revientan teléfonos recalentados, otros corren suben y se encaraman, otros limpian papeleras llenas, otros pelan papas y hacen sancochos, por ahí pasa la comisión de miche llenándole el vasito a la concurrencia, también pasa la directora de quién sabe qué, y la coordinadora de lo otro de más allá no necesariamente juntas ni mucho menos revueltas, porque no hay que exagerar. Parecen un concierto de Stomp: brincan y saltan que parecen locos, pero suena del carajo. Además no se les escapa un detalle… Bueno, lo del hotel fue culpa de que no hay hoteles aceptables en esa comarca. Nos ofrecieron cambiarnos a una posada en Bailadores pero declinamos tan galante invitación porque uno salía de ahí a las diez y media de la noche más mamao que chupón de bobo y no era cosa de agarrar esa carretera tan revirada a esas horas tan chatas hasta el cantón vecino ¿no? Además, como no sé un coño de economía juzgué que la tendencia sería a la baja (sostenida un tiempo más porque los indicativos de las acciones tipo “A” perdían un décimo de punto por cierre…) y que podía demorarme aun otro poquito en comprar. Por bolsa se pierde en la ídem, pude aprender en carne propia otra vez…

Pero volviendo al festival, debo decir que fue para mí una experiencia sorpresiva. Yo alguna vez escuché hablar de un pueblo llamado Tovar, que no era la colonia, y de un festival del violín, que no es dentro del metro de Madrid en verano. No había hecho la relación de ambos (cosa muy típica en mí) y el tal Tovar lo había medio visto yo a unos 67 kilómetros al suroeste de Mérida según un mapa de carreteras 1:1.000.000 que tengo y que me costó cien bolívares de la época en la que Gráficas Armitano tenía un teléfono de seis cifras, pero de ahí a imaginarme todo lo que me encontré: nunca.

La plaza Bolívar de Tovar es un sitio amplio con terrazas a dos alturas hechas claramente para presentar espectáculos pues cuenta con una geometría (y hasta acústica gracias a una pared alta a espaldas del escenario) adaptada para ello. Estaba llena de cabo a rabo todo el tiempo, desde las ocho de la mañana hasta la media noche. La parte de ingeniería de sonido estaba organizada a la perfección y además construida para la intemperie pues aunque no paró de llover tampoco paró la música ni el entusiasmo. Y no son cosas nada más que del río de miche que corría en el lugar, porque hasta donde sé cónsola no bebe caña, ni cachicamo se afeita…

Nosotros no pudimos ver todo el espectáculo porque teníamos que atender la tienda pero nos vacilamos el back stage completo porque todos y cada uno de los participantes pasó por el fondo del salón en el que estábamos para ensayar mil millones de veces cada pieza para violín que más me hacía desear con fervor un piano…, pianissimo… Es la vida…

Había una muchacha española llamada María Huerta que era como Ariel el de Billo porque lo único que le faltaba era lo del ballet. Tocaba el violín como los ángeles y encima era soprano de las que te erizan la crisma, donde quiera que eso quede. Una belleza musical.

La afluencia de gente en la sala de exposición empezaba a las ocho y media de la mañana y a las diez y media de la noche había que sacarlas casi por las malas porque nadie quería irse. Y de las ventas debo decir que entre tres señoras que llegaron ahí, coleccionistas y conocedoras (esto hay que decirlo) se llevaron lo más grande. Luego goteado pero constante, se fue casi todo lo demás. Digo que si nos vuelven a invitar seremos con seguridad los primeros chicharrones de la olla, hasta sería capaz de pintar el neocostumbrista letrerito de griffin en el vidrio trasero del carro que diga: de Margarita con mi violín para Tovar… Así, sin sutilezas de redacción…

Bueno, voy a cortar el hilo aquí, porque si no, esta vaina no la lee nadie. En la próxima amplío detalles sobre los juguetes y sus autores…